Ya he arreglado el capítulo anterior, creo.

29.

Ira y lujuria.

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Un muchacho de diecinueve años se paseaba por la sala de la mansión Leagan con un periódico en sus manos. Su cabello negro estaba recortado con sumo cuidado y el traje azul marino con el que se envolvía hacía destacar su pálida piel y sus ojos casi tan oscuros como su alma. Sentía tanta envidia por el joven que era publicado cada tercer día en el periódico americano casi desde que lo conoció. Los dos llegaron al colegio San Pablo al mismo tiempo, el mismo día, a la misma hora. Aún recordaba la expresión desdeñosa con la que lo miró en aquélla ocasión; sin importar que tuvieran más posibilidades de hacerse amigos, el hijo del duque se comportaba como si estuviera a un lado de una cucaracha. Así era Grandchester, siempre creyéndose superior a los demás. Y aún con ese carácter que lo caracterizaba, era el alumno más popular del colegio y a los catorce años, su altura y su voz lo convirtieron en el galán que nadie poseía. Era la envidia de todos los hombres, pero no podían compararse con el resentimiento que guardaba Denise Thompson hacia él. Mientras éste se esforzaba día a día por mantener arreglada su apariencia, el bastardo aquél no hacía más que caminar con el cuello alzado para llamar la atención de cada jovencita a su alrededor. Lo que más enojaba no era su magnetismo, sino su ignorancia, pues se paseaba por todos lados sin dar aviso del encanto que provocaba en el alumnado femenino. Mientras Denise pasaba horas en la biblioteca tratando de reforzar sus conocimientos en las materias, a Terruce le bastaba con asistir a clases una vez a la semana, para llegar al examen final y obtener la nota más alta. Envidiaba su memoria prodigiosa. Y ahora, después de dos años de abandonar el colegio, el maldito bastardo fue capaz de combinar esas dos virtudes en un solo trabajo.

— No pudiste conseguir una mejor forma de humillarme que haciéndote actor, ¿verdad, "Terry"? – farfulló entre dientes mientras esperaba a la dama a quien todavía le entregaba parte de su cariño.

— Suelta ese periódico, querido. – le dijo la voz de Elisa. – Vas a destrozarlo y aún no he leído la sección de espectáculos.

— ¿Y para qué quieres verle la cara a ese actorcillo de cuarta? – espetó él olvidándose por un momento de sus modales. – Discúlpame, Elisa, no quise hablarte de esa forma. – dijo al enfrentar el rostro de la pelirroja. Para su sorpresa, no estaba ofendida, sino satisfecha.

— Veo que aún le tienes algo de rencor a Terruce. – comentó paseándose a su alrededor con su falda ondeando en el suelo. – Entonces todavía eres de mi agrado, querido Denise.

Una sonrisa socarrona y coqueta se dibujó en los labios del muchacho, quien soltó el periódico y se postró frente a la dama.

— Dígame si soy bueno para algo, bella señorita.

La aludida sonrió. Ahora que Denise estaba cerca sus planes se efectuarían con mayor perfección.

•••••

Annie Britter le suplicó a su novio que aquélla mañana la pasaran en los suburbios, pues no dejaba de insistir que la siguiente noche su mejor amiga debería lucir como una princesa, así que planeaba comprarle el vestido más bello de América. Archie la perseguía por toda la ciudad, pues temía que entre su ansiedad olvidara que su falda larga podría provocarle una caída. Sus sentimientos por Annie eran muy fuertes, pero aún no cumplían con su tarea, todavía podía sentir el amor hacia Candy salirse de su cuerpo. Confiaba en que pronto conseguiría que su corazón se entregara por completo a la morena que se empeñaba por comprar los mejores accesorios.

— Sus ojos son verdes, debe llevar uno o dos accesorios de ese color, pero también quiero que lleve algo plateado, pues no quiero ataviarla, no irá bien en esta época de otoño. – parloteaba Annie mirando el escaparate de una joyería. – Además, aún no tenemos el vestido, y no he decidido cómo llevará el cabello.

— Annie, creo que deberías detenerte a pensar que Terry estará en el escenario, no en las butacas. – comentó Archie tratando de refrenar su fiebre por las compras.

— Tienes razón, tendrá que usar algo llamativo. Estando en el palco, será más difícil que Terry fije sus ojos en ella. – contestó con efusividad. Archie suspiró.

— Me refería que no creo que Terry se fije en esos detalles, porque estará…

— ¿Enamorado cuando la vea? ¡Lo sé! Por eso debemos conseguir los mejores artículos para realzar la belleza de Candy. – explicó saliendo de la undécima tienda. – Vamos a Tiffany's, ¿quieres? Estoy segura que encontraremos el tocado perfecto para los rizos de Candy.

— Quiero decir que él va a estar actuando, no puede distraerse demasiado. ¿Por qué no sólo le compramos un vestido anaranjado con toques dorados y una tiara del mismo color? Eso será suficiente y no distraerá a la nueva estrella de Broadway. Candy ya tiene suficiente belleza como para adornarla con más joyas. Aunque creo que un collar de perlas quedaría excelente.

— ¿Perlas, Archie? ¡No! ¡No estamos en invierno! Será mejor un collar de oro y un brazalete finísimo. Esos artículos resaltarán la piel de Candy a la perfección. Pero opino que le compremos un vestido azul o verde. Acuérdate que debe lucir esos ojazos que tanto admiran ustedes los hombres. – señaló Annie sin dejo de celos. Cuando de Candy se trataba, la morena no medía sus palabras, aún cuando éstas provocaban un ligero rubor en las suaves mejillas de Archie.

Mientras se debatían acerca del color del vestido que utilizaría su amiga la noche posterior, la morena tropezó con el pie de una mujer delgada que también discutía con una joven rubia. Archie alanzó a tomar de la cintura a Annie evitando que se cayera. De inmediato, ambas parejas comenzaron las usuales disculpas.

— Susie, querida, no debiste distraerme, ¿acaso no ves que estos dos tortolos están buscando el artículo perfecto para que luzca la belleza de esta señorita? – dijo la mayor de las mujeres mirando de reojo a la muchacha que la acompañaba.

— ¡Oh, no! No es para mí, estas bolsas son para mi mejor amiga. La noche de mañana se reencontrará con el amor de su vida y queremos que luzca espectacular. – respondió la tímida de Annie ante el asombro de su novio. – Yo ya tengo mi vestuario, pero ella está muy ocupada para hacer estas compras.

— ¿Mañana, dices? ¡Vaya, qué casualidad! El día de mañana mi Susie hará suspirar a todo Chicago, ¿verdad, hija? – la aludida, delgada y de facciones hermosas, se ruborizó.

— Vamos, madre, no es para tanto. Estoy segura que será Terry quien se lleve las grandes críticas de los periódicos.

— ¿Terry? – repitió Archie mirando con confusión los ojos azules de la muchacha.

— No digas tonterías, Susie. Discúlpenla, inmaculados jovencitos, lo que sucede es que mi hija es actriz, es extraño que no la reconozcan, ella es Susana Marlowe. Terry es un novato que entró hace una temporada a la compañía Stamford y ahora se cree el dueño del lugar.

— Mamá, no digas eso. Terry es un gran actor, y además un caballero. – lo defendió Susana sorprendiendo a la pareja. Tenían un muy mal presentimiento ante el tono de voz de la actriz.

— ¡Bah! Como sea, espero que sus compras tengan éxito. Un gusto haberlos conocido. – se despidió con elegancia y luego miró a su hija. – Anda, Susie, aún tenemos que comprar el vestido para el estreno. Si quieres asombrar al actorcillo ése, entonces tendrás que esforzarte porque parece hecho de hielo.

– Con permiso. – se disculpó la rubia antes de irse.

Annie y Archie no tenían que ser unos genios para darse cuenta de qué actorcillo hablaban. Un gesto de malhumor apareció en la cara de Annie, quien indignada sacudió la falda de su vestido y entró a la tienda más cercana con el castaño siguiéndole de cerca.

— Qué gente tan poco sutil. – dijo Archie mirando distraídamente uno de los vestidos que colgaban en los maniquíes. – Supongo que estos años no han sido en vanos para Terruce. Vaya que no ha perdido tiempo conquistando hermosas damiselas.

— ¿Esa rubia desabrida te parece hermosa? – espetó Annie pasando con rapidez los vestidos colgados a espaldas de su novio. – Candy es mucho más bella, mucho más bella. Y no creo que Terry sea tan distraído como para cambiarla por esa actriz. ¿Qué no escuchaste que no puede conquistarlo? Es obvio que Terry sigue enamorado de Candy. Y si no es así, entonces seguiremos mi plan inicial. Escúchame bien, Candice White Andley será la dama más hermosa de todo Chicago para mañana en la noche. Y si Terruce no la voltea a ver cuando entra, seguramente arderá en celos cuando se percate que no habrá hombre que no la desee. – amenazó la joven girándose sobre sus pies.

Pocas veces podía enojarse, su novio lo sabía, sin embargo, después de la culpabilidad que sintió a raíz de que su amistad floreciera de nuevo Annie dispuso todo su ser a hacer feliz a su mejor amiga.

Una ancha sonrisa se dibujó en ese rostro tan dulce.

— ¡Ése será su vestido, Archie!

•••••

El padre de Denise Thompson era dueño de uno de los más grandes diseñadores de periódicos de América, por lo que el joven ya tenía grandes conocimientos al respecto. Sólo necesitaría dos empleados y una buena y convincente fotografía entre los dos involucrados para hacer funcionar el magnífico plan de Elisa. Lo que más lo animaba a falsificar una nota periodística era la promesa de la pelirroja acerca de su primera cita. Después de dos años de larga espera, Denise por fin tenía en sus manos la posibilidad de heredar la exquisita fortuna de los Leagan. Si bien era cierto que antes perseguía a la muchacha por deseos del corazón, ahora que conocía el dinero que poseía su familia era su avaricia la que la pretendía. No negaba que fuera bonita, pero cierta actriz con la que su enemigo nato trabajaba, era en verdad la mujer más bella que sus ojos habían visto.

Y mientras esperaba el momento perfecto para consolidar su plan, disfrutaría de la imagen de su amor platónico en el escenario, aún cuando fuera Terruce quien tuviera el papel como el rey de Francia dándose así el derecho de cortejar a la belleza de Susana Marlow.

Sin embargo, al llegar a las afueras del teatro encontró a Neil Leagan, a quien saludó con familiaridad.

— No sabía que gustaras del teatro, Neil. – confesó el moreno. El pelirrojo resopló.

— Y no me gusta. Es sólo que Elisa quiere ver al británico ése. – contestó con aburrimiento cruzado de brazos.

— Ah, Terruce. Él sí sabe cómo ganarse a las damas más guapas, ¿no es así?

— Ni que lo digas. Hace un momento vi llegar a Candy. Lo admito, es un mal ejemplo de decencia, pero esta noche luce como una diosa. Y puedo asegurarte que se esmeró tanto en el tocador sólo para satisfacer a ese engreído. – replicó molesto.

— ¿Acaso son celos los que noto en tu voz, Neil? – preguntó con sorna.

— No digas estupideces, Denise. Sólo te digo lo que vi. Esta será la noche de la hospiciana.

— Que Elisa no te escuche o se enfadará. – Neil se alzó de hombros restándole importancia a la opinión de su hermana.

— La obra empieza en veinte minutos. ¿No quieres comprobar lo que te dije de Candy? Estoy seguro de conseguirnos un espectáculo privado. – afirmó con cierta satisfacción.

Una sonrisa más bien lujuriosa apareció en el rostro de Denise.

•••••

Candy esperaba impaciente en el lobby del teatro. Por el permiso de su jefa para ir al teatro y tras cambiar su guardia con una compañera, se olvidó que la ley femenina implicaba llegar hasta diez minutos tarde a una cita y segura estaba que Annie la regañaría por su puntualidad. Aunque la rubia no era del tipo romántica, admitía que tendría muy merecido el regaño; a pesar de que no era una cita de verdad, ya que Terry no sabría de su presencia hasta que el telón se alzara y él fijara su vista a los palcos. Aún faltaban veinte minutos para la primera llamada, su hermano estaba conversando a tres metros de ella con unos amantes del arte moderno, por lo que Candy esperaba a sus amigos de pie. Su vestido de seda era azul pálido, con un discreto escote en la espalda y un cuello en uve que no reflejaba más que la delgada cadena de plata del guardapelo de Terry. Sobre su cintura, un pequeño moño de un color más oscuro hacía su aparición, enmarcando con ligereza la curva de las caderas de la pecosa. La falda caía sin una sola arruga hasta los delgados pies de la rubia moldeando con suavidad sus largas piernas. Su melena estaba amarrado en una alta cola de caballo que causaba que su cabello luciera como una cascada de oro combinando muy bien con el brazalete que llevaba en la muñeca izquierda. Y para rematar, una bolera blanca cubría con coquetería los hombros y unos centímetros de sus brazos. Estaba más que divina, aunque para Candy el estilo era demasiado atrevido.

Suspiró por enésima vez mientras observaba la puerta añorando ver a Archie, Annie, Stear y Patty entrar. Se sorprendió cuando Neil Leagan fue el que pasó al teatro sin despegar sus ojos de ella.

— ¿Eres enfermera, cierto? – preguntó sin halagarla por su aspecto, aunque sus ojos lo delataban. Candy, sin querer explicarle que aún no hacía su examen para titularse, respondió con un monosílabo positivo a lo que Neil asintió. – Un amigo mío acaba de caerse, está afuera. ¿Podrías atenderlo? – preguntó no sin cierta diversión.

— ¿Afuera? ¿Y por qué no lo has traído? – preguntó la pecosa olvidándose de las maldades que antes había sufrido a causa del pelirrojo. – No importa, llévame con él, por favor. – giró el rostro hacia su hermano, pero notando que éste seguía conversando con aquéllas elegantes personas tragó saliva y salió con Neil.

El muchacho caminaba frente a ella indicándole el camino hacia uno de los costados del teatro, aquélla típica calle de mala muerte. Un repiqueteo en el corazón de Candy le indicó que algo no marchaba bien, pero su sentido de responsabilidad como estudiante de enfermera hizo callar todas sus sospechas. Fuera quien fuera el herido, ella tendría que atenderlo. Sin embargo, cuando la única luz que veía era la de la luna el temblor en sus piernas le impidió seguir caminando, así que se sostuvo de la pared de ladrillo justo antes de escuchar una risa que identificó en menos de un segundo. Giró el rostro en el momento exacto en el que una figura masculina salía de las sombras. Lo reconoció de inmediato, cuando quiso echarse a correr fue tomada con brusquedad por la espalda.

— Creo que estabas en lo correcto, querido Neil. – murmuró la voz de Denise Thompson. – Candy, ¿cuándo fue que te pusiste tan hermosa? – cuestionó acercándose a ella con tres zancadas.

— Éste es mi amigo, Candy. Ha caído bajo porque no tuvo tu presencia durante dos años. – bromeó Neil estrellándola en la pared.

— ¡Suéltame! – exigió Candy sacudiéndose con fuerza. – Tú nunca puedes hacer las cosas solo, eres el mismo cobarde de siempre, Neil. – intentó darle una bofetada, pero él fue más rápido y tomó su mano con una sonrisa en los labios.

— Neil, creo que a pesar de todo, sigue siendo una pequeña torpe. – comentó Denise colocándose a un lado del pelirrojo. – Creo que se ha puesto el vestido al revés. – agregó con la lujuria marcada en su voz y su mirada. – ¿Te molestaría si te ayudamos, Candy? – preguntó acercando una de sus manazas al torso de la muchacha, pero esta vez la dignidad pudo más que la fuerza, por lo que con un movimiento ágil se deshizo de las manos de Neil y empujó a Denise fuera de su alcance.

— Es fuerte porque trabajó en un establo. – explicó el más joven de los hombres tomándole los brazos por la espalda para sacar a relucir el encaje que rodeaba el cuello del vestido de Candy. La mirada en Denise se intensificó.

Y justo cuando el moreno intentó de nuevo tocar a la rubia, una espada cruzó la penumbra aterrizando justo entre el victimario y la dama.

— Espero no molestarlos. – dijo una voz muy conocida en la oscuridad.

Candy jadeó asustada y los dos hombres voltearon hacia la dirección de donde venía el arma, mas no hubo necesidad de buscar mucho, ya que un caballero aterrizó a unos metros de ellos. Su ropa era más bien medieval y exagerada, pero la furia en sus ojos azul verdosos era actual y verdadera.

— ¿Hm? – dijo Terruce Grandchester avanzando hacia ellos. Candy sintió como Neil la soltaba tembloroso y retrocedía al mismo tiempo en que ella se sentía desfallecer, aunque imploraba que el caballero la mirara. – Pregunté si molesto. – repitió acercándose a Denise, quien asustado por la terrible mirada de su antiguo compañero, caminó hacia Neil sin dejar de sudar. – ¿Cómo te sientes, Denise? – preguntó Terry tomando la espada clavada. Se detuvo teniendo a los dos malnacidos enfrente de él y lejos de la rubia. – Entiendo, sigo siendo el hijo del más alto noble inglés. – metió la espada en la vaina que estaba anudada en su cintura y le dirigió una corta mirada desaprobatoria a las piernas temblorosas de Candy antes de continuar con los cobardes frente a él. – Y ustedes son ricos. Dos americanos ricos atacan a una chica, ¿no? Si ustedes fueran valientes y tuvieran una espada les demostraría cómo un caballero inglés responde ante tales situaciones, pero teniendo en cuenta sus debilidades seré benévolo con ambos. – dio un paso a la derecha y tomó a Denise del cuello de su camisa hasta alzarlo unos centímetros del piso. – ¡Toma! – gritó antes de golpearlo en la nariz, haciéndolo caer. De inmediato, antes de que Neil tuviera tiempo de huir, le asentó un puñetazo en el estómago. – Atrévanse a siquiera acercarse a ella – comenzó con una voz tan llena de ira que asustó a Candy. – y les prometo que no saldrán vivos, ¿entienden? – volvió a tomar a su enemigo colegial del cuello y acercó su rostro unos centímetros. – Intenta tocarla de nuevo, no me importa si sólo rozas sus dedos, y te juro que yo mismo te cortaré aquello con lo que te haces llamar hombre. – amenazó desenvainando su espada y apuntándola a los pantalones del moreno.

Lo soltó con brusquedad y les dio la espalda mientras volvía a meter la espada en la vaina, aún sin mirar de frente a la pecosa, quien recargada en la pared podía ver los frenéticos movimientos de sus hombros causados por la ira.

— Ahora váyanse. No quiero verlos a menos de cien metros de aquí.

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¡Hola!

¿Ya vieron por qué les dije que era la más pasional? Sé que todas deseábamos golpear a esos dos infelices lujuriosos... Por suerte llegó el príncipe azul a amenazar como no cualquier caballero en ese entonces se atrevía. ¿Acaso se necesitan más pruebas del amor que le tiene a Candy? Y no se exalten, pronto habrá interacción entre ambos personajes. Mientras sigan disfrutando de ese hermoso espadanchín.

Y sí, ya apareció Susana. Creo que en algún momento alguien me preguntó si ella aparecería... pues sí, sé que casi tercer capítulo repito lo del efecto mariposa y todo eso, pero tampoco voy a desaparecer a un personaje tan crucial en la historia de Candy y Terry.

Por último, me estoy preparando para recibir sus amenazas de muerte, el plan de Elisa es bastante cruel. Todavía voy a hacer sufrir más a nuestros protagonistas, lo siento mucho.

En fin, les agradezco muchísimo el apoyo y todo su tiempo dedicado a este fic, nos leemos el lunes, ya con un sólo capítulo. Disfruten su fin de semana.