Ran: Hola a todos! Quisiera aclarar uno de los cambios más drásticos de una versión a otra de Lucky Accident. Y lo digo ahora porque tiene que ver con Yukiko. Este personaje en la versión anterior era bastante raro, no tenía una personalidad muy trabajada en sí. Aunque en cierta forma he desarrollado todos los OCs, en Yukiko se nota más el cambio, según yo. De emocionarse tanto por cualquier pequeña cosa, ha pasado a ser un buen personaje tsundere, además de que tendrá más cambios a lo largo de la historia, lo cual acrecentará el juego que damos a este personaje.
Dicho esto, siento estar comentando algo en cada capítulo ;) Ya podéis leer (si no os habéis saltado ya la intro)
5. La bella y la bestia:
Cada vez estaba más frío. Aunque intentara mantener la compostura no podía evitar los escalofríos y temblores que recorrían su cuerpo.
-No puedo creerlo... -paró en seco y contempló el cielo.
Estupefacta presenció cómo el astro rey se refugiaba más allá de los árboles, dejando el lugar casi en penumbras.
-¿Por qué no... encuentro a nadie? -se preguntó a sí misma. Pensar en voz alta le ayudaba a aclararse- ¿No estaré caminando en círculos? Solo quiero un techo y algo de calor, maldita sea...
Reanudó su marcha, pero rápidamente se paralizó. Se concentró en escuchar su alrededor. Estaba en lo cierto. Había escuchado pasos.
Una media sonrisa atravesó su rostro, pero prefirió no emocionarse tan pronto. No sabía quién podría ser. Estaba anocheciendo y, bajo su punto de vista, podría tratarse de varias cosas. O bien podría encontrarse con el guardabosques, o bien con un criminal, o tal vez lo que hacía ese ruido no era humano. ¿Quién sabe? Había tantas posibilidades.
Optó por ser precavida.
Caminó lo más despacio que pudo, agachada, en dirección al sonido de las pisadas.
"Ahí debe estar" -pensó llegando tras unos arbustos. Tomó aire e irguió el cuerpo para ver por encima de estos.
Miró sorprendida la escena. Ante ella se encontraba una masa oscura y robusta, un enorme mamífero de pelaje oscuro, agachado sobre algo en la nieve. Echó un vistazo fugaz a su rostro, a lo que podía ver desde su situación. Sus ojos negros brillaban y miraban con deseo el pequeño cuerpo ante sí, sus afilados colmillos desgarraban rápidos e impecables la tierna carne, inevitablemente salpicándolo de sangre.
Un oso. Un oso muy hambriento.
Conteniendo la respiración, y con cada célula de su cuerpo en extrema tensión, debatió la manera de enfrentar esa situación. Correr no sería inteligente, pues la bestia le rebasaba por más de medio metro, y en dos saltos podría alcanzarla. Y estaría muerta. Solo había una opción. Eso no la había escuchado llegar, así que podría no percatarse de su presencia si se retiraba con la suficiente cautela. Si eso no funcionaba, siempre podía intentar luchar por su vida, aún con su diminuta daga como única arma.
Se giró sobre sus talones y lentamente empezó la vuelta atrás. Temblaba de arriba a abajo, aunque intentaba controlar su miedo. Estaba tan concentrada en no pisar alguna rama que pudiera descubrirle, que llegó un momento en que su mano aflojó su agarre en la daga, y esta se resbaló, colisionando contra la nieve con un ruido sordo.
Ahogó un grito. Todo seguía en silencio. Tal vez no lo había escuchado al fin y al cabo. O eso fue lo que pensó hasta que volvió a escuchar sus pasos. Abrió los ojos asustada, agachándose para recoger su arma mientras echaba un vistazo a sus espaldas. Ahí estaba, erguido sobre sus patas traseras, acercándose a ella con la expresión asesina de una bestia que se ha visto interrumpida durante su cena.
Sujetó fuertemente la daga negra, justo cuando el animal dejaba caer sus más de 2 metros, volviendo a dejarse caer sobre sus cuatro patas, y acortando la distancia con la pelinegra. Esta no se movió, siguió agachada con la afilada hoja en su mano, hasta que el oso se decidió a atacar. Solo tenía una oportunidad.
Giró sobre su cintura, y trazó un ataque hacia la faz del mamífero. Notó que la daga se introducía en algo, con lo cual una sonrisa fugaz cruzó su rostro. Rápidamente cogió de vuelta su arma y se alejó lo suficiente para ver qué había pasado.
El animal rugía de dolor, saltando y golpeando el suelo con sus garras, en parte furioso y por otra confuso. Había acertado en su ojo derecho. Con lo cual ahora era medio ciego.
No quiso arriesgarse a atacar de nuevo, por lo que se movió hacia el punto ciego de su visión. Así podría marcharse. Era realista. Si seguía luchando, acabaría muerta. No podía comparar su fuerza con la de un oso.
Empezó a correr, pero lamentablemente esa cosa le siguió. Cuando miró atrás, lo vio pegado a su espalda. Alargó una gruesa pata hacia ella y le golpeó directo en la pierna izquierda, haciendo que cayera.
Durante lo que pensó que eran los últimos momentos de su vida, sintió el peso del animal a su lado, su aliento cálido y húmedo sobre su cara, gotas de sangre y saliva mezcladas cayendo en su mejilla.
Cerró los ojos, esperando por el mordisco que le quitara la vida. Pero en su lugar solo escuchó un golpe seco contra el suelo. Temerosa, abrió sus orbes negros, solo para ver la cabeza de la bestia ante ella.
-¿Estás bien? -le dijo una melodiosa voz a su lado.
Inmediatamente una mano tan pálida como la nieve misma apareció frente a ella.
-Vamos, ya ha pasado lo peor... -le dijo esa voz ofreciéndole la mano.
-No... necesito ayuda... Estoy bien y... lo tenía todo bajo control -apartó la mano y se levantó rápidamente. Era orgullosa. Y no necesitaba ayuda. Y menos de desconocidos.
-Ja ja -rio suavemente- sí que parecía que lo tuvieras bajo control... -percibió cierta nota de sarcasmo.
Frunció el ceño y cuando estaba a punto de replicar por su mala educación, vio por primera vez el rostro del desconocido.
Parpadeó repetidas veces para cerciorarse de que lo que veía era real, y no una ilusión. Era imposible.
Ante ella se encontraba un chico de su edad, de baja estatura, albino y con ojos de un extraño color gris azulado.
Su rostro mostraba una expresión amable y tranquila, que hacía que de alguna manera se le derritiera el corazón.
-No puede ser... -murmuró estupefacta.
Sintió una punzada de dolor en la pierna, e inconscientemente se le escapó una mueca de dolor.
-Oh... vaya, hay que tratar esa herida pronto o se infectará -dijo el chico agachándose a su lado para echar un vistazo a la pierna.
-¡Yo-! No... hace falta... estoy bien -exclamó apartándose de él.
-Dime -se enderezó y miró a la morena con expresión seria- ¿Qué haces aquí?
-Eso mismo debería preguntarte yo -contraatacó cruzàndose de brazos. Luego murmuró- ni siquiera eres real...
El peliplata la miró sorprendido por esto último, pero decidió ignorar el comentario de momento. Solo asintió:
-No sé... quién eres pero... -se agachó junto al cuerpo del oso recuperando una afilada hacha de piedra llena de sangre del animal- este lugar es muy peligroso. Puedes venir conmigo y... contarme qué te ha pasado... si quieres...
Sus orbes negros se cruzaron con los grises del otro, quería mandarle al infierno y despertarse del maldito sueño en el que había caído. Pero no fue capaz. Vio algo en sus ojos risueños que le impidió negarse a su propuesta.
Desvió la mirada y frunció el ceño, molesta.
-Como quieras... -dijo en tono seco.
Caminaron lenatmente por el oscuro bosque, siguiendo los pasos del más bajo.
El hacha fue regando el camino con numerosas gotas escarlata, que resaltaban aún más contra el níveo sendero.
-Ya hemos llegado... -rompió el silencio el chico de cabello color plata.
Estaban frente a las puertas de una cabaña rústica en medio del bosque. Su tejado, cubierto de nieve a causa de las condiciones meteorológicas, se asemejaba al dios griego Atlas, el cual se decía que fue condenado a cargar con el peso del mundo en sus hombros.
A la izquierda de la construcción, divisó un tocón de árbol. Estaba terriblemente magullado, y a su alrededor yacían tirados varios trozos de leña. Su acompañante se acercó y dejó allí su hacha.
Se dirigieron hacia la puerta de madera maciza y el albino la abrió con una pequeña llave desgastada que sacó de su bolsillo.
Luego se hizo a un lado y dejó que la morena entrara en primer lugar.
Atravesó el umbral de la puerta y miró a su alrededor, disimuladamente. El salón era sencillo, pero muy acogedor. Este se componía de un sofá y dos sillones alrededor de una pequeña mesa, una chimenea, y una modesta televisión encima de esta. La luz podía entrar por un ventanal en una de las paredes de la sala. El tono claro del sofá y las cortinas contrarrestaba gratamente con el de la madera oscura de las paredes y los muebles, dándole al lugar un aspecto más moderno y bonito.
Oyó la puerta cerrarse suavemente tras ella.
-No es gran cosa, pero espero que te sientas cómoda…
-Está bien… supongo… -respondió indiferente.
-Yo… me llamo Shirou Fubuki –se presentó plantándose frente a ella. Sonrió y dudoso le ofreció la mano- Encantado de conocerte.
-…Yukiko Shirayama –sacudió la pequeña mano del otro, y se retiró rápidamente, desviando la mirada.
-Shirayama-san… -susurró para sí mismo. Luego se volvió hacia la chica- Acompáñame, te prestaré un conjunto de ropa más… acorde con este tiempo… debes tener frío…
El albino la guió hasta el piso superior, donde entraron a una habitación con dos sencillas camas, situadas perpendicularmente al lado de la otra, y con un robusto armario de madera. El de ojos grises lo abrió y rebuscó en su interior.
-Aquí está… -murmuró sacando una pieza de ropa nueva, aún plastificada- Esto es… un uniforme. Por error me lo entregaron más grande de mi talla usual… Creo que te sentará bien… No tengo otra cosa… Espero que no te import- se vio interrumpido por la morena, que le había arrebatado la ropa rápidamente.
-¿Dónde está… el baño? –preguntó en un tono cada vez más débil, casi perdiéndose las últimas palabras.
El otro se limitó a señalar la dirección y la de cabello azabache se perdió rápidamente en el pasillo.
...
Bajó al salón, dejándole a la chica su tiempo. Se sentó en le sofá, confuso. Por más que lo pensara y pensara, por más que se estrujara el cerebro, no encontraba la razón por la cual habría acabado en el bosque en plena temporada de nevada, sola, y vestida tan inapropiadamente para la época.
Todo lo que la rodeaba le parecía tan misterioso… Ella misma era terriblemente misteriosa. Su manera de ser, ni siquiera le había dado su nombre hasta poco antes…
"Shirayama-san… parece tan… especial…"
Sintió un peso caer a su lado en el sofá y se sobresaltó. Miró a la pelinegra, sorprendiéndose. El uniforme le quedaba mejor de lo que pensaba y se sintió feliz de habérselo dado. Igualmente lo podría haberlo usado.
-No estaba sola… -dijo de repente la morena. Le devolvió una mirada de confusión.
-¿Qué?
-Antes… yo… no estaba sola… -repitió. Luego añadió, pasándose una mano por la frente- Mira, sé que después de lo que voy a contarte vas a creer que estoy loca… pero es la verdad.
-De acuerdo. Adelante… -le instó a seguir.
-Estaba viajando… con unas amigas. Íbamos camino a Tokio y… el coche se volvió loco. No pudimos hacer nada… salvo saltar. Cuando levanté ya me encontraba aquí… sola.
-Pero… es imposible… ¿sabes que estamos en-?
-En Hokkaido. Sí, lo sé.
-Debes estar confundida… por el ataque del oso y-
-¡No lo estoy! ¡Yo iba en auto hacia Tokio y he acabado aquí! –soltó una risa desquiciada- Ni siquiera tendría que contarte todo esto, es tan surrealista… ni siquiera existes. Debe ser un juego de mi mente.
-¿Pero qué estás-?
-¡Yo te conocía de antes, Shirou! Sé que perteneces a un equipo de fútbol llamado Alpino, y que perdiste a tu hermano gemelo Atsuya en un accidente…
-Espera, ¿quién te ha dicho algo así?
-Yo soy la culpable, pequeños míos.
Una voz grave se escuchó proveniente de algún lugar de la habitación. Buscaron alrededor, pero no podían ver a nadie.
-Aquí abajo, mis niños.
Les llamó de nuevo la extraña voz. Se levantaron y distinguieron algo parecido a un rostro que había sido formado con las cenizas y restos de madera de la chimenea. Al acercarse más se dieron cuenta que se movía. El rostro habló.
-Saludos, soy la diosa de la misericordia, Kanzeon Bosatsu –se presentó con una sonrisa autosuficiente.
-¿Qué está pasando? –preguntó con rudeza la pelinegra.
-No es un error que estés aquí, Yukiko –empezó a decir- Estás aquí por una buena razón, créeme, todo esto es real.
-Pues explícame ya de qué va todo esto, o te hecho más fuego en la cara –amenazó cogiendo el palo de hierro de la chimenea.
-Ja ja… eres tan graciosa, pequeña… -rió para luego añadir- Te encuentras en otro mundo, ¿no es lógico? –dijo en un tono burlón que hizo a la otra fruncir el ceño, enfadada.
-Pero… ¿por qué estoy aquí? Porque supongo que no es coincidencia.
-Claro que no. Tanto tú como las demás fueron elegidas
-Entonces… ¿fuiste tú la que le hizo eso al auto? ¿Y dónde están Ran y Ryuusei?
-A la primera pregunta… sí, fui yo. Necesitaba que fuera a gran velocidad para poder llevar a cabo vuestra transición de un mundo a otro. Era la oportunidad perfecta pues os encontrabais las tres solas, con lo cual resultó más fácil crear el portal.
-Igualmente… ¿quién decide que soy o no la elegida? ¿Y si no quiero hacerlo? –amenazó cruzando los brazos.
-Está en tus manos decidir o no hacerlo… -respondió indiferente- pero si no lo haces… puede que los habitantes de este mundo lo pasen mal… muy mal.
Tras unos segundos de silencio, la morena habló.
-¿Cuánto estaré aquí? Me preocupa que mi mascota esté sola… y la madre de Ryuusei y Ran se preocupará demasiado…
-Por eso no te preocupes… el tiempo no pasa del mismo modo en tu mundo que en este. En el tuyo es mucho más lento, con lo cual unos años aquí serían unos minutos allí. En cuanto a cuánto permanecerás aquí, será hasta que soluciones el problema que habita en este mundo.
-Pero… no pasa nada malo en este mundo, ¿no es así?
-Bueno, Shirayama-san… últimamente hemos sufrido ataques por todo el país, de un grupo que se hacen llamar 'Alius'… -el albino se volvió a ella con rostro preocupado- se dice que son alienígenas…
-¡La Academia Alius! ¡Pero ellos no son-!
Sintió una punzada en la cabeza, era una sensación extraña. No sentía dolor, era solo como si algo se estuviera moviendo dentro de su cerebro, y hubiera hecho algo con él. El qué, no sabría decirlo.
-¿Qué me ha pasado? –susurró llevándose una mano a la cabeza, confusa.
-Lo siento, Yukiko… -se disculpó la cabeza llameante- Ya está todo hecho, por ahora puedo marcharme –la figura empezó a desaparecer, dejando escapar unas últimas palabras- Trata de confiar más en ti misma, Yukiko, y vencerás.
Con un último chispazo, el rostro se desvaneció.
El de cabellos claros permaneció por un momento con la mirada perdida entre la negra ceniza donde se había aparecido la diosa. Luego se volvió a la otra. La situación se le antojaba casi imposible, pero tenía sentido. Un mundo con problemas, una elegida para salvarlo. Se sintió a la vez afortunado y preocupado. Le parecía increíble estar al lado de la persona que de algún modo lograría salvar su mundo, pero por otra se planteaba los peligros que tendría que correr solo por ser la elegida.
-Espera… ¿qué ibas a decir?
-¿Eh? –se veía desorientada.
-Mencionaste algo sobre la Alius… ¿sabes algo importante sobre ellos?
-Yo… no… ni siquiera sé quiénes son… Oh mierda… -maldijo apretando sus puños.
-¿Shirayama-san?
-Me ha… borrado la memoria.
