Unas disculpas, no tengo ni la menor idea de qué pasó, quedé exactamente igual que ustedes cuando regresé del pan.
En fin, espero que ahora sí se vea bien.
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28.
Nuevas esperanzas.
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"Cuídalo hasta entonces, que ahí he dejado mi corazón." Esa fue la última frase que Terry le dedicó a Candy esa mañana en Londres. Esas fueron las palabras con las que se despidió de Inglaterra, el país que fue su hogar durante más de diez años. Así se fue Terruce, sin despedirse de su padre y sin otorgarle el perdón a su madre.
Cuando ya no pudo visualizar el puerto de Southampton, soltó un largo suspiro y se metió a su camarote. Y cuando se dejó caer en la cama escuchó ruidos en su maleta. Su sentido común le ordenó que no abriera el equipaje, pero su curiosidad lo arrastró a hacer todo lo contrario.
— ¡Klin! – exclamó asombrado. – ¿Pero qué haces aquí? – preguntó sacando al animal de su maleta. El cuatí respiraba con cierta dificultad, después de estar encerrado durante horas era comprensible. – Yo ya te había dado la orden de quedarte con Archie y Annie. ¿Por qué me has desobedecido, criatura del demonio? – Klin lo miró dolido. – Tienes razón, no es bueno que cambies de dueño con tanta facilidad, aunque la verdad no sé si en algún lugar me permitan mascotas y no te lo tomes a mal, pero no es muy usual que las personas tengan como mascota a un cuatí. – acarició la cabeza de la adorable criatura. – De todos modos, veré qué puedo hacer. Ahora vuelvo, te daré agua, debes estar agotado, ¿cierto?
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Candy abrazó con fuerza el guardapelo de plata, mientras el trasatlántico se perdía de su vista. Qué envidia sentía por todas esas personas que viajaban en el mismo lugar que su adorado Terry. Y para la alegría de la joven, él todavía la amaba. El guardapelo que ahora ella portaba en su cuello, eran prueba suficiente. Y con la promesa del inglés, se sentía más segura de que la felicidad no le daría la espalda. Le sonrió a Albert antes de pedirle que la llevara de regreso al hospital. Aunque sus labios no lo dijeran, era evidente que la muchacha estaba decidida a esperar el tiempo necesario para volver a ver a su Terry. Entonces estaría lista para abandonar sus planes iniciales de matrimonio con el Brower. Su corazón como todo su ser sólo pertenecían a un hombre. A Terruce Grandchester.
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Dos días después, Richard Grandchester estaba de pie en una de las salas de las suites del hotel Savoy. Miraba la delgada espalda de la rubia actriz, esperando la reacción ante la desaparición repentina del único vínculo que aún compartían: su hijo. Un telegrama de la madre superiora le informó que el británico había dejado un recado escrito con su profesor de historia, a quien le pidió disculpas por su comportamiento en clase unas horas antes. No dejó carta alguna, no se despidió de nadie, pero a todas las personas a quienes les tenía cierto aprecio, les entregó un pequeño recuerdo. Investigando en el colegio, el duque de Grandchester se enteró que en la cocina dejó la llave que le dieron justo al lado de la taza amarilla que usaba con frecuencia. En el balcón de Annie arrinconó una sombrilla que combinaba con los ojos de la muchacha, y un dibujo de un cuatí en un árbol del colegio. Y en el de los hermanos Cornwell, colocó un pingüino de peluche anudado a una nota en donde se disculpaba por no ser el creador del peluche; y un sable de esgrima que a su vez, llevaba otra nota en la que se excusaba de las futuras peleas. A nadie le dijo adiós, pero de alguna forma, todos los incluidos en esos detalles, supieron que ésa era la despedida del hijo del duque de Grandchester.
Pero a su padre no le dejó más que tres palabras escritas en una hoja de papel. "Partí a América." Richard se lamentó por dormir hasta tarde y no despedir a su hijo como era debido. O en todo caso, obligarlo a permanecer en Londres. Después de corroborar la nota en el colegio creyó que la huida de su primogénito era obra de Eleonor Baker, así que le ordenó a su chofer que lo llevara con rapidez hacia el Savoy, hotel en donde por excelencia se hospedaban las personas como su ex novia. Sabía de sobra que Eleonor partiría de Londres en dos días, por lo que en teoría seguiría en su suite.
Pero cuando entró al enorme cuarto, la encontró cepillándose la larga melena dorada con la mirada clavada en el espejo, seguramente admirando el parecido que tenía con su único hijo. El pleito con Terry aún no se resolvía, lo que provocaba que la dama no sintiera ni un ápice de alegría.
— ¿Tienes algo que ver en la partida de Terruce? – preguntó el duque tratando de ignorar esos dorados cabellos que tanto le atraían.
Ella se sobresaltó al escuchar su voz, pero respondió casi de inmediato mirándolo a través del espejo.
— No sé de qué me hablas, Richard. ¿A dónde fue Terry?
— Me dejó esta nota hoy en la mañana. Supongo que ahora él ya está en el mar. – dijo el duque, extendiendo la nota en su rostro. – "Partí a América." Sólo eso me dejó, así que supongo que tú sabes más, Eleonor.
El movimiento de las piernas de la actriz al levantarse fue tan brusco que la silla cayó de espaldas. El nerviosismo se apoderó de inmediato de la americana. Desde su infancia, la rubia presentó un inusual cambio de comportamiento que alteraba hasta el idioma en el que hablaba. Igual que su hijo, ella hablaba francés sin problema alguno.
Como buen aristocrático, el duque de Grandchester dominaba varios idiomas, entre ellos, aquél que las dos personas que más amaban usaban cuando no se sentían tranquilas. Observó como la actriz se movía de un lado a otro buscando su cartera, estaba dispuesta a partir a América para continuar con su misión; y además de algunas majaderías, sus palabras afirmaban que se sentía culpable.
— Yo ya sospechaba que Terry se iría pronto. – la interrumpió el duque, también en francés. – Él no era feliz de verdad. Pero creí que esperaría un poco más, la chica a la que le escribe aún está en Londres.
— ¿La chica? – cuestionó ella tomando la cartera que había dejado encima de la cama. – ¿A qué te refieres, Richard? – cuestionó ya en inglés.
— Cuando me preguntaste si tenía planeado casarlo con alguien que favorecería a los Grandchester yo recordé a la familia Andley, debes conocerla, es de origen americana. – la mujer asintió con frenesí. – Bueno, Terry mantenía una relación, desconozco de qué tipo, con la hija adoptiva del patriarca. Es una familia muy buena, y tanto a ellos como a nosotros nos conviene una unión de esa clase. Claro que tendré ciertos problemas con el hecho de que ella en realidad no tiene sangre Andley, pero podré ignorarlos porque sé de sobra que nuestro hijo está enamorado de la joven. – explicó ignorando que esas palabras enamoraban aún más a Eleonor, porque para ella no existía un hombre más atractivo que aquél que fuera buen padre. Una mirada enternecedora hondó los ojos azules de la actriz. – ¿Qué ocurre? ¿Por qué me miras así? ¿Qué he dicho?
— ¡¿Por qué no me dijiste que nuestro bebé estaba enamorado?! – cuestionó con el mismo tono que una niña pequeña usa al hacer un berrinche. – Deberás contarme todo, Richard. – afirmó tomándolo de la orilla de la manga del saco y jalándolo hacia uno de los sofás de la suite. – ¿Quién es ella? ¿En dónde lo conoció? ¿Qué edad tiene? ¿Dónde está? ¿Ella lo ama? ¿Puedo ir a verla antes de irme? ¡Dímelo todo!
La repentina actitud de la rubia tomó por sorpresa al duque, quien esforzándose más para no tomarla del rostro y besarla en ese mismo momento, carraspeó y evitó los tiernos ojos azules que lo miraban con admiración. Utilizó todas las pistas que consiguió de la muchacha y los ordenó de acuerdo al cuestionario de Eleonor.
— Su nombre es Candice, de quince años, es rubia y de ojos verdes; bonita, supongo. Ella iba en el colegio de Terry, me parece que ahí se conocieron. Y según los testimonios de los amigos que compartía con Terry, Candice también lo ama, aunque tuvo que dejar el colegio para acompañar a otro de los Andley que necesita un tratamiento especial en el hospital San George. Te recomiendo que no la visites, no estoy seguro de que Terry le haya confesado quién es su verdadera madre. – recitó como si de un discurso frente a la reina se tratara. Después se acomodó el cuello de la camisa y carraspeó satisfecho de la información que poseía.
— ¡¿Rubia y de ojos verdes, dices?! ¡Oh, pero en qué belleza tan exquisita se fijó mi niño! – exclamó poniéndose de pie con la gracia de un cisne. – ¿Recuerdas cuando apenas era un niño, Richard? ¡Pensar que ahora es todo un hombre! – una lágrima se derramó en su mejilla. – Su cabello castaño apenas le rozaba las orejas cuando pequeño y ahora le sobrepasa los hombros. ¡Ya decía yo en invierno que pronto se enamoraría! ¡Está tan guapo que ni yo creo haber parido a un joven tan hermoso! Además es inteligente, ¿verdad, Richard? Dime, ¿sacaba buenas calificaciones en el colegio?
El aludido, sintiéndose como un pavorreal presumiendo sus conocimientos de Terruce, se acomodó en el sillón y sonrió. Por primera vez en varios años, por fin sonreía con alegría. Esa alegría que sólo una mujer era capaz de provocarle.
— Sí, tiene buenas calificaciones. Te alegrará saber que en literatura era muy bueno, Eleonor.
— ¡Mi Terry! ¡Oh, entonces es el partido perfecto, ¿no es así, Richard?! Escucha esto: guapo, de cuerpo atlético, inteligente, todo un caballero y de seguro un buen ejemplo para sus compañeros, ¿verdad? – miró de nuevo a su ex novio mientras éste miraba a la ventana dudando que aquéllos últimos adjetivos pudieran identificarse con su primogénito. – ¿Richard?
— Bueno, Eleonor; no creo que haya sido una blanca palomilla en el colegio. Recuerda que yo no era lo que se podía considerar como un joven aplicado y decente. Digamos que le heredé parte de mi rebeldía, aunque hay cosas que no sé de donde las toma. – y tomándose la confianza que creía muerta, añadió. – Por ejemplo, en la cocina me contaron que él tiene un extraño apetito nocturno, por eso le dieron una copia de la llave.
— ¡Yo no hacía eso! – replicó ella sentándose a su lado.
— ¡Yo tampoco!
— Bueno, entonces Terry ha sacado sus propias virtudes.
— Lo sé, yo prefiero los aviones a los caballos. Aunque entiendo que no se pueden volar en el colegio.
Una risa femenina reinó en la habitación. Eleonor se sorprendió del sonido de su risa, una risa sincera, llena de amor. En pocos segundos, fue acompañada por la divertida carcajada del duque. Después de once años, por fin podían decir que en ese momento eran felices. Cuando debieran de estar preocupados por su hijo, ambos padres de familia pasaron una tarde inolvidable.
La repentina partida de Terruce Grandchester, lejos de ser una desgracia para sus conocidos, se convirtió en el nacimiento de nuevas esperanzas.
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Dos años pasaron a partir de esa despedida. Candy, Anthony y la familia Mathewson estaban en Chicago. La rubia estudió durante un año y ocho meses en Maine, en la escuela de enfermeras Mary Jane, luego cinco alumnas fueron trasladadas al hospital de Chicago. Y como lo prometieron, los Mathewson siguieron a la jovencita, en tanto Anthony, con el movimiento en sus brazos de regreso, se mudó a la mansión de Lakewood para continuar su cuidado con las rosas. Candy le prometió que en cuanto se graduara como enfermera, que sería en unos cuantos meses, volvería a cuidar de él como cuando vivían en la casa de los Mathewson en Maine. Durante esos largos años, ninguno de los Andley se atrevió a hablar de la "boda" que todos esperaban anunciándose en los periódicos, pues con los sentimientos de Candy aclarados, Anthony no creía que fuera buena idea. Y aunque ella jamás le reveló nada acerca de la despedida en el muelle de Southampton, Anthony notó una nueva esperanza en los verdes ojos de su amiga, por lo que supuso que el asunto que la despegó de él esa mañana estaba relacionado con el británico arrogante. Y aunque pasaran los años, no podía evitar percatarse que los ojos de la muchacha no delataban el amor que aquél último otoño que pasó cabalgando. Así como la estudiante de enfermera seguía manteniendo esos sentimientos que nacieron en Londres, los del rubio seguían siendo los mismos que provocó la pequeña niña llorona en su portal de rosas. Y seguro estaba que aunque pasaran diez años más, él no podría dejarla de amar.
Mientras tanto, Archie y Annie ya habían dado a conocer su noviazgo y ambas familias estaban satisfechas por la relación. Stear y Patty, siendo más tímidos, dieron a conocer su relación meses después que el otro Cornwell, pero cuando eso sucedió la abuela Martha no pudo esperar viajar para conocer a la pareja de su nieta. Se quedó sorprendida al verlo y le dijo a Patty en secreto que era demasiado alto para ella, pero que cuando la besara podría cargarla, así que sería más romántico. Como es natural, la muchacha se horrorizó al escuchar esas palabras de la anciana. Los cinco personajes estaban orgullosos de su amiga Candy, quien siempre demostró ser más independiente que ellos; además, al estudiar enfermería, a pesar de los frecuentes quejidos de la tía abuela, no dejaba de parecerles un claro ejemplo de madurez. Ninguno de ellos conocía del guardapelo de Terry, aunque sí sospechaban que el corazón de Candy le seguía perteneciendo al inglés.
Elisa y Neil regresaron a América al mismo tiempo que Stear y Archie, pero aún no hacían nada más por evitar los logros de la rubia. Mas no faltaba mucho tiempo para ello, sobre todo tras recibir una carta de Denise Thompson informándole a su aún objeto de cariño, Elisa, que pronto estaría viviendo en Chicago igual que ellos.
A sus diecisiete años, Jack ya era un pintor reconocido en un tercio de América, por lo que se convirtió en uno de los solteros más codiciados del país. Con unos ojos de un marcado verde esmeralda y un cabello chino que le cubría las orejas, era de los jóvenes más atractivos que pocas veces se veía en los periódicos. Y como aún no encontraba una chica que le atrajera la atención lo suficiente, prefería asistir a sus exposiciones acompañado por su abuela o, en ocasiones, por Candy. Y cuando la rubia lo acompañaba varias veces se hacían especulaciones de la supuesta relación entre la heredera de los Andley y el artista. Sin embargo, una entrevista con el artista reveló que la estudiante de enfermería no era el tipo de mujer que él buscaba, así que pronto esos rumores desaparecieron.
Y en esos días, otro rumor era el que andaba en boca de todos: a pesar de las consecuencias sociales que acarrearía, el duque de Grandchester se había divorciado de la que fue su esposa durante más de doce años. Aún se desconocían las razones, pero se decía que el duque haría un viaje a América, por lo que tanto jóvenes como mujeres maduras se acicalaron una y otra vez con la esperanza de que el aristócrata se fijara en ellas.
Para Elisa Leagan, quien era muy joven como para intentar seducir al que una vez deseó que fuera su suegro, le parecía más viable la opción de conquistar al artista que estaba haciéndose de una fortuna que tanto le agradaba a la pelirroja.
Albert, el adorable amigo de Candy, estaba desaparecido, pues después de una última carta, recibida hacía casi dos años en donde informaba que estaba en África, nadie sabía nada acerca de él.
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Candy estaba admirando la luz del sol cayendo sobre su rostro. El verano estaba concluido, pero no por eso el calor en la piel de Candy era menos. Cada vez que su mano se aferraba del guardapelo de Terry sentía cómo el amor del inglés recorría cada vena en su cuerpo calentándola al instante. No importaba que ahora desconociera el paradero de su adorado, algo le decía que pronto la espera llegaría a su fin.
— Candy, ¿se puede saber qué estás haciendo ahí arriba? – preguntó Frannie su compañera de cuarto y la estudiante más estricta del colegio.
La rubia se sonrojó, escondió el guardapelo y bajó del árbol con bastante agilidad.
— Discúlpame, Frannie. ¿Ya terminó el descanso?
— Recibiste un paquete ésta mañana, ¿acaso no lo viste en tu cama?
— No. ¿Lo traes contigo? – cuestionó mirando las manos vacías de la morena.
— ¡Claro que no! Sólo quería avisarte, porque si no lo recoges de inmediato, algún conserje podría tirarlo, al levantarte lo has tirado al suelo. Me tropecé con él hace un momento cuando entré a dejar algunos libros de la biblioteca a mi escritorio.
— ¡Perdóname, por favor! – se disculpó dando un paso hacia atrás. – Entonces me apresuraré a revisar el paquete. Muchas gracias, Frannie. Nos vemos en clase.
Acto seguido, se echó a correr al interior de los dormitorios. Recordó las palabras que con seguridad le diría la directora Mary Jane, así que se frenó en seco casi provocándose una caída dolorosa. Resopló aliviada y abrió la puerta de la recámara que compartía con su condiscípula más severa. Y tal como Frannie dijo, un paquete color café aguardaba en el piso. No era tan grande como creyó, y cuando lo alzó se dio cuenta que sólo era un periódico. Rió ante aquélla posible broma y cuando despedazó el papel que lo envolvía una nota cayó a sus pies. Siguiendo sus aptitudes curiosas, levantó la nota y la leyó.
"Candy:
Estoy seguro que te agradaría leer una noticia en la sección de espectáculos, pero a sabiendas que pocas veces tienes tiempo de leer el periódico, me tomé la libertad de enviarte uno. Si no sabes que ponerte para ese día, te recomiendo el vestido morado con mangas largas; ah, y amárrate el cabello en una cola de caballo, te hará ver espectacular. Por el boleto no te preocupes, entrarás conmigo.
Jack."
Candy releyó la nota una vez más y luego abrió el periódico en la sección de espectáculos. No tuvo que buscar la noticia a la que se refería Jack. Sus dedos, temblorosos, se pasearon por el contorno de esa hermosa imagen. Sus facciones eran más maduras, su cabello estaba más largo y el pequeño copete que conoció en el colegio ahora se acomodaba justo al lado de su ojo izquierdo. Si antes creyó que Terry era un seductor nato, ahora que veía esa imagen se daba cuenta de que a los diecinueve años, Terruce Grandchester era el hombre más guapo del planeta. Inconscientemente, apretó el guardapelo que era el símbolo de su amor y una lágrima de felicidad se derramó sobre su mejilla.
"Terry Grandchester, la nueva estrella de Broadway, en dos días se presentará en Chicago por única ocasión."
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En serio no sé qué pasó, no sé porqué aparecieron esos códigos tan extraños, ni en clases de Griego aparecen esos símbolos.
Como sea, para no alargar más su letanía, el lunes les informaré acerca de un nuevo proyecto que está naciendo en mi cabeza. Sólo... en serio, perdónenme, no pude ver el error porque enseguida lo publiqué, fui por pan y apenas regresé me dediqué a editar el siguiente capítulo. Lo siento, de verdad, lo siento mucho.
Les mando un fuerte abrazo.
