Epílogo.
¡Víveme!
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Las palabras dichas en el altar aún acosaban los oídos de Candy. Le parecía increíble que sólo dos palabras fueran suficientes para descontrolar sus latidos. Sólo dos palabras ponían un antes y un después en aquella historia. "Sí, acepto." ¡¿Qué no escondía ese par de palabras?! Ella aceptó amarlo y respetarlo por el resto de su vida, recibiendo a cambio la misma promesa. Mientras que la voz de su ahora marido sonaba firme y clara, la de ella era nerviosa y graciosa. Vaya contraste, sería el hazmerreír de sus amigos y conocidos. Frente al espejo, en su noche de bodas, se cubrió el rostro, avergonzada. Ahora era una mujer casada y todavía no podía controlar sus nervios al hablar frente a un público tan grande.
Ladia, su mucama personal, entró a la habitación para deshacerle el ostentoso peinado. Candy lucía nerviosa, entre más rizos dejaba caer su sirvienta, menos era el tiempo de espera para completar su día. Ladia, siendo una mujer de más de cuarenta años, supo cuáles eran los temores de su señora, así que confiando en las buenas opiniones que le dieron, le dio un ligero apretón en los hombros al mismo tiempo en que el último rizo caía sobre su espalda.
— Señora, si me lo permite, la tensión no es algo recomendable en una noche tan importante como ésta.
— ¡Oh, Ladia! ¡Es que él es tan perfecto! – se quejó la pecosa sonrojándose. – ¿Qué se supone que debo hacer yo frente a él?
— Su marido la ama, de eso no hay duda. Sólo déjese llevar por sus sentimientos. Cuando la razón no sabe cómo actuar, es el corazón el que toma el control. Créame, señora, él la ve como a un ángel. Debió ver su mirada cuando llegaron a esta casa. Lo tiene enamorado, no hay de qué preocuparse por cosas tan insignificantes como el perfeccionismo. – respondió desatando las cintas del vestido.
— ¿Y qué pasa si no le gusto cuando… cuando yo…? – se imaginó a sí misma sin una prenda y negó con la cabeza. No era que creyera que era fea, su vanidad le indicaba que era guapa, pero verlo a él, ver su perfil, su porte… era tan elegante que a su lado ella era una torpe más. – ¡Ladia! ¡¿Qué haré si no le gusto como mujer?! – el vestido cayó a sus pies dejándola solamente en corsé y bragas.
— Eso es ridículo. Usted es hermosa, mírese. – señaló el espejo de cuerpo completo. – Su piel es blanca sin llegar a la exageración y si me lo permite, tiene un cuerpo digno de una bailarina. Sus piernas son largas y delgadas y su cintura es estrecha. No debe de preocuparse, que su marido no es ningún ciego como para no admirar sus atributos. ¿Quiere utilizar el camisón azul o el blanco?
— ¿Cuál es menos revelador? – preguntó Candy mirando las dos opciones que le mostraba su mucama.
La sirvienta, quien adivinaba un escote en el frente del camisón azul, sonrió. Era hora de ayudar un poco a su señora y hacerle ver lo hermosa que era. Alzó el camisón azul y asintió. Candy lo miró unos segundos antes de tragar saliva y cerrar los ojos, mientras sentía como su ropa anterior era reemplazada por un camisón que pronto sintió como le acentuaba la cintura.
Al abrir los ojos, se quedó sin aliento. Unas delgadas tiras de encaje cubrían sus hombros, mientras un cuello en uve dejaba ver parte del escote frontal en donde se vislumbraba el nacimiento de sus senos jóvenes. La tela se ajustaba a su estrecha cintura sin aprisionarla, incluso unas perlas artificiales marcaban la curva con delicadeza. La tela se extendía hasta el comienzo de sus pantorrillas, adornadas con rosas bordadas de un azul más oscuro, dejando ver sólo una parte de sus delgadas pero torneadas piernas. El cabello rizado cubría con inocencia su espalda y un pequeño bucle se divertía con su rostro, haciéndole cosquillas en la mejilla. Lo cierto era que el azul resaltaba en su piel, así que el resultado de una sola prenda la complacía. Podía dormir con ese camisón todas las noches de su vida, se sentía tan cómoda así.
Soltó una pequeña carcajada mientras daba vueltas sobre sí misma.
— ¡Esto es tan cómodo! ¡Andar sin corsé y vestidos pesados! ¡Podría trepar miles y miles de árboles!
Ladia la miró algo extrañada. Esa no era la reacción que esperaba de Candy. Su timidez desapareció y, en cambio, una alegría por la comodidad la absorbió. Se disculpó deseándole una agradable velada y salió de la habitación.
Candy, al verse a solas, corrió al ventanal de la enorme habitación y tiró un poco las cortinas para ver los árboles en la noche. Uno de ellos era el hogar de Klin. Se sintió tentada a llamarlo para compartir con él su felicidad que era vestir un camisón tan cómodo como lindo, pero un ruido a sus espaldas le indicó que no podría hacerlo.
Terry quedó boquiabierto cuando por fin le permitieron entrar a su propia habitación. Él ya no tenía su smoking de novio, pues cuando llegaron a la enorme casa que su padre le compró a raíz del retorno de su relación con Eleonor Baker, subió a una de las habitaciones y se quitó el molesto moño y el estorboso saco, cambiándolos de inmediato por un sencillo pantalón de lana y una camisa blanca. Era su casa y él vestía a como se le diera la regalada gana. No imaginaba encontrarse con semejante escena cuando cruzara la puerta del cuarto que compartiría con su esposa. Cerró la puerta con cuidado de no despertarla de su ensueño. Se preguntó qué miraba con tanto interés en la ventana, pero después de ver de nuevo sus pantorrillas, la duda quedó en el olvido.
Sus ojos recorrieron cada centímetro de aquélla mujer. Sus piernas, no imaginaba que fueran tan largas, y vaya que estaban contorneadas. La falda se acomodaba en los glúteos de la muchacha sin ser vulgar. Su cabello, sus brazos. Y esas perlas en la cintura… ¿qué fingían ser sino la perdición del hombre que las viera?
"¡Demonios, Candy! ¡Eres tan hermosa!" murmuró para sí, mientras se aclaraba la garganta.
Candy se dio la vuelta, aún con la sonrisa en su rostro. Gesto que derrumbó cualquier expectativa de su marido.
— Klin está afuera, ¿no crees que pase frío?
— ¿En serio? ¿En serio estás pensando en el cuatí? – preguntó Terry ofendido. Mientras él se desvivía por el atuendo de su mujer, ella sólo pensaba en su mascota ignorando lo que ocurriría esa noche.
— Bueno, no, no en realidad. – contestó ella sonrojándose. Terry la amó más todavía. – Lo que sucede es que no sé cómo actuar.
— ¿Y qué crees que yo soy un experto en esto? Candy, te recuerdo que también es la primera vez que me caso. – bromeó, acercándose más a ella. – Anda, relájate, si quieres podemos dormir simplemente. – en los ojos de la muchacha se asomó la negación, cosa que le fascinó a Terry. – O podemos besarnos un rato. – sugirió acariciándole la mejilla. Ella cerró los ojos estremeciéndose de inmediato. – Es curioso, tus pecas se oscurecen cuando te sonrojas. – mencionó. Su esposa le advirtió con la mirada que no continuara con sus usuales bromas. – No arrugues la nariz, que se te mueven las pecas. – Candy apretó los puños y le sacó la lengua. – Si pones esa cara, se te notan más las pecas.
— ¡¿Cuántas veces dijiste la palabra "pecas", mocoso…?! – su regaño fue interrumpido por los labios de Terry presionando sobre los suyos.
La rubia se rindió de inmediato. No sabía si algún día se acostumbraría a esa sensación de tranquilidad que le otorgaban los besos de su Terry, pero tenía una vida para descubrirlo.
— Sólo quería quitarte esa cara de susto, mi preciosa. – susurró el actor abrazándola. – También estoy asustado, amor, pero quiero hacerlo, quiero hacerte sentir hermosa. – besó su mejilla. – Porque eres bellísima, ¿lo sabes? – preguntó tomándola de la cintura y jugueteando con las perlas artificiales. – Y estoy seguro de que cada centímetro de ti lo es.
Candy se alzó de puntas una vez más para hacerlo callar con sus labios. Tenía sed de él. Una vez la tomaba de la cintura era imposible no desear sus besos. Rodeó su cuello con los brazos y enterró los dedos en su cabello. La noche era suya, así que tenían todo el tiempo que necesitaran para amarse y disfrutarse, no había prisa.
— Te amo, Terry. A tu lado no siento miedo. – confesó ella entre besos. – Te amo tanto.
Las palabras de amor son el mejor afrodisiaco. Esa noche quedó comprobado. Terry volvió a besarla. Sus besos no eran hambrientos, eran tranquilos y suaves, como si cada beso fuera de seda, como si nada sucediera a su alrededor. El destino les robó mucho tiempo, así que ellos tenían toda una vida para disfrutar y antes de pasar al lecho, pensaban descubrir todas las formas de besar unos labios. Sin embargo, al sentir la presión de los senos de Candy en su torso, se aceleró aún más el corazón de Terry causando que sus labios siguieran el ritmo de sus latidos. Candy lo siguió, perdida en la boca de su marido. Una y otra vez paseó sus manos en su cabello y en su cuello, mientras él tomaba con cierta fuerza la tela de su camisón levantándolo unos centímetros más.
– "¡Noche! ¡Oh, bendita noche!" – exclamó Terry hundiendo su rostro en el cuello de la muchacha llenándolo de besos. – "Temo sólo que puesto es de noche, un sueño sea todo esto, un sueño halagador y dulce en demasía para ser un hecho."[1]
La rubia cayó rendida ante esas palabras. Romeo, su Romeo la estaba besando, sus manos permanecían en la espalda de la joven acariciando sus bucles. Candy no pudo hacer más que entrecerrar los ojos y arquearse para disfrutar de las caricias de su marido. "Cuando la razón no sabe cómo actuar, es el corazón el que toma el control."
Terry soltó poco a poco a su esposa y buscó sus manos sin dejar de besar su cuello de marfil y su clavícula. Y cuando entrelazó los dedos de su mujer, juntó ambos pares de manos cerca de su corazón y murmuró al oído de la rubia:
— "Anuda estrechamente nuestras manos conforme al sacro rito, y ponga entonces todo por obra la enemiga cruda del dulce amor, la despiadada muerte: me basta con poder llamarla mía. "[2]
Candy abrió los ojos y besó la cabeza de su amado. Si decía una línea más de Romeo y Julieta, enloquecería. Buscó sus labios y fue besando hombros, mejillas y frente hasta que él comprendió el mensaje y alzó el rostro. Ella se lanzó a él, soltando sus manos y enterrando una vez más sus dedos en el cabello de Terry.
Éste impulso desenfrenó los deseos del joven, quien sin poder evitarlo, bajó las manos hasta poseer las piernas de la joven y anudarlas a su cintura, para llevarla finalmente al lecho que reposaba en medio de la habitación. Candy se sintió pluma cuando su marido la cargó con tanta facilidad. Pausó un momento los besos mientras percibía cómo Terry la acomodaba con sumo cuidado en la cama. Su corazón le indicó que el momento estaba más cerca y sus manos entorpecieron sin saber qué hacer o cómo abrazarlo. Para su fortuna, Terry volvió a besarla haciéndola olvidar sus miedos.
"¿Qué contienen tus besos, amor mío, que son un amnésico para mis problemas? ¿Qué dulce aroma es el de tu cuello que basta para adormecer cada uno de mis músculos? ¿Qué eres tú que en tu presencia no soy dueña de mis emociones? ¿Qué has hecho en mí, que me transformas con sólo rozar mis manos?" se preguntaba Candy mientras sentía como las manos de Terry acariciaban sus pantorrillas.
"Tan suave, eres tan suave y tan inocente. ¡Cuánto temo lastimarte! Pero qué arduos deseos me invaden por verte en toda tu plenitud, musa de mi alma. Si tan sólo pudiera quitarte esta inútil prenda, amor." dijo él en su interior subiendo una mano hasta la pierna de la muchacha, quien sintiendo el cálido contacto de la piel de su amado, se estremeció aún más y dejó escapar un gemido. Era increíble que un solo roce la alocara de ese modo.
Las manos de la muchacha se acomodaron en el perfecto torso de su marido y lentamente comenzaron a pasearse por la camisa, adivinando los músculos que se encontraban debajo de ella. Sus dedos, más desesperados que su dueña, fueron desabrochando uno a uno los botones de la blanca prenda. Ése era el permiso que Terry buscaba. Ambas manos del joven se apoderaron de las piernas de la muchacha, tocando cada milímetro de su piel al mismo tiempo en que sus labios buscaban esa entrada secreta que era el encaje de los hombros de la muchacha empujando la tira.
Candy terminó de desabrochar la camisa e intentó deslizarla por sus hombros. Por primera vez, sus deseos por verlo sin camisa fueron más fuertes que sus principios. ¡Por favor! ¡¿Quién en su santo juicio desperdicia una oportunidad así?!
— Terry, por favor… – suplicó ella besándole el lóbulo de la oreja izquierda. Él aún seguía en su trabajo de descubrir la piel de ese delgado y hermoso hombro. – Terry… – jadeó echando para atrás la cabeza.
El muchacho despertó y se separó unas milésimas de segundos para deshacerse de la camisa arrojándola a alguna parte del suelo. Se dio un momento para mirar a su esposa. Sus piernas aún estaban alrededor de la cintura del muchacho, provocando que la falda del camisón revelara unas magníficas y kilométricas piernas blancas. Sus ojos devoraron esa virgen piel con ansiedad. "¿En qué momento dejaste de ser una niña?" se preguntó Terry justo cuando su mirada se posó en el escote en uve que le permitía vislumbrar dos valles perfectamente alineados. Una línea oscura le entregaba la división de un par de paraísos que él descubriría en cuestión de segundos. Enterró los labios en ese escote, mientras le susurraba más palabras de amor que despertaban en Candy deseos que no conocía.
El corazón de la pecosa estaba latiendo con más fuerza que nunca. No sabía qué hacer, nadie le había enseñado a entregarse al amor más físico posible, pero sus instintos la llevaban a acariciar los músculos de su marido. Esa espalda tan firme, esos brazos tan fuertes, ese pecho incomparable. "¡Santo cielo, Terry! ¿Cuándo dejaste de ser un mocoso malcriado?" le preguntó sin hablar. Cerró los ojos con fuerza cuando por fin Terry descubrió los senos de la muchacha. Una pausa. Ninguno se movió, nadie dijo nada, detuvieron su respiración un momento. Paraíso era decir poco. Esa piel más pálida de lo que esperaba, esos botones rosas, esa forma hecha de mármol… No, era imposible que fuera tan perfecta. ¿Y mancillar esa piel con sus labios, con sus manos? ¿Era real? Las yemas de los dedos de la temblorosa mano derecha del actor se deslizaron, seguidas por unos ojos azul verdosos, desde el cuello de cisne de la rubia, hasta el comienzo del seno izquierdo. "¡Ángel! ¡Ángel! ¡Eso es lo que eres!" murmuró para sus adentros, justo antes de abrazarla ante la sorpresa de la muchacha. No podía apoderarse de ése ser tan celestial, le era imposible.
— Mi amor, mi Terry, mi vida. – le susurró ella soltando de la cintura de su marido. – Te amo, eres tan bello por dentro y por fuera.
— "¡Habla de nuevo, ángel divino! Estando tú allá arriba, radiante te pareces a la noche cual mensajero alado de los cielos a los abiertos, deslumbrados ojos de los mortales, que ávidos le miran, echando atrás el cuerpo, cuando raudo huella las tardas, perezosas nubes, y flota sobre el seno de los aires."[3] – exclamó el rendido Terry. – Dime que eres mía, que eres real y que sólo a mí me amas.
— Que tus celos no sean presentes, Terry. Te amo desde el día en que te vi y te he pertenecido desde el primer momento en que sentí tus labios sobre los míos. No dudes esta noche, que estoy dispuesta sólo a ti. – respondió Candy sorprendida por su diálogo estilo medieval. Terry esbozó una sonrisa que se escondió el cuello de la muchacha.
— Ahora entiendo porqué eres enfermera, Candy. La dramaturgia no es lo tuyo. – dijo besándole el cuello. – Pero yo sí lo soy. – afirmó, deshaciéndose de sus temores y tomando con cariño ambos senos. – Dulcinea de nombre suave, colegiala irresponsable, enfermera magnífica y ángel divino. Dime qué puede hacer un simple enamorado con tal presentación. – murmuró siguiendo sus manos con sus labios, besando con delicadeza. – Eres tan exquisita, mi amor. – farfulló antes de absorber uno de los pezones de su mujer.
Candy no supo en qué momento volvió a enredar sus piernas en la cintura de su esposo, ni cuando se arqueó para permitirle que sorbiera cada centímetro de su torso. Qué hambre, qué sed de amor. Qué bello era ser amada. Cuando la rubia despertó del ensueño, ya se encontraba sentada en las piernas desnudas de su marido. Los dos pares de manos estaban descubriendo los rincones más recónditos del cuerpo del amante. Piel contra piel, sensaciones de distintos tipos, frases sueltas, frases incongruentes, frases interrumpidas por más frases. Besos en la boca, besos en las mejillas, besos en el cuello, besos. Una mano en el cabello y otra en la cintura; una mano en los senos y la otra en las piernas. Recorrido nocturno del amor.
— No lo soporto más… – susurró Terry en el cuello de la muchacha, recostándola de nuevo. – Quiero poseerte, Candy, te quiero a ti. – dijo acariciando por eneava vez sus piernas, para enredárselas nuevamente en la cintura. – Te quiero, te deseo.
— ¡Tómame! ¡Víveme, Terry! ¡Víveme! – suplicó Candy aferrando ambas manos en la espalda de su marido. – ¡Víveme ya, antes de que muera de deseo!
"Tus deseos son órdenes." Se dijo el actor antes de penetrar con lentitud a la enfermera. Claramente sintió como el delicado himen se rompía, manchando las sábanas de sangre. Un gemido de dolor se escapó de los labios de Candy, pero Terry no pudo detenerse. La sensación de poseerla por fin en todos los sentidos era incomparable. Sentir todos sus músculos estremecerse al mismo tiempo, completar la complicidad, hacer más patente el amor. ¡No! ¡Nada se comparaba con el saberse adentro de ella! Una vez más. Candy gimió de nuevo, mordiéndose los labios. Otra vez. Candy abrió la boca, deleitándose con el acto sexual. Y otra. Candy se relajó. Terry continuó una y otra vez, aumentando la velocidad. Colocó los codos a un lado de la cabeza de su mujer y siguió con frenesí.
El recorrido a las estrellas duró una y mil horas más. Llegaron juntos al orgasmo una y otra vez. Se vivieron esa y muchas otras noches. Se amaron una y cien vidas más. Mas nunca se volvieron a separar.
"...Amor es humo que en volubles giros engendran vaporosos los suspiros: libre, cual fuego en ojos de amadores brilla tal vez; sujeto a mil rigores, el mar de llanto que esos ojos vierten eso es no más: locura asaz sensata; es miel que ofrece vida, es hiel que mata."[4]
[1] Shakespeare William, Romeo y Julieta, acto 2°, escena II.
[2] Shakespeare William, Romeo y Julieta, acto 2°, escena VI.
[3] Shakespeare William, Romeo y Julieta, acto 2°, escena II.
[4] Shakespeare William, Romeo y Julieta, acto 1°, escena I.
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¡Hola!
Ahí lo tienen, me esmeré mucho por hacer este epílogo. La verdad soy malísima haciendo este tipo de escenas, así que tuve que releerme a Shakespeare para que mi musa inspiradora regresara a mí. No sé qué tan bien me quedó, pero creo que no me fue tan mal. Sé que es raro que un hombre excitado te empiece a recitar diálogos de Romeo y Julieta, pero bueno, no me imagino a Terry de otra manera. Él tiene que demostrar que por algo es el mejor novato de Stamford, ¿qué no? Espero haber cumplido sus expectativas, eso me pone algo nerviosa.
Ahora, pasando al fin. ¿Se dan cuenta de que ya está "completo" en la descripción del fic? ¡Rayos! ¡Hemos terminado esta historia! No sé qué decir, tampoco soy muy buena agradeciendo y creo que eso lo he demostrado a lo largo de los capítulos. Pero saben que lo digo de corazón, han sido el pilar de este palacio, sus comentarios y apoyo han sido lo primordial para mí. No sólo con este fic, sino con mi propio ánimo. No sé qué tan enterados estén, pero la situación en México es algo deprimente para los estudiantes y aunque mi confianza de que mi país puede cambiar a base de cultura no ha muerto, confieso que hay días en los que no sé ni cómo sonreír. Para esos días, tengo a mi familia, a mi mejor amigo y a ustedes, mis lectores. Gracias por demostrarme que la humanidad sigue viviendo y que siempre habrá razones para sonreír. Gracias por los múltiples sonrojos y las innumerables risas. Gracias por los regaños y por los consejos. Gracias por los más de 300 comentarios. Gracias por todo.
Nuevamente, les mando un fuertísimo abrazo y mil besos.
Espero leerlos los próximos jueves. La siguiente aventura está por llegar, preciosuras de la creación. Allá nos leeremos.
P.D. A mi amiga Xóchitl, Naruto se quedó con Hinata, Shikamaru con Temari, Lee con Tenten (al parecer), Sai con Ino y Choji con Karui (una alumna de Killer Bee, odiaba a Sasuke, una vez golpeó a Naruto porque no le quiso dar información del Uchiha... no sé que más referencias dar). Para más información, lee el manga 700 de Naruto, lo encuentras en la página Shipudden punto tv.
Andreea Maca.
