25.
Zafiros contra topacios.
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George manejaba a gran velocidad por la ciudad de Londres. La carta de un abogado había llegado con asunto de urgencia para el señor William Andley. Meses atrás, cuando el magnate adquirió un nuevo empleo, le pidió a su mano derecha que se encargara de todo el papeleo necesario, incluyendo las cartas que llegaran para él. Nunca comprendería el amor que su protegido le dirigía a la naturaleza, pero no tenía derecho a reclamarle, ya que al fin y al cabo, no era un hombre malo.
Aceleró un poco más, el asunto que lo ponía nervioso era el más importante en la vida de la señorita Candy y su adopción con la familia Andley.
Cuando llegó al trabajo de William Andley, pasó directamente a su cabaña de descanso. Olvidó sus modales y entró sin antes avisar. ¡Vaya error! William no estaba solo: un jovencito de unos dieciséis años lo acompañaba, y ambos reían con familiaridad. Sintió la mirada de los amigos y un rubor llenó un segundo su rostro. Gracias a su inteligencia, consiguió controlar la situación.
— Parece que me he equivocado de cabaña. – mintió despidiéndose con una ligera reverencia antes saliendo del lugar aún con el sudor pegado a la frente.
Decidió regresar al coche y esperar a que el adolescente se fuera del zoológico. El conflicto que trataba la carta del abogado era un asunto muy delicado. Ni siquiera tenía idea de cómo solucionarlo. Los documentos venían anudados a unos estudios sanguíneos que comprobaban las palabras en la misiva.
No tuvo que aguardar más de cinco minutos para que la puerta del copiloto se abriera y un hombre rubio abordara el coche, listo para alejarse para conversar sin testigos. George sentía como si el bolsillo que cobijaba la carta le pesará más de cinco kilos.
— Es suficiente, George. Dime qué es lo que tanto te preocupa. – pidió William a varios metros del puerto.
El hombre maduro suspiró y sólo pudo entregarle el sobre que guardó después de leer la enmienda. Su mirada permaneció fija en el mar, incapaz de ver el terror dibujado en el rostro de su protegido y amigo. Cuando se comprometió a cuidar del heredero de los Andley no creyó que pudiera sentir un cariño hacia ese joven, que ahora a pesar de su corta edad era padre adoptivo de una traviesa adolescente. Paternidad que querían arrebatarle.
— La familia Mathewson. – repitió William con voz apagada. – Candy es una Mathewson. George, ¿podemos hacer algo para detener la anulación de la adopción?
— Sí, podemos alegar abandono, incluso puedo contactar con el Hogar de Ponny y que nos envíen sus condiciones de adopción. Si es necesario un juicio, traeremos a la señorita Ponny o a la hermana María para que atestigüen acerca de las condiciones en que encontraron a Candy. Será un proceso muy difícil, pero estoy seguro de que se ganará el caso.
Su acompañante, quien tampoco era tonto, se dio cuenta de que algo más lo perturbaba, así que dejó los papeles en sus piernas y volteó a ver el perfil de su protector. Después de veintiún años de estar cerca de él, ya lo apreciaba como a un padre. Aunque siempre lejano, nunca permitió que algo o alguien le hicieran daño. Lo que empezó como mera precaución para salvaguardar la economía de los Andley, terminó en una muy buena relación.
— ¿Pero…? – lo incitó William. George suspiró con pesadumbre.
— La prueba de ADN. Eso es lo que me preocupa. El padre es médico y la madre enfermera, los resultados no pueden ser más exactos. Si entregan eso a cualquier juez, que estoy seguro de que lo harán, sus posibilidades aumentarán un treinta por ciento. La parte sanguínea siempre se introduce en los jueces de manera sentimental.
— Hablando de sentimentalismos, ¿qué crees que sea lo que Candy quiere? Sabes que no podría hacer algo que ella no aprobara, menos si se trata de algo tan importante como lo es la familia, así que no quiero responder a la demanda hasta no saber la opinión de mi hija adoptiva. Deberemos viajar al sur de Londres, George. – los ojos oscuros del conductor se abrieron asustados. – No, aún no me presentaré como el tío abuelo, no te preocupes. Tú eres quien hablará con ella, pero por favor, no seas tan frío. Hazle saber que yo la aprecio de verdad.
— Con todo respeto, señor Andley, la señorita debe sentirse muy confundida y necesitará de una mano amiga para poder soltar con libertad su opinión. Si me lo permite, propongo llevar a los señoritos Cornwell o a su amiga, la señorita Britter.
— Archie, Stear y Annie. Llámalos por su nombre. – sugirió el divertido rubio. – ¿Sabes qué? Una pareja ha estado separada el tiempo suficiente como para reaccionar. El siguiente domingo salen de vacaciones en el colegio San Pablo; alabado sea el verano, George. Irás al instituto y preguntarás por Terruce Graham Grandchester. Te lo advierto, George, Terry puede llegar a ser muy indulgente, así que ten cuidado con el jovencito. Debe entender que debe hablar con la señorita Andley respecto a sus familias. Cuando termine, cerca de las cuatro o cuatro y media, haz que te cuente un breve resumen, estoy seguro de que no te contará todo. En punto de las seis, lo dejarás en el parque de San James. Ahí es donde entraré yo, simularé pasear por el lugar y luego lo encontraré por casualidad. Me contará los detalles porque confía en mí. Te pondré al tanto el lunes en la mañana. Te veré aquí mismo y entonces decidiremos qué hacer con Candy. ¿Estás de acuerdo?
Una ligera sonrisa curvó los delgados labios de George. Aunque el joven Andley no heredara los gustos por los negocios de su padre, con seguridad afirmaba que su inteligencia no era menor.
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Después de dos meses de tratamiento, Anthony tenía el control de movimientos desde el codo hasta los dedos; y al paso en el que iba, pronto podría abrazar a Candy. Aunque de momento se sentía satisfecho, pues pasaba horas frente a un escritorio escribiendo borradores de una carta que mandaría a la tía abuela, quería ser él quien le diera las nuevas noticias y no Ellen. Aún era asistido para asearse o desvestirse, pero actividades como limpiar flores, pasar las páginas de un libro, e incluso comer, ya lo hacía con sus propias manos. No podía esperar a regresar a Lakewood y atender sus rosales.
Sin embargo, algo todavía lo mantenía intranquilo: la sonrisa de Candy estaba extinta desde hacía dos semanas. Sabía que no era por completo feliz a raíz de su llegada al hospital, pero no creyó que pudiera ser tan infeliz como para olvidar como sonreír. Varias veces intentó que le confesara su pesar, mas la dama siempre consiguió salirse por la tangente, dejándolo con la angustia que no le permitía dormir. Suponía que tenía relación con la presencia del doctor Mathewson o la enfermera Catherine, ya que cada vez que ellos estaban cerca, la muchacha palidecía a un nivel alarmante. Y cuando Anthony le reveló sus inquietudes a la enfermera, un ápice de dolor cruzó por su rostro, pero negó saber algo al respecto. El rubio desde luego no le creyó, aunque adivinó que no conseguiría información de ambas mujeres.
Así fue como decidió entablar una charla severa con ese "estudiante de medicina" que tanto le desagradaba. Desde que vio a Candy descansando por la crisis de pánico, no dejó de acosarla para averiguar todo de ella. Si antes temía por la cercanía inevitable de Terruce Grandchester, ahora que conocía a Jack, prefería tener como rival al aristócrata.
Citó a Jack en la sala de reposo, un cuarto rectangular tapizado por una gran biblioteca que Anthony gustoso aprovechaba. La alfombra, de un color grisáceo, hacía más complicado el movimiento de la silla de ruedas, pero tanto Candy como Ellen, tenían fuerza suficiente para pasear al rubio de un extremo a otro.
En aquélla ocasión, Anthony pidió que lo sentaran cerca de uno de los tantos sofás que rodeaban una redonda mesa de cristal, justo al lado del librero de medicina. Anthony estaba interesado en las teorías de un psicólogo de reciente renombre, Sigmund Freud, por lo que tenía en sus manos el libro que lo convertiría en el aclamado "padre del psicoanálisis": La interpretación de los sueños. La entrevista con el estudiante comenzaría en veinte minutos, por lo que podía darse el lujo de perderse en el psicoanálisis.
No llevaba más de siete minutos leyendo, cuando la puerta se abrió abruptamente sacando al rubio de su concentración.
— No te esperaba hasta dentro de unos minutos, jovencito. – le dijo al intruso mientras doblaba la esquina superior de la hoja que leía.
– Y yo no esperaba encontrarte el día de hoy. – contestó una voz que no era cantarina y alegre como la de Jack, sino engreída y con un desdén marcado.
Anthony giró la cabeza al reconocer el aire altivo propio de esa voz. Su apariencia aristocrática seguía igual que hacía dos meses, aunque su cabello estaba un poco más largo y el flequillo que usaba, cubría un tercio de su ojo derecho, dándole un aspecto más maduro. En esos ojos se asomó un dejo de asombro al saberlo recuperado y con más movimientos en los brazos.
– Terruce. – susurró Anthony con un nudo en la garganta. – ¿Qué haces aquí?
– ¿En dónde está ella? – fue la respuesta sin dureza, pero con seguridad del británico.
El muchacho no esperaba menos, sus ojos azul verdoso lo delataron aquella última tarde en que lo vio. Las sospechas que nacieron de los celos, se convertían en hechos. Los celos no son otra cosa que el temor de ser desplazado, mas no la prevención de perder lo que se ama. Y en vez de cuidar el cariño de Candy, quiso poseerlo con egoísmo, privando a la rubia de la libertad que la caracterizaba sin darse cuenta que con ello sólo estaba alejándole y permitiendo que otro hombre la cobijara entre sus brazos llenos de un amor cálido y tierno, mas no abrasador. Y ese ladrón ahora estaba de pie, debajo del marco de la puerta, buscando al objeto de su amor.
— Salió. – se limitó a responder regresando a su lectura.
— ¿A dónde? – cuestionó Terry acercándose al muchacho con una impaciencia marcada en sus pasos.
— No lo sé. El médico dijo que quería que descansara y ella salió. Dijo que regresaba a las cuatro y media. – una pizca de celos pasó por su mente recordándole las palabras exactas de Candy en la mañana en que deliraba.
— Pero yo tengo que irme a esa hora. ¿En serio no sabes en dónde puedo encontrarla? – su acompañante no respondió, mantenía los labios sellados en una tensa línea. – Mira, sé que te desagrada mi presencia, pero no es por mí por lo que estoy aquí, necesito hablarle acerca de su familia, y…
— Yo soy su familia, ¿lo olvidas, Terruce? – replicó Anthony cerrando con fuerza el libro para fijar, por vez primera, todo su odio en una mirada. – Soy su primo, así que todo lo que le concierne a ella de su familia, tendrás que decírmelo a mí.
— No me refiero a los Andley, cabeza hueca. – exclamó el castaño sin poder controlar su desesperación. – Hablaba de los Mathewson, una familia de descendencia americana y con una abuela portadora de un humor desdeñoso y ácido. – en un segundo, los ojos de Anthony tomaron otro brillo más apagado y frío que antes.
Esa familia no era otra que la misma que lo atendía en el hospital. Una serie de imágenes cruzó por su cabeza, en donde los rasgos de Candy eran reflejados en el rostro de Ogden, Catherine, e incluso Jack. Así que ése era su secreto, ése era su pesar. Candy encontró a su familia, pero no le mencionó nada, ¿por qué? Y más importante aún, ¿por qué se lo dijo a Terruce, y no a él? "No debes olvidar que ya no es a ti a quien entrega su amor.", le recordó una burlona vocecilla en su cabeza.
— Salió con Catherine, su… su madre, a comer. – explicó Anthony con la voz quebrada.
Si Terry fuera más egoísta hubiera dejado al rubio en su angustia, pero al verse reflejado en esa expresión tan dramática, suspiró y se sentó frente a él. Anthony lo miró con el rabillo del ojo, aunque no dijo nada. Lo odiaba por no ser lo que Candy requería, pero lo envidiaba por soportar la distancia entre el colegio y el hospital. Sabía que en su lugar, abandonaría la escuela para estar cerca de Candy.
— Me... me contaron que estás recuperándote. Te ves bien. – comenzó Terry. – Quiero decir, sin el collarín y con cierto movimiento en los brazos.
— No te atrevas a burlarte, "Terry". – el colegial lo miró confuso. – Así te llamó ella cuando estaba dormida. – explicó como quien no quiere la cosa y soltó un largo suspiro. – Te necesita, ve a buscarla, por favor. Ha sufrido mucho desde que salió del San Pablo. Además, hace dos semanas que no sonríe.
Nunca había deseado tanto ser el protector del corazón de Candy. Daría todo porque no estuviera en las manos de ese ingrato la felicidad de la mujer que todavía amaba. Y daría aún más por recuperar lo que una vez fue suyo. Si antes envidiaba al rebelde, ahora no encontraba la definición de ese sentimiento que lo carcomía.
— Iré, no te preocupes, pero necesito tu opinión, ¿sabes? – contestó Terry con una sonrisa tímida. – Un tipo extraño de la familia Andley me dijo que necesitaba sacar información de una persona cercana a la pecosa, y… bueno, ¿qué más cercano puedes ser, si te la pasas todo el día con ella, Anthony? – preguntó atreviéndose por primera vez a hablarle por su nombre.
— Ella está conmigo, pero se comporta como si fuera una enfermera más. – respondió el aludido acariciando con la yema de los dedos la delgada tela de sus pantalones. – Ni siquiera estaba enterado del asunto de la familia Mathewson. – se mordió el labio inferior dándose valor para alzar la cara y enfrentar esos iris tan desafiantes. – Es estúpido que no me diera cuenta de los parecidos. Mi enfermera en jefe tiene el cabello de ella y su hijo es una réplica de su rostro. Y bueno, algunas de sus expresiones son reflejadas en el doctor Ogden. – rió burlándose de sí mismo. – Me esforcé tanto por mejorar que ignoré las pistas que se presentaron ante mí desde el primer día. He intentado ser perfecto para ella, sin darme cuenta que lo único que necesitó este tiempo fue un oído que la escuchara.
— Sabes que ella tampoco es una mujer muy atenta, lo descubrió hace unas semanas, quizá tres. No debes sentirte mal, Anthony.
— No te atrevas a defenderme que no sabes lo terrible que me siento ahora. La conoces, sabes que ella no está preparada para un cambio tan drástico. Tendrá que abandonar a una de sus dos familias, y es obvio que no querrá deshacerse de ninguna. A veces odio su altruismo.
— Te entiendo muy bien. El verdadero problema, colega, es que no será ella quien elija. Sus padres han enviado al señor Andley una demanda para recuperar la custodia de Candy. Está de más decir que con las pruebas genéticas y un rostro suplicante en su madre, ganarán el juicio. Por eso necesitaba hablar con Candy, necesito saber si quiere que los Andley peleen su custodia o si quiere ser una Mathewson.
Esas palabras tomaron a Anthony por sorpresa. En un impulso repentino, levantó ambos brazos para tomarse la cabeza sin darse cuenta que eso era algo nuevo que debía revisarse en presencia de doctores o enfermeras; Terry, dándose cuenta del avance, quedó asombrado por el amor del rubio, y una parte de su corazón le indicó que la rubia estaría bien con un hombre cuyos sentimientos estuvieran en extremo ligados con su cuerpo. No le sorprendería que fuera él quien saliera corriendo del hospital para buscar a Candy.
— Ella no va a querer ningún enfrentamiento legal, Terry. – aseguró exasperado al girar la cabeza de un lado a otro, buscando algo. – Detesta los arreglos legales, ¡pero no pueden obligarla a dejar a los Andley!
— ¿Es normal que tú sólo puedas desplazarte por la habitación? – preguntó Terry ya siguiendo la silla de ruedas por toda la habitación, preocupado por su ignorancia en el tema médico. – Sólo dime qué libro estás buscando, y deja de arrojarlos al suelo que vas a conseguir que me caiga.
— Entonces mataría dos pájaros de un tiro. – respondió Anthony con ironía. – Estoy seguro de haber visto un libro de derecho por aquí. Estoy seguro que el tío abuelo puede contrademandar por…
— Abandono. – completó el inglés deteniendo la silla de ruedas. – William Andley estaba en todo su derecho de adoptar a una niña que fue abandonada en el Hogar de Ponny, pero ese juicio sería muy largo y difícil, pues citarían a las madres de la pecosa, a Annie, e incluso al mismísimo señor Andley. No importa la vergüenza pública por la que pasarían los Britter y los Andley, sino que sería un trauma muy grande para ella ver la pelea entre sus dos familias. Pero si no se contraataca, es probable que la terminen alejando de ustedes para ser presentada a la sociedad como la hija perdida de los Mathewson.
Anthony sintió como toda su desesperación se perdía, dándole paso a la tristeza que sería separarse de su Candy. En ese momento se dio cuenta que no era necesario que ella le amase, ni siquiera le importaba que estuviera enamorada de un hombre que no la merecía; pero se complacía lo suficiente sabiéndola cerca. Y si otra familia la custodiaba entonces todo trato con los Andley se censuraría. Podía aceptar cualquier futuro, menos el de desaparecer a la muchacha de su vida. Podría caerse del caballo otras cien veces, podría entregar a Candy en el altar para que Terruce la desposara cien veces más; aceptaría perder todas las extremidades con gusto, si eso le impedía perder el contacto con la razón de su vida.
— De cualquier forma va a sufrir. – concluyó su acompañante. – Sólo quiero saber cuál de las dos opciones sea la que menos la lastime. – susurró también destrozado.
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Detrás de la puerta entreabierta, un jovencito de cabello rizado y ojos color esmeralda se mordía los labios, indeciso. No sabía qué le pesaba más, el hecho de que su hermana sufriera, o el no poder llamarla así nunca.
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¡Hola!
Buenas noches, ya sé, algo tarde, lo sé. Lo que sucede es que estoy haciendo tarea de lingüística. ¡Es fantástica esa materia!... En fin, eso no importa.
Antes de comentar algo respecto a este capítulo (que también amo porque se ve bien claro el amor de dos caballeros... ¡mi vida!), quiero aclarar una duda que quedó del anterior. Terry perdió contacto con su madre tras la carta que ésta le envió antes de que el chico golpeara a Archie. No sé si necesite decirlo, pero en ella le confirmaba que dejaría cualquier contacto con él porque le estaba causando problemas en su reputación. Sí, fue algo tremendamente duro, pero... allá ella.
Ahora bien, ¡amo este capítulo! Primero porque al fin se ve una pequeña parte del pensamiento del taciturno George (no sé porqué, pero siempre me ha encantado ese personaje, es tan adorable), luego se ve a Anthony recuperándose poco a poco e interesándose en la psicología, que es otra ciencia increíble que también me fascina; después aparece bien gallardo nuestro adorado Terry. ¡Oh, cielos, amo eso! Me encanta ver a Terry y Anthony juntos, a pesar de la rivalidad que sienten, en realidad nunca se han lastimado (ahora que lo pienso, Archie es el más afectado, y eso que Terry no lo ve como rival), incluso aquí Terry se preocupa por Anthony. Y bueno, para cerrar con broche de oro, uno de mis personajes favoritos está escuchando todo como su querida hermanita lo haría. Ay, yo sí adoro a Jack.
Creo que en esta ocasión sí se notó cuánto me gusta este capítulo... no sé si a ustedes les gustó también, pero... ¿qué mejor que compartir mis emociones con ustedes?
Les mando un enorme abrazo. Muchas gracias por su apoyo y sus comentarios. En verdad, les agradezco con el corazón.
Nos leemos el jueves.
