27.

Las peticiones de Terry.

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Jack miraba por la ventana cómo el verano estaba por concluir. Las hojas del árbol preferido de su hermana estaban cayendo con lentitud.

Aún tenía fresca en su memoria la charla que tuvo con su padre aquella tarde en que el renombrado Terry estuvo en el hospital. La mirada del médico era determinante, no comprendía la repentina resolución de su hijo.

— Anabelle es tu hermana, no puedes pedirme que me redima. ¿Acaso no quieres que sea tu hermana ante la ley? – preguntó Ogden mirando su impecable bata con el entrecejo fruncido.

— Por supuesto que sí, pero no deseo que ella sufra. Y sé que si la sometemos a un juicio, se decaerá. Miénteme y dime que no has notado su cambio de humor desde que le dijiste que la recuperarías. Dime cuándo fue la última vez que la viste sonreír. Es normal que Ann le tenga un enorme cariño a los Andley; siendo sensatos, ha pasado más tiempo con ellos que con nosotros. – agachó el rostro recordando el arranque de recuperación en Anthony. – Y ellos darían todo por verla sonreír. Sé que estarían dispuestos a no meter la mano en el juicio con tal de que ella sonriera. El señor Andley desea conocer la opinión de Ann, es capaz de renunciar a ella si se lo pide. ¿Nosotros la amamos hasta ese punto, padre? – cuestionó alzando el rostro. – Mírame y dime que tú también harías eso por Anabelle.

Pero el moreno hombre no respondió de inmediato. Con la mirada fija en la ventana, comprendió lo que su inteligente hijo quería decir, mas no estaba listo para admitirlo. Durante años deseó tener entre sus brazos a sus dos gemelos, pero una decisión repentina hizo que perdiera todas sus esperanzas. Aún no era capaz de perdonarse por dejar a su Anabelle en la nieve. Y ahora que las pruebas sanguíneas revelaban su parentesco con la rubia, no pudo evitar desear que fuera legalmente su hija. Llamó a uno de los abogados más privilegiados en Londres y le explicó la situación; su decisión estaba tomada: recuperaría a su pequeña, costase lo que costase. Su amor era tan egoísta que ignoraba la profunda depresión en la que se sumió la muchacha, sólo le interesaba el hecho de que en unos meses podría llamarla "hija" frente a un gran tumulto de gente. Ardía en deseos de ser él quien la entregara en el altar o quien fuera llamado para atender el nacimiento de su nieto. Sin saber de lo poderosa que era la familia Andley, los desafió a contraatacar. Si no estuviera cegado por su amor quizá se habría percatado del daño que le hacía a su hija el ponerla en una situación tan complicada.

— No me pidas que renuncie a mi hija, porque tampoco seré capaz de hacerlo. – confesó regresando su mirada a los ojos verdes de Jack.

— Ann nos ha tomado aprecio, no importa que no lo sea legalmente, estoy seguro de que ella no nos abandonará. En cuanto Anthony pueda irse a América, nosotros podremos seguirlos. Después de todo, Ann estudiará para enfermera en América.

Ogden Mathewson miró a su hijo unos largos minutos debatiéndose en su interior acerca de qué decisión tomar. No soportaría el peso de lastimar a su propia hija, pero tampoco era tan fuerte como para dejarla en una familia en donde nadie conocía al patriarca.

Finalmente, escribió una carta a su abogado informándole que había cambiado su decisión acerca de pelear por la custodia de Candice White Andley.

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Jack salió de la oficina de su padre con una radiante sonrisa en el rostro. Un impulso por colgarse de las ramas del árbol que Ann tanto amaba inundó su ser; así que riendo a carcajadas cruzó las puertas del hospital y se quitó la bata blanca que su padre lo obligaba a portar. Sus enormes ojos verdes estaban fijos en un solo objetivo: el tronco del árbol. Pero un segundo después, se estrelló contra un brazo que se ondeaba distraídamente. Un quejido en coro se escuchó. Cuando Jack alzó el rostro se encontró con una mirada azul verdosa. El dueño de esos ojos tenía una expresión asombrada y petrificada.

— ¿Quién demonios eres tú? – preguntó después de unos segundos de mutismo.

— Perdóname, no te vi. – respondió Jack algo confundido. – No quise molestarte, lo juro. – sonrió aunque eso sólo agrandó el asombro de su acompañante. – ¿Te ocurre algo? – cuestionó borrando la sonrisa de su rostro.

"Esos ojos… es imposible que sean idénticos a los de la pecosa. Y esa sonrisa… ¿qué diablos pasa aquí, amor?" se preguntó Terry mientras daba un paso atrás para admirar al jovencito que estaba frente a él. "¡Dios! Tiene la misma expresión que tú cuando estás confundida. Tu querido Brower mencionó que tenías un hermano, pero jamás dijo que era tan idéntico a ti. Vaya que fue estúpido si no notó que esos ojos verdes son la réplica exacta de los tuyos."

— Eres el hermano de la pecosa. – murmuró aún con la respiración entrecortada.

Después de esas palabras, Jack comprendió quién era ese joven tan elegante. Le dio una rápida revisada a su aspecto y sonrió un poco.

— Y tú eres Terry. – afirmó alegre. Recordó la razón de su visita y se ruborizó. – Supongo que irás a buscar a Anabelle, ¿verdad?

Una socarrona sonrisa torció los labios del inglés. Conocía esa actitud. Y aunque le desagradaba el nombre con el que se dirigía a la dueña de su corazón, admitía que el joven no era despreciable.

— ¿Estuviste espiándonos, muchachito?

— ¡¿Qué?! – exclamó más apenado. – Sí, bueno, en realidad fuiste tú quien se interpuso en mi charla con Anthony. Era a mí a quien Anthony entrevistaría, no a ti, intruso. – lo acusó tomándose una familiar confianza. En tan pocos segundos consiguió agradarle al aristócrata.

— Me recuerdas a tu hermana. Su debilidad es entrometerse en asuntos privados, igual que la tuya. Pero me temo informarte que te has equivocado, no la buscaré. No sé si el cabeza de mostaza te reveló algo de mí, pero mi presencia sólo conseguirá alterarla más, así que decidí dejarle una carta en su habitación. – explicó con un tono casi lúgubre. – Que pases buena tarde, muchachito.

Se despidió, dando un paso hacia adelante, mas la mano delgada pero fuerte del mucho, lo retuvo. No podía dejar ir de esa forma al hombre que su hermana tanto amaba. Antes debía saber muchas cosas, no sabía la alegría que sentiría Ann si lo veía una vez más.

— Mi nombre es Jack, no muchachito. Y tú no has sido testigo de todo lo que Anabelle ha sufrido a causa tuya. No estuviste presente cuando ella te llamó mientras convalecía de una crisis de pánico, ni…

— Anthony ya se ha encargado de contarme todo lo que ha ocurrido desde su llegada al hospital, así que sí tengo idea de cómo ha sufrido. Pero no me atreví a revelarle todo el dolor que yo cargo desde esa última tarde en que la estreché entre mis brazos. Y comparando ambos dolores sé que una separación más podría matarnos. Soy pésimo en las despedidas, Jack, yo no tengo la fortaleza necesaria para decirle adiós, aunque sigamos en contacto. Si accedí a venir hasta aquí fue sólo porque me creí con fuerzas para hablar con ella y luego irme; pero después de conversar con Anthony me di cuenta que ni siquiera podría escuchar su voz sin desear callarla con mis labios. Si crees que ella ha sufrido es porque no conoces el infierno en el que me he sumido desde su partida.

— Y si la amas tanto, ¿por qué debes dejarla? ¿Por qué no quedarte aquí con ella?

— Con ella y con Anthony, quieres decir. Jack, la única razón por la que soportaría un exilio así sería para estar cerca de ella, pero no porque me interese la medicina. Mira, no sé si existe un sueño al que persigas, pero el mío no está en un hospital; mi sueño es ser actor. – enmudeció repentinamente. – No sé porqué te dije eso. El color de tus ojos ayuda a que te tenga una confianza sobrenatural. De igual forma, no puedo quedarme porque ya he trazado mi futuro.

— ¿Y acaso mi hermana no está en ese futuro?

— ¡Por supuesto que sí! Pero antes de que me atreva a pelear por su corazón, tengo que ser alguien, tener éxito en el escenario para poder mantenerla como es debido. Necesito que ella tenga razones para sentirse orgullosa de mí, y sobre todo, tengo que estar seguro de mí mismo. Para eso es debido que parta solo, sin mi amor, y brillar en Broadway. Sólo hasta ese momento permitiré que tú y yo seamos familia. – concluyó un poco hastiado del tema.

— ¿Piensas casarte con Anabelle? – cuestionó Jack sin poder imaginarse a ese par de tortolos manteniendo la compostura aún en una ceremonia sagrada.

— ¡No la llames Anabelle! ¡Es Candy, Candice White Andley! – pronunció mirando enardecido al moreno. Era la primera vez en varios días que se atrevía a nombrar a la rubia.

Sentía que su simple nombre era un tabú irremediable. Por eso le temía, pero por eso lo adoraba. Cada vez que mencionaba o siquiera pensaba en ese nombre, una serie de recuerdos se amontonaban en su mente; a veces lo hacían sentir feliz, pero en otras ocasiones no dejaba de recriminarse por dedicarle tanto tiempo a una esperanza muerta.

— Y sin embargo, tú la llamas por apodos, Terry. – atajó Jack sin dejarse intimidar porque el cuerpo de su interlocutor estaba más fornido ni porque en su voz se asomaba la furia. – Sólo respóndeme a la pregunta, Terry.

— Hasta entonces, quiero que la cuides, ¿has entendido? – amenazó el castaño lanzándole la más dura de sus miradas. – No puedo dejarla en manos de ese americano de ojos azules, serás tú quien la cuide cuando yo esté lejos. No quiero saberla sufriendo, así que más te vale que convenzas a tu familia que cancelen la demanda por su custodia. Me enteraré si no lo hacen, y no querrás que el duque de Grandchester se interponga en sus planes, Jack. Haz feliz a esa dama, o te juro, por vida de Cristo, que no tendré piedad contigo. – una sonrisa divertida alumbró el rostro del jovencito, y en respuesta, un ligero rubor llenó las mejillas del británico. – Y no le digas que te he amenazado, por favor. Creerá que he perdido todo mi orgullo. Hasta entonces, Jack. – se despidió acomodando el cuello de su camisa.

Jack lo vio partir en un carruaje que lo esperaba en las afueras del hospital. Con ese carácter, comprendía bien porque estaba enamorado de una criatura tan dulce como Candy. Eran como el agua y el aceite. Una con esmeraldas en los ojos, y el otro con un par de zafiros que repentinamente eran tan fríos como la hiel. Al principio, cuando se percató de la mirada y tono de voz de Anthony, creyó que Candy correspondería de inmediato ante ese amor, pero ahora que conocía a Terry entendía porque era irremplazable. Mientras el carácter de Anthony por lo regular era blando y tierno, el de Terry era apasionante y desafiante. Justo el contraste exacto para Candy.

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Al término del verano, Albert leyó una y otra vez la nota que tenía frente a sus ojos. Una caja de chocolates la acompañaba, pero a pesar de su favoritismo por esa clase de golosinas, se concentró en las palabras de la carta de su amigo.

"Querido amigo:

Lamento no despedirme en persona, sabes que no soy bueno con eso. Me iré a América este martes. Te prometo que pronto recibirás noticias de mí en los periódicos. No le digas a ella.

Terruce G."

El día mencionado era el presente. Y los cruceros partirían en un par de horas. Sus manos temblaban a causa de la indecisión. Sabía que su pareja predilecta tenía pocas oportunidades para encontrarse, y después de ese largo viaje, quizá disminuyeran hasta convertirse en nulas. Pero no podía arriesgarse a no llegar a tiempo para ir por Candy y despedir a Terry. Tenía que hablar con él, explicarle que no era bueno ocultarle la noticia a su amada. Y también temía que el británico jovencito abandonara su sueño después de ver a Candy. Ninguna de las opciones era admisible. Tenía que tomar una decisión.

En menos de dos minutos, el rubio hombre ya conducía a gran velocidad en un coche prestado. Guardaba en el bolsillo el dinero suficiente en caso de tener que ofrecerlo por su tenía algún percance. Ahora las señales de tránsito eran lo de menos, tenía poco tiempo para cruzar Londres e ir por la pecosa, después volver a cruzar la capital, y llegar a despedir a Terruce. Sí, ya no tendrían tiempo para charlar, pero quizá sí para despedirse. No le parecía justo que estando tan enamorados tuvieran tan escasas oportunidades para verse. El destino a veces era muy cruel con las parejas que más se amaban. Y Albert estaba particularmente harto de las supuestas pruebas de amor pues la mayor prueba que tenía, era la mirada de ambos muchachos.

Detuvo el coche en la entrada del hospital San George, y salió del coche con un brinco. Para su fortuna, la jovencita estaba sentada en el jardín leyendo con Anthony un libro de cuentos de terror. Se plantó enfrente de ellos y en el momento exacto en el que Candy esbozaba una enorme sonrisa, motivada por la repentina aparición de uno de sus amigos favoritos, Albert se adelantó a hablar.

— No hay momento de alegrías, Candy. Debo llevarte con urgencia al puerto de Southampton. – dijo tomándola del brazo. – Lamento mucho llevármela así, Anthony. – se disculpó mirándolo con sinceridad. – Y me alegra mucho que estés recuperándote. ¡Vamos, Candy! – susurró corriendo hacia el coche.

La rubia volteó a ver a su amigo una y otra vez, tratando de disculparse con la mirada. El pobre rubio estaba absorto, sin poder comprender qué tenía que hacer Candy hasta el otro lado de Londres. Pero admitía que en un carácter tan blando como el de Albert se tomaba como una situación única aquella grosería que era el arrebatarle a la dama sin antes pedir permiso.

En tanto, Candy se trepaba al carro preguntándole al rubio en dónde consiguió el auto, pero este aceleró apenas la muchacha se sentó. La velocidad se hizo partícipe de nuevo. La joven miró con nerviosismo los rápidos movimientos del volante olvidándose por completo del asunto que lo provocaba. Varias veces sintió la adrenalina correr por sus venas cuando fue el conejillo de indias de Stear, pero ahora la situación era diferente. Albert no conducía de esa forma para probar que el auto estaba en perfectas condiciones, sino porque de verdad sentía urgencia para llevarla al puerto.

— ¿Qué es lo que te pasa, Albert? – se atrevió a preguntar la muchacha con ambas manos agarradas del asiento y la mirada fija en el camino. Podía sentir como los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos, pero un rezo interior consiguió calmarla. – ¿Por qué vas tan rápido?

— Cállate, Candy, que me desconcentras. – espetó Albert por vez primera alzándole la voz a la adolescente. Arrepintiéndose al instante rebasó un carruaje y respondió con un tono más sereno. – Terry está por irse a América.

— ¡Terry se va a América! ¡Por todos los cielos, Albert! ¡¿Qué esperas para acelerar?! – bramó la muchacha olvidándose por completo de su rosario interno. Su corazón latió aún más rápido por el temor de perder a su alma gemela.

No se perdonaría nunca el no ver a Terry antes de partir, no podría permitirse el lujo de no volverlo a ver. Esa desgracia será el colmo de su vida. Terruce no tenía ningún derecho de abandonarla, no importaban los motivos, él no debía dejarla sin despedirse. Y aunque Candy tuviese que arrojarse al mar no permitiría que él se fuera sin que antes le dijera cuánto le amaba.

El camino pareció durar una eternidad. Cuando llegaron al puerto, el rubio no se detuvo a esperar que el coche estuviera bien estacionado, y Candy incluso no esperó a que estuviera en alto total antes de saltar y correr en directo a las orillas del puerto. El amor de su vida estaba por irse al otro lado del globo terráqueo y ella no dejaría que se fuera sin antes haber visto sus ojos una última vez.

Albert la siguió de cerca, pero aún con la ventaja de tener las piernas más largas, la muchacha lo sorprendió con su agilidad para escabullirse entre el gentío abriéndose paso al crucero que esperaba para marcharse. Y a unos metros de él, escuchó la voz de Candy llamando con suma desesperación a su amado.

— ¡Terry! – bramó una y otra vez haciéndose lugar entre los transeúntes. – ¡Te amo tanto, Terry! – exclamó con lágrimas en los ojos.

Albert desvió la mirada de su amiga y la fijó en el crucero. Sonrió esperanzado, aún estaban abordándolo, llegaron a tiempo. Y aunque la multitud era abrazadora con claridad escuchó la respuesta a los alaridos de la pecosa.

— ¡Candy! – contestó Terry buscándola entre el gentío a su alrededor. – ¡Candy, ¿en dónde estás?!

— ¡Terry!

Mil sentimientos y hasta más colapsaron cuando dos pares de ojos por fin se encontraron. Él dejó de subir al trasatlántico, pero ella no se detuvo. Siguió avanzando hasta que una maleta enorme le impidió acercarse más. Era él. Él estaba ahí, de pie, a algunos metros encima de ella. Mirándola con ferviente amor y con la mano derecha en el corazón. Él sentía lo mismo, sus latidos eran irregulares y sus labios estaban resecos a causa de la impresión.

Cuando por fin las piernas del muchacho le respondieron, Terry empujó a una y varias personas, para regresar a la orilla del puerto sin dejar de murmurar el nombre de su amada. Qué estúpido fue al no informarle que se iría. Ella no era un peligro, era su inspiración a seguir adelante. Era por ella por quien triunfaría en Broadway. Ella era su dueña y se lo demostraría, tenía que darle una prueba de amor que sólo ella comprendiera, por eso debía llegar hasta sus brazos.

Un cuerpo ancho de un caballero cortó la comunicación entre los enamorados e incluso obligó a Terry a retroceder varios pasos.

— Déjese de tonterías, jovencito. Estamos por irnos, ya no hay marcha atrás. – le dijo la gangosa voz del gordo hombre.

— ¡Quítese! – susurró tratando de hacerlo a un lado, pero cuando se percató, demasiado tarde, ya se encontraba arriba del trasatlántico y un grupo de marineros había derribado la tabla de madera por la que abordó. – ¡Imbécil! – insultó al hombre ancho y corrió hacia el barandal de la cubierta.

Las típicas cintas de colores unieron a los viajantes con sus seres queridos. Terry negó con la cabeza una y otra vez mirando a su llorosa adorada. Una idea brillante cruzó por su cabeza y a la velocidad de la luz, se quitó el guardapelo del cuello y lo arrojó con todas sus fuerzas hacia su colegiala.

— ¡Candy! ¡Te prometo que nos volveremos a ver! – bramó silenciando a todos los presentes. – ¡Cuídalo hasta entonces, que ahí he dejado mi corazón!

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¡Hola!

Les pido una disculpa, mañana me la pasaré doce horas fuera de casa, por lo que hoy tuve que hacer toda la tarea para mañana y el miércoles. Esa fue la razón de mi demora, en serio, discúlpenme.

Como sea, este capítulo es el final de la segunda parte. La siguiente es la final y consta como de diez capítulos, más o menos. En lo personal, es mi favorita. En fin, este capítulo es totalmente para Terry. Si bien no se narró casi nada respecto a sus sentimientos, aparecieron los pensamientos de Jack (el adorable hermano de Candy) y Albert acerca de cómo ven a este muchacho. Les dije que Jack era la onda... o si no se los dije, pues ahora lo afirmo. Y bueno, ¿qué decir de Albert? ¿Alguna vez creyeron que Albert condujera de esa forma tan Stearniana? No sé, fue cómico cuando lo escribí, me sonó tan Ciudad de México. Pero dentro de todo fue un lindo detalle.

Y la última parte, ¡qué Terry tan romántico! Por algo adora a Shakespeare. Iba a poner el insulto en francés, pero me pareció que sobraba. En todo caso, ustedes pónganlo en el idioma que deseen. Pasajero amargado. ¬¬

Quiero que constaten que ahora no fue mi culpa, si ellos dos no se encontraron fue por culpa de ese hombre. De todos modos, no coman ansias, por favor, el jueves quizá subo dos capítulos. ¡Ojo! Dije: quizá.

Como siempre, les mando un fuerte abrazo y les agradezco mucho su apoyo.