37.
Reencuentro. — ¡Por fin!
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Candy bajó del tren y corrió hacia los carruajes de Nueva York. No llevaba maletas, no las necesitaba. Tenía sólo su título como enfermera en la mano derecha y un agitado corazón en el pecho. Aún vestía el uniforme de enfermera. Todo había sido tan rápido. Apenas se enteró de que ya no estaba en peligro por parte de Denise, decidió correr a salvar su relación con Terry, sólo Dios sabía lo que el actor estaría sufriendo a causa de una nota periodística. Estaba tan nerviosa que olvidó dejar su título en manos de Jack.
— Tengo que recuperar a mi novio. – repitió una y otra vez al salir del hospital con el papel que la aseguraba como una enfermera y ya no como una simple estudiante.
Obtuvo el primer lugar en las listas, sus padres y Mary Jane se sentían orgullosos de las enseñanzas que le otorgaron a la pecosa. En teoría, esa misma tarde recibiría un premio especial; pero cuando estaban celebrando, Jack ingresó al hospital para contarle acerca del arresto de Denise Thompson. Después de que Anthony se disculpó con ella por sus errores cometidos, Candy quiso salir de Chicago y encontrarse con Terry para explicarle lo acontecido, pero su familia logró convencerla de que el viaje sería arriesgado mientras Denise estuviera suelto. Así que luego de escuchar que no corría peligro, abrazó a su hermano mientras le suplicaba que se hiciera cargo de Albert y corrió hacia su destino. Esta vez nada lo separaría de su Terry. Nada.
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Le entregó la dirección del departamento de su amado al conductor y le rogó que llegaran rápido. El chofer, al verla vestida de enfermera, creyó que se trataba de un asunto de vida o muerte, así que no tuvo piedad y rebasó a cualquier coche o carruaje que estuviera frente a él. Candy mantenía la cabeza fuera de la ventana, necesitaba saber que en verdad iban rápido. Nunca había estado en Nueva York y su nata facilidad de asombro la absorbió por unos segundos. "¡Cuánta gente hay aquí!... ¡Oh, por Dios, es la tienda de Santory más grande que haya visto en mi vida!... ¡Vaya sombrero el de esa señora!... ¡Santísimo cielo, qué parque tan bello!" pensó boquiabierta. Sin embargo, cuando el carruaje se detuvo y el chofer le indicó que habían llegado, Candy bajó de un brinco antes de entrar al edificio. Se quedó quieta en el umbral admirando cada detalle de la vivienda. Madera vieja, escaleras en forma de caracol y más de cinco pisos. Intentó recordar el número del departamento de su novio, mas ella no poseía una memoria como Terry o Jack, por lo que apretó los puños desesperada e hizo una rabieta.
— ¡Vamos, Candy! ¡Recuerda, tienes que hacerlo! – se regañó mientras caminaba de un lado a otro sacudiendo la hoja de papel sin percatarse de que una pareja la observaba con una mirada divertida.
— Es más bajita de lo que recordaba. – le susurró el duque a Eleonor, quien rió con la cabeza agachada; sonido que atrajo la atención de la rubia. – Candy, ¿cómo estás?
— ¡Duque de Grandchester! ¡Eleonor Baker! Yo… – enmudeció roja de la vergüenza. ¿Qué pensarían de una chica que iba a buscar a un joven a su departamento? Se cubrió el rostro y negó con la cabeza. – Lo siento, no es lo que parece, yo…
— Oh, por Dios, ¡Terry! – exclamó Eleonor, recordando el paradero de su hijo. – ¿No te has encontrado a Terry en la estación, Candy?
— ¿Qué? – preguntó la chica recuperando el color de su piel. – ¿Terry iba a esperarme? Oh, no, no lo vi… Un momento, ¿cómo es que él sabía que yo vendría?
Los padres del muchacho se miraron el uno al otro. Sí que estaban metidos en un lío. Era casi imposible creer que dos personas que ansían encontrarse, se alejaban sin siquiera imaginárselo.[1] Los enormes ojos de la pecosa los miraban confundidos. A pesar de estar a más de dos metros de distancia, sentían la desesperación de su corazón. La entendían, a unos pasos de recuperar al amor de su vida, el destino una vez más los alejaba.
— Terry ha ido a Chicago. Fue a buscarte. No tiene ni una hora de haber salido del hospital para tomar el primer tren que lo llevara a Chicago. – explicó Richard con lástima.
— ¡¿Terry en Chicago?! No, no, debo ir por él. – quiso correr de nuevo, pero el abrazo de la madre de su británico favorito la retuvo. – Señora Baker…
— Si siguen viajando así, nunca van a encontrarse. Seguramente lo van a regresar en cuanto llegue a Chicago. Espéralo, por favor. Estará aquí en un par de días.
— No… – murmuró ella, sintiendo en su pecho un fuerte calor. El guardapelo de Terry estaba quemándole la piel, identificando el paradero de su dueño. – No, Terry está aquí. – se separó de la otra rubia y salió del edificio hecha un rayo.
Richard suspiró mirando cómo la enfermera buscaba a toda costa encontrarse con el actor. Le resultaba curioso que ambos corrieran a su encuentro vestidos de acuerdo a sus empleos. Romeo y la enfermera, vaya disparate.
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Terruce golpeó los nudillos contra la pared de la estación. El próximo tren a Chicago salía en una hora. No podía soportar la idea de esperar aún más tiempo para ver a su Candy. Habían sido suficientes las semanas que estuvieron incomunicados por esa pandilla endemoniada. Estaba harto de tantas tonterías, si tan sólo supiera ir a Chicago en carruaje no esperaría al siguiente tren. Prefería ser él quien dirigiera su ruta y su destino. Farfulló algunas groserías en un susurro y retomó su antigua costumbre de murmurar maldiciones en el idioma que más detestaba. De un momento a otro, se convirtió en una atracción para los transeúntes, quienes a pesar de reconocerlo como la nueva estrella de Broadway, no se atrevieron a pedirle un autógrafo. Estaba realmente rojo de coraje. El desesperado cuatí era el único que seguía sus pies sin dejar de mirarlo con preocupación. Esos últimos días habían sido terribles para el inglés.
Una sed inmediata raspó su garganta. Ansiaba una copa de alcohol, una sola. Nada le sucedería si se atrevía a beber una sola copa. La imagen de Candy limpiando sus heridas causadas por su pelea en las calles de Londres llegó a su mente. No, a Candy no le gustaría saberlo tomando. Espetó otras líneas en francés y se dejó caer en una banca antes de colocar la cabeza entre las manos y despeinar su cabello castaño. Klin no tardó en sentarse a su lado y tratar de llamar su atención, era urgente que girara el rostro.
¡Qué ansiedad sufría el muchacho! Un cigarrillo, quizá eso lo podría tranquilizar. Sólo necesitaría de uno, sólo quería probar el sabor del tabaco una vez más.
"—… y recuerda: en vez de fumar, toca la armónica." – le dijo la voz de Candy en su cabeza.
Sonrió, negó con la cabeza y metió la mano en su túnica de Romeo. Arrugó el entrecejo, ahí estaba su armónica, la sentía, pero también estaba una cajita de terciopelo.
— ¿Qué es esto? – se preguntó sacando la cajita. No la recordaba. La abrió y encontró en ella una sortija de oro con un fino diamante incrustado en el centro. Klin olió el diamante y sonrió, el anillo estaba increíblemente hermoso. – ¿Yo compré esto, Klin?... No, ¿quién me lo puso aquí? – recordó de súbito sus últimos momentos en el hospital, su padre lo abrazó al despedirse. Volvió a sonreír. – Así que fuiste tú, duque de Grandchester. – susurró colocando el anillo en la almohadilla de la pequeña caja. Debería agradecerle la próxima vez que lo viera, le había ahorrado un incómodo paseo por Tiffany's.
Tomó la armónica, pero su mascota, ya desesperada porque Terry no hacía caso a sus señas, le arrebató el instrumento y corrió. Como era de esperarse, el actor siguió al animal con rapidez, pero al ser más pequeño, Klin logró escabullirse entre los pies de las personas. Tenía la mirada fija en unos rizos dorados que estaban sólo a unos metros de ellos.
— ¡Ven acá, condenado animal del demonio! ¡Te has ganado un severo castigo, jovencito! – le gritó Grandchester persiguiéndolo.
Klin se detuvo en seco y giró el rostro para ver a su encolerizado dueño. Éste lo levantó del suelo, ignorando el título de enfermera que cayó de las manos de una jovencita, y le arrebató la armónica de un tirón.
— Qué asco, Klin, ahora tiene tu saliva. – le dijo tratando de limpiar el instrumento con su túnica.
Cuando alzó el rostro sus ojos se abrieron de par en par. Parecía un ángel. Cabello rizado y suelto en su espalda, ojos verdes y enamorados, labios rosados y entreabiertos, temblando levemente mientras formaba una débil sonrisa; y un vestido blanco que apenas resaltaba sus curvas. Sonrió al darse cuenta de que su boina estaba al revés. Qué ángel tan torpe.
— Candy. – pronunció dejando caer a su cuatí y tomando en cambio el cuerpo de la mujer que tanto amaba.
La estrechó con fuerza, dispuesto a no soltarla jamás. Cerró los ojos, rogando al cielo que si era un sueño, no despertara jamás.
— Quiero que el tiempo se detenga, quiero estar así para siempre. – susurró, provocando en su pecosa una pequeña risa.
En medio segundo, sintió los brazos de la joven aferrados a su espalda, mientras enterraba la cabeza en su pecho. De nuevo los bucles quedaron a la altura de la nariz de Terry, deleitándolo con su aroma. Hasta ese momento, fue consciente de cuánto la extrañaba. Era injusto que se abrazaran en tan contadas ocasiones, se amaban tanto que todo le parecía injusto. Maldijo al destino una y otra vez mientras enterraba más y más su cabeza en la melena de su Candy. Sus brazos acariciaron la espalda de la muchacha siguiendo los finos músculos de ésta.
— Candy… Candy, te amo. Te amo, mi amor, te amo tanto que revivo cada vez que te miro. Me pareces irreal, me pareces un eterno sueño, princesa. – murmuró mientras besaba su cabeza.
Sentir su cuerpo, sentirla con los labios, no existía paraíso que no fuera ella. Toda ella, tenerla, escucharla respirar, sentir su corazón latir. Ahora que la tenía entre sus brazos, estaba dispuesto a pelear con mil Paris antes de entregar a su Julieta. Mataría a cientos Teobaldos antes de dejar de luchar por ella. Valían la pena decenas de muertes si lo dejaban mirar esos ojos verdes. Ningún pecado importaba mientras ella lo abrazara.
— Terry, mi amor. – susurró ella por fin, separando su rostro del pecho de su amado. – Mi Terry, ¿eres real? ¿En verdad estás aquí? – preguntó entre lágrimas. Terry soltó su espalda para tomarle el rostro. Sonrió al descubrir que ella hablaba en serio. – Dime que no estoy soñando. ¿Eres tú mi Terry?
— Soy tuyo, mi vida. Tócame, soy real. – agarró una de las manos de la rubia y la colocó en su mejilla. La joven miró la mejilla de su adorado y comenzó a pasear las manos por su rostro tan hermoso.
— He sufrido tanto lejos de ti. Te he soñado, me he imaginado a tu lado… Terry, cuánto te extrañé. El viaje ha sido largo, ¡no quiero separarme más nunca de ti! – exclamó abrazándolo de nuevo. – No me dejes, Terry, no te vayas. Llévame contigo, por favor. – sollozó. – Mi amor, mi Terry, si eres una fantasía, si acaso estoy enloqueciendo, te pido que no dejes que me cure. Eres lo que necesito.
— Si estás diciendo eso es porque estás muy grave, pequeña pecosa. ¿Acaso has olvidado que yo sólo soy un mocoso insolente? – bromeó Terry, de nuevo tomando el rostro de su adorada. – Ya, mi Candy, deja de llorar. ¿Por qué no crees que esto sea real? ¿Acaso es porque luces como un ángel? – preguntó acomodando la boina de la enfermera. Ella lo soltó y se sonrojó. Hasta ese momento, supo que estaba en el mundo real y que había abrazado dos veces a Terry. – ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? – con la yema de sus dedos le alzó la barbilla acercándose seductoramente a su rostro. – ¿Acaso vas a declararme tu amor, pequeña pecosa?
Ella abrió los ojos asombrada por la sensualidad de su acompañante. Se cubrió la boca un segundo y luego soltó una carcajada al ver la expresión de confusión de Terry. Era tan adorable cuando ponía esa cara.
— ¡Te amo! ¡Te amo y mil veces te amaré! – exclamó colgando los brazos alrededor de su cuello. – ¿Cuándo vas a dejar de dudarlo? ¡Te amo, Terry! ¡Te amo!
Una felicidad los embargó a los dos. Las palabras sobraban. El británico tomó la cintura de la americana y la acercó unos milímetros a él. ¿Qué importaba la prudencia y el recato cuando el amor se hacía presente? Ambos sabían lo que vendría.
— Repítelo una vez más, mi enfermera. – suplicó Terry mirando los labios de su amada.
— Te amo, mi Romeo. Te amo. – respondió ella, alzándose de puntas para rozar los labios de su adorado y así sentir cómo todos los vellos de su piel se erizaban. – Te amo, Terry. – finalizó antes de jalar el cuello del actor hacia ella.
Dicen que el primer beso jamás se olvida, Terry y Candy no lo olvidaron jamás, los jardines de San Andrew tenían una parte del aprecio de la pareja. Los cerezos y los narcisos fueron plantados en todo su jardín, pues eran un innecesario pero fantástico recordatorio del amor que nació cuando adolescentes. Pero la estación de trenes de Broadway fue su lugar preferido. ¿Qué se hace cuando después de dos años de no ver al amor de tu vida, lo encuentras vestido de Romeo? ¿Cómo controlar mis deseos por besarla cuando aparece vestida de ángel? Ésas eran las preguntas de ambos muchachos justo antes de besarse.
Ese beso húmedo fue el que marcó sus vidas para siempre. Él rodeó su espalda con los brazos mientras se apoderaba de la lengua de la muchacha. Ella enterró sus dedos en los castaños cabellos del actor mientras descubría su dentadura perfecta con la lengua. Tardaron unos segundos en aprender a respirar sin separar sus labios, pero ya analizada la práctica, permanecieron juntos, como una sola persona. El amor no se mide en besos, es cierto, pero ¡cómo se disfruta besar a la única persona que se ha amado! Sentir como tus mariposas se revuelven con sus mariposas, que no es sólo tu piel la que se eriza o no es sólo tu corazón el que palpita desbocado. Sentir que viajas a mil mundos con sólo rozar sus labios, y saber que esa persona te corresponde. Entender que el término "besar" sólo debe ocuparse cuando existe amor, no sólo lujuria y deseo. Besar y ser besado. Compartir más que sólo tu saliva, entregar el alma y recibir otra a cambio. Ver sus más profundos deseos y revelar los tuyos. Ser tú, al mismo tiempo en que te transformas en un "nosotros". Ser todo para esa persona y viceversa. Amar. Ése es el mágico significado de besar.
Terry soltó con cuidado a Candy y le acomodó un rizo que cubría una parte de su mejilla. Era tan linda. Todo su cuerpo estaba relajado, por fin dejaría de atormentarse, por fin estaba con ella, por fin estaba seguro de ser el enamorado de la enfermera. Ella lo amaba a él.
— Tienes razón, mona pecas. – comenzó él acariciando una de las mejillas de Candy. – No quiero volver a separarme de ti. No vaya a ser que la próxima boda inventada sea con Albert. – ella rió. – Es en serio, no quiero saber que te casaste a mis espaldas.
— No me casé con nadie. – agachó el rostro un segundo al recordar que su rubio consentido fue víctima del plan de Elisa y clavó su mirada en los ojos azul verdosos. – Perdona a Anthony, por favor. No podría vivir sabiendo que lo odias.
— ¿Y por qué no habría de perdonarlo? Se ha arrepentido por fin y él siempre ha querido lo mejor para ti. No puedo culparlo por creer que no soy adecuado para ti. – ella negó con la cabeza. – ¿Qué?
— Eres de la nobleza inglesa, yo sólo soy una adoptada hija Andley. Además, soy enfermera, soy la vergüenza de la tía Elroy.
— ¡Tu tía es una vergüenza para mí!
— ¡Terry, no digas eso! La señora Elroy es una dama muy distinguida.
— Sigue sus pasos y serás una anciana solterona como ella. – advirtió tocándole la nariz con la punta del dedo índice. – En cambio, siendo Candy, sólo Candy, serás mi esposa. – la muchacha abrió los ojos cual platos. – ¿Qué te ocurre? ¡Estás pálida!
— ¡Pero Terry! ¡Arruinaré la reputación de tu familia! – exclamó ella asustada.
El joven se mordió el labio inferior recordando el espectáculo que dio su padre en el hospital y negó una vez con la cabeza.
— De eso ya se ha encargado mi padre. Mañana a esta hora podrás leer que soy hijo de Eleonor Baker y el duque de Grandchester. Él será el hazmerreír de la sociedad.
— ¿Qué pasó?
— Ni se te ocurra ser benevolente después de que te cuente esto, Candice. – la amenazó con seriedad. – Susana tuvo un accidente mientras ensayábamos "Romeo y Julieta": le amputaron una pierna. La verdad es que me ha salvado la vida, así que al principio me sentí culpable, pero gracias a Dios, papá llegó y me salvó de un matrimonio forzado. Lamentablemente tuvo que revelar que era mi padre y como Eleonor se arrojó a mis brazos, pues… ya resolvieron el rompecabezas. Además, yo creo que lo hizo por mi madre, está loco por ella.
— ¿Cómo puedes hablar con tanta tranquilidad de ese asunto, Terruce? ¡Pobre Susana! ¡Debemos verla!
— Susana está bien. Podrá salir de esto, aunque no lo creas, es bastante fuerte y capaz. Además, tiene a su madre, sé que me odiará de por vida, pero no es algo nuevo. Si regreso ahí en estos momentos, insistirán en que debo hacerme responsable por ella y la verdad sólo quiero estar contigo. – tomó la mano izquierda de Candy y le dio un suave beso justo antes de hincarse frente a ella y meter la mano libre en el bolsillo de su túnica. Sintió la armónica, preguntándose en qué momento la había guardado de nuevo, pero esta vez la ignoró. – En una carta te escribí que haríamos un intercambio y, discúlpame por no ser un caballero, pero esta vez no comenzarán las damas. – sacó la cajita negra al mismo tiempo que sentía cómo el pulso de la muchacha se aceleraba. Sus ojos verdes lo miraban con nerviosismo, se veía hermosísima así. – Candice White Andley, mi Tarzán pecoso… – comenzó abriendo la cajita frente a los ojos de la enfermera. – ¿Aceptarías a este británico arrogante como tu esposo? ¿Quieres ser mi esposa, Candy? – preguntó con un nudo en la garganta.
[1] Frase tomada del anime número 57.
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¡Hola!
Antes que nada, permítanme decirles que me encantaron sus comentarios y su apoyo. Ya estamos llegando al final de este fic y sólo quería decirles que en verdad ustedes son los que le dan vida a la historia. Sin sus comentarios y sugerencias, esto no sería ni la mitad de lo que fue. Les agradezco de todo corazón el haberse tomado el tiempo para leer mi estrambótica historia. Nos falta un capítulo doble (sí, leyeron bien, es un capítulo doble -pónanle voz de anuncio de televisión-) y el epílogo, donde tendrán fin "los cinco minutos" de Terry. If you know what I mean e.é
Respecto a este capítulo, no puedo ignorar el hecho de que amé la frase de Terry: "¡Tu tía es una vergüenza para mí!" Jajajajajaja, bueno, ya. No, en realidad creo que no me pasé de cursi, sino que dije lo necesario. Digo, después de todo, cada vez que hablo del amor, me refiero a lo que conozco de él, así que... creo que no exageré. De igual forma, espero les haya gustado mi probadita de miel.
Les agradezco de nuevo su apoyo y bueno, no me queda más que despedirme.
P.D. ¡Oh, por todos los cielos! ¡Terminó "Naruto" y Sasuke sí se quedó con Sakura! ¡Sí! ¡Lo sabía!... Lo siento, no pude evitarlo, es que estoy bien emocionada por eso.
