33.

Contrastes de vida.

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Albert despertó una mañana con los ojos hinchados. Concilió el sueño hasta altas horas de la madrugada, era la tercera ocasión en esa semana. Su problema no sólo era la amnesia que cada minuto lo mataba de desesperación, sino el saber que no era querido en el hospital. No era tonto, la única enfermera que lo visitaba y atendía, era la señorita Candy. Su mismo médico, el doctor Lenard, lo veía una vez cada dos días para recomendarle reposo absoluto, sin atreverse a mirarlo a los ojos. Las demás enfermeras le llevaban la comida con las manos temblorosas y sin dedicarle ni un frío saludo. Sólo Candy le obsequiaba a diario un sinfín de sonrisas y palabras efusivas. Ella misma lo bautizó con el nombre de Albert y fue ella quien le entregó una compañera: Puppé, una mofeta. Era por ese ángel vestido de blanco que todavía estaba en el hospital, pues su universo ahora era esperar a que su amiga cruzara la puerta para contarle las noticias del día, o se sentara a su lado y estudiara para su examen de titulación. No quería causarle ninguna molestia, sabía que esas visitas clandestinas podrían hacer enojar al doctor Lenard, pero no tenía hígado para pedirle que dejara de hacerlo. Egoísta como todos los humanos, deseaba la presencia de la pecosa. Sólo quería saber que alguien lo estimaba, fuera quien fuera.

—… pero cuando agudicé la vista, descubrí que él no era Anthony. – siguió contando la rubia. Albert sonrió, no conocía al tal Terry, pero le animaba saber que hacía feliz a su enfermera. – Cabello castaño, capa azul marino, alto, de un hermoso perfil…

— ¿Es necesario que detalles todo su cuerpo, Candy? – preguntó el divertido rubio. – Me basta saber con que es muy guapo. – rió.

— ¡Oh, sí! ¡Y deberías verlo actuar!...

— Sí, ya me has enseñado las notas del periódico, Candy. ¡Anda a estudiar! Se supone que para eso has venido, ¿no? Permíteme tu libro, te ayudaré.

— Ay, Albert. No sé qué haría sin ti. Gracias por regresarme al mundo real, es sólo que Terry es… – suspiró. – Como sea, debo concentrarme, pensar en él no me ayudará a pasar el examen.

De inmediato, Albert le preguntaba acerca de un síntoma y Candy se apresuraba a enlistar las posibles enfermedades y los cuidados que habría de tener. Para Albert, ella estaba más que lista para atender un consultorio sin ayuda, pero la rubia insistía en que aún debía estudiar mucho. Parecía como si quisiera devorar cada libro de la biblioteca. El examen sería en dos semanas, así que la muchacha no se daba abasto para salidas, descansos o visitas de sus amigos. Sólo Albert tenía la fortuna de hablar con ella. Claro, omitiendo a Terry, con quien se escribía hasta dos veces por semana.

— Son las seis, debo ir a tomar temperaturas y ajustar vendajes. – se excusó agotada. – Nos veremos mañana, Albert. Esta vez, procura dormir o traeré algo de manzanilla hirviendo para esos ojos. Y no bromeo.

Su amigo le respondió la sonrisa, antes de abrazar a Puppé y guiñarle un ojo. La rubia cerró la puerta detrás de sí y comenzó con su rutina antes de entrar a su habitación para descansar un par de horas y luego seguir estudiando. Su cuerpo ya le exigía una cama, pero la muchacha no permitió que el cansancio se reflejara en su rostro; les mostró su sonrisa más radiante a todos sus pacientes y se dio tiempo de charlar un minuto con ellos. Muchos en el hospital admiraban la fortaleza de la enfermera, quien a pesar de asistir a clase en la mañana, comer apenas algo en el descanso, trabajar en la tarde y luego estudiar hasta el cansancio; nunca borraba de sus labios esa sonrisa que podía enamorar hasta al más frío de los hombres. Parecía imposible que en un mundo donde una chica como Candy vivía, fuera el mismo lugar en donde existía una guerra tan sangrienta como la de Europa. Un ángel tan puro, noble y hermoso, compartía su hogar con demonios carroñeros y sanguinarios como los ambiciosos detrás de la matanza.

Candy se metió a su habitación a las ocho de la noche. Suspiró y se quitó la cofia de la cabeza, pero cuando avanzó hacia la lámpara para alumbrar la habitación, sintió como una mano aprisionaba su boca al mismo tiempo que otra le aferraba el abdomen, rodeando sus brazos. La muchacha intentó moverse, pero una risa en sus oídos la congeló. Un vértigo terrible recorrió sus venas. "Esa voz, no, por favor, no él" susurró en su interior, mientras una barbilla masculina se recargaba en su hombro derecho.

— Pero qué hermosa luces de enfermera, Candy. Es una lástima que tenga que pedirte que te quites ese uniforme. – soltó su abdomen seguro de tener su obediencia. – Tienes seis segundos para deslizar el vestido al suelo, pequeña pecosa.

Un par de ojos azul verdosos encolerizados se dibujaron en la mente de Candy. No, no dejaría que ese patán se saliera con la suya. Libre de la prisión de su abrazo y escuchando el conteo de su atacante, la joven concentró toda su fuerza en el brazo derecho y le dio un codazo en el estómago. El hombre cayó al piso, soltándola por completo. Candy se alejó de él tropezándose con la pata de la cama que fue de Frannie y cayéndose en el acto. Segundo que el depravado aprovechó, saltando encima de ella; pero antes de que pudiera cubrirle de nuevo los labios, la enfermera sacó todo el aire de sus pulmones en un grito de auxilio que se escuchó en todo el hospital. Él, en un intento desesperado por callarla, le dio un puñetazo en la mejilla izquierda, desmayándola.

— Eres una perra, Candy. – susurró, y antes de que escuchara ruidos en el pasillo se atrevió a robarle un beso en los labios; luego se echó a correr al balcón y saltó al árbol más cercano. La noche era oscura, así que con facilidad pudo escabullirse sin ser visto.

El doctor Olsen, un joven de veintiséis años, fue el primero en entrar. Estaba en el piso de abajo cuando escuchó el grito de su alumna preferida, así que no dudó en disculparse con su paciente y subir a gran velocidad en dirección a los dormitorios.

— ¡Señorita Candy! exclamó, hincándose frente a ella.

— ¡Candy! ¡Está herida!

— ¡¿Quién pudo golpearla?!

— ¿Habrá sido el criminal que ella tanto defiende?

— ¡Oh, ha escapado!

Se escucharon los gritos de frustración de estudiantes y médicos. En la historia del hospital, jamás se había presentado escena tal, así que muy pocos sabían cómo actuar.

— Rápido, traigan hielos y… – se interrumpió el doctor al percatarse de una marca de tierra en su vientre. Comprendió lo grave de la situación y tragó saliva. – Todos váyanse de aquí. Claire, pásame el botiquín, debe estar en el armario de Candy. – nadie se movió, estaban asombrados por el tono tan serio del profesor de anatomía. – ¡¿Qué están esperado para irse?! ¡Anda, Claire! ¡El botiquín!

Ninguno dudó en obedecerlo, por lo que pronto abandonaron la habitación. La enfermera aludida permaneció al lado del médico mientras éste trataba de disminuir la hinchazón del golpe. La puerta se abrió una segunda ocasión, Claire casi se desmaya al reconocer al visitante. Olsen alzó la vista, pero no dio señas de asombro. No creía que ese amnésico fuera capaz de lastimar a la única enfermera que lo atendía de verdad.

— ¿Qué le pasó, doctor? – preguntó Albert mirando con asombro a Candy. – ¿Atraparon a la bestia que le hizo eso?

— Me temo que no, consiguió escapar. Sólo fue un golpe, señor Albert. Claire, ya puedes retirarte, gracias. – la despidió, de manera en que el rubio y él quedaron a solas con la paciente. – Sé que es terrible, pero si ella no hubiera gritado, no sé que habría sido de ella… – señaló con el dedo la ropa manchada de la estudiante. – O de su virginidad.

— ¡Imbécil! – farfulló Albert al mismo tiempo en que se ponía de pie. – No tolero la violencia, pero le aseguro, doctor, que desearía golpear al idiota que la atacó.

— Es buena alumna y una excelente persona, te comprendo. En cuanto despierte, le preguntaremos quién ha sido.

•••••

Eleonor Baker y Richard Grandchester esperaban en el restaurante "Las Brisas" a su joven hijo. Lo estuvieron siguiendo durante toda la gira, y ya que una noche atrás había sido la última presentación, Terruce sólo contaba con un día antes de regresar a Nueva York. Aún no sabían si su hijo aparecería a la cita, pero ambos suplicaban a los ángeles que les permitiera una oportunidad más.

Richard invitó a Eleonor a tener esa aventura que era asistir a todas las presentaciones de la compañía Stamford, prometiéndole que no existía otra intención más que la de recuperar el cariño de su hijo, y como ambas partes buscaban lo mismo, la actriz aceptó. Al fin y al cabo, estaba de vacaciones y podía darse el lujo de recorrer todo el país. Además, era romántico hacerlo con el hombre de su vida; a pesar de ignorar si él todavía la amaba. Pasaban casi todo el día juntos, planeando cómo sería su conversación con Terry una vez se armaran de valor para llevarla a cabo, pero nunca hablaron de sus mutuos sentimientos. Él temía que a la rubia le bastara con escuchar la palabra "nosotros", para huir del estado y alejarse para siempre. Ella temía que el duque le hablara de la antigua esposa que dejó en Londres, esa que lo bendijo con tres hijos más. Sin embargo, cada día estaba más claro que ambos seguían esclavizados por el amor que nació hacía más de veinte años.

Eleonor tensó su mano izquierda al brazo de Richard una vez vio la figura de su hijo acercarse a la mesa. Estaba inexpresivo, quizá algo sorprendido con la extrañeza que era ver a sus dos padres juntos, pero no dejaba ver sus verdaderas emociones. Todo un Grandchester.

— Hijo. – lo saludó el duque poniéndose de pie mientras le ofrecía una mano. – Me alegra que hayas aceptado la invitación.

— Terry, quiero felicitarte por tu talento. Has dejado boquiabierta a todo el país. – le dijo su madre atreviéndose a besar una de las mejillas del joven, quien enrojeció de inmediato.

— Gracias… a los dos. – respondió Terry, rozando con los dedos la mejilla besada. – ¿Y bien? ¿Puedo sentarme?

— ¡Adelante! – respondieron ambos padres, excitados. Terry esbozó una ligera sonrisa.

— Ahora, ¿van a explicarme qué demonios es este teatrito? – preguntó el muchacho después de tomar asiento. – Resulta que estuvieron siguiéndome durante toda la gira, y de un día para otro han decidido regresar, ¿señora Baker, duque de Grandchester?

— ¡¿Regresar?! – repitió Eleonor, ruborizada. – No, no, no. Hicimos un trato que consiste en recuperarte, Terry. – la sonrisa divertida del muchacho se ensanchó. – ¡Terry!

— De acuerdo, no se preocupen, estoy acostumbrado a ser su pretexto. Pretexto para estar juntos, pretexto para separarme de mi madre a los cinco años, pretexto para enviarme a un colegio de lo más terrible, pretexto para desposar a una mujer aún más terrible que el colegio, pretexto para dejar América, pretexto para disfrutar muy bien acompañada unas merecidas vacaciones… No se alteren, ya no importa. – finalizó mirando el menú del restaurante.

— Terry, por favor, no… – comenzó el duque tratando de ahogar un nudo en su garganta.

– ¿"Terry"? – repitió el actor alzando la mirada. – ¡Wow, benevolente duque! Hasta donde yo sabía, para usted yo era sólo "Terruce". Es una sorpresa que se dirija a mí como mi sofisticada madre lo hacía antes de mandarme al olvido.

— Yo sé que estuvo mal, me arrepentí de inmediato. – se disculpó la actriz. – Yo fui quien comenzó el escándalo que por poco me quita mi trabajo, quise…

— No me digas, entonces soy más importante que tu trabajo. Eso sí es una novedad.

El duque de Grandchester, haciendo uso de su poder, levantó un poco la voz. Era su hijo, pero no tenía derecho de interrumpir a la mujer que le dio la vida; menos si se trataba de aquélla dama que tenía el corazón del aristócrata.

— Tal vez no entendiste el recado que te dejamos en el hotel. Te hemos citado para hablar contigo y disculparnos, no para que nos reproches los errores que sabemos hemos cometido. Así que hasta que pidamos tu opinión, vas a escuchar lo que tenemos que decirte. Tanto si lo quieres, como si no. – miró a su ex novia y asintió.

– Será la última vez que interrumpo, señores. Pero antes que nada, me gustaría ordenar, estoy muy hambriento, y me parece que leí en su recado, magistral duque de Grandchester, que tenía derecho de comer. – guiñó un ojo para después llamar a un mesero.

"Tiene el mismo carácter divertido y sarcástico que su padre a su edad. ¿Será que Candice también lo ama tan locamente como yo amo a Richard?" pensó Eleonor, mirando con ternura al fruto del único amor de su vida.

Minutos después, cuando todos disfrutaban de los mariscos de Los Ángeles, Eleonor se aclaró la garganta para atraer la atención de ambos caballeros. Terruce bebió un poco de agua y asintió, dispuesto a escuchar las palabras de su madre.

— Tú siempre has sido mi mayor bendición, hijo. Desde que te sentí en el vientre supe que nunca tendría un mayor tesoro que tú. En ese entonces era muy joven, todavía. – miró de reojo al duque. – Tenía tu edad, quizá un año más. Y antes que tú, admito que mi vida era el teatro, no existía nada mejor que estar en el escenario y representar a Julieta. – sonrió, recordando un chiste privado. – Muy tarde comprendí que tu padre y tú son lo mejor que me ha pasado en esta vida. – admitió sonrojada. – Me llevó años percatarme de lo estúpida que fui al permitir que te alejaran tan fácil de mí. Creí que lo mejor que podría pasarte era crecer en la aristocracia. Yo seguiría mi vida como actriz, sin ti, y tú seguirías tu vida siendo criado para ser un duque.

«Más de un compañero me dijo que me notaba diferente, que mi rostro tenía otra luz. Esa luz era la marca de la felicidad que me daba el saber que tenía un hijo. Siempre fuiste mi luz, Terry. Sin embargo, víctima de la sociedad, me forcé a separarme en definitiva de ti. Lloré noche tras noche después de enviar esa carta, le grité al sujeto del que te hablé, provoqué que lo despidieran de la compañía e incluso lo humillé frente a un gran público. Pero nada aliviaba mi pena. Me enfermé a causa de la depresión y estuve en cama durante una semana. Ahí fue cuando me di cuenta que mi reputación valía mucho menos que el amor de mi hijo.»

«Yo te amo, Terry. Te amo muchísimo, sé que sufriste y sé que te hice bastante daño. Quiero disculparme, no importa si no me perdonas por ahora, sé que merezco tu odio o tu indiferencia; pero sólo quería hacerte saber que eres la persona que más amo. – concluyó, con una lágrima muriendo en sus labios.

Terry mantenía la mirada fija en los ojos azules de su madre. Seguía manteniéndose inexpresivo. No sabía qué responder. Era muy débil cuando de su madre se trataba, así que no era capaz de desafiarla o reprocharle su abandono. No era capaz de contarle las consecuencias en el colegio después de esa carta. No era capaz de desearle ningún mal. Sólo era capaz de perdonarla. La imagen de Candy se mostró en su mente, recordándole el buen corazón de la muchacha; ella deseaba que él se reconciliara con sus padres, ya se lo había mencionado antes en una carta. Tragó saliva y desvió la mirada un momento, para que al verla le demostrara la devoción y el amor que perduraban en el alma del muchacho.

— No me pidas perdón, madre. Me conformo con que me digas que me amas. Ya sabes, vanidad masculina. – sonrió con honestidad.

Eleonor se limpió el rostro con un pañuelo y se levantó, al mismo tiempo que su hijo, para abrazarlo con fuerza. El abrazo de invierno acudió a sus memorias. Ese único gesto en varios años, esa sensación de calor, de seguridad, de felicidad. No, no se comparaba con la sensación de saber que ahora eran libres. Se amaban y se amarían sin importar qué o quién los juzgara. En ese preciso instante, dejó de importar el tiempo en que estuvieron separados, las cartas disfrazadas, que Terry le gritara en Londres, y, por supuesto, que Eleonor lo despidiera de esa forma en Nueva York. Cuando el pasado se interpone entre el futuro, sólo el presente es capaz de enfrentarlo.

— Te amo, te amo, te amo. – repitió una y otra vez la madre del actor.

— Te amo, mamá. – murmuró Terry restregando su rostro en el hombro de la dama. – Te amo y siempre lo haré.

Richard Grandchester miró la escena con satisfacción. Las dos personas que más amaba, por fin tenían un peso menos en sus espaldas. Él ya sabía de los sentimientos de su primogénito, varias veces lo descubrió escribiendo bocetos de una respuesta definitiva a las cartas de Eleonor. Como todo hijo, quería ser perfecto para estar a la altura de su madre, el ícono más bello de la vida. Sonrió, sin poder evitarlo, y olvidó que la aristocracia no le permitía ser tan expresivo.

Medio minuto después, madre e hijo ocuparon de nuevo su asiento. El actor, algo nervioso, se metió a la boca una gran cucharada de sopa. Richard, divertido, lo miró comer. Era elegante en todo lo que hacía, incluso al comer a tal velocidad. Se recordó que él también tenía la costumbre de meterse un alimento a la boca cuando se sentía nervioso. Creía que así podría tragarse todos los sentimientos incómodos.

— Dejaré que termines tu sopa antes de hablar.

— ¿Hm? – cuestionó Terry alzando los ojos. Tragó el bocado y negó con la cabeza. – Por favor, no me digan que todavía falta otro discurso cursi. – el asombro apareció en el rostro de sus padres. – Compórtate como lo que eres, Richard. Si tienes que decir un discurso tan largo como el de mamá, mejor me adelanto: ¡te perdono! – exclamó, alzando ambos brazos. – Sé que te arrepientes por separarme de mamá, por mandarme a un colegio horrible, por ignorarme media vida, por permitir que la cara de cerdo me insultara, por mandarme cada verano a Escocia, por…

— Perdóname por no demostrarte mi amor, Terry. – concluyó el duque interrumpiendo a su hijo. Éste esbozó una sonrisa de complicidad. – ¿Acaso tengo monos en la cara? ¿Por qué sonríes así?

Al recordar a su propia mona pecas, el actor estalló en carcajadas contagiando casi de inmediato a sus padres. Era imposible no perdonarlo.

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¡Hola!

Muy bien, este capítulo está para reventarse la cabeza. Soy toda una malvada, primero les pongo la intriga y coraje del ataque hacia Candy y luego la reconciliación entre Terry, el duque y Eleonor. La verdad, ya que releí el capítulo, ni sé qué pensar primero.

Me encuentro feliz por Terry, estoy que me muero de alegría... pero al mismo tiempo quiero deshuesar al desgraciado que atacó a Candy. ¡Estoy contigo, Albert! Mira que invadir su habitación para pretender hacer cosas para nada decentes... ¡En serio, qué maldito!

Pero por otro lado... ¡Ay, Terry, eres tan tierno! ¡Y Eleonor, qué dulce al besar a su hijo hasta sonrojarlo! ¡Y el duque como siempre defendiendo a la mujer que ama! ¡Mis vidos, son tan tiernos!

Mejor paso a los agradecimientos.

Anoche me puse a releer todos sus comentarios frente a mi familia, ellos saben lo mucho que significa su apoyo para mí. Les mandan un sincero agradecimiento y yo un abrazo con sabor a chocolate.

Lamento no haber subido el capítulo ayer, pero creo que la mayoría, sino es que todos, saben de lo que está aconteciendo en México con los estudiantes, así que digamos que estuve un poco ocupada. Pero ya estoy aquí, y el lunes por fin sabrán de qué va el plan de Elisa. ¡Guarden su rencor durante este fin de semana y estallen el lunes!

Se despide con mucho cariño su amiga Andreea.