32.

Enamorada.

"Querida señorita Ponny:

¡Merece que me enoje con usted y con todos los niños del hogar! Todo este tiempo estuvieron en contacto con Terruce Grandchester y nunca me lo hicieron saber. No supe de él durante dos años, y ahora me entero que… No, no me enojaré, conozco a Terry, sé que fue idea suya ocultarse, ya me contó todo. No puedo dejar de suspirar al recordar la sorpresa que me dejó en "Le Narcisse", el restaurante francés más caro de Chicago.

Cuando entré, un aroma a narcisos me embriagó; pues un camino de estas flores alumbraba el camino a mi mesa, la única que había. Un trío de meseros me aguardaba, todos uniformados como Terry y yo en el colegio de Londres. Estoy segura que Archie, Stear y Annie tuvieron algo que ver con eso. ¡No sabe cómo me hizo sentir eso, señorita Ponny! Al acercarme a la mesa, cubierta de rojo, – mi color favorito, por cierto – encontré una sutil vela que alumbraba una pequeña jaula de monos de juguete. ¡Oh! No he mencionado que del techo colgaban cuerdas, ¿verdad? ¡Odio que me relacione con los monos! ¡De verdad que sí! Pero no lo odio a él, no podría odiar a mi – agárrese bien de la silla, ésta es una gran noticia – magnífico novio. Sentí un vuelco en el corazón cuando reconocí, justo al lado de la mesa, la réplica exacta del trasatlántico en donde nos conocimos y, extendiéndose en los camarotes, una tela de lino blanco con la frase: "Feliz año nuevo, pecosa."

Uno de los meseros insistió en presentarme el menú, pues el caballero que diseñó la sorpresa les indicó que sólo tenía una hora y diez minutos para estar ahí, pues de otra forma no conseguiría llegar al trabajo. ¡Terry pensó en todo! Pues bien, todos los alimentos, tenían como nombre los apodos que él una vez me puso en Inglaterra. Aún no puedo creer cómo fue que convenció al gerente para realizar semejante disparate. Pedí un "paracaídas pecoso" y me desinhibí paseándome por el restaurante. ¡Semejantes cuadros mandó traer! La entrada del colegio San Pablo, la iglesia misma del colegio e, incluso, uno de los jardines San Andrew. Todos son míos, ahora los tengo esparcidos en mi habitación, aunque no pude llevarme el barco, pues no cabe en la puerta de mi recámara, por lo que decidí enviarlo a casa de Annie; aunque debí mandarlo a la mansión de los Andley, no quiero que la tía Elroy se exaspere por semejante artículo. Sé que Annie no tendrá problemas en guardarlo unos meses. ¿Y sabe qué más había en el restaurante? En una de las paredes, un cuadro con fondo blanco tenía escrito por su letra una frase que yo jamás le escuché decir: "Lo importante en el amor, no es ser amado, sino amar."

Pero he guardado lo más bello para el final, mientras comía, uno de los camareros me invitó a fijar la mirada en el techo. Al principio creí que me estaría jugando una broma por las cuerdas, pero cuando miré, el tenedor se me cayó al piso. Muchísimos sobres blancos estaban pegados en él, cada sobre tenía escrita una letra que juntas formaban parte del diálogo de Hamlet, otra obra que mi Terry ya estudió y yo lo descubrí: "La doncella más honesta es libre en exceso si descubre su belleza a la luz de la luna."

Y cuando me despedí de los amables camareros y de Dimitri Lavois, el gerente, éste me dijo que aún faltaba una sorpresa más: me entregaron un cerezo en una maceta. Al principio no le encontré sentido, pero después… ¡fue junto a un árbol así donde nos recostamos en el ocaso la última tarde que pasamos juntos! Tenía que ser actor, su memoria es tan magnífica que ni yo puedo creerlo. También me dieron una carta, que por obvias razones, no puedo transcribirle, señorita Ponny.

Con toda esta emoción, me he olvidado de contarle que he encontrado a Albert, pero es lamentable su situación: tiene amnesia. Aunque yo he prometido no descuidarlo, estudiaré con más determinación, haré lo necesario para que él recobre la memoria.

Le daré más noticias en mi próxima carta. Mientras tanto, introduzca a Albert a sus rezos, por favor.

Les envío abrazos y besos a todos.

Candice White Andley."

•••••

Era el primer sábado de octubre. Jack Mathewson agradecía la presencia de sus admiradores en su exposición de otoño. El tema, fuera del contexto histórico, era la familia. La familia no escogida, como lo son los padres y hermanos; y la elegida, como los amigos y pareja. Para Jack, las familias no eran otra cosa que lazos que unían corazones. Podían formarse desde dos hasta un centenar de personas, lo importante era permitir que el alma supiera que tenía familia. Y como siempre, una y cada una de sus pinturas al óleo, fueron admiradas por todos los presentes. El joven no podía darse alcance a las voces que lo llamaban, preguntándole de una u otra cosa referente a tal o cual pintura. Aunque la que se llevaba la atención de todos era "Soul sister". Se trataba de una representación de un hospital color esmeralda en donde dos personas, sin mayor color que el rosa pálido, estaban una frente a la otra. Ellas se mantenían de pie, nada inusual, pero algo había en ellas, en esas dos figuras, una masculina y la otra femenina, que aprisionaba el alma de quien las viera. La mano del caballero señalaba discretamente el torso de la dama, mientras ésta a su vez, se esforzaba por tocar con la yema de sus dedos el rostro del caballero. Eso era todo. No tardaron dos minutos en ponerle precio a la pintura, sólo un par de asistentes se negó a participar en la algarabía. Jack, ofuscado, negó la venta de dicho cuadro, pues afirmó que sería colgado en su sala de estar.

Todo marchó en orden a partir de ese momento. Siendo prácticamente una celebridad estaba acostumbrado de las insinuaciones de las jovencitas y sus débiles coqueteos. Era consciente del interés que Elisa Leagan tenía por él, pero no le daba importancia. Con un corazón tan inocente como el de su hermana, no creyó que ése pudiera ser un error garrafal. Y esa mañana la saludó con su usual cortesía, respondió a sus comentarios y acudió a otro admirador dejándola con una sencilla disculpa y una cortante despedida. La sangre ardía en la cabeza de la pelirroja. ¡Qué desperdicio de hombre! ¡Tan guapo, tan rico y tan gentil, pero tan indiferente a sus atenciones! Se daba cuenta de que Candy podía acercársele sin ningún problema y, hasta cierto punto, ella recibía más interés por parte de Jack; aunque la señorita Leagan estaba consciente de que él no le lanzaba esas miradas amorosas que todos los pretendientes de la rubia, por lo que nunca la consideró como un rival. No esta vez.

Por su parte, Jack no creyó oportuna la presencia de los camarógrafos que Anthony Brower con amabilidad contrató con la intención de presentar su arte a todo el país. El rubio acudía con frecuencia a sus exposiciones, era de sus más grandes admiradores y quien descubrió sus bocetos en Londres animándolo a hacerlos realidad. Por eso y por los cuidados que aún le brindaba a su hermana, le estaba agradecido e, incluso, le otorgaba una parte de su cariño. Cuando notaba que las salas comenzaban a vaciarse, Jack se apresuraba a encontrarse con Anthony y Candy para discutir los resultados del evento. Pero en esa ocasión, Elisa Leagan fue aún más insistente en mantener una charla imparable con él; decidió que lo mejor sería contestarle con monosílabos o frases cortas para no herirla ni darle motivos haciéndole creer que sus intenciones eran correspondidas. Lejos estaba de creer que esa conversación era sólo un pretexto para que su plan prosiguiera sin que él se diese cuenta.

— Sin embargo, el color verde combina con tus ojos, ¿no es así, Jack? – continuó la pelirroja siguiéndolo hacia el pasillo de la salida. – Oh, piensas salir a tomar aire, supongo.

— Así es. – respondió Jack asomando la cabeza por la puerta. Estaba seguro de haber visto en la ventanilla a un joven conocido. – Discúlpame, Elisa, ¿cuál fue tu última pregunta? – cuestionó saliendo al hermoso jardín que acompañaba la sala de exposiciones "Jan van Eyck".

— El color de tus ojos, Jack. Te estaba diciendo que una mascada verde te sentaría divina.

— Ah, sí. Gracias.

— En esta navidad te compraré una. O puedes acompañarme, esta semana mi madre quiere llevarme a comprar vestidos; pero puedes ir, nos sentiríamos dichosas de que estuvieras con nosotras.

— Te agradezco, pero esta semana estaré muy ocupado. – contestó, deteniéndose. Una cabeza morena acababa de esconderse en los arbustos del fondo. – Elisa, ¿podrías traerme mi cuaderno, por favor? Lo he dejado en la mesa blanca de la entrada. Creo que acabo de inspirarme. – le pidió diciendo de un tajo más palabras de las que por lo regular le dirigía.

La muchacha, creyendo que su acompañante no mentía, accedió de inmediato y regresó a la exposición con rapidez. Jack se sacudió las mangas y se aclaró la garganta.

— No eres el primero que se cuela a las exposiciones, amigo. Si no tienes el dinero para pagar la entrada, entonces acude a mí, yo lo haré. Pero hazme el favor de salir, me pones nervioso. – la figura detrás del arbusto no respondió. – Prometo no llamar al agente, yo mismo te meteré a la sala. Pero sal de ahí, por favor. Incluso puedo asegurarte que ahora estamos solos, mi acompañante se tardará varios minutos en regresar, le he dicho una pequeña mentira, así que no debes que temer.

Un joven de diecinueve años se levantó de inmediato. Era de hombros anchos y ojos grises. El artista arrugó el entrecejo, ese hombre le parecía familiar.

— ¿Qué relación mantienes con Elisa Leagan? – espetó el intruso apretando los puños.

— Es una admiradora de mis pinturas. – contestó Jack alzándose de hombros. No era tonto, el moreno tenía la intención de golpearlo, por fortuna él era veloz, por lo que podría esquivar sus golpes con facilidad. No planeaba pelearse, pero tampoco se dejaría pegar. – ¿Por qué lo preguntas? – preguntó analizando cada detalle de su rostro.

— ¿Acaso la pretendes como novia o esposa?

— De ninguna manera. La verdad no la pretendo ni como amiga. Como ya te dije, es sólo una admiradora. – repitió recordando con exactitud la ocasión en la que lo había visto.

— ¿Acaso sabes de su historia? ¿Conoces a su familia? ¡¿Sabes de quién estás hablando?!

— Nunca he estado interesado en las cuentas bancarias de las personas, así que puedo afirmar que no sé en qué números esté la familia Leagan. Sé de tu relación con Neil Leagan, pero ignoraba que fueras admirador de su hermana. ¿Qué le hiciste a Terruce Grandchester como para enojarlo tanto aquélla noche de "El Rey Lear"?

El rostro de su acompañante palideció a una velocidad alarmante. Aún le causaba escalofríos pensar en la mirada de su antiguo compañero de escuela y no estaba dispuesto a confesarse con el preferido de Elisa. El primer paso para la venganza contra Terruce Grandchester ya estaba efectuado, así que nada tenía que hacer cerca de la novia del actor. Le lanzó una última mirada al pintor y luego se echó a correr fuera del recinto. Jack lo siguió con la mirada rebosante de desconfianza.

•••••

Terry depositó la segunda carta destinada a Chicago en el buzón. Sólo en esos momentos se sentía cerca de ella, de Candy, era como si él viajara hacia ella y no el sobre; como si los dedos de su pequeña pecosa pasaran por su piel, no por la textura del papel; como si esas esmeraldas se posaran sobre sus zafiros moteados de verde. Lo admitía, estaba celoso de sus propias cartas. Mas esos celos no eran como los del colegio, ahora no le temía a sus sentimientos, ya que estaba dispuesto a desposar a Candy en dos primaveras. No importaba si su padre se opusiera porque ella era enfermera, Terry ya era capaz de enfrentarlo.

Dejó escapar de sus labios un largo suspiro, acarició al cuatí que estaba en su hombro y caminó de regreso a su departamento. Desde algunos metros de distancia, reconoció a una joven un año menor que él. Maldijo en su interior y se acercó a la puerta del edificio sin siquiera prestarle atención a la rubia. Klin miró a la muchacha con desaprobación, aún estimaba a sobremanera a Candy y sabía identificar a las que intentaban ser su rival.

Susana Marlow, con el cabello largo, liso y rubio; los ojos grandes y azules, labios delgados y naturalmente sonrosados, piel apiñonada, de estrecha cintura, no muy alta y de andar gracioso, era considerada una de las actrices más bellas de la actualidad. Cada actor nobel que trabajaba a su lado caía en cuenta de la hermosura que su compañera poseía, pero también se percataba que su corazón era algo que no entregaba con facilidad. Sólo un caballero era capaz de mirarla sin detenerse a admirarla o esforzarse por acaparar su atención. Y para el infortunio de la rubia, era el hombre más atractivo que sus ojos habían visto. Y por si fuera poco, era un brillante actor nato.

Jamás olvidaría la primera vez que lo vio, de pie frente a la puerta de la compañía. Parecía un niño, sus ojos la atraparon de inmediato. Quiso preguntarle si eran verdes o azules, pero se ocupó en dejarle pasar a las audiencias para entrar a la compañía. Su cabello castaño ondeaba a cada paso que el joven daba y sus piernas avanzaban con una elegancia envidiable. Pero su voz, era su voz la que la tenía atrapada. A pesar de estar en un país que con claridad no era su residencia original, estaba seguro de sí mismo y no mostró ni un ápice de timidez. Desde ese momento, Susana se sintió prensada a él. En su interior, le deseó suerte, rogó a los cielos que le permitieran conocer más de ese enigmático muchacho y se dijo que tenía que impresionarlo. Así fue como mejoró mucho en un corto tiempo, cuando se hicieron las audiciones para "El rey Lear", no hubo duda alguna que Susana obtendría el papel de Cordelia y Terry sería el rey de Francia. Perfecta combinación. Su única desilusión ocurría fuera del escenario, pues su adorado actor la trataba con la mayor de las indiferencias. La saludaba y respondía a sus comentarios, pero no le daba indicios de desear su compañía. La tranquilizó un poco el notar que Terry no trataba diferente a ninguna de sus compañeras, pero a partir de la partida de Chicago algo cambió en la mirada del británico. No sabía qué era, pero no cabía duda, el huraño actor ya no era el mismo. Si bien su actuación en Chicago fue formidable, el humor que lo acompañó durante el resto de la gira recibió un cambio excelente. Olvidó su costumbre de regresar a su departamento hasta altas horas de la noche, ensayando, con un cuatí como su público, y decidió llevar a "Klin" a las usuales cenas en casa de Robert Hathaway para convivir un poco con sus compañeros. Tratándolos a todos por igual, sin reservarle una atención especial a la rubia que se desvivía por él.

— Buenos días, Terry. – lo saludó con una inmensa sonrisa.

— Buenos días, Susana. – respondió él entrando al edificio. Un apretón de las patas de su mascota le indicó que lo seguían. Tomó a Klin entre sus brazos y comenzó a subir las escaleras.

— Te preguntarás qué hago aquí a dos horas antes de irnos a Los Ángeles. – empezó Susana recogiendo la falda de su vestido para mantener el ritmo de las pisadas del actor. – Pues bien, no sé si notaste la canastilla en mi brazo. Me he percatado que no desayunas en el tren, así que te traje comida.

— No la necesito, gracias.

— Pero, Terry, ni siquiera has visto qué es.

— Será mejor que te vayas. Quisiera ensayar una hora antes de irnos. – dijo abriendo la puerta de su departamento. – Adiós. – quiso cerrar, pero el delgado pie de la actriz se lo impidió. Él desvió la mirada soltando al cuatí en el interior de la sala. – ¿Algo más? – cuestionó alzando la ceja.

— No has desayunado. – suplicó Susana mirándolo con tristeza. Cómo le dolía el trato que le dirigía.

— Voy a pedirte un inmenso favor, Susana. No te metas en mi vida. Digamos que yo desayuno antes que todos en esta ciudad, así que no necesito que me alimentes. Ya no soy un chiquillo, ¿de acuerdo? Ahora, déjame solo. Nos vemos al rato. – concluyó mirando la falda de Susana. Ésta se rindió y sacó el pie de su departamento.

— Hasta pron…– su frase fue interrumpida por el portazo que casi le golpea la nariz.

Cerró los ojos en un desesperado intento de no echarse a llorar. La presión en su pecho era embriagadora. Deseaba con tantas ansias estar en el escenario, el único lugar en que Terry la miraba con una dulzura actuada que le detenía el corazón durante medio segundo. Daría todo porque siempre la mirara de esa forma, daría cualquier cosa porque él la amara la mitad de lo que ella lo amaba. Todas en la compañía se conformaban con que él les diera los buenos días, pero Susana no quería ser una compañera de trabajo, ella añoraba con ser la compañera de su vida.

Sus maletas ya estaban en el carruaje, no tenía deseos de ensayar más, así que sin más planes durante dos horas, decidió esperar a Terruce junto a la puerta. Sonaba estúpido, pero envidiaba al cuatí que siempre traía consigo. Abrió la canasta y tomó un emparedado entre sus manos. Alguien tendría que comer ese desayuno.

— No creo que te desagrade Los Ángeles, Klin. – dijo la voz de Terry en el interior del departamento. La rubia sonrió y se sentó en el suelo disfrutando del sonido tan hermoso que era esa voz. – Es menos caótica que Nueva York y hay más bares. – rió. – Sólo bromeaba, sabes que ya no tomo. Ya no hay necesidad, ¿sabes? Si en Londres lo hacía era porque no tenía razón para ser alguien en la vida. Hoy ya la tengo y es por esa razón por la que me esforzaré para obtener el dinero suficiente para mantenerla. Klin, voy a casarme con ella.

"Ella, entonces es por eso que Terry es tan seco con nosotras. Ya existe alguien que lo ha enamorado." Pensó Susana con una mano en el corazón y un nudo en la garganta. "¿Quién será ella?"

•••••

¡Hola!:

¿Cómo decirlo sin que suene cruel?... No, mejor me lo reservo. Sólo puedo decir que aunque quizá llegue a sentir cierta lástima por el atolondrado corazón de Susana, no me gusta que sea tan rogona. Desde que yo era una chiquilla mi mamá me dijo: "las mujeres deben ser rogadas, no rogonas". No les voy a mentir, no es bueno seguir esas palabras al pie de la letra; digo, cuando una se equivoca y quiere enmendarlo habrá que hacerlo hasta de rodillas. ¡Pero tampoco es para tanto, Susie! ¡Caramba! Esa mujer sí que me pone nerviosa.

En fin, ¿qué tal la hermosa tarde que nuestra Candy pasó en "Le Narcisse"? Mi vida, me pasé horas y horas leyendo y releyendo mi propio fic, pasando el manga y viendo capítulo tras capítulo del anime para ver detalles que podría incluir. No pueden decirme que escribir esta historia no ha sido agotador, pero créanme, disfruto todo esto a cada segundo. La mejor paga es saber que mínimo les agrada lo que esta cabeza crea. Les agradezco mucho, inmensamente, todo lo que han hecho por el fic. Pero vale, no es el momento de cursilerías, es el momento de Candy. Si hay algo que me encanta de la pareja de Terry y Candy es el sentido del humor que nunca se pierde. O sea, se aman y toda la cosa, pero no por eso Terry dejaría pasar la oportunidad de jugarle una broma. Nunca podría.

Y bueno, ya vimos una muestra de lo que sucedió en la exposición del hermanito de Candy, ¡cómo me encanta ese hombre! Elisa es otra rogona, pero lo que me gusta es que no les hacen caso. Y aunque esta escena parezca insignificante, pronto descubrirán, si es que no lo han adivinado ya, que esto no fue para nada una sarta de palabras sinsentido. Para nada.

Por último, quizá, quizá, ¡quizá!, el miércoles no tenga clases, así que si puedo, ¡sólo si puedo!, les subiré el capítulo que toca el jueves. Repito, quizá.

Nuevamente les agradezco todos sus comentarios y apoyo, son más bellos que unos chilaquiles de salsa verde cubiertos de pollo. Lo siento, me dio hambre.

Les mando un fuerte abrazo.

P.D. No sé en qué momento lean esto, pero quiero advertirles a las personas que siguen mi perfil, en unas horas (en México, será el martes a las 5 pm, aproximadamente) subiré un song-fic de otro manga/anime, de los más conocidos: Naruto. No sé si a alguna de ustedes les guste este manga/anime, pero a las interesadas (sobre todo del Sasusaku) las invito a leerlo. Se llamará: "La única excepción". De cualquier modo, podrán buscarlo en mi perfil, claro.