36.

Bendito seas, duque de Grandchester.

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Un par de semanas después, mientras Candy viajaba en el tren que la llevaría a su destino, Terry estaba ensayando el papel que le habían otorgado en la obra más popular de Shakespeare. Robert Hathaway pidió una vez más la escena del baile; Terry miró hacia arriba. Una de las lámparas tambaleaba con peligro. Se dijo que ensayarían esa escena y luego le diría a su jefe del problema técnico, no creía que fuera tan grave.

Se colocó el antifaz de Romeo y se hundió en su personaje con suma admiración.

"Excede su fulgor al de las teas. En el misterio de la noche oscura parece como joya de gran precio al cuello de un etíope prendida. ¡Belleza sin igual! ¡Indignos de ella son los humanos y este bajo mundo! Bien como blanca tórtola entre cuervos, a sus rivales vence en hermosura. En acabando el baile, con la vista la seguiré, veré do se coloca, y haré dichosa mi grosera mano tocándole la suya. ¿Acaso supe lo que era amor hasta este dulce instante? ¡Ojos, decid que no! Que hasta esta noche no vi jamás belleza verdadera. "[1]

Terminó de recitar con voz de ángel al apuntar su mirada sólo a Susana. Su talento al actuar era tal, que la rubia apenas si podía respirar. Sólo en el escenario él la miraba sin esa indiferencia o enojo. Sólo en el escenario él era capaz de decirle lo hermosa que era. Si la vida fuera el escenario, Susana sería la mujer más feliz del mundo.

Teobaldo estaba a punto de hablar, cuando Julieta descubrió que la lámpara que estaba justo arriba de su amado, caería en pocos segundos.

"No, no mi Terry, no mi Terry." Murmuró para sus adentros, corriendo hacia él mientras gritaba:

— ¡Terry, cuidado!

Romeo escuchó el grito de su adorada y enseguida reencarnó Terry, quitándose el antifaz medio segundo antes de ser empujado con brutalidad a las orillas del escenario. Un estruendoso golpe resonó cuando él cayó de bruces. Se incorporó y se talló los ojos antes de reconocer al cuerpo que lo había salvado. Palideció y corrió hacia el lugar del incidente. La varilla que sostenía la lámpara de iluminación frontal aplastaba parte del vestido de esa inconsciente mujer.

— ¡Susana! – la llamó antes de sostener su delgado cuerpo. – ¡Despierta, Susana! ¡Abre los ojos, Susie! ¡Susana, maldita sea! – la sacudió una y otra vez, pero la rubia no respondió.

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Eleonor Baker y Richard Grandchester corrían por los pasillos del hospital. Terry mandó un telegrama a la casa de su madre explicándole el accidente en el teatro. Necesitaba de su pilar más grande. Baker conocía a la madre de Susana y en ese telegrama ya podía leer sus futuros planes. Le contó al respecto a Richard y tanto el padre como el duque estaban en contra de ese dichoso plan.

Vieron a los miembros de la compañía Stamford de pie en la sala de espera. Ubicaron de inmediato a su hijo y corrieron hacia él. El rostro del actor estaba blanco como la nieve; sus labios, resecos y entreabiertos. Carecía de expresión alguna en su rostro, su mirada permanecía ausente. Su cuerpo, aún vestido con las ropas de Romeo, temblaba con el riesgo de caer al suelo en cualquier momento.

La pareja oyó murmullos a su alrededor, los compañeros del joven Grandchester los reconocieron y especulaban acerca de su parentesco con el novato actor. Anteponiendo su deber como padres, e ignorando las etiquetas sociales, la actriz abrazó a su hijo mientras el duque le preguntaba cuál era el diagnóstico de Susana.

— ¡Perdió una pierna! – exclamó una delgada y pelirroja mujer que estaba sentada a unos metros del muchacho. Su rostro estaba lloroso y los múltiples pañuelos en sus manos delataban su desesperación. – ¡Le amputaron una pierna a mi Susie por culpa de ese malcriado bastardo!

Aquélla palabra despertó a Terry, pero por primera vez no se defendió lanzando un puñetazo a quien lo llamó así. Apenas había parpadeado cuando sintió las manos de su madre paseando por su rostro. Un calor en su corazón le indicó que estaba protegido. Esos ojos azules lo resguardarían.

— ¡Mi Terry! – exclamó la rubia abrazando de nuevo a su pequeño.

El duque de Grandchester miró con enojo a Olga Marlowe. Aguantó todos los insultos que su antigua esposa le dirigió a su primogénito, se quedó callado cuando le recordaba su lamentable origen, no le reclamaba nada cuando se enteraba de las rabietas que provocaba en Terry; pero cuando él se fue a América y lo llamó "bastardo Grandchester", el duque no dudó un segundo para divorciarse de ella sin importarle el escándalo provocado. A su parecer, Terry era su hijo más legítimo, pues era el único nacido dentro del amor, mientras los otros tres eran fruto del deber. Ni siquiera era culpable la lujuria, pues nunca deseó a su mujer, nunca hizo el amor con ella; literalmente, sólo la penetró en tres ocasiones. Para su suerte, fueron suficientes para complacerla, engendrándole tres hijos. Ninguno verdadero acreedor de un cariño semejante al que le guardaba a su rebelde de San Pablo.

— ¡Tendrás que hacerte cargo, Terruce! – continuó la madre de la actriz poniéndose de pie.

El británico noble la encaró dispuesto a responder por su hijo. Los ojos color canela de la señora no mostraron temor cuando se enfrentaron a los grises del duque.

— Pagaré la cuenta del hospital, sólo eso haremos por su hija.

Al escuchar esa voz, Terry se separó de su madre y fijó su mirada en la escena que ocurría a su lado. Sólo en ese momento se dio cuenta de lo que estaría en todos los periódicos a la mañana siguiente. Su corazón latió sin control, temía por sus padres y su mayor secreto; quiso sacarlos del hospital, evitar que los vieran cerca de él… pero no tuvo la fuerza suficiente como para echarlos. Lo cierto era que los necesitaba – y los lectores saben lo que hubiera ocurrido de haber estado solo.

— ¡¿Y usted quién es para defender a ese mocoso bueno para nada?!

— No. – murmuró Terry adelantándose para evitar que su primogénito revelara el secreto que ya todos sospechaban.

Pero el duque apretó la mandíbula renunciando a cualquier noble título. Su hijo era lo mejor que le había pasado, y aunque sacrificara todos los esfuerzos que sus padres hicieron para formar al mejor duque de Grandchester, estaba decidido a rehacer su vida.

— Soy su padre.

Si la situación no fuera menos preocupante, un tumulto de preguntas hubieran atacado a los involucrados. Varias miradas curiosas se fijaron en el pálido rostro de Eleonor Baker, creando la realidad completa. Ella observaba boquiabierta a su antigua pareja. Jamás lo creyó capaz de semejante locura. Confesar su parentesco con figuras altas del mundo del espectáculo, no era lo más cuerdo que podría hacer. Ella conocía lo que era vivir con rumores en carne propia, ella estaba acostumbrada a eso… pero una figura tan intachable como lo era el más alto noble inglés, no imaginaba ese infierno. Quiso protegerlo de todos los reporteros que lo perseguirían, de todo el estrés que sentiría. Y también deseaba abrazarlo con fuerza, pues era el acto más noble que había visto en su vida. El rebelde adolescente aún vivía en él, el joven que seguía sus sueños sin importarle su familia aún no se desvanecía, el hombre que amaba seguía en ese cuerpo.

— Papá… – susurró Terry atónito. – ¿Qué haces?

— Esta mujer quiere que te cases con esa actriz y no voy a permitir que eches a perder tu vida tal y como lo hice yo. Nadie te obligará a casarte con alguien a quien no amas, yo soy tu padre y por primera vez quiero hacer las cosas bien. Te protegeré, Terry. Tú eres joven y estás más vulnerable a que te impongan las cosas, así que si te presionan, tomarás el camino erróneo. Me pasó lo mismo y fui infeliz durante casi quince años en los que fui alejado de la única mujer que he amado y obligado a ignorar al hijo que más atesoro. Tú no pasarás por eso, Terruce. – miró de nuevo a Olga Marlowe. – Le agradeceré en persona a su hija el haberle salvado la vida a Terry, pero no permitiré que la despose. Lo lamento, señora, pero mi hijo no la ama y desde hoy estimulo que ningún Grandchester se casará con alguien a quien no ame, sin importar cuál sea su origen.

Terry palideció aún más. "¡¿Matrimonio?! ¡Yo no me puedo casar con Susana! No importa si Candy está casada, yo no romperé mi promesa, no me casaré con nadie que no sea ella." Se juró apretando los puños. Susana no le desagradaba en lo absoluto, aunque tampoco le atraía. Admitía que era una actriz muy hermosa, pero no tenía los atributos de su pecosa consentida. Aunque pasara mil años con ella, no podría amarla ni la mitad de lo que amaba a Candy. No podría amarla ni un poco.

Resopló y caminó lejos de todos. Si bien su padre resolvió su deuda con los Marlowe, el mayor problema de su vida seguía en pie. Sólo una vez vio esa nota en el periódico y nunca permitió que sus padres hablaran con él al respecto. Aunque no pensaba renunciar a Candy, el hecho de que fuera una mujer casada lo retenía en Broadway. Necesitaba ser alguien para demostrarle que él era un buen partido, necesitaba triunfar como Romeo y como Hamlet. Necesitaba ser el mejor actor novato. Antes de verla de nuevo, tenía que ofrecerle algo mejor que ese cultivador de rosas. Por nada del mundo permitiría que el cabeza de mostaza le ganara.

— Candy no lo ama. – se dijo una vez más, pero el tiempo lo retaba. Entre más pasaba, más fácil era que ella se enamorara de nuevo de aquél rubio. Después de todo, ya no había recibido ninguna carta de ella que le indicara que todo era una broma de mal gusto. – No debe amarlo. – intentó convencerse abrazándose con fuerza y deteniéndose en la entrada de un enorme jardín.

Un cuatí saltó a sus brazos. No le permitían el acceso al hospital, así que Klin decidió quedarse en el jardín esperando a su dueño, quien sin pensarlo, lo estrechó con fuerza. ¡Cuánto necesitaba de un amigo!

Sus ojos se fijaron en los narcisos que nacían a su derecha. La mágica etapa del colegio invadió su mente. Candy vestida de blanco el primer domingo; Candy con la bata para dormir en la falsa colina de Ponny, con la luna brillando en su piel y la expresión de enojo moviéndole las pecas; Candy en su habitación con el cabello lleno de ramas, Candy mirándolo con fijeza mientras trataba de excusarse, Candy entregándole una armónica… Candy, sólo ella era capaz de desarmarlo así. Era imposible no sentirse desfallecer cuando ella lo miraba. Desde aquella primera vez en el crucero, él supo que Candy sería dueña de sus desvelos. Tan hermosa que lucía, tan inocente su voz. ¡Qué cabello tan dorado!... Y su sonrisa, su brillante y sincera sonrisa. Si esa sonrisa pudiera verse por todo el mundo, las guerras desaparecerían, pues si ella sonreía nada malo podía pasar. La pequeña pecosa tenía el poder de controlar a todos con un simple gesto. Su bondad, su gentileza… era tan perfecta. Terry sonrió con melancolía al recordar que él era de los pocos que conseguía admirar sus gestos al enojarse.

"— Cuando haces muecas, te pareces más todavía… De ahora en adelante te llamaré mona pecas."

Paseó su mirada por el jardín y sus ojos se detuvieron al descubrir un cerezo al fondo. Sus labios reconocieron aquella sensación de pureza al besar la boca de su amada. Cerró los ojos, absorbiendo cada detalle de esa escena tan única. Su respiración entrecortada, sus ansias por devorarla, su corazón latiendo sin ritmo alguno, sus manos paseando por los bucles de la muchacha. Y ella respondiéndole con igual pasión, demostrándole a cada segundo que su corazón lo amaba, que él era el dueño de sus sentimientos.

— ¿Por qué no vas por ella? – preguntó su padre a sus espaldas. – Sabes que no tienes ninguna responsabilidad con Susana, eres libre de…

— Ella está casada. – interrumpió con vehemencia. – Mi Candy está casada. Quiero ignorar el hecho de que ese infeliz ha ganado esta batalla, quiero tener las fuerzas para luchar por ella, pero…

— Terry, eso no es cierto. – el muchacho, incapaz de controlar sus emociones, miró con odio a su padre.

— ¿Cómo puedes decirme eso? ¿Acaso no viste el periódico? ¡Ella está casada con Anthony Brower! ¡El mismo idiota que salvé de una terrible caída en su cama! ¡El mismo imbécil al que busqué una noche de lluvia! ¡El mismo cabeza de mostaza terco del que me preocupé al ver una recuperación magistral en el maldito hospital!... ¡Escuché de sus labios una rendición total! ¡Me traicionó!...

Al duque le bastó alzar un brazo para hacerlo callar. Eso él ya lo sabía.

— No se casaron, ya hablé con Anthony – afirmó con serenidad. Su hijo lo miró atónito. – Hace unas semanas te dije que necesitaba arreglar un asunto comercial, ¿recuerdas? Te mentí, me preocupaba el hecho de que en la fotografía no se vieran las sortijas de matrimonio. Entiendo que no te percataste de eso porque sólo te fijaste en las letras, mas no en las pistas que desmentían el artículo. No sólo me refiero a los anillos, sino en un hecho que conozco por estudiar leyes americanas e inglesas: a un hijo adoptivo no se le puede heredar nada, sólo los que pertenezcan de manera sanguínea a la familia tienen derecho a las propiedades, dinero o posición. Candy es acreedora únicamente del apellido y cosas que el patriarca de los Andley le otorgue mientras viva; aunque cuando muera, los otros miembros de la familia, los más cercanos, en este caso Anthony, pueden arrebatárselas sin problema alguno. De manera legal, ella no es la heredera de la fortuna Andley, así que todo el artículo indica falsedad. Además, revisé en varios periódicos ajenos al tuyo y no encontré la noticia que de ser cierta, estaría en boca de medio país. Alguien te tendió la trampa.

— Neil Leagan. De seguro fue él. – respondió Terry, colocando a Klin en el cerezo. Se sentó en la banca a un lado del árbol y su padre lo acompañó. – Él nunca me ha querido y varias veces he creído que de alguna disparatada forma está enamorado de Candy.

— Neil Leagan no tiene suficiente cerebro, pero su hermana sí. Una fuente muy confiable me reveló que Elisa Leagan planeó todo. Denise Thompson es el heredero del periódico que sueles comprar, así que tiene acceso a las imprentas. Él puede crear una nota cuando quiera, su padre difícilmente le hará caso. La fotografía corrió por su cuenta, fue tomada en una de las exposiciones de Jack Mathewson. Anthony y Candy son admiradores del pintor, así que frecuentan sus eventos. No fue difícil encontrar el momento exacto para fotografiarlos; y como Candy no tenía idea de que sería usada para engañarte, no se preocupó por los camarógrafos que seguían de cerca a los presentes. Lo único que Neil hizo en este plan fue dejar el periódico en tu puerta y esconderte las cartas de Candy. – tragó saliva, no muy seguro de revelar lo más complicado. – Aunque lamento confesarte que no son los únicos involucrados.

— ¿Cómo? – preguntó al tiempo en que Klin regresaba a sus piernas con una nuez entre las patas. Tanto relato le daba hambre.

— Sabes que Neil no es tu único rival en la conquista de Candy.

— Archie no es tan malo. Sé que a veces es exagerado, pero creo que ya no tenemos problemas, lo salvé en su primer día de noviazgo con Annie Britter.

— No me refiero a ninguno de los Cornwell. – murmuró, acariciando a la mascota de su hijo. El animal respondió acurrucándose a su brazo. – Elisa es muy inteligente, es de esas víboras ponzoñosas que saben en qué momento su víctima es más vulnerable. Y Anthony se sintió muy mal cuando estuviste en Chicago, presentándote como el rey de Francia.

— ¡¿Qué?! ¡Anthony no haría nada que pudiera lastimar a Candy! – lo defendió Terry, recordando las miradas que el rubio le lanzaba a la pecosa. Era el segundo hombre que más la amaba; además, era un caballero con todas las letras de la palabra, su corazón dulce y bondadoso nunca podría corromperse. Era imposible. – Sé que no somos muy amigos, pero él sabe que ella me ama, en el pasado me pidió que la ayudara. No tiene sentido lo que estás diciendo.

— Anthony no quiso lastimar a Candy. Elisa le hizo creer que ella no estaría bien contigo y que lo mejor era que la recuperara, porque él era perfecto para ella. Así lo convenció para participar en esta trampa.

¿Cuántas veces Terry creyó lo mismo? Sabía que Anthony amaba a Candy, siempre fue así. Incluso cuando lo vio en los palcos del teatro en Chicago, se percató que sus sentimientos seguían dirigidos a la enfermera; el tiempo sólo consiguió que ese amor fuera aún más fuerte. No culpaba a Anthony, entendía que dudara de él, de un actor que no tenía suficientes recursos para mantener a una mujer como Candy. Entre tanto, él, portador de tantos atributos que era imposible nombrarlos, tenía facilidad de hacer feliz a Candy. "Si tan sólo lo amaras, pecosa, yo me haría a un lado con gusto. Lo único que quiero es que seas feliz, mi Candy."

— Me confesó todo cuando fui a visitarlo, fingiendo que era un vagabundo como Albert, un amigo de Candy del que me contó. – un atisbo de preocupación cruzó por el rostro del actor, ya había olvidado el estado tan trágico de su mejor amigo. – Creyó incluso que yo conocía a ese Albert, ya sabes, esa leyenda urbana de que todos los vagabundos se conocen. Lucía decaído mientras visitaba una florería. No compró nada, sólo miró las flores. En un arrebato de culpabilidad, caminamos en un parque y lloró por sus errores. Candy estaba sufriendo porque no respondías a sus cartas. Insistió diciendo que él era lo que la enfermera necesita, pero le expliqué que el amor que sentía hacía ella era impresionante, pero que si ella no le respondía igual, era porque ya estaba enamorada de otra persona con una magnitud incluso mayor que la de él. Cuando un amor termina, le da el paso a otro amor aún más fuerte. Terry, todo esto te lo digo con un solo fin: Candy te ama y te necesita. Deja esos estúpidos temores y corre a verla. No importa en dónde la mantengas, ella será feliz siendo tu esposa. – le dio un pequeño golpecito en la espalda. – Y sé que tú lo serás con ella.

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En menos de veinte minutos, Terry ya estaba en la estación, esperando el tren que lo llevaría a Chicago. ¿Qué importaban los ensayos de la obra? Cuando Romeo supo que su Julieta estaba en peligro, poco le importó que la muerte le aguardara, sólo necesitaba verla una vez más.

— Voy por ti, Candy.


[1] Shakespeare William, Romeo y Julieta, acto 1°, escena IV.

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¡Hola!

¡Cómo me encanta este capítulo! Ni siquiera sabía qué título ponerle, de verdad que le hubiera puesto hasta un altar al duque, en serio. ¡¿Ahora ven la importancia de evitar la muerte de Anthony?! ¡¿Ahora entienden todo mi rollo del efecto mariposa?! ¡Ah, no, pero ahí va Anthony a desnucarse! ¡Bravo!... Bueno, tampoco es como si fuera culpa suya... ¡Pero ¿por qué tuvo que morirse?!... Ya lo sé, necesito un tanatólogo o un traje de fuerza con urgencia, lo siento.

En fin, no sé qué me gustó más, si el hecho de que el duque pusiera en su lugar a Olga Marlowe, si el duque hablara con Anthony, o que él impulsara a Terry a regresar por Candy. ¡Por todos los cielos! Creo que el duque de Grandchester es mi personaje favorito.

Muy bien, es todo de mi parte. Muchísimas gracias por sus felicitaciones, la verdad es que mi mejor regalo es contar con unos lectores tan dulces y atentos como ustedes. Les mando un fuerte abrazo a todos y nos leemos el jueves. :D