26.

Un pasado inolvidable.

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El carruaje de la actriz corría con fuerza. Un rumor estaba volando en Broadway acerca de una actriz muy talentosa, y lejos de perturbar siquiera a la mujer involucrada, ésta no pudo esperar un segundo para visitar a su hijo e informarle que ya no habría secreto que los separara. Habían pasado meses desde que ella, con todo el dolor de su corazón, le avisó que perderían el contacto con el fin de mantener limpia su reputación; pero después de ser testigo de cómo una de sus criadas recibía la visita de su hijo de dieciséis años, la rubia comprendió que no importaba su reputación, sino la calidad con la que mantuviera la relación con su más grande tesoro, es decir, su Terry. Así que ella misma mandó una carta anónima a la prensa relatando que la exitosa Eleonor Baker tenía un guapísimo hijo del que se sentía muy orgullosa. Y minutos después de colocar el sobre en el buzón, cogió el primer crucero a Londres. Conociendo el temperamento heredado de Terry, su cariño hacia ella estaría en juego, por lo que debería poner todo de sí para conseguir su perdón. Arriesgando sus presentaciones en América, ella estaría en Inglaterra hasta finalizar su cometido.

Entre sus mayores desafíos del viaje estaba el tocar el timbre de la mansión de los Grandchester, pues desde hacía más de diez años no cruzaba ni una mirada con quien pasó la mejor etapa de su vida. Un par de meses después de que Terry fue separado de ella la sección de espectáculos en los periódicos publicó una noticia que le destrozó el corazón a la actriz: el único hombre que amó había contraído matrimonio con una mujer que apenas conocía, pero que favorecía a su familia. Entonces no sólo perdió a su único hijo, sino también al amor de su vida. Diez años tenía de no verlo de frente, diez largos años tenía de no saber nada de él, de ocultárselo a su propio corazón y de sepultar sus tiernos sentimientos en el fondo de su alma, saliendo sólo cuando de Terry se trataba.

Una mujer anciana y con ropa de segunda abrió la gran puerta.

— Perdone la molestia, buenas tardes, busco al joven Terruce. – saludó la señora Baker con su nerviosismo marcado en el sutil y juguetón movimiento de sus manos.

¿Terruce? – repitió la sirvienta. – ¿Quién le digo que le busca?

La rubia tragó saliva para deshacer el nudo en su garganta.

— Eleonor.

La vieja asintió con levedad, se disculpó para ir por el más grande de los hijos del señor, y dejó a la mujer sola con su ansiedad. Un minuto le pareció una eternidad al notar la tardanza de la criada. Quiso poner un pie adentro de la lujosa mansión, pero temió encontrarse con la señora Grandchester. Su mente, pasándole una mala jugada, le recordó que un día el mismísimo duque le prometió que el título de duquesa lo portaría la americana. Para distraerse de esos incómodos recuerdos, una de sus manos se entretuvo jugando con las perlas que rodeaban su delgado cuello, mientras sus ojos se paseaban por los retratos colgados en el recibidor. Todos los hombres tenían el mismo mentón delgado y tenso, y en su mirada se delataba la seriedad de la aristocracia. En contraste a su familia, con la expresión siempre vivaz y alegre, comprendía porque ella nunca hubiera sido aceptada en la familia Grandchester, aunque no le dejaba de doler.

— Tendré que comer con la reina esta tarde, Abigail. – dijo una voz en el cuarto contiguo del recibidor. Era su voz.

El jugueteo de los dedos de la dama se aceleró al igual que los latidos en su corazón. Y justo cuando decidió abortar su misión, una mano cubierta por un guante de piel se asomó por la puerta por donde la sirvienta había salido a buscar a Terry. En menos de lo que dura un suspiro, el cuerpo entero se asomó aún con el rostro en dirección contraria a Eleonor. En ese momento, la actriz se arrepintió de no leer las noticias que hablaban de él o ignorar las fotografías que las acompañaban. Siendo de esa forma no se habría sorprendido al encontrarse de nuevo con ese hombre con la gracia marcada en cada uno de sus movimientos. Ya no era el muchacho que conoció cuando apenas estaba alzándose en el teatro, ya no tenía ese aire arrogante y presumido que veía reflejado en su hijo; en cambio, la elegancia y distinción que lo hacían una de las más grandes figuras inglesas se apoderaban de él de una manera tan natural que derretiría a la dama si ésta fuera un copo de nieve. Lamentándose se dio cuenta que aún no podía olvidarlo.

— Señor. – lo saludó la anciana sirvienta agachando el rostro.

— Esperanza, ¿quién tocaba el timbre? – preguntó el caballero aún sin percatarse de la presencia de la mujer de ojos azules.

— Esa dama, señor. – contestó Esperanza apuntando con la mirada a la puerta.

Los grises ojos del duque se tornaron repentinamente asombrados y sus gruesos labios se entreabrieron al reconocer a la belleza parada en el marco de la puerta. Los años transcurridos no hicieron más que ponerla más hermosa. Su cabello no estaba amarrado como lo acostumbraba en días plenos y felices, sino que caía como una cascada dorada en sus hombros y un pequeño rizo adornaba esa adorable frente blanca. Sus ojos, con un toque rasgado, aún eran los dos topacios más bellos que conocía. Y un fino vestido color carmesí, parecía ser obra de los ángeles, pues a pesar de no moldear la aún cuidada figura de la mujer, le daba un aire magistral e incluso divino. La fina tela de encaje que cubría sus brazos no ayudaba demasiado al duque en sus arduos intentos de no estrecharla, pues sólo le provocaban la envidia que era acariciar su suave piel. Esa piel que sólo poseyó en una ocasión.

— Eleonor. – murmuró sin siquiera saber cómo moverse.

La sirvienta, ajena al tumulto de sentimientos encontrados en esa habitación, caminó hacia la visitante y habló con normalidad.

— El joven Terruce ha salido. No se encuentra en la casa y lamento informarle que desconozco su hora de llegada. Sin embargo, puedo dejarle un recado, si es lo que desea.

Eleonor fijó sus ojos en los pequeños de Esperanza y asintió, soltando las perlas de su cuello. No tuvo la fuerza suficiente para despedirse o dirigirle una última mirada al hombre que todavía la enloquecía con una sola mirada, por lo que agachó el rostro y se dio la vuelta, dispuesta a no regresar a la mansión, pero planeando cómo encontrarse con Terry.

— No. – dijo Richard Grandchester olvidando su compromiso con la realeza. – ¡Eleonor! – la llamó cruzando el cuarto con sólo tres zancadas.

Esperanza, cansada ya de los cuentos de amor, decidió seguir con sus tareas en la casa, dejando sola a la pareja.

La aludida se congeló al escuchar la respiración entrecortada de Richard. Después de tantos años, aún podía controlar sus movimientos con sólo mover los labios. Era irónico que siendo actriz, se comportara como un títere cada vez que lo tenía cerca.

— ¿A qué viniste? – preguntó el duque tratando de recuperar el aplomo.

— A ver a Terry. – contestó ella buscando en su repertorio de tonos el más frío que tenía. – Pero si no está, me temo que lo buscaré en otro lado. – continuó tras encontrar el perfecto.

Y como si de un balde de agua helada se tratara, el cuerpo del magnate se estremeció al escuchar esa voz. No había noche en la que no recordara esa misma voz haciendo eco en los teatros. Cuando abordó el trasatlántico, creyó que no volvería a verla e incluso se hizo a la idea de que pronto la olvidaría; pero al tenerla tan cerca, al escucharla, sin importar el tono, se dio cuenta que en su corazón ella era inolvidable.

De repente, la respuesta de Eleonor se repitió en la mente del duque, para analizar sus palabras. Comprendió desde que se separaron, que ella no permitiría que se supiera el verdadero origen de su primogénito, así que no entendía cómo era capaz de arriesgar tanto yendo a Londres. Un sentimiento familiar llenó su corazón protegiendo a su propio lugar en la sociedad.

— Sabes bien que Terruce pasa sus vacaciones de verano en Escocia.

— No quería recordarte que mantengo una buena relación con la madre de Mark. – contestó ella olvidando de momento el nombre de aquella señora. – Ella me informó que mi hijo pasaría las vacaciones en casa de su padre. Por eso he venido aquí, pero si te molesta, puedo dejarle un recado y encontrarlo en un lugar más apropiado.

Estando con Richard, sus dotes de memoria disminuían a causa de la concentración que mantenía para evitar mencionarle todos los sentimientos que la embargaban.

— Lo que me interesa saber es qué asunto te trajo a descuidar tanto tu imagen, presentándote sin un solo disfraz. Sabes que cualquier reportero puede estar rondando por las afueras de la mansión.

Siguiendo los pasos de Eleonor, el duque también dejó de revisar la sección de espectáculos, con el fin de no encontrar notas o fotografías de su actriz predilecta; así que aún desconocía el rumor que crecía a gran velocidad en el otro lado del océano.

— Ya no quiero esconderme, Richard. – confesó ella por fin girando el cuerpo para enfrentarlo de frente.

Una fuerte punzada en su corazón le informó que ese había sido un movimiento muy peligroso, pues ahora no estaba a metros de Baker, sino a la mínima cantidad de veinte centímetros. Si su hijo no fuera el tema de conversación, ambos se tomarían su tiempo para admirar los rasgos del otro.

— No quiero perder a Terry, no me importa mi carrera o mi reputación, él es el más grande triunfo de mi vida, y quiero que él lo sepa. – continuó con el mismo tono calculador.

— Por algo existen las cartas, Eleonor. No vendrás a decirme que quieres que él viva contigo. Si a ti no te importa las calamidades que dirán de ti, está bien, pero Terry sigue siendo un Grandchester, y la relación tan estrecha contigo ya ha sido bastante riesgosa. Él cree que ignoro todo lo que sucede en su vida, pero conozco de tus múltiples cartas, sé con exactitud que él dejó de responderte desde el otoño pasado y también sé que no recibió una carta de ti desde hace casi cinco meses. Cuando eso pasó, supuse que lo dejarías en paz, que por fin Terry no tendría que responderle a una simple actriz americana poniendo en riesgo el alto nombre de los Grandchester.

— ¡Soy su madre! – contestó con la voz ahogada. – No me importa tu apellido, ni el de Terry, mi sangre sigue corriendo en sus venas, y fue mi vientre el primero que sintió sus movimientos cuando apenas era un bebé. No quiero recordarte que fui yo quien lo amamantó y que fue "mamá" su primera palabra. Así que tengo el derecho de buscar y conseguir el amor de mi hijo.

Sus topacios estaban endurecidos. Sólo una vez Richard la vio tan desesperada y enojada. Esa dureza que atravesaba su corazón como una espada, esa dureza que provocó que él la callara con la presión de sus labios en los suyos. Y si no estuviera en juego su reputación, estaba seguro de que lo repetiría con gusto, pues desde que la vio parada en la puerta deseó besarla con la misma pasión que aquella tarde en su único viaje a Escocia.

— Esto no es una obra de Shakespeare, Eleonor. Aquí no se sigue un guión, esto no es un teatro y nadie te aplaudirá si consigues arrebatarme a mi Terry. Aquí el único que manda en dónde estará mi hijo soy yo. Sí, fuiste tú quien lo tuvo nueve meses y dos días en el vientre, fuiste tú quien lo alimentó y procuró hasta sus cinco años, pero no eres tú quien le va a heredar un título o una fortuna con la que podrá vivir sin problemas. No me importa que ante la sociedad él sea un bastardo, yo haré que Terry sea el próximo duque de Grandchester y no lo arruinará ni tu romanticismo moderno, ni tus débiles intentos por hacerme entrar en razón. La educación, como el futuro de Terruce, está en mis manos, y hasta que yo no muera nadie podrá decidir sobre su vida.

— ¡Él no es un juguete, Richard! Terry tiene deseos propios, no puedes obligarlo a nada. No quieres decir que serás tú quien escoja un perfecto matrimonio que favorezca a tu linaje ¿cierto? – la mirada desviada del duque le dio la respuesta a la actriz. – ¡No! ¿Qué ocurre si él se enamora? ¡¿Te atreverías a hacerle lo mismo que tu padre a ti?! – desafió ella a sabiendas de entrar a un terreno más peligroso. – ¿Acaso no has pensado que Terry podría enamorarse de alguien y querer casarse con esa persona? ¡No lo hagas infeliz arreglándole una boda que él no desea!

— ¡¿Y quién dice que soy infeliz, Eleonor?! – explotó el duque tomándola de los hombros con fuerza. – ¡Mi mujer me ha complacido con tres hijos más y tengo todas las comodidades con las que un día soñé!

Sin saber que con cada palabra dicha le rompía más el corazón a la mujer de su vida, la soltó con la misma fiereza con la que la tomó y se dio la vuelta, incapaz de mirar de nuevo aquéllos ojos que dolidos se tornaban de un color más oscuro. Aprovechando que su esposa no le tomaba importancia a las joyas que él coleccionaba, se tomó la tarea de comprar zafiros, topacios, e incluso aguamarinas de todas las formas o tamaños disponibles, con el fin de encontrar los tonos exactos de cada expresión de Eleonor, y así creer que podía estar más cerca de ella. Mas se daba cuenta que todas sus gemas no tenían ninguna similitud con los ojos de la dama a quien evitaba. Esas piedras no eran más que una barata imitación.

— Ahora vete de aquí y será mejor que no regreses. Le prohibiré a Terruce que mantenga contacto contigo, ya ha sido suficiente de tu intromisión en la educación de mi hijo.

— ¿Encerrarlo en un colegio de monjas le parece una manera de educación, duque de Grandchester? Sólo estás consiguiendo que Terry te odie por no enseñarle el cariño que sientes por él, si es que en verdad sientes algo en tu frío corazón. Que pases una agradable velada con la reina. – se despidió alzando con orgullo la barbilla antes de volver a darle la espalda.

Cuando miró hacia el jardín que se extendía en las afueras de la mansión se encontró con unos ojos azul verdosos que la veían confusos algunos metros adelante. El portador de aquellos ojos mantenía el entrecejo fruncido y sus labios estaban tensos, al igual que la barbilla. Su camisa de algodón tenía los dos primeros botones desabrochados, dejando entrever un joven pero fuerte pecho; y unos pantaloncillos color crema marcaban con suavidad los músculos de unas piernas que se ejercitaban a base de cabalgadas matutinas. Su mano derecha asía una armónica plateada. Estaba igual a cuando lo vio por última vez en el invierno pasado; sin embargo, una nueva luz se cobijaba en los matices verdes de sus ojos.

— ¡Terry! – exclamó abriendo los brazos hacia él. Pero en esta ocasión su niño no corrió a ellos. La dureza en su mirada se incrementó. – ¡Terry! – repitió asombrada.

Richard Grandchester giró el cuello TRAS escuchar a la rubia llamar a su primogénito. Después de muchos años, por fin se deleitó mirando el parecido entre madre e hijo. Ahora que Terruce era más grande sus rasgos faciales tenían mayor concentración de la similitud sanguínea. Sus ojos eran grandes y estaban oscurecidos por una gran mata de pestañas; sus labios, finos y apenas sonrosados; y la nariz era afilada, como si estuviera tallada en mármol. No importaba cuánto quisiera negarlo, pero Terry era la viva imagen de su madre. Aunque si de algo se sentía orgulloso en la perfecta combinación de genes, era del cabello lacio de color café oscuro que caía sobre los hombros del muchacho dándole un porte y elegancia que no le daría ningún título aristocrático. No obstante, sus mayores atractivos eran esos matices verdes en sus ojos que jugueteaban con los cambios climáticos. Aunque jamás se lo hubiera dicho, Richard Grandchester se sentía tan orgulloso de su hijo Terruce, como un pavorreal de su plumaje.

— ¿Qué haces aquí, Eleonor? – preguntó Terry avanzando una zancada hacia su madre.

— He venido a verte. Necesito un momento para hablar contigo, hijo. – contestó la actriz con tono suplicante avanzando hacia el colegial.

— ¿Hijo? ¡No! ¡No te conozco, ¿lo olvidas?! ¡Yo no tengo madre! – exclamó rompiendo ambos corazones de sus padres.

Una extraña sensación por defender a la que una vez fue su mujer se apoderó de Richard, quien haciendo a un lado a Eleonor, se plantó frente a su primogénito. La mirada desafiante de ambos Grandchester preocupó por un segundo a la rubia madre. Mientras la mano derecha de Terry sostenía con cariño la armónica, la izquierda se cerraba en un puño dispuesto a utilizarse como herramienta de defensa o ataque, de acuerdo a las circunstancias.

— Discúlpate ahora mismo, Terruce. – ordenó el duque.

Una sonrisa burlona se dibujó en el rostro del muchacho.

— Así que después de tanto tiempo ignorando a Eleonor Baker, por fin la defiendes, ¿no, Richard? Creí escuchar a los doce años que no querías que me comunicara con mi madre de ninguna manera. – alegó cruzándose de brazos. – De acuerdo, ocurre que ella misma me ha desconocido como su hijo, así que estoy en mi derecho de negarla.

— No tienes ningún derecho de hablarle así a la mujer que te dio la vida. Te lo repetiré una vez más, Terruce: ¡discúlpate de inmediato! ¡Discúlpate o cancelaré tu correo! – los ojos de Terry se abrieron cual platos. Se preguntaba cómo era que su padre conocía la importancia del correo. – ¡Hazlo!

— ¡¿Qué derecho tienes tú de intentar obligarme a hacer algo que no deseo?! ¡Tu deber es envolver a tu hijo con el calor de tu corazón, si no lo cumples, entonces no eres un padre! ¡Y ella tampoco será mi madre! – exclamó con rabia en la voz.

Terry ignoraba, y poco le interesaba, el hecho de que esa misma tarde, gracias a esas palabras, una llama de amor y comprensión creció en dos fieles corazones que ya se creían ajenos.

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¡Hola!

Les dije que no se despidieran del duque de Grandchester. Una vez más les recuerdo el efecto mariposa, si Terry no hubiera ido a Escocia en el verano, ¿en dónde creen que Eleonor lo habría buscado? ¡Claro! ¡En la mismísima mansión del duque! Bueno, no, a ciencia cierta no sé, pero es una suposición que me agrada.

Yo siempre creí (mi teoría es bastante larga, tengo toda una lista de razones que no pienso publicar aquí porque serían otras 3,000 palabras) que el duque seguía enamorado de Eleonor, y creo que merece una oportunidad de volver a verla. Y como soy piadosa como nadie, se lo he concedido.

Ahora bien, responderé una cuestión que comentaron en el capítulo anterior: las pruebas genéticas se iniciaron a principios del siglo XX (nadie me sabe decir que tan "a principios"), no eran tan fiables como ahora ya que se utilizaban microscopios de aumento 2,000 y en sí, muchísimas personas tienen un ADN parecido en un microscopio. Sin embargo, como era la novedad, no tenían otra salida más que confiar en ella. Esto me lo relató una licenciada en química hace unos meses, cuando todavía asistía al bachillerato (no sé si en algún momento lo mencioné, este semestre comencé a estudiar la licenciatura en Letras Hispánicas).

Y otra cosa, sé que muchas ansían el reencuentro de Terry y Candy, pero antes que eso ocurra quiero aclarar y desenvolver ciertos aspectos que no puedo dejar escapar. Me parece que todos los personajes que he puesto tienen repercusión en la relación con los protagonistas, así que desenrollar eso es algo tardado. Les juro que pongo todo de mí para no perder el hilo de la historia y así retener el interés de mis lectores.

Por último, estamos llegando al final de la segunda parte, la tercera es la más pasional, así que ya no coman ansias: las hormonas atacarán.

Les agradezco su apoyo y les mando un abrazo enorme.