Capítulo 12
Llevaban dos horas caminando mientras Legolas los guiaba por un entramado confuso de túneles y callejones. Aragorn y los gemelos intentaban memorizar el camino, pero les estaba resultando muy difícil. Finalmente, llegaron a una habitación y los hermanos de Rivendel miraron a su alrededor, asombrados.
"Esta es la vieja armería" –les dijo Legolas.
"Ya lo veo. ¡Guau!" –Aragorn lo observaba todo con los ojos como platos. Todo tipo de armas llenaban el lugar. Espadas, sables, dagas, flechas, arcos, ballestas… ¿y eso qué es? ¿Un hacha? Aragorn parecía un niño en una casa de golosinas, tocando cada arma que captaba su interés.
Los gemelos también parecían estar en el cielo.
"¡Es increíble! –exclamó Elladan, sujetando un magnífico sable-. ¿Desde cuándo está esto aquí?"
"Desde que se terminó el túnel –contestó Legolas mientras cogía un arco y un carcaj lleno de flechas. Tras colgarse las armas a la espalda, cogió también una hermosa espada y probó su equilibrio-. Las armas son antiguas, de la Gran Guerra. Ahora las guardamos en la armería de palacio, pero estas todavía son utilizables."
"¿Utilizables? –exclamó Elrohir-. ¡Son fantásticas! ¡Todavía están en buenas condiciones!"
"Sí, lo sé –Legolas sonrió, orgulloso-. Vamos. Tenemos que llegar a…"
De repente se detuvo. Su agudo oído había captado sonidos procedentes del túnel de las mazmorras, así que condujo a sus amigos hacia allí en silencio.
El sonido volvió a oírse. Alguien golpeaba las barras de metal de una celda.
"¡Déjanos salir! ¡Cayel, maldito traidor! ¡Déjanos salir!"
Cuando Legolas y sus compañeros alcanzaron el final del túnel, vieron que la celda estaba ocupada por elfos nobles del Bosque Negro y varios soldados. Atónitos, los elfos dejaron de gritar instantáneamente al ver a su príncipe acercarse.
"¡Su alteza!"
Legolas se acercó apresuradamente a la celda más cercana y alargó las manos hacia ellos. Los elfos se sujetaron a él a través de los barrotes, abrazándolo como podían, aliviados.
"¡Estás vivo! ¡Oh, su alteza, sigues vivo!"
Aragorn y los gemelos observaban en silencio cómo Legolas era abrazado por su gente. No era normal ver a tales poderosos guerreros mostrándose tan emotivos.
"¿Están todos bien? ¿Les hizo daño?" –preguntó Legolas, preocupado, escaneando las caras familiares.
"Estamos bien, su alteza. Bueno, casi todos –dijo Jaden, uno de los cautivos-. Gared fue herido por una espada cuando se resistió, pero no es muy grave. Los otros solo tenemos algún corte y raspones."
"Solo nos encerraron a nosotros, los únicos lo suficientemente fuertes como para oponernos a las órdenes de Cayel. No le ha hecho daño a nuestras familias. De momento" –dijo otro elfo.
"Cayel trajo muchos guerreros de Redwood al reino. La guardia real está confundida ahora que el comandante Linden está desaparecido y el rey… muerto –continuó Jaden, mirando los ojos angustiados del príncipe-. Están perdidos."
Legolas tenía una mirada determinada.
"Entonces yo los guiaré –tocó el candado de la puerta y frunció el ceño-. Me gustaría tener la llave."
"Oh, eso no será problema conmigo aquí" –Aragorn se acercó y sacó un palito de hierro del bolsillo.
Legolas lo miró, confundido.
"¿Qué vas a hacer?"
"Solo observa" –respondió Aragorn.
Los gemelos lo miraban en silencio, así que tras encogerse de hombros, Legolas se unió a los demás elfos, observando con atención cómo el montaraz se arrodillaba hasta quedar a la altura de la cerradura y luego empezaba a hurgar en ella con el trozo de hierro. Después de un minuto removiéndola, el candado se abrió.
"¡Tadá!" –sonriendo, Aragorn abrió la puerta de la celda y dejó salir a los prisioneros.
"No sabía que podías forzar cerraduras" –comentó Legolas, viendo cómo Aragorn iba a la siguiente cerradura, y a la siguiente, hasta que todas las puertas estuvieron abiertas.
Los elfos se amontonaron alrededor del príncipe, esperando órdenes. Legolas los miró, uno por uno. Todos lo observaban, expectantes y de repente se sintió nervioso. Esta es mi gente. Tengo que recuperar lo que es nuestro. ¡Valar, ayudadme!
"No soy muy bueno con las palabras –empezó a decir tras el tenso silencio-. Y eso es porque no soy poeta o ministro. Solo soy un guerrero, como ustedes. Y un guerrero nunca debería traicionar a los suyos. El Bosque Negro no es solo un reino, es una familia. Hemos vivido en paz durante cientos de años sin importar que fuéramos Silvanos o Sindarin. Para mí, no hay nada más deshonroso que un guerrero que traiciona a su familia y eso es lo que ha hecho Cayel. Tenemos que detenerlo y nos encargaremos de él de una forma u otra. ¿Están conmigo?"
Al principio solo hubo silencio, pero después, uno tras otro, los elfos del Bosque Negro empezaron a gritar:
"¡Estoy contigo, mi señor!"
"¡Yo también, mi señor!"
"¡Y yo!"
"¡Yo también!"
Cuando estaban empezando a hacer demasiado ruido, Legolas alzó las manos para pedir silencio.
"Bien. Ahora tenemos que ir a la vieja armería y coger todo lo que necesitemos. Pero primero hablemos del plan."
El príncipe los dividió a todos en dos grupos. Uno estaba dirigido por Jaden, el cual era la mano derecha del comandante Linden. Ellos se encargarían de volver al bosque por donde ellos habían venido. Legolas comandaba el otro y ellos entrarían al palacio por la entrada de las mazmorras.
"Y te necesito conmigo, Estel. Creo que la llave de los nuevos candados ha caído ya en manos de Cayel."
Aragorn le sonrió.
"No me iría de tu lado ni aunque me lo dijeras."
Los gemelos se ofrecieron para ir con Jaden.
"Los vemos arriba" –dijo Elrohir mientras los cuatro se abrazaban.
"Solo prométanme una cosa, Estel y Legolas –pidió Elladan-. ¡No mueran!"
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Estaban a unas cien yardas de la entrada de las mazmorras cuando a Legolas se le ocurrió algo.
"Espera, dame un minuto. Tengo que comprobar algo" –murmuró antes de desvanecerse en uno de los túneles.
Confundido, Aragorn lo siguió y lo encontró en una amplia sala. En el centro había una charca y Legolas estaba arrodillado en la orilla, observando el agua con atención.
"¿Qué estás buscando?" –preguntó Aragorn mientras también miraba el agua cristalina.
Y entonces lo vio. Un pequeño saco en el fondo, a media pierna de profundidad. Legolas metió la mano y la sacó para luego lanzar el saco a una esquina. Sabía lo que habría dentro sin siquiera tener que abrirlo.
"¿Puedes explicarte?" –preguntó Aragorn, enderezándose.
"Es polvo mallaaien, un veneno suave –contestó Legolas, andando hacia los guerreros que los esperaban-. Otro de los sucios trucos de Cayel. La charca está conectada al sistema de agua de la fuente del reino. Con esto ha estado envenenando a los elfos para hacer que se pongan enfermos y debilitarlos lo suficiente como para que sean incapaces de defenderse. Pero los guardias se lo encontraron un día en la entrada de las mazmorras y nos mintió diciendo que buscaba a sus nietos desaparecidos, cuando en realidad estaba haciendo esto, ¡ese pedazo de…!"
Legolas temblaba de furia y Aragorn le apretó el hombro.
"Después de eso pusimos el nuevo candado en la puerta de las mazmorras –añadió Legolas-. Y aumentamos la seguridad en la fuente, así que se vio obligado a tomar medidas drásticas… matando a mi padre…"
Aragorn le apretó más el hombro, escuchando cómo le temblaba la voz de repente.
"Vamos, Legolas. Este no es el mejor momento para lamentarse. No ahora, ¿de acuerdo? No hasta que todo esto se haya acabado."
El príncipe cerró los ojos y respiró hondo para calmarse.
"Tienes razón, hermano –dijo, abriendo los ojos para mirarlo-. No hasta que todo termine."
