Hola, chicuelos. Bueno, lo prometido es deuda así que aquí tienen. No crean que me desvío del tema fundamental (Daryl y Beth) pero toda historia tiene una trama y no puede ser todo Daryl y Beth. Espero que lo entiendan.
Disclaimer: Los personajes & Lugares no son míos. No lucro con esto. El fic sí es de mi autoría.
Summary (Del capítulo dieciocho): Perder a un ser querido deja un dolor irreparable, pero aquél dolor no se compara con el de perder a un hijo.
Dedicación: A mi hija. Si le pasara algo (Dios no lo permita jamás) creo que mi vida terminaría y sé que todas aquellas que sean madres me van a entender. Mi mamá (en paz descanse) siempre dijo que lo más importante son los hijos. Yo creí que exageraba hasta que tuve a la mía propia. No, no exageraba para nada. Te amo con todo mi corazón Zoe.
Querido diario.
By: Belencitah.
Capítulo dieciocho: Hijas perdidas. ~
Caminó hacia la pequeña mesa para dos en la que el hombre estaba sentado y se dejó caer con pesar en la silla frente a él.
—Te aconsejé que durmieras, niña… —susurró el doctor con una sonrisa mientras reprimía una carcajada al ver a la pobre chica tan somnolienta.
—Lo sé, pero no pude pegar un ojo. ¡Estoy tan exasperada! —gritó la chica, despertándose de inmediato, y pronto, al ver la mirada del doctor, decidió bajar un poco la voz y dejar de llamar la atención de las mujeres que ya la miraban por el rabillo del ojo.
—Te entiendo pero no tienes por qué preocuparte —le susurró Frank extendiendo su mano hasta tocar la de Beth, por encima de la mesa. La chica abrió un poco los ojos, hacía bastante no sentía el contacto con otro ser humano o, al menos, un contacto que sí quisiera recibir. Correspondió el gesto apretando levemente la mano del anciano y se quedaron unos segundos así, callados, disfrutando de la mutua compañía.
—¿Por qué no intentaste escapar antes? —preguntó Beth en un susurro, evitando que otros escuchen, mientras seguía apretando la mano del hombre.
Frank se tensó un poco, la chica lo notó a través de su brazo. El hombre dejó de mirarla a la cara para pasar su vista a la mesa, abajo.
—Había perdido la esperanza —una contestación simple. Beth inquirió con la mirada, preguntándole por qué sin decir una palabra. Frank entendió la idea a la perfección y esbozó una pequeña sonrisa vacía.
El hombre rebuscó en el bolsillo de su delantal médico y sacó una pequeña foto maltrecha. Se la extendió a Beth y volvió su vista a la mesa, incapaz de mirar algo más.
Beth tomó la foto, soltando con cuidado la mano del hombre, y la observó bien: Era él, Frank, solo que algo más joven y con una sonrisa tan grande que parecía irreal. En sus brazos estrechaba a una niña, adolescente en verdad. Los colores eran viejos y en mal estado pero, supuso Beth, la jovencita era rubia y de unos ojos verdes impactantes. Era de contextura pequeña y se la veía muy feliz. Beth creyó comprender de qué iba eso aunque no del todo.
—¿Ella… —se atrevió a preguntar la rubia.
—Ella era Abigail Marie Meyer y sí, era mi pequeña niña… —susurró con un pesar palpable. El aire de pronto parecía demasiado pesado para Beth— Su madre nos abandonó así que siempre fuimos ella y yo contra el mundo. Éramos inseparables y, como podrás imaginar, la amaba con todo mi corazón.
El hombre paró de pronto, tragó saliva, como si intentara deshacerse del nudo que se formaba poco a poco en su garganta.
La chica no supo qué hacer o qué decir… ¿Había consuelo para alguien que había perdido a su hijo? Recordó a Carol unos instantes.
—Cuando toda esta mierda sucedió, intentamos ocultarnos en casa y traté con todas mis fuerzas de mantenerla a salvo pero no sirvió de nada. Mi niña enfermó en el invierno y tuve que salir con ella en brazos a buscar alguna ayuda. Fue cuando salí que noté la magnitud de destrucción que había en nuestro mundo. Vagué unos días mientras intentaba pararle la fiebre a mi pequeña cuando Gabriel nos encontró. Creí en él, dijo que tenía medicamentos en su "paraíso" para salvar a mi niña pero…
El hombre calló. Beth esperó paciente a que continuara pero eso nunca sucedió.
—¿Qué sucedió con Abigail? —preguntó intentando mantenerse centrada.
—Gabriel quiso hacer un trato. Yo debía permanecer allí y ejercer de médico sin escrúpulos y, a cambio, él me daría las medicinas para salvar a mi hija. La salvé pero, a cambio, tuve que acabar con muchas vidas. El padre, tan amado como es en esta comunidad, asesina niños, ancianos y enfermos. La gente que no sirve aquí muere.
Los ojos de Beth se abrieron de par en par. Ahora entendía mejor por qué no vio ningún niño al salir pero jamás creyó que el que los hacía desaparecer era su propio amigo. No lo juzgo en absoluto, el sufrimiento del hombre era palpable, no disfrutó lo que hizo. Era un hombre desesperado y un hombre desesperado es capas de todo.
—Mi pequeña se había salvado y ya no quise seguir haciendo aquello. Esos pequeños, esos ancianos. Sus fantasmas aún me persiguen —susurró conteniendo un par de lágrimas para evitar llamar la atención—. Se lo dije a Gabriel, le di las gracias pero dije que nos iríamos al día siguiente. ¿Sabes que sucedió al día siguiente?
Beth negó con la cabeza lentamente mientras tomaba la mano del hombre. Éste no correspondió pero tampoco quitó su mano. La chica, a esas alturas, se esforzaba por no llorar. Estaba muy sensible y aquella trágica historia no ayudaba. Suponía qué había pasado, la joven habría muerto, de otra forma debería estar allí con ellos.
—Mi hija murió. La encontré en su cama con una nota: "No quiero vivir más en un mundo destruido, papá, lo siento. Por favor, no te vayas, sigue ayudando a esta gente, quédate y has del mundo un lugar mejor" —retener las lágrimas ya no era posible. El hombre comenzó a llorar lo más bajo que podía, no necesitaban miradas intrusas. Beth, al ver esto, tampoco pudo resistir su propio llanto—, en su cama, además, encontré pastillas.
—¿Tú… ¿Qué crees que pasó? —preguntó la rubia limpiándose las lágrimas con la mano libre mientras con la otra acariciaba la mano del señor Meyer.
—En ese momento poco me importaba qué había pasado. Mi hija no estaba y eso era todo lo que necesitaba saber. Eventualmente me quedé aquí e hice exactamente lo que mi hija explicó en su nota de adiós. Jamás cuestioné lo que pasó, sin contar que Gabriel se veía muy afligido, pero…
—¿Crees que él tuvo algo que ver? —tanteó la chica.
—Ahora, cuando el tiempo a pasado y puedo pensar con mayor claridad, sí. Sé que creerás que es posible, puesto que este hombre no tiene sentimientos pero… ¿Mi hija? Él dijo ser mi mejor amigo, decía que Abi era su sobrina… Yo…
—Entiendo, no quieres creer que él en verdad haya hecho algo pero tampoco quieres creer que en verdad se haya quitado la vida —susurró quebrada Beth.
—Exacto —no caían más lágrimas de sus ojos. Había llorado tanto tiempo que su cuerpo estaba completamente seco.
—Lo siento mucho, Frank. En verdad valoro que, después de haber sufrido tanto a causa de las personas, quieras ayudarme —comentó la chica mordiéndose el labio inferior. Beth pensó bien las palabras y continuó—. Sé lo que se siente perder a alguien que amas, no estaría aquí sino.
Al decir aquello, Beth pensó en su padre. Él había muerto de la manera más cruel y no se lo merecía, lo extrañaba muchísimo; sus consejos, sus abrazos, a él. Pero tampoco pudo evitar pensar en Daryl, de una u otra forma también lo había perdido y, casi seguramente, para siempre. Un escalofrío recorrió su columna vertebral por lo decidió dejar de lado aquellas ideas.
—No las personas, mi niña… Él es el monstruo aquí —comentó sin quitar la mirada de la mesa. Pronto, miró a los ojos a la jovencita frente a él y sonrió de lado—, yo debería darte las gracias a ti.
—¿Qué…? —preguntó la joven sin entender.
—Me devolviste la esperanza, cariño. ¿Sabes cuántas chicas han pasado por aquí el último año? Ninguna ha luchado por escapar, Gabriel las compraba con sus manipulaciones y terminaban quedándose. Se olvidaban de su antiguo grupo, de sus familias si es que tenían. Tú eres la primera que ha intentado luchar y, gracias a ti, mi propio deseo de lucha volvió.
Beth sonrió con ternura reflejada en sus ojos. Nuevamente y sin previo aviso, una solitaria lágrima cayó por su mejilla.
—Gracias, Frank.
—De alguna forma, el espíritu de Abigail está en ti. Ella era igual de luchadora que tú, cariño —comentó de forma dulce.
—De alguien lo habrá aprendido. Quiero que le demuestres a ella y a ti mismo de lo que en verdad estás hecho.
El hombre sonrió satisfactoriamente.
Fiiiiin :3 Jajaja, espero que lo hayan disfrutado. Me estoy muriendo de frío acá, por favor, te odio Argentina u.u
Bel~
