34.
Planes.
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La familia Mathewson, acompañados por la abuela Bath Todley entró al cuarto de "Anabelle". Ella estaba recostada en la cama con un enorme libro de anatomía enfrente de su rostro. Al escuchar las voces de su familia sanguínea, bajó el volumen de medicina e intentó sonreírles, pero el dolor y los aterrorizados rostros de los Mathewson se lo impidieron. Sabía que debía hablar, decir quién la atacó la noche anterior; pero también sabía que si les contaba a sus primos legales o a Albert, éstos buscarían vengarse, así que pidió hablar con sus padres, quienes la ayudarían de manera legal, para ocultar el incidente a sus amigos y a su novio. El golpe desaparecería en un par de semanas, coincidiendo con la fecha de su examen para la titulación, no sería extraña su ausencia.
— ¡Santo cielo! ¡Qué rostro tan feo! – exclamó la abuela Bath.
Candy se sonrojó avergonzada. Lo cierto era que pocas veces cruzaba palabras con su abuela, así que aunque la apreciaba por cuidar y criar a Jack, no sabía cómo comportarse, pues la anciana de los Andley la odiaba y temía que la anciana de los Mathewson también lo hiciera.
— ¡Madre! – la regañó Catherine mirándola con enojo.
— Pequeña, tienes que decirnos quién te atacó. No lo protejas, si tienes miedo puedo asegurarte que no volverá a lastimarte. – dijo Ogden tomando la mano de su hija e ignorando el pleito entre la enfermera y su madre. Candy lo miró con ternura, cuando era pequeña deseó tener un padre y una madre, quería saber qué se sentía que ellos te consolaran. Más de diez años después, su sueño se había hecho realidad realidad.
— No, no lo protejo. – se apresuró a responder. – Por eso los llamé a ustedes. Quiero actuar de manera legal. – recordó la enardecida mirada de Terry en su cabeza y se estremeció al oír de nuevo su amenaza de la noche de "El rey Lear". – Sé que ustedes me pueden ayudar.
— Por supuesto, hija. Lo que necesites. – confirmó su madre acariciando su mejilla no golpeada.
— Antes que nada, quiero que esto sea confidencial. – advirtió la rubia mirando a su hermano. – No quiero que le digan nada a Anthony, Stear, Archie o a las chicas. No quiero que se escandalicen.
— ¿Y ya le contaste a Terruce? – preguntó Bath. – Recuerda que como tu novio…
— Como mi novio, abuela – la interrumpió armándose de valor para enfrentar a una segunda tía Elroy. –, querrá asesinar a mi atacante.
— Es lo menos que puede hacer, después de estar tan lejos de ti. Has de saber que tu abuelo jamás hubiera permitido que alguien que no fuera él intentara ponerme una mano encima. – la rubia resopló. Estaba obligada a contarles aquella escena que aún le erizaba la piel.
— Terry conoce al atacante. Fueron juntos al colegio y nunca se agradaron. Me parece que son de la misma edad. No sé que hace aquí, pero el día de la obra, me condujeron a una trampa para llevarme hacia ese hombre; pero Terry apareció y fue él quien me salvó. Amenazó a los dos acosadores y ellos huyeron. Estaba furioso, creí que iba a matarlos. – relató la joven, sin desviar la mirada del libro que reposaba en su vientre. Le avergonzaba tanto pasar por esas situaciones y encima de todo, tener que contarlas a su familia.
— ¿Neil? ¿Estás hablando de Neil Leagan? – preguntó Jack usando su magnífica memoria. – ¿Te hizo algo esa noche en el teatro? ¿Fue él quién te golpeó? – Candy negó con la cabeza sin atreverse a levantar la mirada.
— Neil Leagan fue quien me condujo hasta Denise Thompson, él fue el que me ofreció como si yo fuera mercancía barata, me humilló desde mi infancia y siempre me ha hecho sentir inferior. Pero no fue él quien me golpeó. – alzó la mirada hacia su gemelo. – Terry le dijo a Denise Thompson que si me tocaba, sin importar en donde, él se encargaría de… – tragó saliva preparándose para continuar la última parte de su historia. –… de cortarle aquello con lo que se hacía llamar hombre.
Los caballeros presentes hicieron un gesto de dolor, comprendiendo de inmediato las palabras de la estudiante. Se culpaban de saber todo lo que ella sufrió sin poder ayudarla desde antes. De alguna forma, creían que era su culpa el ataque hacia ella.
— No hablaba en serio, cariño. – dijo Catherine en un burdo intento de tranquilizarla.
— No lo sé. Terry suele… darse a respetar. – intervino el artista recordando sus encuentros con el inglés. En ambas ocasiones, lo había amenazado. – Puede meterse en problemas muy graves si cumple con sus palabras. Quizá por eso, ese Denise se atrevió a visitarte.
— No hay excusa para lo que le hizo a mi pecosa. – agregó el padre frunciendo el entrecejo.
— No quiero hablar más de eso. – suplicó Candy dedicándole una mirada a sus interlocutores. – Sólo quiero dar aviso a la policía. Pero no quiero hacerlo público.
— No, no podemos hacerlo público, le dará mala reputación al hospital. – recombino la abuela con una regordeta mano en la barbilla. – Le diremos a Bryan, nuestro abogado, para realizar la demanda con discreción.
Candy esbozó una ligera sonrisa. Agradeció a todos por su apoyo y luego cambió de tema. Ya que sus clases y trabajo absorbían todo su tiempo, tenía pocas oportunidades para convivir con las personas que amaba y ese día podía aprovechar la visita de manera positiva. Los Mathewson estaban aliviados de no encontrar a la rubia hecha un completo mar de lágrimas; aunque ninguno estaba seguro de su bienestar, pues un ataque de tal magnitud no era fácil de afrontar. Lo cierto es que Candy se sentía aterrada, no podía dormir por las noches, cada vez que cerraba los ojos sentía de nuevo los labios de Denise Thompson en los suyos, convirtiéndose en la segunda persona que la besaba; razón por la cual no pudo evitar comparar ambos besos. Cuando Terry intentó besarla por primera vez, sintió terror por la manera tan brusca en que la tomó entre sus brazos. A pesar de que ella se sentía atraída hacia él, le asustó su repentino cambio de actitud. De ser un agradable y tierno jovencito que le abría su corazón a través del guardapelo de oro que aún colgaba de su cuello, pasó a ser una brutal persona que la zarandeó hasta tirarla al piso. Pero cuando por fin la besó en los jardines de San Andrew, Candy se sintió plena, libre, amada, comprendida y sobre todo, feliz. Ese beso fue un contacto deseado por ambos lados, así que cuando se efectuó, después de tanto esperar y sufrir, los dos muchachos no sólo probaron el mutuo sabor de sus labios, sino la sensación de tocar el paraíso y ser la envidia de Romeo y Julieta. Eso era el amor. Sin embargo, cuando Denise se metió a su habitación y la rodeó con sus brazos, Candy no sintió el mismo placer que el momento en que Terry la abrazó para impedir que saliera del colegio; ese gesto en el portal que delató los sentimientos de la americana y el británico. No, el abrazo de Denise no significó amor, aunque hubo desesperación, no era la de perderla, sino de poseerla como ningún hombre, ni siquiera su novio, la había poseído. Era una posesión maléfica, aterradora y lujuriosa. Nada de amor, sólo deseo. Si Candy llegó a preocuparse por no ser tan bonita como su amiga Annie o inteligente como Patty, ahora lo único que temía era volver a encontrarse con el hombre que ya conocía su astucia y consideraba su cuerpo como un trofeo que deseaba obtener por la fuerza. Antes se sentía poco merecedora de un hombre como Terry, pero ante el ataque del moreno, esa noche llegó a soñar que era su novio el que la miraba con esa lujuria que descubrió en esos temibles ojos grises. Sin poder evitarlo, le temió al hombre que la salvaba una y otra vez, al hombre que sí la amaba, al hombre que quizá la deseara, mas su cariño era el de un caballero, no el de un depravado.
Al día siguiente de la visita de los Mathewson, la enfermera le escribió una carta a su actor consentido, contándole acerca de la nula recuperación de Albert, sus nervios causados por el examen y algunas novedades de sus amigos y primos. La última carta de Anthony era muy corta y rutinaria, lo que asustó a la pecosa, quien se apresuró a responderle, recordándole cerca de seis veces que ella era su amiga e intentaría ayudarlo con todos sus dilemas. La inocente Candy confiaba en que su primo favorito ya no sintiera amor hacia ella, pues después de Londres, no habló del término "boda". ¡Vaya que estaba muy equivocada!
Para su mala suerte, la carta dirigida a su novio, llegó el mismo día que un periódico alterado.
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El actor se arregló frente al espejo, después de acomodar por tercera vez los escasos muebles de su departamento. Esa mañana, tendría lugar el primer desayuno casero con sus padres. Aunque esa no era su única razón para mantener todo en un perfecto orden. El actor estaba enamorado, así que identificaba cuando otro hombre también lo estaba: mejillas con ligero rubor, ojos brillantes y cierta torpeza al caminar; los principales síntomas de la enfermedad del amor. Por eso, sabía que debía ser un infierno ser el duque de Grandchester, pues con un amor tan ruidoso y un orgullo tan manipulador, estar enamorado de Eleonor Baker sólo traía ojeras causados por el insomnio. Y era obligación del hijo hacerles ver a sus padres que el amor nacido en un teatro, más de veinte años atrás, aún estaba patente y dispuesto a vivir una eternidad más.
Miró su cabello castaño y se alzó de hombros. Por más lacio que estuviera, no era más controlable que los bucles rubios de Candy, así que sólo perdería el tiempo tratado de acomodarlo.
— Este es un país libre, ¿no, Klin? – le preguntó a su cuatí dejando el cepillo en su cabecera. – Y mi cabello puede ordenarse a su antojo. Ven, espectacular criatura de la creación divina, don aristocracia y doña perlas en el cuello están a punto de llegar. – lo escrutó con la mirada unos segundos. – Te has bañado. Dime que no te robaste mi jabón. – Klin negó con la cabeza. – De acuerdo, entonces fue el del lobo feroz, vecino de abajo, ¿cierto? – el animal lo miró divertido. – Oh, no, que malcriado estás. – dijo con fingida preocupación. – Candy se enojará mucho cuando vuelvas a verla. – giró el rostro al escuchar los ligeros golpes en la puerta. – Han llegado, pórtate bien, Klin, que ellos no saben que vivo contigo.
La rubia madre fue la primera en abrazar a su hijo, ignorando al cuatí que aún descansaba en su hombro. El magnate observó al animal con un gesto de confusión, su Terry no tuvo mascotas de niño, jamás le interesó tener un perro. Teodora era su yegua, pero no le tenía demasiado aprecio, sólo era su instrumento de ejercicio y relajación. El actor se separó de su madre con una sonrisa en el rostro, se percató de la mirada de su progenitor y soltó una pequeña carcajada, tomando al cuatí entre sus manos.
— Él es Klin, mi mascota. – los presentó acariciando el lomo del animal. – Comenzó siendo de Annie Britter, luego fue de Candice Andley y ahora me pertenece a mí, porque sus dos dueñas anteriores lo han dejado a la deriva. – la criatura lo miró con enojo. – Es broma, lo adopté porque Candy me lo encargó y por ahora, ella no puede cuidarlo. Fui al lugar en donde se crió, pero sus madres me dijeron que ahora este pequeñín está feliz conmigo, así que me lo quedaré hasta que Candy se desocupe. – explicó pasando por alto las expresiones de asombro de sus padres. – Bueno, vamos a desayunar. Estoy haciendo todo el esfuerzo para dejar de comer en las primeras horas del día, ya me dijo mi enfermera que eso puede causarme problemas en el metabolismo.
Richard Grandchester lo siguió con los ojos, nunca lo había escuchado hablar tanto, mucho menos de su vida. Entonces era cierto, su hijo los había perdonado y ahora les invitaba a formar parte de su vida. Se sentía en confianza con ellos y no temía demostrar sus sentimientos. Por fin, después de casi veinte años, eran una familia. Giró el rostro y observó a la rubia, que también admiraba el cambio de actitud de su primogénito. Que bella se veía de madre. Esa luz en sus ojos y esas mejillas sonrosadas… lo que él daría por besar esos duraznos en su cara.
— Espero que mis múltiples presencias en la cocina del colegio, me enseñaran a preparar un desayuno digno de usted, duque de Grandchester. – lo interrumpió Terry colocando el platillo principal en la mesa. – Anda, despierta y ven a sentarte. Te prometo que no permitiré que Eleonor te muerda. – le guiño el ojo.
— ¡Terruce! – lo regañaron sus padres. Él, como un niño pequeño, se estremeció un poco.
— Yo sólo decía… – dijo con un toque burlón. – ¿Vas a sentarte, Richard?
— Que no se te olvide, hijo, que somos tus padres y debes llamarnos con propiedad. – le recordó el duque sentándose enfrente de su ex novia.
— Oh, perdóneme, honorable figura de la rectitud británica. Usted disculpe mi pobreza, pero no cuento con platos de oro y cubiertos de plata. Y disculpe también que la silla no esté acojinada con almohadones de seda, o que su respaldo sea de una manera americana y no italiana, o que…
— Basta, me refería a que no me digas Richard. – intervino el aristócrata con una sonrisa en los labios.
— Ah, sí. Lo siento, me dejé llevar por la familiaridad. Klin, ve a comer y deja los dulces para al rato, ¿de acuerdo?
— Déjalo que nos diga como quiera, nos tiene confianza, Richard. – comentó Eleonor tomando un buen pedazo de carne ahumada. – ¿No es así, Terry, querido?
— No quiero empezar a malcriar a mi hijo, Eleonor. Y menos deseo tener esta discusión contigo. Él es un Grandchester y tiene que comportarse como tal.
— Y también soy independiente. En dos años podré casarme con quien yo desee y tendré hijos, a quienes me aseguraré no educar yo, eso se lo dejaré a mi esposa. – presumió el actor ensanchando los hombros con orgullo. – ¿Qué trae debajo del brazo, padre?
— ¡Oh, sí! Estaba en el piso de la puerta. Parece ser el periódico de hoy. – contestó Richard haciendo a un lado el tema de la boda. – Ten, tú eres el hombre de este departamento y debes leerlo primero.
— ¿Habrá algo de ti en la sección de espectáculos? – cuestionó la rubia tomando el periódico que Terry hizo a un lado.
No tenía la costumbre de leer mientras comía y esa no sería la excepción, pero su madre no era tan paciente como él, así que hojeó el contenido hasta encontrar la sección que buscaba. De inmediato su rostro palideció. Sus ojos recorrieron la gran noticia y luego tragó saliva, mientras recuperaba el color de su piel, demasiado tarde para evitar que sus acompañantes lo notaran. Intentó ocultar el periódico debajo de la mesa, pero su hijo, con la suficiente fuerza como para no lastimarla, detuvo su brazo derecho y tomó el diario para abrirlo de inmediato en la sección de espectáculos. Sintió como el corazón poco a poco se desvanecía de su cuerpo dejándolo completamente herido y vacío.
"¡Nupcias unen a dos de los más grandes herederos americanos!
«El pasado domingo, Anthony Brower – hijo de Vincent Brower y Rosemary Brower, antes Andley – ha contraído matrimonio con la máxima heredera Andley: Candice White. El joven magnate, ha declarado que la boda se planeó desde varios años atrás, pero que ninguno de los novios quiso darlo a conocer hasta que el compromiso finalizara y diera paso al matrimonio.»
«La ceremonia se celebró en el jardín de rosas de la mansión Andley, en Lakewood, Chicago. A pesar de ser un evento privado, se filtró esta foto en la prensa y ahora el esposo de la rubia ha dado su testimonio.»
"Me siento honrado de tener a Candy como esposa. Nos conocemos desde que ella tenía doce años y no ha pasado un minuto sin que deje de pensar en ella. Supongo que a mi esposa le sucedía lo mismo. Tuvimos un traspié durante una temporada, pero rehicimos el noviazgo apenas regresamos de Inglaterra y nos alejamos de los problemas que nos provocó el Real Colegio San Pablo."
«La joven por ahora no ha dicho ninguna palabra a los medios, pero por lo que sabemos, la señora Brower es muy feliz. A pesar de no concluir aún sus estudios como enfermera, la rubia heredera más importante del país ha confirmado que en cuanto se titule, se hará cargo de los cuidados que necesite su marido – en silla de ruedas, por un accidente que sufrió a los quince años – con todo su amor.»
Diarios "Buena hora" les desea el mayor éxito a esta joven pareja en su matrimonio.•"
Y si Terry dudaba que el artículo fuera falso, una fotografía de ambos rubios destacaba la nota. Si bien ella no tenía un velo en la cabeza, su vestido era claro, igual que el de su… su marido. Ella se veía feliz, miraba a la cámara, mientras su mano izquierda se posaba en el hombro derecho de Anthony. El británico no pudo leer la culpa en los ojos del rubio, no pudo leer la tensión en su mandíbula o los puños apretados a causa de la impotencia; ¡vaya! Ni siquiera se percató de la falta de anillos en las manos izquierdas. Los ojos azul verdosos del actor sólo acariciaban la figura de Candy, la que creía su novia. Esa sonrisa, ancha, blanca y feliz. Esa mirada, alegre, divertida y sobre todo atractiva. Su orgullo buscó en ese rostro un signo de amor, un signo que le indicara que Candy no amaba a Anthony, que lo forzara a seguir luchando por ella… y lo encontró. Ya conocía la mirada de amor de la pecosa, pues él ya la había sentido en más de una ocasión. Su corazón estaba destruido, igual que su sueño por hacerla su esposa, pero su dignidad, su orgullo, aún estaba de pie, luchando en contra de los principios que adquirió en la mansión Grandchester y el colegio. No importaba que Candy estuviera feliz, no estaba enamorada.
— Ella no lo ama como a mí. – murmuró poniéndose de pie con brusquedad. Tomó su saco y salió del departamento hecho un rayo, dejando atónitos a sus padres.
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¡Hola!
Bueno, lamento no haber subido ayer este capítulo. Tuve mucha tarea este fin de semana y cuando me desocupé ayer por la noche, ya pasaban de las once y ésa no es hora para publicar. Lo siento, de verdad. De hecho, creo que correrán con suerte, tal parece que de todos modos voy a publicar un capítulo éste jueves, porque el viernes voy a salir con unos amigos y el sábado voy a estar con mi familia. Como sea, lo más seguro es que el jueves suba el capítulo 35.
Ahora, referente a esto: ya saben quién fue el desgraciado que se atrevió a tocar a Candy. Ese personaje en lo personal me parece interesante, aunque odioso. Después abordaré un poco sobre él, entonces sabrán porqué es esencial en la historia. Debo destacar que por fin Candy sabe lo que es cuando tu familia te consuela y te ayuda. Después de tan mala experiencia, no hay nada mejor que ver a tus padres, tu abuela y tu hermano.
Y bueno, todo iba bien con el desayuno de Terry y sus adorables padres hasta que el salvaje periódico apareció. Nuevamente les suplico que no odien a Anthony... ni a mí, por favor. Entiendan que yo sólo soy la escritora y que Anthony sólo es víctima de sus sentimientos. Además, ya vimos que Terruce Grandchester no es un hombre que se rinda fácil, ¿verdad?
El capítulo del jueves me conmueve mucho, no les digo más, sólo que por fin llegará el capítulo que le da sentido al título de la historia. ¡Ay, qué emoción!
Por cierto, muchas gracias por sus saludos y abrazos, mi familia los recibió y se sintió muy honrada. Ustedes son un amor, muchas gracias por su apoyo. Nos leemos el jueves, espero.
Les mando un fuerte abrazo y mis mejores deseos.
