35.

Una rosa deshojada.

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Stear leía las noticias acerca de la guerra. Su entrecejo estaba fruncido. Se sentía confundido, no entendía porqué los hombres se alistaban para la guerra como si fueran cerdos para matadero. Entrar en la batalla era como un suicidio. Cañones, sangre, gritos desesperados, heridas, furia, ambición, muerte. El ambiente era perturbador, qué valientes eran aquellos que timaban un arma y se arriesgaban a perder el acceso al cielo, quitándole la vida a otra persona… y pasar a ser alguien en la vida. En la guerra sólo existían dos posibilidades: eras el triunfador o eras el perdedor, no había una tercera opción. Podías trascender en la historia siendo un soldado del ejército ganador, o morir siendo uno de los donnadies que fracasó en su intento de poner en alto el honor de su país. Su país, todo era por el honor de un país. ¿Y qué pasaba con el honor individual? Si ibas a morir en el campo de batalla, debías poseer a alguna ganancia. Si tantos hombres dejaban su vida para ir a la guerra, entonces era porque algo encontraban en ese genocidio.

— ¿Qué será ir a la guerra? – se preguntó mirando por la ventana de su habitación. El periódico yacía a sus pies. – ¿Por qué se alistan los jóvenes? ¿Por valor o por cobardía? ¿Para matar o para encontrar utilidad en su existencia? ¿Qué buscan? ¿Acaso no tendrán una razón para permanecer a salvo? – pensó en Patty, su novia. Ella era su razón de estar a salvo. Esbozó una sonrisa. – Sea lo que sea que da el triunfo de la guerra, estoy seguro que no se compara con el amor que Patty me otorga. – sus ojos color chocolate brillaron recordando su invento más reciente. Era un regalo para su novia, se lo daría en la próxima navidad, cuando lo perfeccionara.

Un estallido de una bomba retumbó en su cabeza, sacándolo de sus cavilaciones. En su mente la explosión ocurrió en la casa de los O'Brien, el hogar de la tímida Patty. Después de casi un año como habitante de América, era probable que su acento británico estuviera desvaneciéndose, pero no dejaba de ser inglesa, no dejaba de ser una chica de cuyo país estaba en guerra. En cualquier momento podía perder su hogar a causa de una bomba alemana. El inventor tragó saliva, imaginando la tristeza en que su novia se sumergiría si aquella escena se hacía real. Por fortuna, su familia estaba en Chicago, no corría ningún peligro, pero él sabía que el cariño hacia el lugar en el que se crió no le daba lugar a la indiferencia al saberlo en decadencia. Cuando estuvieron en Inglaterra, la mansión de los Andley en Lakewood se descuidó a sobremanera, al grado de que cuando regresaron, el jardín de Anthony estaba casi desierto. El alma de la mansión, las rosas de Anthony, todas muertas. Los tres primos sintieron como su infancia sufría un terrible golpe. No concebían que el lugar que ocuparon cuando niños estuviera tan desolado, sin atenciones ni amor. El rubio se apresuró a recuperar la vida de cada planta y en menos de seis meses, el jardín volvió a su alegría convencional.

Stear apretó los puños y se prometió no permitir que Patty pasara por algo semejante, para él no existía nada más importante que la felicidad y el bienestar de su novia. Tiempo atrás juró no alejarse nunca de ella, a menos que se lo pidiera o fuera necesario para su bienestar.

— Me alistaré. – dijo con firmeza, sin dejar de mirar al jardín.

Escuchó la silla de ruedas de Anthony en el pasillo. Parecía nervioso, no era normal que se paseara a altas horas de la madrugada. Abrió la puerta y se encontró de frente con su rubio primo. En efecto, estaba desecho. La expresión en su rostro delataba su falta de sueño y la tristeza en la que se sumía.

— Necesito contarte algo, Stear. No será agradable escucharlo, pero ya no puedo guardarlo más. – dijo Anthony con precipitación.

Stear, más preocupado por la palidez del muchacho de ojos azules que por lo que tendría que decirle, lo dejó pasar a su habitación sin dejar de observar cada uno de sus movimientos.

— No has dormido nada. – afirmó mientras le servía a su primo un vaso de agua.

— No podría dormir aunque quisiera, he hecho algo muy malo. – contestó el rubio tomando el vaso con agua. Sorbió un poco de ella y prosiguió después de dejar el vaso en el escritorio. – Mi amor me ha desfigurado, Stear. – el moreno escuchaba sentado en su cama, no entendía nada de lo que su primo quería decirle. Abrió la boca para preguntar, pero Anthony se adelantó. – Desde hace dos años, supe que el amor de Candy estaba dirigido a Terruce, creí que podía aceptarlo… y hasta cierto punto fue así. Sabes que mi principal interés siempre ha sido la felicidad de Candy, ¿verdad? – Stear asintió. – Bueno… todo iba bien hasta que él reapareció. Sin saber noticias de él durante dos años, creí que no volveríamos a verlo, sé que es cruel, pero deseé que así fuera. De esa forma, quizá yo tendría una posibilidad con ella, pues yo fui su primer amor. Stear, no quiero compartirla, no quiero entregarla y mucho menos a ese cretino. Tú y yo sabemos que Terruce no la merece. – apretó los puños y fijó sus azules ojos al piso alfombrado. – Yo he sido todo lo que Candy merece, soy lo que ella necesita y sé que puedo hacerla feliz. Sólo le fallaré en una cosa, una sola cosa, y será el no darle un hijo, pero te aseguro que podré hacerla feliz. – sonrió con ironía. – O bien pude hacerla feliz, porque ella no querrá verme de nuevo después de lo que hice.

— Tus celos son posesivos, más que los de Archie; pero no creo que tus acciones sean tan malas. Todos nos ponemos celosos en algún momento, no seas tan cruel contigo. Comprendo lo que quieres decir, Terry nunca tuvo la fama de ser un decente caballero: fumaba, tomaba y pocas veces asistía a clases, pero aún así, es un buen muchacho. Créeme, cuando ustedes se fueron al hospital, Terry cambió, para muchos seguía siendo el alumno rebelde, pero no fue así. Sí, se aisló como siempre, pero no volvió a hacer enojar a sus profesores o a la hermana Grey, era diferente. Intenté hablar con él, le extendí mi mano como amigo y lamento admitir que fallé; pero por las pocas palabras que logré sacarle, puedo jurarte que desde ese momento, o incluso tiempo atrás, Terruce Grandchester ya amaba con locura a Candy y no le reprochó nada. Suena extraño por el contraste de ambos, pero debo contradecirte. Terry ha hecho todo por merecer a nuestra prima y yo estoy feliz porque ahora están juntos. Ella pronto será feliz como siempre lo quisimos.

— Te refieres a que pronto se casará con ese aristócrata. La tía Elroy estará feliz por emparentar con la nobleza británica, pero… ¿acaso no te has puesto a pensar en qué hará con ella una vez la despose? – Stear se alzó de hombros. Su amor por Candy ahora era el de un hermano, ya había superado esa época en la que la deseaba como pareja, así que esa pregunta no despertó ningún sentimiento de horror o dolor.

— No, la verdad no he perdido el sueño pensando en lo que ambos se harán cuando sean marido y mujer. Anthony, no seas anticuado, es normal que ellos compartan el lecho cuando se casen. No puedes simplemente colocarle un cinturón de castidad a Candy, ella tiene derecho de estar con su marido, y…

— Y ese marido debo ser yo. Stear, yo la conozco desde los catorce años, la conocí cuando ella era apenas una niña, me amó, me miró sólo a mí, me dedicó sus más hermosas sonrisas, me…

— Y ahora, quieras o no, es Terry quien tiene su corazón. Anthony, si estás hablando de antigüedad, sales perdiendo porque Archie fue el primero en conocerla de nosotros tres y antes que él fue Neil; así que no nos conviene pensar en eso porque jamás permitiré que Neil se acerque a Candy.

— Porque sabes que él no la hará feliz. ¿Tú crees que Candy será feliz teniendo a un actor que todo el año está de gira? Candy no soportará tantos viajes y si llegan a tener hijos, Dios sabe lo que se arrepentirá por casarse con un hombre como Terruce. Sé que él la ama, pero no confío en que pueda brindarle una vida agradable. – tragó saliva y fijó su mirada en la de su primo. – Me siento culpable por no arrepentirme de haberlos separado.

Los ojos del inventor se abrieron cual platos. Era imposible lo que escuchaba, Anthony no tenía un corazón negro como para hacerle eso a Candy. Era cierto, Terry salía de gira muy seguido, pero tenía vacaciones dos veces al año y Stear estaba seguro que no permitiría que Candy fuera infeliz. Creía que todos lo veían: el amor de esos dos rompía cualquier barrera. ¿Entonces qué habría hecho Anthony para conseguir separarlos?

— Explícate, no te entiendo. – dijo endureciendo el tono de su voz.

Anthony suspiró y movió su silla de ruedas hacia el enorme ventanal. Fijó su vista en el periódico del piso y negó con la cabeza. De verdad deseaba arrepentirse.

— Hice un trato con Elisa. – soltó con voz queda.

— ¡¿Qué?! ¿Qué clase de trato? – preguntó Stear acercándose a su primo.

— El de falsificar una nota periodística. – cerró los ojos tras imaginar el rostro de Candy lleno de lágrimas. Eso sí le dolía, pues nunca le había gustado verla llorar; esa imagen de cuando la conoció, aún lo atormentaba en las noches. – Le hicimos creer a Terry que Candy estaba casada con alguien más.

El corazón del moreno dio un vuelco. Imaginó la respuesta a su siguiente pregunta, pero no soportó la verdad. No entendía en qué momento Anthony había dejado de ser el príncipe del portal de las rosas para convertirse en el dragón del castillo.

— ¿A quién te refieres?

— A mí. Nos tomaron una foto en la última exposición de Jack, su hermano. Se utilizó para una nota en la que se describían algunos detalles de la boda.

Y como si de un balde de agua fría se tratara, Stear se estremeció al escuchar tanta indiferencia en la voz del rubio. Desconocía a ese hombre. Quiso regresar al pasado y evitar que su primo dejara de ser el sensible y cariñoso muchacho. Se dejó caer en la cama y enterró la cabeza entre sus manos. Imposible, era imposible que Anthony estuviese tan cambiado.

Terry manejaba como rayo, ignorando que el coche de su padre lo seguía. Sabía que lo querían detener, pero él no estaría satisfecho hasta no ver a Candy. Juraba que cuando la viera, sabría la verdad, sabría si ella ya se había entregado a Anthony o si aún le pertenecía al británico. Una anciana cruzando la calle provocó que el coche se detuviera con brusquedad, sacudiéndole la cabeza a Terry. Klin lo miraba desde el asiento del copiloto, su dueño se veía desesperado y enojado; aunque estaba más callado de lo normal, algo muy malo le carcomía las entrañas. Terry movió las rodillas con ansiedad, pero cuando quiso acelerar, apenas la señora cruzó, un grito a su izquierda lo distrajo.

— Terry, ¿vas a la compañía? – preguntó Susana desde la acera. – ¿Puedes llevarme? – preguntó caminando hacia el coche.

— Explícame, ¿para qué demonios querría ir a la compañía si se ha terminado la gira? – espetó Terry sin permitir que la rubia abordara su carro.

— Para prepararte para las audiciones de Romeo y Julieta, claro. Son en una semana. – el sonido del claxon de un coche de atrás insistió en hacerlo avanzar. – Déjame subir, vamos juntos.

— ¿Romeo y Julieta? – su imaginación creó esa escena tan romántica del primer acto, bailando con la bella Julieta que sería Candy. La recuperaría, lo haría, y si para eso tenía que ganarse el papel más codiciado en el teatro, entonces lo haría. No había nacido mujer que se resistiera a los encantos de Romeo Montesco. – No, iré por mi cuenta. Gracias. – se despidió y aceleró.

Richard Grandchester suspiró y siguió a su hijo. Arrugó el entrecejo al darse cuenta de que ese no era el camino para la estación de trenes.

— Este es el camino para la compañía Stamford. – aclaró Eleonor sin dejar de mirar el cabello castaño de su hijo. No dejaba de rezar porque no sufriera ningún accidente, pues no sería una sorpresa a semejante velocidad. – Cuando se estacione, prométeme que lo regañarás por manejar así.

El duque no respondió. Alcanzó a leer el encabezado y la fotografía de la noticia. Un nudo en su garganta se formó después de eso, comprendía cómo se sentiría su muchacho. Si a él le sucediera algo similar, no sabría cómo actuar, así que no podía reprimir los deseos de Terruce para recuperar a la mujer que amaba. Detuvo el coche justo atrás del de Terry y bajó. Eleonor se colocó una mascada en la cabeza, ocultando el color de su cabello y parte de su rostro, antes de hacer lo mismo mientras tomaba la mano del británico de cabello cano. Esa cortesía les hizo perder tiempo valioso en el que Terry cruzó las puertas del enorme edificio con Klin en sus hombros. Recuperaría a Candy a su estilo, convirtiéndose en el mejor actor que Broadway había conocido.

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Candy caminaba cabizbaja. El doctor Lenard la había regañado por cuidar del paciente de la habitación número cero. Le prohibió acercarse a él hasta que fuera una enfermera titulada y no sólo una estudiante. Ignoró el hecho de que Candy era de las mejores alumnas, pues le resultaba fácil entender varios de los temas gracias a sus conocimientos previos en Londres. Además, contaba con sus padres cercanos a la medicina, por lo que les mandaba una carta y ellos la visitaban, explicándole con detalles cualquier duda que tuviera respecto a un tema.

El moretón en su rostro aún era visible. Después de dos semanas y media del ataque, el moretón tenía un color rosado que a pesar de ser maquillado causaba una extraña impresión en los nuevos pacientes. Aún así, era la enfermera más popular del hospital, ya que su carisma y alegría eran la mejor medicina.

Sin embargo, no sólo el asunto de Albert la mantenía preocupada, y era que desde el ataque de Denise, no había recibido cartas de su novio. Albert le hizo ver que quizá estaba muy ocupado y eso podría dejarlo sin tiempo para escribir, pero algo le indicaba a la muchacha que Terry no estaba del todo bien. Y vaya que no se equivocaba.

Dobló al pasillo de la biblioteca y entró, consciente de que en pocos minutos la correrían de ahí: el horario de consulta estaba por concluir. Uniéndose a sus preocupaciones, Stear le dejó una nota en recepción explicándole que Anthony estaba cambiando y que se cuidara de sus celos. La rubia ignoró la nota, creía conocer lo suficiente a su rubio favorito como para tomar con seriedad la advertencia de Stear. Era como si le estuviera hablando de Neil Leagan o… o ese amigo suyo.

Tragó saliva y abrió el volumen de enfermedades motrices. No sabía qué buscaba ahí, sus manos sólo tomaron el primer libro enorme que encontraron. La rubia necesitaba sumergirse en cualquier cosa menos sus problemas personales. Releyó el mismo párrafo tres veces y luego cerró el libro. Necesitaba hacer algo, cualquier cosa para salir de esa angustia.

Salió de la biblioteca con los brazos cruzados y se detuvo en la entrada del hospital. Pronto serían las ocho de la noche, la hora en la que comenzaría su guardia. Suspiró, tenía más tiempo para ahondar en sus penas y ensayar máscaras de felicidad que convencieran a Albert. Aunque no la recordara, comenzaba a conocerla y ubicaba las emociones verdaderas de la joven con sólo mirarla a los ojos. Se sentó en la sala de espera y miró hacia el techo. Qué deseos por ir a Broadway y abrazar a Terry para que éste le dijera que todo marchaba bien.

— Enfermera, necesito que atienda mi herida. – dijo una voz muy conocida. Candy giró el rostro y sonrió con amplitud. Corrió hacia el rubio en silla de ruedas y lo abrazó. Tenía tanto tiempo sin verlo que apenas estaba consciente de extrañarlo de tal forma. – Candy, me asfixias. – le recordó el muchacho separándola de él con cuidado.

— ¡Anthony, cuánto te necesitaba! – exclamó conduciendo la silla de ruedas a la sala de enfermería, ahí podrían hablar sin que se escuchara el eco en el hospital. Anthony se dejó llevar sin decir nada, estaba convencido a revelarle todo, pero lo haría con una sola condición. – ¿Me dirás qué es esta sorpresa? – cuestionó una vez sentada enfrente de él.

"Esa sonrisa tan ancha, ¿por qué tenía que ser tan hermosa, mi dulce Candy?" preguntó Anthony en su interior. Lucía tan bella con el uniforme de enfermera.

— Quiero contarte algo, pero antes debes prometerme algo, Candy. – sonrió con complicidad.

La americana no pudo evitar recordar la nota de Stear, estremeciéndose inconscientemente. La mirada misteriosa de su antiguo novio le erizó la piel.

En definitiva, esa conversación cambió gran parte de la vida de la pecosa, pues las palabras que Anthony le dijo fueron las menos esperadas. Incluso para el rubio.

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Candy mantenía la mirada en el piso, incapaz de mirar los azules ojos de su amigo. Sus oídos se negaban a seguir escuchando, ahora sabía porqué su Terry había dejado de contestarle las cartas. Podría creer a todos culpables, menos a su Anthony, menos a su segunda persona favorita del mundo. Él no podía fallarle así, él no podía usarla de ese modo. Stear tenía razón: Anthony había cambiado.

El rubio miró con dolor a la pecosa sentada frente a él. La impotencia lo mataba, igual que el silencio de Candy. Quería que le gritara, que le reclamara, que lo insultara incluso. Quería que le dijera que no quería verlo otra vez, necesitaba ser castigado. Pero al pasar los minutos, la muchacha no decía nada, seguía sumida en su tristeza. Anthony acercó su silla de ruedas a la muchacha y tomó su mano. Ella lo permitió, casi insensible a su contacto.

— Hace años, cuando sucedió mi accidente, hablamos de Dulce Candy, ¿lo recuerdas? Te dije que ella tenía que morir para darle lugar a una flor más fuerte y hermosa, ¿cierto?... Bueno, yo soy esa flor, Candy. – la rubia alzó el rostro y clavó su mirada en la de él. – El amor que tuvimos fue muy fuerte, pero debe morir para dar paso a un amor aún más fuerte. Fue difícil para mí darme cuenta de eso, tuve que hablar con un total extraño para percatarme que si bien antes nuestro amor fue una rosa muy fuerte, hoy sólo es una rosa deshojada. Candy, tienes que cumplir tu promesa: recupera tu felicidad, ve por él.

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¡Hola!

¿Qué tal? Ahora sí ya está la razón del título del fic. He de confesar que al principio no sabía cómo introducir esta conversación, tenía varias ideas - entre ellas, lo admito, matar a Anthony, pero me pareció absurdo salvarlo de una muerte en el caballo para matarlo de otra manera; además, iba a ser muy típico y la verdad no era eso lo que quería hacer - , pero al final me decidí por ésta, la que me pareció más humana: los celos y las consecuencias de estos. Claro que fue difícil despegarme de la perfecta imagen de Anthony como el niño más bueno de la historia, pero lo conseguí y creo que lo hice bien.

Ese diálogo es de los que más me gustan de todo el fic, no sé es como que "te odio, pero te quiero". No sé, me gusta. Ya saben, yo y mis locuras.

Y bueno, ya vieron el plan de nuestro Terry, la neta tiene razón: todas las mujeres caemos rendidas ante un Romeo Montesco, esa Candy tiene suerte. ¡Yo quiero a mi Romeo Montesco aquí y ahora!... De acuerdo, ése no es el tema. Me encanta cómo Terry ignora a Susana, es tan... Terry. Já, en serio, es divertido escribir eso.

El lunes - mi cumpleaños número dieciocho, por cierto - publicaré un capítulo que me fascina y que espero sea el caso con ustedes. Ya estamos llegando al final, pero les juro que estoy dando todo de mi parte por continuar con la emoción y la sensibilidad, no quiero perder eso ni siquiera en la última recta.

Les agradezco a todos su apoyo, tanto explícito como implícito. Les mando un fuerte abrazo, amigos, y disfruten este fin de semana.