31.

Venganza.

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Las rosas se marchitaban en la mansión de los Andley, mientras su amado cuidador esta vez no despedía a su estirpe favorita con poéticas palabras. El rubio prefería mirar por el balcón cómo todos sus sueños se deshojaban, al igual que su jardín. Pensaba en la conversación ocurrida con Elisa dos noches atrás. Con esa pelirroja que tanto dolor le causó a su pequeña Candy. Aún se sentía culpable por casi aceptar la malvada propuesta. Esa arpía consiguió que Anthony admitiera que detrás de esos brillantes ojos azules existían sentimientos tan oscuros como el odio o la envidia.

— Aún recuerdo aquélla época en la que Candy no tenía ojos para nadie más que tú, no olvido cómo te miraba o te sonreía. – continuó hablando la pelirroja recargada en la pared. Sus ojos de un color casi rojo lo miraban con satisfacción. – Si tan sólo Terruce Grandchester no hubiera aparecido en su vida ella ahora sería tu prometida enamorada, y en sólo unos meses, la harías tu esposa.

— Yo no puedo hacerla mi esposa, Elisa. Importa poco de quién esté enamorada, no puedo satisfacerla como hombre ni ella a mí como mujer. – explicó evitando el contacto visual. No entendía porqué estaba confesándose con la prima que menos le agradaba.

— Lo dices por tu parálisis, ¿verdad? – su sonrisa se ensanchó. – Bueno, tiene sentido, Terry sí puede poseerla de todas la formas… incluso las prohibidas. – señaló con cierta burla. Anthony apretó los puños al escuchar esas palabras, no tenía que repetirle lo que él ya sabía. – Comprendo tu envidia.

— ¡No lo envidio! – se defendió alzando por fin el rostro. – Le estoy agradecido por amar a Candy con esa intensidad.

— Y de maneras que para ti ya son imposibles. Ten en cuenta que tarde o temprano, ahora que se han reencontrado, él la hará su esposa a los ojos de los hombres y en el lecho. – le recordó mirándose las uñas como si aquél fuera un tema de todos los días. – Y siéndote sincera, estoy segura de que Candy no se opondrá.

— ¡Basta! ¡¿Qué es lo que ganas tú haciéndome sentir tan desdichado?! – espetó aferrando sus manos a la silla. – ¡Sí, lo sé! ¡Sé todo lo que ese patán hará con ella una vez se casen! ¡¿Acaso crees que ignoro los deseos prohibidos que nacerán en él una vez la mire tan hermosa?! ¡No soy un niño, Elisa! – bramó furioso antes de mover la silla de ruedas de tal forma que le diera la espalda a su prima. – También soy un hombre, Elisa. Conozco esos deseos tan bien como Terruce.

— La diferencia es que él sí puede hacer todas sus fantasías realidad. Terry sí podrá besar cada centímetro de su piel, él sí podrá descubrir todos los secretos femeninos de Candy, él sí puede…

— Detente. – ordenó Anthony con una ira apenas perceptible en su bajo volumen. – Por favor, Elisa, ya basta. Está bien, sí lo envidio. Pero no es porque él pueda tenerla físicamente, no sólo eso. Es porque tiene talento, es porque puede ser feliz, sea con Candy o sin ella, porque Grandchester vive del teatro. Incluso me atrevería a decir que aunque ama a Candy, podría ser feliz teniendo sólo su talento. Mientras que un inválido como yo, sólo sabe ser feliz teniendo el amor de esa pecosa. Lo envidio tanto, Elisa. Lo envidio porque mi pasión por las rosas no me satisface como el teatro a él.

— Sí, su trabajo es envidiado por muchos, pero estoy segura de que nadie lo envidia como tú. – respondió la pelirroja tomando las manijas de la silla y encaminándolo a la ventana. – La admiración que un actor reluce sólo se compara con la de un noble. Y por si fuera poco, Terry será duque. – sintió como los hombros de su primo se tensaban. Sonrió cada vez más excitada. – Y anudado a eso, tendrá como esposa a la heredera de la fortuna Andley.

— No. No puede tenerlo todo, incluso para él es demasiado. No tiene derecho de ser tan feliz. ¡Él no! ¡Yo he sido mejor humano que él! ¡Nunca he pecado, soy obediente y amable con todos! ¡¿Entonces por qué él es más feliz?! ¡¿Por qué puede él, de entre todos los hombres del planeta, ser más feliz que yo?!

— Conozco ese sentimiento, querido primo. Lo he sentido desde que tenía doce años. Pero sé también de la mejor solución. Sé del camino más efectivo para acabar con este sentimiento, que si no has identificado, te lo presentaré: es el odio.

— ¿Y cuál es tu solución?

— Simple. – pegó los labios a la oreja derecha del rubio y susurró con un ápice de sensualidad. – Venganza.

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Esa palabra lo persiguió durante toda la noche. Esa palabra lo persiguió incluso después de eso. Esas ocho letras lo atormentaban todavía. Venganza. Y taladraron en su cabeza cuando, al término del primer acto, los dos Cornwell se juntaron con los Mathewson e intercambiaron opiniones sobre la obra. Annie, Patty y Candy reían ante las ocurrencias de los tres muchachos, por lo que ignoraban que una pareja al fondo del salón se debatía entre acercárseles o no. Anthony conocía bien los favoritismos de sus primos, por eso pudo reconocer a la actriz Eleonor Baker y, para su infortunio, también al duque de Grandchester. Venganza. Verlos así, charlando con una pizca de alegría en sus ojos, sin dejar de bromear, le recordó a la pareja colegial que nunca fue. Su mente jugaba con él, imaginando que en un par de años o meses Candy y Terry se verían así. Venganza.

— ¿Anthony? ¿Te encuentras bien? – le preguntó la estudiante de enfermería justo antes de que la pareja del fondo comenzara a caminar hacia ellos.

— Sí, estoy un poco friolento, no es nada. – respondió Anthony con una sonrisa falsa que la rubia no comprendió.

— Estábamos discutiendo acerca de las hijas del rey Lear. Todos sabemos que Cordelia es la blanca palomilla, pero dime, ¿quién es más mala, Goneril o Regan?

— Ninguna. Ambas son ambiciosas, solamente. – respondió una tercera voz. Era la de Eleonor Baker, por supuesto. – Hola. – saludó a Candy, quien sonrojada por completo, apenas pudo asentir con la cabeza reconociéndola en el acto. – Sólo quería presentarme, soy…

Eleonor Baker. Otra americana rubia de ojos claros. Y recargado en la pared, con medio cuerpo cubierto por la oscuridad, estaba otro aristócrata británico mirándola con admiración. Venganza. No importaba hacia donde mirara, Anthony no podía dejar de pensar en esa palabra, y aunque no quisiera admitirlo se arrepentía por no haber aceptado la propuesta de su fastidiosa prima. Tenía que aliviar rápido ese sentimiento, tenía que eliminarlo, no podía vivir con eso. Venganza. Necesitaba encontrar una forma eficaz de desaparecerlo. Venganza. No importaba que esa noche Candy no hubiera charlado con Terry, era obvio que todavía se amaban. Y era aún más evidente que mantendrían contacto. Venganza. Y en sólo unos meses se comprometerían, pues Candy estaba por titularse como enfermera y Terry pronto sería un millonario, por lo que no tendría problemas de mantener a la pecosa. Venganza. Llevándosela a Nueva York. Venganza. Para hacerla su esposa. ¡Venganza!

Sintió como la sangre ardía en su cabeza, así que se acercó a su escritorio y escribió un corto mensaje. Llamó a uno de los sirvientes y ordenó que llevara el sobre a la señorita Leagan. Había cambiado de decisión.

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La guerra sólo sirve para demostrar la imposibilidad de los humanos, para arreglar sus problemas de manera verbal. Es un pretexto para demostrar su estupidez. Aunque claro, no sólo acudían a ella los soldados, sino también el personal médico. Y esa semana, una de las compañeras de Candy partió hacia Europa. Frannie, aquella enfermera necia que nunca sintió verdadero agrado por la emotiva rubia. Aquélla que siempre se ocupó en hacerle notar sus errores, pero nunca sus aciertos. Esa enfermera que le enseñó tanto a la pecosa. Esa mujer que nunca fue amiga de Candy, pero supo ganarse su afecto. A dos meses y medio de presentar el examen para titularse, ella se presentó como voluntaria de "El colegio de enfermeras Mary Jane".

La rubia suspiró con pesadumbre y salió de la biblioteca con un libro de anatomía en los brazos. Cuando pasó por la recepción, la enfermera a cargo le entregó una carta sin remitente que estaba dirigida a ella. No pasaron más de dos segundos para que Candy reconociera la letra. Casi olvidándose del pesado libro, corrió a su recámara sin dejar de reír. Cuando creía que el mundo estaba de cabeza, siempre él le daba más razones para sonreír. Quizá enamorada no tendría los pies en la tierra, pero prefería seguir volando en las fantasías románticas que aterrizar en el mundo egoísta y avaro en el que completos desconocidos se mataban por causas que muchos de ellos no entendían.

— Terry… – pronunció una vez encerrada en su habitación dejando el libro en el escritorio para dejarse caer en la cama con el sobre aún sin abrir frente a su rostro. – Cuando me ignoraste en el teatro creí que te habías olvidado de mí. Pero si me has escrito apenas cinco días después de nuestro encuentro, entonces deberás seguir queriéndome, ¿no? – suspiró de nuevo. – Y si no es así, qué lástima, porque yo sigo amándote como el primer día. – bromeó abriendo el sobre.

"Hola, mi pequeña pecosa:

No tienes idea de cómo me alegra haberte visto de nuevo. Sé que no fue la escena romántica que esperabas, pero espero entiendas que no podía darme el lujo de besarte justo después de que sufrieras semejante acoso. Sin embargo, no me fui sin antes dejarte una sorpresa. Si mis cuentas son correctas, esta carta te llegará el jueves, así que te diré: el viernes tienes que ir al restaurante "Narcisse" en tu descanso. Fui a preguntar al hospital a qué hora te dejan salir de tu nueva cárcel y una de tus amargadas compañeras me respondió antes de correrme casi a patadas. ¡Debí hacerme el enfermo para que me permitieran quedarme! Aunque no permitiría que ninguna enfermera me cuidara, ¡mucho menos tú!... Es broma, sólo quiero ser cuidado por ti, mona pecosa. Cuando llegues al Narccisse, di tu nombre completo al gerente. Entonces comenzará la magia.

Quiero verte vestida de enfermera, me pregunto si el blanco te queda bien. Aunque nunca he visto a un mono vestido de blanco… Como sea, tú eres una especie única. No necesariamente es un insulto, no te enojes.

Mucho me temo que estamos llegando a Nueva York, pecosa, tendré que dejar de escribir si quiero enviar esta carta en el buzón de la estación.

Por favor, cuídate mucho. Pronto nos veremos y entonces podremos hacer un intercambio, me entregarás mi guardapelo y yo… bueno, ya lo verás.

Respóndeme cuando tengas tiempo, al final de la carta está mi dirección.

P.D. Klin te manda saludos. Es una lástima que no se hayan visto, no me ha perdonado por eso.

Siempre, siempre amándote.

Tu mocoso atrevido."

Candy apretó la hoja de papel a su pecho durante unos minutos incontables. No importaba que algunas frases provocaran que frunciera el entrecejo, aquélla despedida era la más romántica que había leído. Cuántas ansias tenía de contarle a Annie y Patty las nuevas y qué deseo tan grande el de ir al restaurante francés más costoso de Chicago. Se preguntaba qué clase de sorpresa le tendría su Terry, su mocoso atrevido. Nunca unos pronombres la hicieron sentir tanta alegría, pues aún cuando nunca lo acordaran, Candy entendía el significado de esas palabras. El hombre por el que suspiraba la hizo su novia con sólo una carta.

— Siendo tú, es seguro que me hayas preparado un show de monos en la mesa. – murmuró de nuevo vagando en la sorpresa del Narcisse.

Un segundo después, escuchó murmullos en el pasillo. La pecosa sintió que debía asomarse; aunque esos murmullos no fueran tan inusuales en el hospital en donde diario llegaban pacientes interesantes, algo la forzó a guardar la carta debajo de su almohada para ir al pasillo y saber cuál era el asunto que estaba en boca de todo el personal.

— ¿Qué ocurre? – preguntó Candy acercándose a un grupo de compañeras suyas.

— Parece que es un espía.

— También dicen que es un criminal.

— Ese tipo de personas no deberían estar en este hospital.

Una algarabía se desató segundos antes de que unos camilleros se abrieran paso a gran velocidad. Candy observó la camilla, un hombre rubio estaba en ella, se veía pálido. Una corazonada arrastró a Candy a seguir a los camilleros, sin dejar de mirar el rostro del herido.

"Con esa palidez, cualquiera creería que está muerto." Pensó Candy, antes de ver en ese rostro a uno de sus amigos preferidos. "Esos labios… esos ojos… ese perfil… Está más delgado, pero podría jurar que es…"

— ¡Una bestia! – gritó alguien a espaldas de la joven. Y cuando ella giró el rostro, se percató de la presencia de una mofeta que corría sin cesar.

Si el de la camilla era quien Candy creía, entonces esa mofeta no podría ser otra que su mascota.

— ¿Pu-Puppé? – llamó la indecisa rubia. El animal reconoció el timbre de la dama y saltó a sus brazos mirándola con dolor, segundos antes de brincar a la camilla, en donde enterró el rostro en las sábanas que cubrían el cuerpo del herido. – Entonces él es…

Una ráfaga de escenas pasaron por su mente, mientras se llevaba una mano al corazón. Era imposible, el hombre que siempre la protegió, aquél que la ayudó en sus peores momentos, ése que jamás la dejó sola. El fuerte, valeroso y atrevido señor Albert. Era él el que estaba en la camilla. Tan débil, delgado y pálido. Era sencillamente imposible creer que un hombre tan intimidante como el señor Albert pudiera estar en una camilla. ¿Qué lo colocaría en semejante estado? Un sinfín de escenas se cruzaron por la cabeza de Candy, mostrándole las posibilidades, todos los peligros que habría enfrentado. Aunque si su memoria no le fallaba, la última noticia que tuvo de él fue que estaba en África. ¡En África! ¿Qué hacía entonces en América?

— ¡Doctor Lenard! ¿En dónde ponemos al paciente? – cuestionó uno de los camilleros.

— ¡En la habitación cero! – contestó un robusto doctor con cejas y cabello canos.

"No, en esa habitación sólo entra la luz del sol en pocas ocasiones. No puede ponerlo ahí, no donde se colocan a los delincuentes, no donde terminan muriendo por falta de cuidados. No a él, no al señor Albert." Suplicó Candy en su mente. Tomó a Puppé de la camilla y se acercó a su profesor de neurología.

— Profesor Lenard, por favor, no ponga a ese paciente en la habitación cero. Yo lo conozco, el señor Albert es amigo mío.

El médico la miró con atención tronando los dedos para llamar a otra enfermera a su lado.

— Así que lo conoce. Bien, proporciónenos su apellido y dirección. – la muchacha palideció a causa de su ignorancia. – ¿Y bien? – preguntó ansioso. – ¿Edad? ¿Ocupación?

— Bueno, yo… no lo sé, sólo me dijo su nombre. Pero si es problema, bastará con preguntarle, si me lo permite…

— ¡Basta! No se hable más, será ubicado en la habitación cero.

— Pero, profesor Lenard, yo puedo…

— El paciente está amnésico, Candice. – espetó antes de darle la espalda y seguir a los camilleros.

La enfermera a su lado miró a la pecosa con cierta lástima y luego se disculpó para seguir con sus tareas rutinarias.

— Amnésico. No, no puede ser verdad. En cuanto despierte, el señor Albert nos reconocerá a Puppé y a mí. – murmuró mirando la dirección que los camilleros tomaron. Un leve movimiento en sus brazos llamó su atención. La mofeta tenía lágrimas en su rostro. – ¿Quieres decir que no te reconoce, Puppé? – la mofeta negó con la cabeza. – ¡Oh, no! ¡Pero él te quiere tanto, pequeña!

— ¿Sabes, Candy? – le dijo Judy, una de sus compañeras de clase que la veía con cierto temor. – No es buena idea alardear que conoces a un criminal.

— El señor Albert no es ningún criminal.

— El tren en el que viajaba transportaba a varios criminales. ¿Te enteraste de dónde viene? Del frente de Italia, el tren explotó, pero él se salvó porque consiguió saltar antes protegiendo a esa mofeta. – señaló con una cabezada al animal que Candy protegía. – Lo trajeron aquí porque en delirios mencionaba "América" y "Chicago". Pero nada bueno se espera de él.

—Entonces tendré que cuidarlo yo. Si nadie en este hospital quiere darle los cuidados especiales, seré yo quien lo haga. Ya una vez atendí a un amigo en su recuperación, puedo hacerlo de nuevo.

Y dicho esto, Candy se dio la vuelta y se encaminó a su habitación. Dejó a Puppé en ésta, suplicándole que no hiciera ruido alguno, y luego regresó a la biblioteca. Cuando cuidó de Anthony en Londres leyó una cantidad incomparable de libros acerca del sistema motriz, ahora le daría turno al sistema nervioso. Candy estaba dispuesta a sacrificar su reputación en el hospital para responderle con creces a su protector.

Pasó ahí cerca de una hora, antes de terminar sus deberes como estudiante de enfermería: tomó la presión de algunos pacientes, cambió vendajes en otros y les dio su medicamento a unos más. Al terminar, se sentía tan agotada que no notó al rubio en silla de ruedas que la miraba desde la sala de espera. Esa noche, Anthony estuvo dispuesto a contarle sus sentimientos, emociones y dilemas, pero al verla tan ocupada y con la boina al revés, comprendió que si le hablaba en ese momento le haría perder su valioso tiempo.

— Será mañana durante su descanso.

Estaba confundido, se arrepentía cada dos minutos de las decisiones tomadas. Aunque sabía que al fin Elisa ya contaba con su participación, y en una semana todo estaría listo para completar el malvado plan. Con la consciencia sucia, Anthony ya sabía que el reencuentro en el teatro y el posible inicio del noviazgo sólo serían un fugaz recuerdo en la vida de Candy, porque la única persona que podía terminarlo, además de ella, era Terruce Grandchester. Y conociendo su punto débil, la mente de Elisa había trazado el plan perfecto para separarlos.

Y el muchacho, mirando al ángel torpe vestido de blanco, sabía que el plan tendría éxito. Mas todavía no sabía cómo debía sentirse al respecto. Esa voluble llama de esperanza, como un ave fénix, renacía de sus cenizas, aunque el deseo oscuro de la venganza poco a poco desvanecía los buenos deseos del joven Brower.

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¡Hola, queridos lectores!

¡Cómo me encanta este capítulo! No sé que me gusta más, los oscuros pensamientos de Anthony (sí, soy mala), la carta de Terry tan divertida o la torpeza de Candy. No, de verdad, no sé qué me gusta más.

Sé que me he puesto la soga al cuello por la primera parte, pero hay que recordar que Anthony no es más que un humano, y como tal, tiene sentimientos. O sea, sí, ama a Candy, acepta su amor hacia Terry, pero si le ofrecen la panorámica de todo lo que harán pues... pues como que deja de ser atractiva la idea. Digo, la envidia es completamente normal, y la verdad, Elisa ha sabido ganárselo. Así que no me apedreen a mí, todo fue culpa de esa niña malcriada.

Me encantan todos los apodos que Terry menciona en la carta, es tan... Terry. Aunque por ahí dejé escondido uno de sus ocultos deseos, espero lo hayan visto. Me gusta mucho escribir cartas de Terry, podría pasar horas y horas escribiendo cartas de Terry.

Y bueno, por fin apareció Albert, por-fin-papito-suegro-de-Terry, William. Esa escena la copié idéntica del manga, así que no hubo gran magia, sólo añadí ciertas emociones y gestos. Ah, creo que no lo he mencionado, pero lo que es Klin y Puppé, los amo.

Por último, quiero aclarar algo acerca del fic del próximo mes, Habrá poesía. También será un Terry fic, aunque de una vez les advierto, tendrá más parejas y la trama será quizá enredada, pero ya saben que yo les puedo aclarar cualquier punto. Prometo ser lo más clara posible. Les confieso que he metido un personaje que me tiene enamorada, literal... bueno, quizá no tan literal, pero sí me fascina. Ya lo conocerán.

Nuevamente, agradezco el infinito apoyo de todos. Han sido unos lectores muy atentos, tiernos y dedicados. Muchas gracias, de verdad, por ustedes reviso mi correo cada dos horas, me encanta leerlos y me sonrojan mucho con sus halagos. Si puediera, les mandaría un chocolate a cada lector, pero no se puede, así que tendrán que conformarse con mis saludos y abrazos virtuales.

Nos leemos el lunes, un abrazo a todos.

:)