30.

Como el rey de Francia.

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Diecinueve años tenía ese jovencito. Dos años habían pasado desde que lo vio por última vez en el trasatlántico, y si en ese momento estaba más que apuesto, en la actualidad vestido como el rey de Francia y con los hombros más anchos, dejaba en claro que el adolescente buscapleitos ya no existía, dándole lugar al hombre elegante y responsable. Estando de perfil, aún sin mirarla, le provocaba las más tiernas emociones a la rubia que no lo olvidó. Sus extremidades no le respondieron cuando ella deseó correr a abrazarlo. ¡Al demonio las reglas de la propiedad, deseaba estrecharlo entre sus brazos, aún con el riesgo de no querer soltarlo nunca! Sencillamente no podía refrenas sus deseos por arrojársele al cuello y llenarse los labios con sus besos. Aunque existía un deseo que superaba todos los demás: a pesar de estar a sólo unos metros de distancia, él aún no la miraba. Sus ojos azul verdosos aún no se reflejaban en los verdes de ella. Mientras el muchacho evitara fijarse en Candy, ella podría tener varias suposiciones, pero no una afirmación acerca de los sentimientos del británico, y le atormentaba la sensación de ignorar si Terry todavía la amaba.

— ¿Por qué accediste a venir a solas con ése par de imbéciles? – preguntó el actor con tono frío. Sus puños y párpados se cerraron con fuerza. Aún estaba furioso.

Era su voz, aunque distorsionada por sus sentimientos actuales, Candy se sintió bendecida por escuchar esa voz dirigiéndose a ella. Sus piernas cada segundo le temblaban más, se sentía desfallecer por tener tanta suerte. Y sin embargo, le temía al caballero que estaba con ella. Le temía a su tono y a su indiferencia. Le temía a su dureza y a las palabras con las que amenazó a sus dos antiguos condiscípulos. Le temía a que pronto dirigiera todo su odio a ella, a la mujer que un día juró amar por toda la eternidad.

— ¿Qué? – preguntó Candy con torpeza para luego carraspear y responder con más aplomo. – ¡Ah! Lo que sucede es que Neil me dijo que uno de sus amigos se había caído y que necesitaba revisión médica.

— Y tú le creíste con ingenuidad, ¿no es así? ¿Acaso ya olvidaste todos los maltratos que sufriste a causa de él?

— No, pero el código de enfermeras ordena que atendamos a los heridos, sin importar de quién se trate.

Terruce abrió los ojos, para fijar su mirada en el piso. A pesar de la noche que los embargaba, Candy pudo vislumbrar en los ojos del joven que su mirada estaba más endurecida de lo que se imaginaba. Sólo una vez los vio de esa forma y el recuerdo todavía le erizaba la piel.

— Ya, y el código del patán dice que no importa cómo, pero se debe atraer a su víctima a la trampa para jugar con ella. – no cabía duda, la rabia en él crecía ante cada segundo transcurrido.

— Terry… – pronunció Candy con voz queda. – Por favor, basta. Ya pasó, no importa. – dijo en un intento de hacerle ver sus verdaderos sentimientos. Falló. El británico sacudió la cabeza, huyendo de unas monstruosas ilusiones que pasearon por su mente.

— Me da rabia tu inocencia. Tu corazón es tan blando que no puedes siquiera imaginarte que sus verdaderas intenciones no eran "acomodarte el vestido". – farfulló entre dientes antes de dirigirle una fugaz mirada al vestido azul de la muchacha.

— No soy tonta, sé con exactitud cuáles eran sus planes conmigo, sólo quiero decir que ya no estoy en peligro. Tú me has salvado, estoy contigo.

Por fin el deseo más añorado de la rubia se cumplió, aunque no reveló lo que ella esperaba. Como lo temió, la rabia del muchacho se concentró en esos ojos tan asombrosos, y fue dirigida al rostro de Candy. Eran como dos sables azules que atravesaban todo su pálido cuerpo.

— Exacto. Estás a solas conmigo, en medio de la noche, en un oscuro callejón, y sólo a ti se te pudo ocurrirte verte aún más hermosa de lo que te recordaba. ¿Qué clase de hombre crees que soy, Candy? – espetó con la desesperación marcada en la voz y la expresión de su rostro.

— ¡Eres un caballero inglés! – afirmó ella con tono tajante. – Terry, no eres el mismo de hace dos años, créeme que también me has asombrado.

— El asombro es un burdo sentimiento comparado con lo que sentí al verte desde el alfeizar de la ventana. ¡Demonios, Candy! ¡¿Te das cuenta de que me distrajiste incluso de salvarte?! Tuve que esforzarme mucho para desviar la mirada de ese vestido y forzarme a arrojar la espada para impedir que esa rata de alcantarilla tuviera la satisfacción de sentir tu piel. – su rostro enrojeció abochornado. En menos de medio segundo se dio la vuelta para evitar esas selvas que eran los ojos de la rubia. – Y para todo esto, ¿en dónde está tu hermano?

Y antes de que Candy siquiera absorbiera la confesión disfrazada del dueño de todas sus emociones, unos pasos rápidos trajeron a un muchacho de ojos verdes a la escena.

— ¡Ann! – exclamó Jack abrazando a Candy e ignorando a su acompañante. – Acabo de ver a Neil y otro joven correr de aquí. ¿Te hicieron algo? – cuestionó tomándola del rostro.

— ¡¿En dónde estabas, idiota?! – bramó Terruce jalándolo del saco. Éste lo reconoció de inmediato, pero sabiendo que ése no era el momento para alegrarse del reencuentro de la pareja, respondió con su usual tono amable.

— Estaba atendiendo a unos aficionados del arte. Cuando me despedí de ellos, Ann ya no estaba a mi alrededor. No me percaté de cuándo salió del teatro. – esbozó una ligera sonrisa. – Te agradezco por estar aquí, de seguro fue por ti que esos dos huyeron.

Los hombros del actor se relajaron a sobremanera. Suspiró y soltó al artista.

— No me agradezcas. Ambos tienen suerte, porque sólo estaba practicando un ritual que consiste en tocar la armónica en la ventana quince minutos antes de la primera llamada. De no haber sido por eso… – enmudeció de nuevo frunciendo el entrecejo. Tres segundos después, se acomodó el cuello del traje y le habló con frialdad a Jack. – No la pierdas de vista.

Y sin dedicarle otra mirada a Candy, avanzó entre la penumbra. La pecosa, desilusionada por el encuentro, corrió hacia él.

— Terry, quiero entregarte tu…

— No, Candy. – la interrumpió el aludido de con fiereza. – Ahora no. – repitió, más bien con tono de súplica.

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Terruce subió por la escalinata hasta llegar a la puerta de emergencia que se encontraba en la parte trasera del teatro. Después de dos años de la despedida, aún podía sentir cómo el calor del amor recorría sus venas cuando veía a esa chica. Se odió por el trato tan seco que le dio unos momentos antes, pero la odiaba un poco más por ser tan inocente. Mil veces Terry vio a las jóvenes lucir vestidos más atrevidos que el de Candy, pero en ninguna ocasión, le produjeron tantas sensaciones como ella. Esa noche, justo cuando se acomodó en el alfeizar de la ventana preparado para tocar en la armónica aquélla melodía que le recordaba a su colegiala, escuchó el delicado roce de la tela de seda en el suelo. Un latido en su corazón le indicó que ella estaba cerca. Apenas tuvo que girar unos grados la cabeza para percatarse que no lo engañaban, Candice White Andley estaba a unos metros de él. La pequeña pecosa con la que se divirtió en el colegio San Pablo, la habilidosa joven que trepaba árboles al caer la noche, la rebelde que escondió a una anciana en su habitación, la altruista dama que le entregaba una parte de su corazón a cada persona que conocía; y sobre todo, la dueña de sus labios. Era ella la que estaba de pie en el callejón. Mas no era la misma. Por más que Terry intentó recordar, sabía que a los quince años Candy no poseía esas curvas tan peligrosas que ahora el vestido tanto se empeñaba por enmarcar. El moño en su cintura, la falda apenas ceñida, el cuello en uve, todos esos detalles eran más de lo que podía soportar. Se deleitó mirando cada centímetro de la piel de la muchacha, como si allí encontrara la respuesta a su pregunta: ¿cuándo dejó de ser una tierna y adorable adolescente, para convertirse en una mujer endiabladamente bella? Una delgada línea en su vestido era marcada por la larga pierna derecha de la muchacha al arquearse un poco por el forcejeo de la pelea que el británico aún no notaba pues, para éste, cualquier persona en el mundo sobraba mientras ella estuviera cerca. ¡Qué deseos de estrecharla entre sus brazos!

Fue hasta que la muchacha ordenó que la soltaran, cuando Terry pudo observar el entorno en el que Candy se encontraba. Se sintió como un completo estúpido al recordar que las sensaciones que ella le provocaba, también las sentían los hombres que la tuvieran cerca. Pero cuando entendió las intenciones de Denise, una rabia que fue enterrada en el fondo de su corazón un par de años atrás, emanó por todo su cuerpo. Se levantó de inmediato en la orilla de la ventana preparado para saltar. Vio como su adorada y valiente rubia conseguía evitar el contacto de la mano de ese animal segundos antes de que el imbécil Leagan la tomara de nuevo en brazos arqueando aún más su espalda y descubriendo parte del escote frontal. Si la rabia no hubiera poseído por completo al actor, con seguridad también se habría perdido en ese encaje. Por fortuna, su amor era aún más grande que su deseo, así que actuó como su ira demandaba.

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Caminó por el largo pasillo de camerinos hasta llegar al suyo, en donde se dejó caer enfrente del espejo. Klin, quien momentos antes dormía en el sofá aterciopelado cercano al armario, se sentó frente a su actual dueño. Ése animal era el único recuerdo que conservaba de su amada Candy, por él era porque no se sentía solo. Además, lo consideraba su amigo, así como Albert lo hacía con Puppé, su mofeta. Al principio fue difícil que lo contrataran cuando un cuatí le seguía por todos lados, pero terminaron por aceptar que el talento del muchacho le restaba importancia a su mascota.

Terry acarició a Klin una y otra vez, hasta que escuchó la segunda llamada y Robert Hathaway golpeó con los nudillos la puerta del camerino.

— Dos minutos, Terry. – avisó antes de seguir su camino.

El actor suspiró y cerró los ojos absorbiendo con maestría su personaje, olvidándose de todo lo demás. Si por algo amaba el teatro era por el escape que lo alejaba de su realidad, fuera la que fuera. Siendo Terruce Grandchester sufría, reía o maldecía por lo que a Terruce Grandchester le sucedía; pero entrando a escena, él dejaba de ser el bastardo hijo de un noble inglés para darle lugar al personaje que le asignaban. El británico era tan buen actor que algunos decían que todo lo que en el guión estaba escrito carecía de alma comparado con el sentimiento del novato. Y sólo otra actriz estuvo a su altura en sus inicios y era, por casualidad, la mujer que tenía rasgos muy similares a los de él: Eleonor Baker.

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Richard Grandchester entró a los palcos justo antes de la tercera llamada. Su corazón latía con fuerza, pues tenía diecinueve años que no veía una obra de teatro, y de nuevo lo hacía para ver a la persona que más amaba en la vida. Aunque ahora no se tratara de su amada, sino de su primogénito. Cuando éste tenía tan sólo ocho años de edad, le confesó a su padre que había encontrado un libro de teatro y que estaba dispuesto a actuar para él. Como es obvio, el duque le ordenó que se olvidara de esa ridícula idea y lo castigó durante tres días. Cuán arrepentido se sentía por reprimir la pasión de Terry, de su Terry.

¡Mucho me espanta! La que era hasta hoy vuestra mejor presea, asunto de vuestras alabanzas, bálsamo de consuelo en vuestra ancianidad, la predilecta, la mejor, la más amada, ¿ha podido en tan breve tiempo cometer acción tan monstruosa, para deslucir así todas sus gracias?…" – retumbó la voz de su hijo en el teatro.

Una delgada lágrima de orgullo resbaló sobre la mejilla del duque. Aún no podía creer que esa figura masculina que tanto magnetizaba a su público, mantuviera conexión sanguínea con un hombre como él.

"…Preciso es que la culpa sea monstruosidad fuera de la naturaleza, o vuestra manifiesta adoración de antes era sólo aparente,…" – susurró una voz femenina a su lado, siguiendo los labios del joven actor.

Hasta ese momento, Richard no se había percatado de la presencia de la dama que lo acompañaba, aunque no tuvo tiempo de sorprenderse, o siquiera enamorarse más, pues sus labios se abrieron de par en par.

"…Pues hallar en ella acción culpable, es creencia que mi razón no admite si algún prodigio no viene a convencerme…"[1] – finalizaron el diálogo padre, madre e hijo. Y en ese momento, los tres corazones se sintieron más unidos que nunca.

Como si durante se diálogo los dos padres hubieran olvidado como respirar, soltaron un largo suspiro. Estaban satisfechos. Su hijo sería el rostro de la primera plana de todos los periódicos estatales.

— La piel se me eriza cuando lo veo en el escenario. – confesó Eleonor Baker una vez el rey de Francia y Cordelia salieron de la escena. El duque pudo percibir un nudo en su garganta.

— Tiene el mismo talento embriagador que tú, Eleonor.

— En eso estás equivocado, Richard. Terry nació con un talento aún mayor. Observa a todos, parece que la magia de la obra ha salido junto con él. Es por él, es por esa única escena, que el teatro se ha llenado. Terry es una estrella, nuestro Terry ha brillado sin nuestra ayuda. – murmuró con las lágrimas empañando su rostro.

— Le sucede lo que a ti, créeme. – insistió el duque sacando del bolsillo de su saco un pañuelo que le ofreció a la madre de su hijo. – Busca entre las jovencitas del palco derecho a una rubia pecosa y encontrarás el secreto de Terry.

La actriz, comprendiendo las palabras de Richard, se limpió el rostro con rapidez y en menos de treinta segundos, una enorme sonrisa llenó de luz su rostro. Una muchacha hermosa se enjugaba las lágrimas con un fino pañuelo. Aún estaba absorta.

— Es ella. ¡Oh, por Dios, es bellísima! – exclamó poniéndose de pie.

El duque, divertido por la impulsividad siempre joven de la rubia, tomó con delicadeza su cintura y la regresó a su asiento sin forzar una risita traviesa. Cuando estaba con ella, olvidaba que ya no tenía veinte años, sino lo doble.

— No comáis ansias, mi Cordelia, vuestra impaciencia provocará un descenso terrible por las malvadas butacas del recinto. Si tanta es vuestra emoción, os suplico aguardar a que el primer acto concluya. Os prometo llevarla yo mismo a conocer a la benévola joven que tanto admira vuestra sangre. – bromeó Richard recordando lo que se sentía tener sentido del humor.

La actriz, rememorando los días más felices de su vida, no pudo evitar soltar una carcajada que para su acompañante sonaba más bien a una caja musical. El sonido de su risa era de sus mejores recuerdos. Y ahora que no tenía ningún compromiso social, estaba dispuesto a hacer el mismo sacrificio del rey de Francia. No importaba el dinero o posición social de esa mujer, pues su mejor dote era ella misma. Y siendo así, consiguió robarle el corazón durante más de veinte años.

— Eleonor, te invito a cenar. – dijo dejando a un lado su orgullo inglés.

Lo único más valioso que el orgullo, es el honor, y no existe honor más grande que el de ser correspondido en el amor.

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Anthony miraba de reojo al palco de su derecha. Él estaba sentado junto a la tía abuela, rodeado de Elisa Leagan y los hermanos Cornwell, que eran acompañados por sus fieles parejas. Mientras que el rubio, quien una vez fue el más perseguido de los tres primos, estaba prácticamente solo. Después de sentirse así, se prometió no volver a salir de su jardín. Era la última vez que le cumplía el capricho a la tía Elroy de no dejarla sola.

El corazón se le rompió cuando Terruce Grandchester entró a escena y de reojo pudo ver como Candy se despegaba unos centímetros del asiento sin dejar de mirar al "rey de Francia". Si desde antes era obvio su amor permanente por el británico, ahora que Anthony la observaba mientras Terry hablaba, dejaba en claro que nunca podría ser remplazado aquel amor londinense. Las pocas esperanzas que guardó en secreto se desvanecieron. Sobre todo cuando admitió que el arrogante aristócrata era un maravilloso actor. ¿Cómo podía un "jardinero" superar a un actor? Debió darse cuenta desde la primera vez que vio el rostro de Terry en los periódicos, una semana antes de que Candy fuera transferida a Chicago. Aquel día en el que la guerra por fin estalló. Anthony no era competencia para Terruce. Y aunque le doliera, nunca lo fue. No era sólo el hecho de que el británico pudiera caminar, no era el hecho de que él si pudiera cabalgar, no. Lo que le daba la ventaja es que él sí tenía un talento artístico. Al mirar a los espectadores, el joven fue consciente de la magnitud de su talento, pues en ese momento, Terruce Grandchester era el dueño total de todos.

— Anthony, ¿te encuentras bien? – preguntó Stear acercándose al hombro de su primo justo al término de la primera escena.

— No, creo que iré a dar una vuelta. Ya regreso, tía. – se disculpó con un leve movimiento de cabeza, y con la fuerza suficiente en sus brazos movió la silla de ruedas fuera del palco.

Sus pensamientos le provocaban dolor de cabeza. Un sentimiento de confusión le adormilaba los brazos por lo que no consiguió llegar lejos, quedándose a mitad del pasillo. No, no odiaba a Terruce; sin embargo, sabía que no toleraría volver a verlo. No era odio, no podía odiar al hombre que su Candy amaba. No debía, tenía que esforzarse por no hacerlo.

— ¿Sabes, Anthony? – preguntó una desdeñosa voz a su espalda. Elisa. – Sé cómo aliviar tu corazón. Tengo un plan que podría ayudarte.


[1] Shakespeare William, El rey Lear, acto 1°, escena I.

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¡Hola a todos!

¿Qué tal? ¿Apoco no aman a mi segunda pareja favorita, el duque y la actriz? ¡Son una monada! Siempre me los imaginé así, Eleonor la extrovertida y Richard siguiéndole la corriente con la misma imaginación que su hijo. De verdad, me encantan esos dos.

Sé que varias me pidieron un encuentro pasional entre Candy y Terry, pero también entiendan la situación, nuestro pobre caballero inglés estaba pasando por una no muy agradable primera experiencia, no hubiera sido normal que de un momento a otro, entre tanta rabia, tomara a Candy entre sus brazos y le jurara amor eterno e inolvidable. Denle un respiro para afrontar que la pequeña pecosa ahora es una Venus encarnada. Cinco minutos, por fa.

Y bueno, el final. No tengo palabras, pobre de Anthony.

Por último, quisiera contarles un secreto: tomen sus calendarios en mano, porque el veinte de noviembre comenzaré a subir otro fic, igual de Candy-Candy. Éste será diferente, algo extraño, incluso, pero a mí me gusta y tengo muchas esperanzas en él. No les puedo dar muchos detalles, por ahora sólo tendrán el nombre: "Habrá poesía".

Les agradezco infinitamente su apoyo, y en serio, discúlpenme por los fallos que tuvo mi internet/computadora/sistema de hace unos días. Ya le di vueltas al asunto, pero no alcanzo a entender qué fue lo que sucedió. De cualquier modo, mil disculpas y muchas gracias por sus doscientos cinco comentarios, son un amor.

Les mando un abrazo enorme de oso gordo.

P.D. Si alguien tiene la oportunidad y el deseo, en serio les recomiendo que lean la obra que cité en el capítulo,es bellísima.