Capítulo 5

Legolas miró al pequeño elfling que llevaba en brazos. El bebé estaba profundamente dormido, ya más tranquilo después de que le bajara la fiebre. Qué pequeña vida, se maravilló Legolas. Era la primera vez que sostenía un bebé y lo que sentía era indescriptible. Enseguida pensó en Narasene. Cuando llegue el momento, Nara será la madre de mis hijos… algún día…

El príncipe salió de sus pensamientos cuando se dio cuenta de que le preguntaban algo.

"Perdóname. No oí lo que me decías" –Legolas dejó al bebé en la cuna y le frotó la espalda con cuidado.

Jaden, uno de los mejores guerreros de la guardia de Thranduil intercambió miradas divertidas con su esposa antes de repetir la pregunta.

"Hablaba de la fuente. ¿Ya es seguro beber el agua?"

"Oh, la fuente. Bueno, parece ser que la causa del problema ha desaparecido. La fuente ha vuelto a la normalidad, pero por precaución no la uses hasta que compruebe que ya está del todo bien, solo por si acaso –Legolas se dirigió a la salida de la habitación del bebé-. Bueno, ya que comprobé que tu hija está bien debo irme."

Jaden lo acompañó.

"Gracias por preocuparte y ayudarnos, alteza. Las hierbas medicinales que nos sugeriste ayudaron mucho a mi hija."

"Me alegro mucho de oírlo, Jaden. Hasta pronto" –Legolas salió de la casa y volvió hacia el palacio.

Ese era el último hogar que planeaba visitar ese día. Llevaba visitando a su gente desde el mediodía, pues quería asegurarse de que los elflings enfermos se habían recuperado y que los adultos seguían sanos.

Acababa de llegar al camino que iba hasta la puerta del palacio cuando una voz conocida lo llamó de repente.

"¡Su alteza!"

Legolas se dio la vuelta y vio a Cayel corriendo hacia él.

"¿Ocurre algo, lord Cayel?" –el corazón se le aceleró al ver la expresión agobiada del otro elfo.

"Mis… mis nietos… ¡se cayeron de la casa del árbol!"

"¡¿Qué?!"

Los niños eran demasiado jóvenes como para tener la agilidad necesaria para aterrizar sobre sus pies. Legolas todavía recordaba aquel desgraciado día de su infancia en el que se había roto las piernas al saltar desde el tejado del palacio, pensando que podría volar. Tuvo suerte de no romperse el cuello, pero ahora esos niños habían sufrido ese mismo destino… o peor.

Legolas corrió con Cayel hasta su casa.

"¿Qué pasó?"

"No estoy seguro. Estaba en mi estudio cuando de repente oí que algo se rompía y que los niños gritaban de terror. ¡Cuando llegué al árbol los encontré en el suelo inconscientes! –explicó Cayel-. Sus padres no están y los dejaron conmigo. ¡Valar! ¡No sé qué hacer! Entré en pánico."

El instinto de Legolas veía algo extraño en lo que decía el elfo, pero no estaba seguro de qué. Su intranquilidad aumentó cuando alcanzaron la base del árbol y no había ningún elfling a la vista. Legolas se quedó helado. No era posible que se hubieran ido andando.

"¿Dónde están? ¿No dijiste que estaban inconscientes?"

Legolas se giró hacia Cayel… y gimió de dolor cuando algo afilado se le clavó en el cuello. Con los dedos temblorosos se tocó la piel y notó un pequeño dardo allí incrustado. Se lo sacó y luego miró a Cayel con los ojos como platos, sintiéndose traicionado.

"Mentí –dijo Cayel con suavidad, sonriendo victorioso y todavía apuntándolo con una pequeña ballesta-. Para alguien tan inteligente eres muy crédulo."

"Tú…" –Legolas intentó mover los labios para expresar su furia por la traición de Cayel, pero empezaba a adormecérsele el cuerpo y se le nubló la visión. El dardo… estaba envenenado… Esos fueron sus últimos pensamientos antes de derrumbarse.

"Y ahora, que empiece el juego" –Cayel miró al príncipe, que yacía inconsciente en el suelo a sus pies mientras varias figuras salían de las sombras. Todos estaban vestidos de marrón y gris oscuro, los colores del reino de Redwood.

"Quitadle la túnica" –les dijo Cayel.

Los guerreros de Redwood desnudaron al príncipe hasta la cintura y luego lo ataron de manos y pies. Finalmente, le cubrieron la cabeza con un saco negro.

"Seguid con el plan. Vigiladlo hasta que vuelva –y luego Cayel, el traidor, se giró hacia el palacio con la ropa de Legolas en la mano-. Yo me encargaré del rey."

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Aragorn se despertó de golpe y se sentó lentamente, desorientado. Entonces vio a Elrohir durmiendo a su lado e inmediatamente se acordó de dónde estaba.

"¿Estel? –Elladan, que estaba sentado en la rama más baja de un árbol, miraba hacia él, confundido-. ¿Ocurre algo?"

Aragorn miró hacia él.

"Err… no. Estoy bien" –el hombre se puso en pie y cogió el arco y las flechas.

Elladan se enderezó.

"¿Qué haces levantado? Tu turno empieza en una hora."

"De repente no tengo más sueño. Seguiré vigilando yo. Duerme un poco" –Aragorn trepó hasta sentarse a su lado.

Su hermano se encogió de hombros y saltó al suelo. Dejó el carcaj y el arco al lado de la manta de Aragorn para tenerlos a mano, se acostó y se quedó dormido al instante.

A la luz de la luna llena, Aragorn se miró la cicatriz de tres pulgadas de largo que tenía en la palma derecha. Se había hecho ese corte hacía seis meses cuando juró proteger al príncipe Legolas, su mejor amigo y ahora su hermano. Legolas tendría la misma cicatriz si fuera humano, pero a pesar de no conservarla por las habilidades curativas de los elfos, seguía manteniendo la promesa de proteger a Aragorn.

Justo ahora, la cicatriz en la palma de la mano del montaraz molestaba. Aragorn no sabía a qué se debía, pues nunca antes había ocurrido. Entonces miró en dirección al Bosque Negro.

Legolas, ¿estás en problemas?