Capítulo 6
"Mi señor, lord Cayel ha venido a verte –un sirviente entró al estudio del rey, retorciendo las manos de preocupación-. Trae malas noticias."
Thranduil se puso rígido.
"Dile que pase."
Cuando Cayel entró, Thranduil se asustó al ver la expresión del elfo.
"¿Cayel? ¿Qué ha ocurrido?"
Sin decir nada, el elfo le dio la túnica de Legolas. Thranduil la cogió con las manos temblorosas y la reconoció de inmediato.
"Es de Legolas. ¿Qué significa esto? ¿Por qué la tienes tú?"
Cayel empezó a llorar.
"¡Perdóname, mi señor! ¡El príncipe Legolas intentó ayudar a mis nietos, pero fue arrastrado con ellos!"
Thranduil saltó de la silla, abrazando la ropa de su hijo contra su pecho con todas sus fuerzas.
"¡¿Qué ha ocurrido?!"
Cayel empezó a contarle una historia inventada, poniendo en marcha la segunda escena del acto. Le dijo al rey que había ido a buscar a los elflings que jugaban en el bosque y que los había encontrado en el río, pero antes de poder sacarlos, una repentina tromba de agua los había arrastrado. Le dijo que había estado lloviendo en las zonas más altas del río.
"¡Entré en pánico! No soy tan fuerte como para oponerme a la corriente, así que corrí a casa tan rápido como pude para conseguir ayuda. Fue entonces cuando me encontré con tu hijo. Volvimos corriendo al río y el príncipe Legolas se quitó la túnica antes de lanzarse al agua. Esperé mucho tiempo, ¡pero nunca regresó! Ni mis nietos…"
Thranduil se desplomó sobre su asiento, sin apartar la mirada de Cayel, que lloraba ruidosamente. No… Legolas no… Otra vez no…
El rey se recompuso al ver que estaba perdiendo el control de sus emociones y entonces llamó a Linden para ordenarle que buscara un equipo de rescate para ir al río.
"Yo también voy."
"Pero mi señor, no tienes que hacerlo. Nosotros lo encontraremos" –le dijo Linden con precaución.
Pero Thranduil estaba loco de preocupación y no creía soportar quedarse esperando.
"Voy a ir. Y no puedes impedírmelo."
Así que Thranduil y Cayel, seguidos por Linden y una pequeña tropa de guerreros del Bosque Negro, cabalgaron en medio de la noche hacia el río.
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Cuando se acercaban, el comandante Linden empezó a sentirse cada vez más intranquilo. En ese momento, recordó que Legolas le había dicho que había un traidor entre ellos y ya había visto una extraña expresión en el rostro de Cayel varias veces. Thranduil estaba demasiado preocupado por la seguridad de su hijo como para darse cuenta.
¿Puede que Cayel sea el traidor? Pensó Linden al ver una extraña sonrisa en los labios del elfo. ¿Es una trampa?
"¡Alto!" –ordenó al instante, alzando una mano.
La tropa se detuvo y Thranduil lo miró, confundido.
"¿Qué estás haciendo?"
"¡Es una trampa!" –le dijo Linden a su rey, lanzándole una mirada asesina a Cayel.
"¿De qué estás hablando?" –Thranduil estaba molesto por retrasar la misión de salvar a su hijo.
"Escucha a tu comandante, Thranduil –interrumpió Cayel, burlón-. Dice la verdad."
El rey le lanzó a Cayel una mirada escalofriante al comprender.
"¿Qué significa esto, Cayel? ¿Y dónde está mi hijo?"
"Oh, no te preocupes, Thranduil. Verás a tu hijo –y entonces Cayel gritó de repente-. ¡Ahora!"
Al instante, varias flechas surgieron de la oscuridad y se clavaron en los guerreros del Bosque Negro, matándolos instantáneamente. Linden recibió un disparo en el hombro y se cayó de su montura. Thranduil observó, horrorizado, como cada uno de los miembros de su escolta caía al suelo y no volvían a moverse. Y entonces, los elfos de Redwood aparecieron desde todas direcciones, armados.
"¿Quieres ver a tu hijo, Thranduil? –dijo Cayel-. Muy bien. Te llevaré con él."
Thranduil sintió que algo lo golpeaba en la cabeza… y todo se oscureció.
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Cuando volvió en sí, Thranduil se dio cuenta de que estaba atado a una silla en una cabaña de madera abandonada. La primera cara que vio fue la de Cayel, que sonreía.
"Hola. Ya era hora de que despertaras."
"¿Por qué haces esto? ¡¿Qué le has hecho a mi hijo?!" –gritó Thranduil, furioso, mientras intentaba liberarse.
"Tu hijo está bien, Thranduil… por ahora. Mira a tu derecha."
El rey miró hacia la esquina que le indicaba Cayel y allí vio al príncipe, inconsciente en el suelo y con la cabeza todavía cubierta por la capucha negra. Thranduil abrió los ojos como platos.
"¡Legolas! ¡Legolas! –volvió a mirar a Cayel y gruñó-. ¡Libéralo, Cayel! ¡Me tienes a mí, no lo necesitas! ¡Déjalo ir!"
Cayel se rio.
"Los necesito a ambos, Thranduil. ¡Los necesito a ambos muertos! ¡La línea de Thranduil morirá esta noche!"
Entonces se arrodilló al lado del príncipe inconsciente y le quitó la capucha con brusquedad. Cuando su cabeza golpeó el suelo, su cabello cayó alrededor de su rostro como oro fundido y permaneció con los ojos cerrados.
Thranduil miraba con horror.
"¿Qué le has hecho?"
"Solo usé un pequeño dardo que lo mantendrá inconsciente unas horas más" –contestó Cayel, enderezándose.
"¿Por qué haces esto?"
"¡Estoy recuperando lo que me pertenece!"
"¿El qué? ¿El trono?"
"¡El reino, Thranduil! ¡No me importa el trono! ¡Quiero el reino del Bosque Verde! Nos pertenecía a los silvanos, los verdaderos elfos del bosque. ¡Y luego tú y tu padre, Oropher, llegaron desde el norte y nos lo arrebataron! –Cayel apretó los puños, taladrando al rey con la mirada-. ¡Los sindarin son unos desagradecidos! Os dimos tierras para vivir, ¿pero qué hicisteis a cambio? ¡Nos expulsasteis a las montañas y nos llamasteis elfos de Redwood!"
"No os expulsamos, Cayel. Tú y tu tío, el líder de tu clan, decidieron irse porque la gente confiaba más en mi padre para dirigir el nuevo reino…"
Cayel le dio un puñetazo en la mejilla.
"¿Reino? ¡¿Qué reino?! ¡Tú y tus ideas de crear un reino! ¡Hiciste parecer que éramos unos primitivos!"
Thranduil lamió la sangre que le goteaba de la comisura de la boca y observó el brillo de locura en los ojos de Cayel. El rey no tenía ni idea de cómo él y su hijo saldrían de ese lío.
"¿Así que esta es tu manera de vengarte, Cayel?"
Cayel sonrió.
"Venganza y más. Con los dos fuera de mi camino, así como los oficiales del ejército de mayor rango, el Bosque Negro estará bajo mis órdenes.
"¿Y por qué crees que la gente del reino te escuchará?"
"Oh, Thranduil… tsk… tsk… -canturreó Cayel-. Incluso tú te creíste mi brillante actuación. Los demás también lo harán –entonces se puso serio-. Muy bien. ¡Basta de charla! –tras girarse hacia los guerreros de Redwood, Cayel gritó-: ¡Quemad la cabaña!"
Thranduil observó, horrorizado, cómo traían antorchas y le prendían fuego a las paredes.
"Hasta nunca, Thranduil. Espero que disfruten del fuego" –dijo Cayel antes de salir y cerrar la puerta desde el exterior.
Thranduil se retorció para liberarse, pero la cuerda estaba bien atada alrededor de sus muñecas, sus tobillos y el pecho. No se soltaba de ninguna manera.
"¡Legolas!" –gritó Thranduil, desesperado, pero su hijo seguía inconsciente.
Las llamas empezaron a crecer, aumentando de tamaño sin control. Y entonces Thranduil vio cómo su pesadilla se hacía realidad.
¡Oh, Valar, ayudadnos! Ayudadme. Ayudad a mi hijo…
