38.
Asuntos pendientes.
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I
La temporada de Romeo y Julieta terminó a principios de diciembre, fecha en donde Candy y Terry acordaron festejar su compromiso para casarse a principios de marzo; pues las madres de ambos muchachos insistían en ser ellas quienes organizaran una decente boda. Durante ese tiempo, Candy regresó a Chicago con una argolla en la mano izquierda. Los Mathewson celebraron el compromiso y pasaron de mano en mano el anillo, admirándolo y jurando que era adecuado para una enfermera: era discreto y elegante.
Sin embargo, fue difícil ir al hogar de Ponny el día de navidad, lugar en donde había citado a todos sus amigos. La señorita Ponny conocía bien a Candy, así que suponía cuál era la noticia que traía entre manos. La rubia estaba nerviosa y no dejaba de agarrarse las manos enguantadas. Era raro ver a la muchacha utilizar vestidos elegantes, pero Jack insistió en que debía verse como una dama cuando diera la noticia. Terry llegaría al anochecer, pues estaba dispuesto a arreglar, de una vez por todas, la relación de sus padres y para eso tuvo que convencer al duque de que lo acompañara a festejar la navidad con sus amigos, mientras que Eleonor fue invitada por Catherine, la madre de Candy. Las dos rubias señoras se llevaba de maravilla, así que la actriz no dudó en aceptar. Claro que ninguno de los padres de Terry sabía que se verían de nuevo. Para ellos, su trabajo con su muchacho estaba terminado, por lo que el duque no encontró otra excusa para mantenerse cerca de su amada.
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Tom Stevenson miró con deseo la tarta que Candy sacó del horno, pero la muchacha le sacó la lengua. Podían pasar los años, pero ellos dos jamás dejarían de ser unos niños traviesos.
— Anda, no se enterará la señorita Ponny. – le susurró mirando el postre.
— No, Tom. Esta tarta debe alcanzar para todos los niños del hogar y parece que cada día hay más, ¿no te parece?
— ¡Jefe! ¡Jefe! – la llamó Jimmy desde la puerta de la cocina. – ¡Terry está aquí! ¡Terry está aquí! ¡Y viene con un elegante hombre y con Klin! – anunció ante la palidez de la muchacha.
— Toma. – le dijo a su amigo de la infancia mientras le entregaba la tarta. Aún no eran las siete de la noche, todavía no era tiempo. – Oh, no estoy toda llena de harina. – se dijo desatándose el delantal.
— Quizá si te quitaras los guantes, te sentirías más cómoda. – le sugirió Jimmy. – ¿Qué les digo?
— Nada, Jimmy, nada. Ya voy. Agarra esto. – respondió entregándole el delantal. – ¿Qué tal luzco? – preguntó colocando una mano en la cintura y la otra en el cabello.
— Has pasado de ser un mono normal a un mono albino. – bromeó Terry a sus espaldas.
Candy sintió como su corazón se detenía al mismo tiempo que la ira calentaba su cabeza. Terry vio el peligro llegar y rió. Eso siempre funcionaba. Por alguna razón, el enojo de la muchacha disminuía cuando lo escuchaba reír; lo atacaría, sí, pero ahora no estaría enojada, sino divertida con el juego. Antes de que ella golpeara su pecho con sus manitas, él la tomó de las muñecas y le guiñó un ojo.
– De todas formas luces bien. El blanco te sienta de maravilla. – murmuró de tal forma en que sólo ella lo escuchó. La hora de revelar su compromiso era a las nueve, así que no podía hacer referencias del tema en voz alta. Todos estaban enterados de su relación, pero pocos sospechaban la gran noticia. – Vamos a la sala, mi padre me va a matar. Eleonor ya está ahí y sólo a ella se le ocurre ponerse un vestido rojo cuando sabe que es el color favorito de Richard.
— ¿Podrías al menos una vez en tu vida, dejar de llamarlos por su nombre? – farfulló ella acomodándole el cuello de su camisa. – Son tus padres.
— Ellos me llaman Terry. – contestó el actor alzándose de hombros. Ella sonrió, su prometido era imposible.
Prometido. Esa palabra aún la estremecía, al igual que sentir como sus dedos se entrelazaban a los de él. Cuando llegaron a la sala de estar, Candy rió. Una bola de siete pequeñines estaba sobre el duque de Grandchester haciéndole cosquillas, mientras Eleonor miraba la escena con cierta complicidad. Terry adivinó que fue idea suya que los niños accedieran a ese juego tan riesgoso como era el enfrentar a un noble inglés.
— Creo que es suficiente, pequeños. – dijo Candy con voz firme al aplaudir enfrente de ellos.
Los niños obedecían sólo a tres voces: la de la señorita Ponny, la hermana María y la hija consentida del hogar de Ponny; es decir, Candy. Los siete infantes se alejaron del duque de inmediato mientras se alineaban esperando su premio por obedecer. La pecosa le dio un beso en la mejilla a cada uno antes de repetirles lo mucho que los quería. Terry se cruzó de brazos mirando a su prometida. Ansiaba verla como madre.
Y en la puerta de la entrada, Stear observaba la escena con satisfacción. Había hecho bien en quedarse en América, pues ninguna guerra podría darle la oportunidad de ver a su prima consentida con tal rostro de felicidad. Él era de los pocos que adivinaban la razón por la cual Candy había invitado a todos sus amigos a su hogar de la infancia. Quizá era discreta, pero su novio perdía la habilidad de la actuación cuando estaba cerca de ella. El moreno suspiró agradecido, los ojos del actor no revelaban lujuria o deseo, sino delataban un amor puro e infinito. Anthony hizo bien en remediar su error actuando como testigo en el caso en contra de Elisa, Neil y Denise: los conspiradores para falsificar una nota periodística. Por fortuna, George, el asistente de los Andley, y Bryan, abogado de los Mathewson, consiguieron que el rubio no tuviera ningún problema legal, confirmando que él reveló todos los detalles de la conspiración en contra de más de una figura pública. En menos de un mes, los hermanos Leagan y el heredero de los diarios "Buena hora" quedaron confinados a pasar dos años y medio en la cárcel por falsificación de hechos y manipulación de un medio público. Además, el último de éstos, tuvo una condena más larga por ser identificado como el culpable en el intento de violación a Candice White Andley, hija del magnate William Andley. Éste último hecho fue ocultado al prometido de la rubia, porque de ser de otra forma quizá él también sería acusado por homicidio. Finalmente, la cabeza de la familia había hecho un acuerdo con los jueces para mantener alejado a Denise Thompson de su hija adoptiva para librarla así de cualquier peligro.
Patty corrió hacia su novio y lo tomó del brazo: Archie intentaba hacer que Annie trepara el enorme árbol que estaba sobre la colina. Stear sonrió. No le interesaban los disparates de su hermano, lo único que su corazón agradecía era que su Patty estuviera con él, a salvo y mirándolo. Los ojos detrás de esas gafas eran lo único que lo mantenía en América. Un par de meses atrás, cuando decidió enrolarse en el ejército, su perspectiva cambió cuando se dio cuenta del apoyo que Anthony necesitaba. Quizá siendo soldado conseguiría evitar que la casa de su novia cayera en pedazos, pero sabía que siendo el primo favorito del rubio, no le ayudaría en nada si se alejaba con la enorme posibilidad de perder la vida. No, Anthony le necesitaba y estaba dispuesto a dejar su curiosidad a un lado por él. Al ver los resultados, no se arrepentía. Estar con sus seres amados era el mejor trofeo que podía recibir.
— Entonces vamos a ayudar a Annie. – sugirió dejando a la guardería en la sala de estar.
El pequeño ejército había decidido que atacar a un cuarentón no era tan divertido como atacar a un rebelde actor inglés, quien era más hábil que su padre para evitar que unas manitas tan pequeñas lo atraparan. No importaba si el joven estaba por cumplir veinte años, nunca dejaría de tener el alma de un niño de cinco y eso era lo que más enamoraba a Candy.
Patty y Stear llegaron a la dichosa colina, en donde vieron a Archie, por primera vez en su vida, trepado en un árbol olvidando que su camisa era de terciopelo y sus zapatos de piel. Extendía su brazo izquierdo frente a una pequeña mujer que se aferraba a una rama con piernas y brazos utilizando todas sus fuerzas. No había escalado más de dos metros, pero ya no podía moverse.
— ¡Anda, Annie! Si Candy puede hacerlo, tú también. – la trató de animar su novio colocando un pie detrás de la morena.
Los sentimientos de los Cornwell hacia Candy una vez fueron muy intensos, al extremo de mantener una lucha entre primos para conquistar su corazón. Sin embargo, el sabio destino supo acomodar cada corazón en su lugar. Si bien Archie aún no olvidaba por completo a Candy, y de vez en cuando soñaba con abrazarla como el inglés lo hacía, estaba dispuesto a permanecer toda su vida con Annie; la pequeña y tímida muchacha que siempre le entregaba una actividad para cuidarla y hacerlo sentir útil. Era elegante al caminar, pero su timidez muchas veces provocaba que tropezara o estuviera en un pequeño riesgo que Archie siempre conseguía controlar. Quizá Annie no le inspiraba el mismo amor que Candy, pero sabía que con ella, jamás se aburriría. Además, era hermosa, no podía negar que cada día su cabello brillaba más y su cuerpo ya no era el de una niña. Sería una grandiosa esposa.
— Ven, dame la mano. – le invitó tocándole los hombros, pero Annie no se soltó. Temblaba como si estuviera varios grados bajo cero. – Yo voy a cuidarte, siempre lo hago, ¿no es así? – Annie asintió con frenesí, pero sus ojos no se despegaban del césped. Si caía, le dolería mucho. – Bueno, confía en mí. Dame la mano y yo te ayudaré a bajar.
— N-no. Yo-yo debo subir. Ca-Candy puede hacerlo… Y-y yo ta-también. – balbuceó colocando una mano en el tronco para sorpresa de todos, pero el castaño la tomó de la cintura. – ¡Archie! – gritó asustada.
— Tranquila, te voy a bajar. Mañana lo intentaremos de nuevo, ¿está bien? Si te ve la señorita Ponny aquí, a quien regañarán será a mí. Y no tarda en regresar de las compras.
Annie asintió mientras se dejaba cuidar por su novio. Ella conocía de los ocultos sentimientos de Archie, pero también era consciente que cada día él la quería un poco más, así que tenía confianza de que un día Annie sería la acreedora total del amor del Cornwell menor. En tanto, disfrutaría de los momentos que su novio le otorgaba. Era feliz.
Y cuando bajaron, una pareja de rubios llegó desde el establo. Anthony tenía en sus piernas a Klin y Puppé, quienes dormían con tranquilidad, mientras Albert conversaba con su acompañante. Ambos tenían una sonrisa en los labios, mas sus ojos indicaban que la plática era seria. Anthony fue el primero en saber quién era en verdad el tío abuelo William. Albert le dio ese privilegio al verlo algo deprimido por sus errores. Quería explicarle que recuperó la memoria después de que Candy regresó de Broadway, que se lo ocultó e incluso retomó sus obligaciones sin decírselo a su enfermera consentida a sabiendas que le provocó varios desvelos y preocupaciones, pues aunque Albert vivía en el departamento de Jack, la pecosa lo visitaba después de trabajar y cuando notó su ausencia, se preocupó muchísimo. Por fortuna, cuando Anthony comenzó la demanda hacia los Leagan, Albert apareció para el muchacho de ojos azules. Le reveló todo y lo apoyó en el caso. No consiguió alentar por completo al joven, pero lo hizo sentir especial. Y siendo su tío, le pidió que lo consintiera llevándolo de paseo por África, ya que ansiaba conocer la flora de las sabanas. Por supuesto Albert accedió, pues justo después de recuperar la memoria, recordó que tenía una cita pendiente con una enfermera africana y no estaba dispuesto a perder la oportunidad de conocer al amor tan siquiera una vez en su vida.
El rubio en silla de ruedas echó una ojeada por la ventana a la sala del hogar. Sonrió al ver las pecas de Candy marcadas por el cansancio provocado tras controlar a más de diez niños. Terry intentaba ayudarla al mismo tiempo en que sus padres reían en el sofá. Anthony no tenía idea de la razón por la que fueron citados, pero adivinaba que pronto la enfermera sería miembro de la familia Grandchester. Mas ya no le entristecía ese hecho. Ahora sabía que ese arrogante británico sí la merecía: no existía nadie en el mundo capaz de hacerla reír como él. Se dio cuenta de que todos los traspiés que tuvieron sólo sirvieron para acrecentar su felicidad y amor como pareja. Y mientras Candy fuera feliz, él estaba satisfecho. No imaginaba que Albert no sería el único en encontrar el amor detrás de ese viaje a África.
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Richard rió al ver cómo una pequeña de cabello negro intentaba hacerle una trenza al cabello de Terry, quien al descubrirla, la tomó de la cintura y la cargó lejos de su cuero cabelludo. Como excelente actor, colocó en su rostro la mirada más dura de su repertorio.
— No vuelvas a hacer eso. – la amenazó sacudiéndola con cuidado. – No estoy bromeando, pequeña estilista.
— Quizá sea buena idea que cambies tu look. – sugirió Eleonor. – Deja que la niña te peine ese cabello. Un día de estos, lo tendrás tan largo como yo. – su hijo la fulminó con la mirada mientras bajaba a la niña al piso y se acercaba a ella con cautela. – ¿Qué ocurre?
— ¿Alguno de ustedes dos ha notado que sus manos están rozándose? No sé que les parezca eso, pero para mí es una invitación a retomar lo perdido, ¿no les parece? – sonrió de oreja a oreja mientras Candy resolvía el problema del control de infantes sugiriéndoles que salieran a jugar con Klin y Puppé. Después, cayó rendida en una de las sillas del cuarto. Extrañaba a sus madres. – Si yo no puedo soportar estar lejos de Candy unos meses, no puedo ni imaginar cómo sería estarlo más de quince años. – sus padres se ruborizaron. – Eleonor, en el escenario eres una excelente actriz, pero en la vida real cada movimiento te delata. – y como era su costumbre cuando estaba nerviosa, la dama se llevó las manos a su collar de perlas. – Y tú, duque de Grandchester, si ya te divorciaste de la cara de cerdo y has hecho caso omiso a las críticas, ¿qué te detiene de pedirle matrimonio a mamá? – el aludido giró el rostro todavía más ruborizado. Terry sonrió, el momento había llegado. – Déjense de cursilerías y bésense, es la mejor manera de arreglar el pasado.
— ¿Desde cuando el hijo es el experto en el amor? – preguntó Candy acomodándose una de sus coletas.
— Oh, no lo sé. ¿Estás segura de que tu tarta está a salvo en manos de Tom? – atajó él, causando un efecto inmediato. La pecosa se paró y corrió a la cocina, amenazando de muerte a su amigo de la infancia. – Como sea, yo los amo y agradezco todo lo que han hecho por mí, pero quiero verlos felices y sé que sólo lo serán cuando estén juntos, en verdad juntos. Mamá, él te ama. Papá, ella te ama. En serio, déjense de cursilerías y bésense. No se preocupen por mí, soy capaz de soportar esa escena. – les guiñó un ojo.
El duque sintió como la sangre huía de su rostro cuando sintió la penetrante mirada de su antigua novia. Tragó saliva antes de enfrentarse a su corazón. Giró el rostro y se hundió en esas pupilas tan hermosas. Terry supo que ya era innecesaria su presencia, así que salió de la habitación sin hacer ruido.
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En punto de las nueve de la noche, cuando todos los invitados estaban sentados en una larga mesa adentro de la estancia, Candy sintió un apretón en su mano. Se estremeció ante ese contacto, pero asintió con levedad. Miró hacia la ventana; la nieve caía dándole una atmósfera de calor a la sala, que era calentada por la cantidad exagerada de personas y una chimenea prendida. El duque de Grandchester prometió ampliar el orfanato y contratar más personal para que la señorita Ponny no se agotara tan rápido; después de todo, ya no era una jovencita y debía cuidar su salud. Mientras eso sucedía, sólo les quedaba amontonarse en una sola mesa esperando con ansias las noticias de Candy.
Siendo tan buena enfermera, algunos creían que sería ascendida como jefa de enfermeras o que sería trasladada a otro hospital de mayor prestigio, pero no creían que el joven a su lado tuviera algo que ver.
Candy evitó la mirada de todos y clavó sus ojos esmeraldas en sus manos enguantadas. No tenía ni idea de cómo comenzar. Terry, abrumado por la indecisión de su novia, se aclaró la garganta para llamar la atención de los presentes. Todos, incluso el ejército que lo atacó unas horas antes, fijaron sus atenciones al actor.
— Ya que veo que Candy no será capaz de decirlo, lo haré yo. – Patty dejó escapar una exclamación de asombro al adivinar las siguientes palabras. – Lo haré rápido, para que Annie no se desmaye. – le lanzó una mirada de complicidad a Archie. – De cualquier modo, Morfeo, prepara tus brazos. – advirtió sonriendo. – Bien, Candy ha accedido a…
— ¡Santísimo cielo! ¡Vas a desposar a mi hija adoptiva! – exclamó Albert dejando caer el tenedor al suelo. Estaba asombrado pero feliz.
No necesitó una confirmación, pues Terry acababa de descubrir la mano izquierda de la pecosa. Varios gritos femeninos llenaron la estancia. Poco a poco, los hombres e infantes fueron alejándose, dejando a las damas en su emoción natural. Ellas y su costumbre de mirar el anillo una y otra vez. Sólo Eleonor, Catherine y la abuela Bath no se unieron a la algarabía, pues ellas ya sabían del compromiso casi desde que se inició. Richard aprovechó la pausa de la cena para tomar de la mano a su ahora novia. Ella se ruborizó un poco, antes de besar la mejilla del aristócrata. Ese simple contacto despertaba mil mariposas en el estómago del duque. ¡Cuánto la amaba!
II
Una y mil preguntas llegaron a los oídos de la pecosa, quien nerviosa, buscó la mirada de su prometido. Él ya la esperaba, así que cuando hizo contacto visual con ella, le sonrió ignorando de momento la conversación de Stear. Era imposible no mirar a su Candy. Tan bella, tan inocente y tan humilde. Candy, el amor de su vida.
Jeffrey posó una mano sobre el hombre que sería su cuñado. Ahora sí creía que esa pareja podía mantener la compostura para una ceremonia como una boda. Se sentía tan orgulloso de ellos dos.
— Felicidades, Terry. Todo lo que querías ya lo has logrado. Sé que la harás feliz, ya la haces feliz. – susurró sin dejar de mirar a su hermana.
— Aún necesito hacer algo muy importante, Jeffrey. – contestó él con tono taciturno. – Albert no quiso revelármelo, pero necesito saber en dónde está Denise.
— Te enteraste. – no era una pregunta ni una sorpresa. Era imposible ocultarle algo a Terry, sobre todo si se trataba de Candy. – Ella no quiere que cumplas con tu amenaza. Y yo tampoco.
— Lo que vaya o no a hacer no me lo impedirán. Será mejor que me lo digas.
— Nunca me has asustado, Terry. No me importan tus amenazas y lo sabes.
— Yo te llevaré. – intervino la voz de Anthony. – Comprendo tus deseos, pero no permitiré que vayas tú solo. Después de todo, no quiero que el prometido de Candy esté tras las rejas.
Terry asintió en silencio y luego se vio atrapado en el fuerte abrazo de la señorita Ponny, quien lo obligaba a prometer que no dejaría que su "hija" sufriera más.
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Dos días después, Anthony esperaba en un aula amplia a que el actor saliera de la sala de visitas.
El británico mantenía los puños y dientes apretados, no se sentía listo para enfrentarse al demonio de su prometida. Sabía lo que tenía que hacer, pero era difícil afrontarlo. Cuando Albert le contó lo que le ocurrió a Candy en el hospital, sintió de nuevo la ira corriendo por sus venas. Sólo el recuerdo de su amada consiguió frenar sus instintos asesinos. Tan siquiera durante un momento.
Terry escuchó la puerta abrirse y tragó saliva preparándose para el reencuentro con su antiguo condiscípulo. Sintió la asustada mirada de Denise y se obligó a pensar en los ojos verdes de Candy para no lanzarle golpes a diestra y siniestra.
— Terry… – murmuró Denise en cuanto lo vio, incapaz de acercarse a él. Su voz estaba distorsionada por el terror que lo embargó al recordar la amenaza del británico varios meses atrás. – No puedes lastimarme, no tienes derecho.
El aludido permaneció impávido. Apenas miraba al reo; su control estaba siendo amenazado por las inútiles y cobardes palabras de Denise. Lo sabía, él sabía lo que afrontaría por tocar a Candy. Terry sonrió al percatarse del miedo que infundía en él. De eso sí podía jactarse.
— Tú eres el que no tenía derecho de ponerle una mano a Candy y aún así lo hiciste. ¿Qué me detendrá a mí? Ella no lo merecía, tú sí. Dime que miento, Denise. Ella no lo merecía, ¿verdad? – su voz apenas era audible, pero su interlocutor notó hasta la furia contenida en ésta. – ¡¿Verdad?! – Denise se estremeció ante el grito y luego agachó el rostro aún más asustado. – ¿Entonces por qué lo hiciste? – preguntó regulando sus latidos. Tenía que poner todo de sí para recordarse que le había prometido a Anthony que no se exaltaría demasiado, pues no sería buena idea que también él quedara detenido. Candy no lo merecía. Respiró hondo y tomó nuevamente el control de sus emociones. – Denise, no seas idiota, no traigo ningún sable conmigo, sólo quiero que me respondas. ¿Por qué?
El moreno se cruzó de brazos y le dio la espalda al británico, quien por primera vez alzó la vista de la mesa y la clavó en la espalda de su interlocutor. La respuesta que tanto ansiaba estaba por revelársele. Intentaría escucharlo sin interrumpirlo, comprendería sus razones y luego le daría su punto de vista. Sí, eso haría una persona sensata y aunque él no se caracterizaba por ello, tendría que esforzarse por comportarse como otra persona tan siquiera una sola vez en su vida. Lo haría por el bien de Candy.
— Porque… porque tú siempre tienes todo, Terry. Tenías dinero, fama, inteligencia, belleza… y ahora el amor y devoción de una chica hermosa. – comenzó arrastrando cada palabra con envidia. – Yo quería-quería tener una vez algo que tú deseabas pero no obtendrías por más que te esforzaras, quería tener su virginidad. – terminó con un amargo sabor en la boca.
El castaño mantuvo la vista clavada en el suelo mientras escuchaba. No evitó una sonrisa irónica. Negó con la cabeza un par de veces antes de pasarse una mano por el cabello. Era obvio que Denise no tenía idea de lo que estaba diciendo. Tenerle envidia a un bastardo era de por sí patético, pero tenerle envidia a él era de lo más absurdo que había escuchado en su vida.
— Nunca tuve todo. Los sustantivos que mencionas no significan nada para mí. Yo quería una familia, yo quería un abrazo de mis padres, necesitaba sentirme querido por ellos. El dinero, la fama, la belleza… eso es innecesario. Para vivir no es necesario ser rico o famoso, uno vive para amar y ser amado. Pasé más de diez años alejado de cualquier contacto verdaderamente sentimental. Estás en lo correcto al decir que soy afortunado de tener el amor de una chica como Candy, pero no te creo posible que me envidies por ello. Amarla no ha sido sencillo, enfrentarme a sus problemas, a sus amigos, a sus propios sentimientos, no es una tarea que resulte fácil. Si busqué el amor durante años, nunca creí encontrarme con algo semejante. He venido aquí para comprenderte, pero salgo con más dudas. No sé porqué la heriste así.
— El golpe no era para ella, era para ti. Quería infringirte el mismo daño que tú a mí. Por eso lo hice, quería arrancarte el dolor de las entrañas. Tenía en cuenta tu amenaza, pero la toleraría con el fin de que sufrieras. – explicó Denise con un dejo de desesperación. – Es cierto, ella es hermosa, pero su cuerpo no me orilló a tocarla, fuiste tú. Me habría dado lo mismo si fuera una chica sin curvas, sólo quería herirte a ti.
Una parte de Terry quiso golpearlo hasta matarlo. Una parte de él quiso destrozarle cada centímetro de su piel, arrancarle cada hueso del cuerpo, machacarlo sin piedad. Una parte de él exigía venganza. Y otra parte, quizá relacionada con la conversación que mantuvo con Anthony momentos atrás, se llenó de lástima. El hombre está dominado por sus sentimientos. En casos extremos, la envidia lleva a la locura.
— Debiste golpearme directamente. – se forzó a susurrar. – Ella no debió formar parte de esto.
— No, tenía que ser algo que no pudieras controlar. Yo… yo no pensé en otra manera de hacerlo que yendo hacia tu novia. Parecía tan indefensa en ese callejón que supuse que sería sencillo. Quisiera decirte que lamento lo que sucedió, pero no puedo. Lo único que me queda ahora es la satisfacción de que estás aquí y que me tomaste en cuenta después de tantos años. Sé que por un momento fui un peligro para ti. Con eso podré morir tranquilo.
— ¿Eso era todo? ¿Querías mi atención? – preguntó confundido. – ¡Pero siempre la tuviste! ¡De entre todos los alumnos del colegio sólo recordaba tu nombre! Nosotros llegamos el mismo día, siempre tuvimos las mismas clases y nuestros dormitorios colindaban. Además, fuiste el único que consiguió hacerme enojar hasta que llegó Archibald Cornwell. – tragó saliva y agachó la cara. – También fuiste tú quien me detuvo en el incidente de la cocina, tú me sacaste de ahí. Te arriesgaste a que te apuñalara con un cuchillo sólo para salvarme. – alzó el rostro y fijó sus ojos en la nuca del reo. – ¿Cómo me podrías pasar inadvertido? Denise, quizá nunca tuvimos una relación cercana, pero hasta la fecha no podría mencionar a otro compañero del San Pablo que no seas tú.
El moreno giró el torso, sorprendido. No esperaba esas palabras, no esperaba que él recordara tanto. Toda su obsesión por el británico ególatra no había tenido sentido. Sí, aún quería superarlo y aún se sentía dichoso por haberlo hecho sufrir, pero el dolor en su pecho por creerse ignorado, se esfumaba.
— ¿Y por qué no me hablabas? Yo… yo siempre quise estar a tu altura, me esforzaba por hacerlo, creía que así conseguiría a un amigo. Lo intenté durante mucho tiempo hasta que me di cuenta de que todos mis intentos eran absurdos. Por eso decidí odiarte. Cuando observé que no hacías nada para ser todo me llené de coraje, creyendo que por eso no me creías adecuado como tu amigo. Por eso me enojé al ver que esa pecosa y sus amigos podían acercarse a ti, incluso Archibald era más cercano a ti que yo. No podía tolerar eso. ¡No podía!
Terry sonrió tratando de explicarle ese punto. No era que el Cornwell fuera una persona que le agradara desde un principio, tampoco era que le pareciera aberrante su presencia. Simplemente era la relación que mantenía con Candy. Era ella la culpable de que su círculo se abriera un poco más. Gracias a ella su voz fue dirigida a personas que no fueran las monjas. A ella le debía muchas cosas.
— Creo que aún te falta entender algo, Denise. Fui tan cerrado contigo porque no quería ser algo más que un compañero, quería ser transparente para los demás, yo sólo quería la atención de mi padre, por eso fui tan rebelde y altanero. No me detuve a pensar si eso me acarrearía fama o atractivo, sólo quería que mi padre se diera cuenta de mi existencia, que me regañara o me obligara a disculparme. Así fue hasta que ella se convirtió en mi objetivo. No sé qué pasó, no sé cuál es la razón por la que me interesé tanto en ella, no sé nada acerca de eso. Sólo sé que de un momento a otro, quería acercarme a ella de todas las formas posibles. Por eso me aprendí el nombre de los tres mosqueteros que la protegían e incluso me di la tarea de averiguar hasta su desempeño académico. Ella fue la culpable de mi acercamiento con los Cornwell y Brower. Por ella he hecho cosas que por nadie haría. De nuevo no me detuve a pensar las consecuencias que aquello acarrearía. Si te lastimé, y creo que así fue, no me queda nada más que decir excepto un "lo siento". No quiero decir que esto excusa tus acciones hacia Candy, sólo estoy disculpándome por la pequeña parte de culpa con la que estoy cargando. Sin embargo, no espero lo mismo de ti, ya que no he venido a eso, sólo quería comprenderte. – dijo un poco más relajado. Se puso de pie y suspiró. – Creo que eso sería todo.
Se dio la vuelta, pero antes de dar un paso sintió una mano reteniéndolo del brazo. Giró el rostro, atónito. Denise había corrido para alcanzarlo. Lo miraba con súplica, sus labios temblaban al balbucear palabras sin sentido. De sus ojos salió una lágrima. Entonces Terry comprendió lo que quería decir. Esbozó una ligera sonrisa.
— Estás perdonado.
Anthony jugaba con una hoja de papel a la que doblaba y desdoblaba creando barcos o aviones. Terry llevaba metido en la celda casi media hora, pero no le preocupaba. Sabía que no cometería ninguna estupidez, la imagen de Candy era el control del actor. Si no realizaba un asesinato, era sólo por ella. Entendía a la perfección sus sentimientos. Cuando se enteró del ataque de Denise, quiso matarlo con sus propias manos. Únicamente la sonrisa de Candy lo evitó. El amor crea fortaleza.
— ¡Vaya que ha sido un día agotador! – dijo una voz a sus espaldas. – ¿No te apetece un helado?
El rubio alzó el rostro preocupado por el tono tan alegre de su antiguo condiscípulo.
— ¿Qué sucedió allá adentro? – se apresuró a preguntar evidenciando su angustia. – ¿No lo habrás golpeado?
Terry se alzó de hombros antes de reír por el gesto de su futuro familiar. Le revolvió el cabello dorado y condujo la silla de ruedas hacia la salida.
— ¡Respóndeme, Terry! Se supone que no debías lastimarlo.
— Pierde cuidado, no le hice nada. Sólo hablamos, lo juro. Te contaré todo, pero vamos por ese helado que siento la garganta muy seca. ¿Tú no?
Anthony, desconfiado, asintió. A pesar de la cercanía que el aristócrata tenía con su familia, no terminaba de confiar en él. Sabía que era una estupidez, siempre había demostrado que amaba a Candy sobre todas las cosas, pero una parte de él no cambiaba. Aún era ególatra, orgulloso y algo narcisista.
Llegaron a una heladería después de unos minutos. Al recoger sus postres, Terry acomodó la silla de ruedas enfrente de una mesa redonda antes de sentarse.
— Su excusa es patética para mí, pero tiene sentido para él. Sentía envidia de mí, creía que yo era el típico chico que todo le salía a la perfección. Quería arrebatarme algo que nunca pudiera rescatar, por eso fue tras Candy. En resumen es eso, quería llamar mi atención.
— ¿Y qué le has dicho? – prosiguió Anthony enterrando la cuchara en la montaña de chocolate.
— Lo perdoné. – se limitó a responder el muchacho. Saboreó su postre y sonrió. – No tiene sentido seguirlo odiando, está mal de la cabeza, se obsesionó conmigo y no puedo hacer más que perdonarlo… y aconsejarle un psicólogo. Quizá para Freud él sería un caso estrella.
— No lo creo, Denise no tiene ningún trauma con su madre y sin eso, ha perdido todo el interés de Freud. – bromeó Anthony sin poder evitarlo.
Terry le sonrió. Pocas veces se sentía en confianza con él. Sabía que todavía tenía que hablar con él de un tema casi prohibido entre ellos. Ambos lo sabían, el momento de aclaraciones había llegado. Terry, más osado que Anthony, carraspeó para llamar su atención. Sin embargo, antes de hablar, el muchacho de ojos celestes parloteó con el rostro rojo de vergüenza.
— Fui un estúpido, creí que tú no podías hacerla feliz. Peor aún, no creí que la merecieras. Recordé tu actitud en el colegio, los problemas que causaste, todo me indicaba que no la harías feliz. Elisa me hizo creer que yo aún era el adecuado para ella. Yo, como un verdadero idiota, caí rendido. Ignoré la moral que mi madre sembró en mí desde muy pequeño, y accedí a formar parte del plan más estúpido del mundo. Sé que no debí acceder, sé que ella sufrió mucho, yo lloré por ella al mismo tiempo. Pero ninguna disculpa podrá borrar el daño que les he ocasionado. Te juzgué sin conocerte, merezco tu odio y tus golpes. Terry, si lo quieres golpéame tanto como lo hiciste con Archie en el colegio. Haz lo que sea necesario. Lo comprenderé.
— ¿Lo que sea necesario? – repitió el actor alzando una ceja y con tono amenazante. Anthony se estremeció y asintió.
Cuatro piedras preciosas, dos turquesas y dos zafiros, se encontraron. Las primeras con dolor, las segundas con desafío. Las últimas abandonaron el encuentro por un segundo. Entonces se ablandó su intención.
— ¿Qué te parece si te demuestro que no soy tan malvado como parezco? ¿Qué te parece si te demuestro que soy capaz de hacerla feliz? – sonrió. – Anthony, fuiste un idiota, lo reconozco, pero también tuvo sentido, yo no confiaría en un muchacho gruñón, antisocial y orgulloso. Sé porqué lo hiciste, yo lo habría hecho. Sólo olvídalo. En poco tiempo seremos familiares y tú serás el padrino de nuestra primera hija. – se agachó algo ruborizado. – ¿Candy aún no te ha dicho cómo llamaremos a nuestros hijos?
— No. – contestó el rubio con curiosidad.
— El varón se llamará Richard, por mi padre, ya sabes, es por él que estamos juntos. Y si es mujer será Rosemary, como tu madre. – Anthony dejó caer la cuchara al suelo. Esa afirmación lo había sorprendido. – Candy y yo no te tenemos ningún resentimiento, incluso eres muy especial para ella. Si bien no te ama como tu pareja, ten por seguro que sí lo hace como una hermana, eres su mejor amigo. Queremos regalarte el placer de compartir con nosotros una nueva vida. Serás el padrino de Rosemary.
El muchacho en silla de ruedas se quedó sin habla. Era imposible. A pesar de que Terry no era un demonio, no lo creyó con un corazón tan humilde como el de Candy. Sonrió ampliamente. Ahora sí lo entendía, Terry había llegado a mejorar sus vidas.
— Gracias. – murmuró con un nudo en la garganta. – Sé que la harás feliz, en verdad mereces hacerla feliz. Gracias, Terry.
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¡Hola, bellezas de la creación!
Sí, hoy vengo de barbera, ¡perdón por el retraso! No quiero mentirles, estuve horas revisando un trabajo y casi olvido que tenía que publicar esto, así que en friega me puse a editar el capítulo, que como verán es demasiado largo (acostúmbrense, así serán todos los de "Habrá poesía"), por lo que me llevé otra hora. ¡Lo siento!
Y bueno, en relación a todas esas palabras, he de confesar que al principio sólo le iba a dejar la primera parte, pero sentí curiosidad por Denise y no pude evitar el escribir sus motivos. Sí, está algo neuras, pero vale, no sólo las mujeres se obsesionan con Terry. Es que él es irresistible... bueno, no, Denise no se obsesionó con él por la misma razón que las chicas. Además, no podía dejar pasar el error de Anthony, Terry tenía que hablar con él y ustedes tenían que ser testigos. Ojalá no les haya aburrido tanta palabrería.
En fin, muchísimas, muchísimas gracias por sus comentarios y por todo. Leer sus comentarios, positivos o negativos, me hacen el día, de verdad. Y ahora, con lo que mi país está viviendo, es lo que me alienta a no perder la esperanza en la humanidad. ¡Gracias!
Les mando un kilo de abrazos sabor a chocolate y una bendición. Nos leemos el jueves para el epílogo, ¿sí?
Oh, oh, se me olvidaba, creo que algunos me "siguen" para ver lo que publico y esas cosas; el asunto está así: mi euforia porque Sasuke y Sakura (personajes de "Naruto") al fin quedaran juntos fue tal, que escribí un pequeño "one-shot" al respecto. Perdón por eso, y creo que tendré que disculparme de antemano, pues parece que seguiré haciendo ese tipo de fics con esa parejita. Sólo no lo olviden, de Candy Candy publicaré los JUEVES. Si les llega una notificación de que publiqué algo en cualquier otro día, seguramente se trata de esos dos. Claro que extiendo la invitación de que, si comparten mi afición por el Sasusaku, pasen a leer mi trabajo, pero si no, les suplico que hagan caso omiso de esas notificaciones.
Ahora sí, fin de la transmisión.
