¡Perdón, perdón y mil perdones! Ya sé que no sirve de nada decirlo y volver a cometer el mismo error pero juro que está fuera de mis manos. No estoy teniendo tiempo ni de respirar, entre el colegio y mi hija (la cual va a jardín) no puedo más u.u
Pero bueno, intenten no odiarme, hago lo que puedo para cumplir día a día con el fic. Quiero que disculpen la longitud del fic como su calidad, hago lo que puedo con poco tiempo :(
Bueno, vamos a las formalidades rápidamente:
Disclaimer: Los personajes & Lugares no son míos. No lucro con esto. El fic sí es de mi autoría.
Summary (Del capítulo doce): Al parecer Beth Greene no era la única que no quería estar en aquél lugar y no sabía si eso era bueno o malo.
Advertencia: Quiero advertir (más bien aclarar) Que no me olvidé de Daryl y los demás, es solo que los capítulos de Beth siempre me quedan más largos (porque es de quien más fácil se me hace escribir) entonces los divido y por eso van dos capítulos seguidos de ella, esta sería una especie de continuación de "agua tibia", tuve que dividirlo a la mitad.
Dedicación: Quiero agradecerle a Macka0203, Nat-Marie, Ainums, tania Ibarbia, karoSwan, Nathiiita-DH, carolina, maxireina2000, olicitySpain, damita118, Guest, Kanade-Tenshi, hikari, olicitySpain, Kick-69 & Ary Valentine. Quiero que sepan que sí leo sus reviews y sí tomo sus sugerencias para el fic (por ejemplo, Ary, voy a intentar alargar los capítulos o, directamente, no cortarlos como hago a menudo :D). En fin, los quiero a todosss!
Nota de autor: Creo que tardé más en copiar cada nick de mis reviews que en escribir el capítulo en sí pero bueno, aunque tengo poco tiempo era algo que quería hacer varios capítulos antes u.u
Bueh, nos vamos al capítulo de hoy :D
Querido diario.
By:
Belencitah.
~Capítulo doce: Médico.~
Al final del pasillo, que pareció más tardado que cruzar un desierto, se veía una gran luz brillante. Aquella luz que ella tan extrañaba, luz de sol.
Sus ojos se abrieron de par en par con felicidad reflejada. Por primera vez dejaba su papel de lado, ansiaba tanto ver el sol, eso sería un paso más hacia Daryl, un paso más hacia la libertad.
—Estas emocionada por conocer a la comunidad, ¿eh? —le dijo Gabriel al oído, aproximándose más hacia ella. Un escalofrío recorrió la espalda de Beth, quien solo se limitó a asentir con seguridad y mostrarle un par de blancos dientes en señal de acuerdo.
—Muy bien, quédate aquí —susurró el cura y la paró a unos metros de la gran puerta. Beth la observó, era marrón en su totalidad, parecía ser algarrobo, aunque poco importaba, y en la parte superior de la misma había una pequeña ventana que dejaba entrar la luz solar. El picaporte, bastante redondo, era de un metal dorado, probablemente bronce. Muy lujosa, claro, como todo allí.
Vio como Gabriel, con mucho esfuerzo, tiraba del picaporte y abría la puerta de par en par al son de un estrepitoso quejido de madera vieja.
Beth cerró los ojos involuntariamente, el sol era demasiado para su desacostumbrada vista de cautiverio.
Poco a poco volvió a abrirlos, veía demasiado brilloso y no podía dilucidar absolutamente nada, salvo el rostro de Gabriel que le sonreía y le tendía su mano, invitándola a salir junto a él.
La chica no lo dudó y tomó su mano sin chistar. Poco a poco la luz se hizo más tenue y ella pudo ver con claridad el exterior por primera vez.
Quedó completamente alucinada, no recordaba que el pasto fuera tan verde. Éste cubría todo el exterior y formaba pequeñas colinas, parecía un prado primaveral precioso aunque algo negro se asomaba al fondo, parecía ser una reja bastante alta, pues se veía a suficiente distancia. Había mucha gente caminando por el pasto y yendo a diferentes edificaciones que yacían alrededor de aquél majestuoso prado. Pudo divisar lo que parecía ser un consultorio médico, una pequeña huerta y un establo, aunque a esa distancia era difícil sacar conclusiones de para qué servía cada edificio.
—¿Qué te parece tu nuevo hogar? Espero que te guste la naturaleza, estamos rodeados por ella —bromeó el cura.
—Es una belleza, realmente lo es —susurró la chica mientras giraba su cabeza en todas direcciones para no perderse ningún detalle.
—Bueno, vamos, caminemos por el césped, te llevaré a conocer a alguien.
La chica asintió y, muy a su pesar, caminaron de la mano por el prado hasta lo que, según deducciones escasas de Beth, era la enfermería, o al menos lo parecía por la gran y gastada cruz roja que tenía en la puerta principal. Aquél edificio se notaba gastado por la corrosión pero muy bien cuidado y pulcro, al menos por fuera.
Al llegar a la gran puerta blanca, el hombre se asomó por uno de los vidrios de la misma y sonrió. Abrió lentamente la puerta y Greene notó que no había nadie, era solo un enorme pasillo con varias puertas a sus costados, lo que parecían ser consultorios o algo así.
—Este es nuestro precario hospital, no te dejes engañar, hemos recopilado las mejores máquinas y medicinas —comentó el hombre mientras guiaba a Beth por el gran pasillo hasta la tercer puerta que, curiosamente, tenía un número cuatro en ella.
El hombre golpeó y Beth solo se limitó a esperar alguna indicación, no era momento de meter la pata.
El hombre también esperó aunque no obtuvo respuesta alguna.
—¿Frank? ¿Estás ahí, amigo? —preguntó al son de sus golpeteos incesantes.
Pronto, la chica comenzó a sentir pasos detrás de la puerta que, en cuestion de segundos se abrió, dejando ver a un hombre mayor, anciano y de pelo canoso asomarse por la misma. Beth reprimió un gemido, aquél hombre era bastante parecido a su padre, solo que más alto y de ojos azules como el cielo.
—¡Gabriel! ¿estás bien? —preguntó el hombre mirando al cura frente a él.
—Sí, lo estoy —contestó él mientras golpeteaba el hombro del anciano de forma juguetona— no vengo por ningún medicamento esta vez, hoy vengo a presentarte a nuestra nueva miembro, Beth.
El hombre desvió su mirada hacia la chica. Al parecer no la había notado antes. Beth se dio cuenta de que el hombre era ciego de un ojo, o al menos eso parecía, pues uno de sus ojos era totalmente blanco.
—¡Oh, hola cariño! —dijo el hombre mientras le extendía la mano, esperando un cordial saludo. Su mano era arrugada y temblorosa, pero de todas formas Beth la tomó y le sonrió amistosamente— Mi nombre es Frank Meyer, ¿Quieres repetirme tu nombre?
Gabriel rió ante el comentario pero no dijo nada. Beth miró a Frank fijamente y luego de unos instantes se arriesgó a contestar: —Claro, me llamo Beth Riffe.
Había mentido y aún no sabía por qué. Si bien no confiaba en esas personas, decirles su apellido tampoco significaba arriesgarse demasiado, no había documentos ni actas de nacimiento en aquél mundo, pero no quería arriesgarse en lo más mínimo.
El cura la miró confundido pero siguió en silencio, como esperando una conversación de parte de sus dos iguales.
—Bonito nombre, Beth. Bueno, supongo que habrás notado que soy el médico del lugar, estoy algo viejo pero aún sirvo —bromeó Meyer al son de una carcajada.
La chica también rió nerviosamente y esperó que alguien diga algo, el silencio ya se hacía incómodo.
Pronto sus plegarias fueron escuchadas por Gabriel, quien carraspeó un poco y dijo:
—Bueno Frank, necesito que revises a Bethy —la aludida lo miró confundida. Gabriel la miró unos segundos pero inmediatamente volvió su mirada al doctor—, quiero estar seguro de que se encuentra en perfecto estado de salud, ¿me harías el favor?
—Por supuesto que sí, padre, lo que usted diga —susurró el hombre mirando el piso. La rubia comenzó a preguntarse por qué todo aquél que se parara delante de Gabriel miraba el piso—. Ven, cariño, pasa.
Beth miró al padre, esperando su aprobación para evitar incidentes. Él asintió con la cabeza y eso fue todo lo que la chica necesitó para entrar al consultorio.
El doctor cerró la puerta tras despedirse del cura y se volvió hacia ella, quien observaba atentamente el lugar. Por dentro era todo lo contrario a su exterior, era pulcro, blanco y parecía recién pintado. Había una camilla verde y un par de muebles en donde seguro abría medicamentos o utensilios médicos. Suspiró y miró al hombre, esperando alguna señal de su parte, esperando alguna indicación.
Él la miró fijamente, como si intentara descifrar algo de ella.
—Siéntate en la camilla, por favor —le dijo con una sonrisa exagerada. La chica no dijo nada, simplemente caminó hacia ella y se sentó.
El hombre se acercó a uno de los muebles y abrió el segundo cajón, sacando de allí un estetoscopio color azul.
—Necesitaré que te levantes un poco la camisa, cielo, empezaremos por tu corazón—susurró el hombre aproximándose a ella. Beth se tensó, recordó que había escondido su diario en su sostén. Le pareció el mejor escondite en su momento, pues nadie lo vería, pero al parecer no lo era.
No podía levantarse la camisa, puesto que el hombre encontraría el diario, lo leería y avisaría a Gabriel. Ella no quería eso, malograría sus planes y probablemente terminaría muerta. Sin nada que pudiera decir o hacer se quedó quieta e hizo caso omiso a las indicaciones del anciano. Miró fijo una pared y comenzó a respirar rápido sin querer hacerlo. Se estaba comenzando a asustar.
—No debes tener miedo, Beth, no dolerá, solo escucharé tu corazón —volvió a decir el hombre al ver la cara de pánico de la chica.
Al ver la insistencia del hombre, Beth supo que no había manera de salir de allí sin la maldita revisión.
—No puedo… —susurró con un hilo de voz. Su labio inferior tembló sin siquiera preverlo y no despegó los ojos de la pared frente a ella.
El hombre se acercó más y colocó su mano en el hombro de la chica.
—Ey, no te preocupes, no te haré daño, lo prometo… —y dicho aquello deslizó el estetoscopio por debajo de la camisa de la chica para llegar a su pecho. Beth cerró los ojos y alzó la cabeza hacia el techo. Todo su plan se iría a la basura, el hombre encontraría el diario, lo leería, se daría cuenta de cómo era ella en verdad, de todo lo que había vivido y sabría de sus amigos, y avisaría a Gabriel. Seguramente él la encerraría otra vez al comprobar que todo era una farsa o, peor aún, la mataría.
—¿Qué es… —susurró el hombre tocando el objeto puntiagudo que la chica tenía bajo la ropa. Lo tomó y lentamente deslizó su mano con el diario atrapado entre sus dedos por debajo de su camisa hasta sacarlo por completo.
—Por favor, no… —susurró Beth bajando la cabeza al ver que el hombre se disponía a abrir el pequeño libro. Se le escapó una lágrima sin querer. Decidió, en los segundos de tiempo que tenía, que intentaría razonar con el hombre, no tenía otra salida—, por favor no le diga al padre Gabriel.
Un par de lágrimas acompañaron a la primera. El hombre la miró fijo y, sin mediar palabra, abrió el diario en una página aleatoria.
—…Rick comenzó a cultivar… Glenn y Maggie se casarán… —leía el hombre para sí mismo. No pasaba demasiado tiempo en cada página, leía por arriba y pasaba a la siguiente.
Continuó leyendo para así hasta llegar a la última página. No había leído con detalle pero, seguramente, se daba una idea de lo que decía en cada una.
Al terminar, levantó la mirada inexpresiva y observó a Beth, quien temblaba un poco pero ya había dejado de llorar.
—No creas que me agrada ver lo que sucede aquí, Beth… —dijo el hombre y, por primera vez, parecía hablar en serio, ya no tenía aquella sonrisa compradora que todos parecían tener allí—, no diré nada, linda, tranquila. Tú y yo estamos en la misma situación.
Espero no me odien, hice lo que pude con el tiempo que tengo. Voy a tratar de mejorar la calidad u.u Perdón.
Los quiero muuuuuchito :3
Bel~
