¡Mis bombones! Sé que los tengo medio abandonados pero estoy de acá para allá con todo. Si no tienen interes en mi vida privada, pueden saltear este monólogo.
Ahí vamos:
Mañana tengo mi segunda pelea en boxeo con una chica de mi partido (o districto, como le llamen) y estuve entrenando a fondo.
Tengo una hija, que ya es mérito suficiente para no encontrar tiempo.
Y estoy muy estresada con el mundial. Odio completamente al Kun Aguero (por si no lo saben, es un futbolista Argentino). Osea, no jugó a nada contra Bosnia. Un desastre total, me la pasé insultando a la televisión y consolando a mi hija.
En fin, dadas mis excusas (?) vamos a las formalidades y deseenmé suerte para mañana.
Disclaimer: Los personajes & Lugares no son míos. No lucro con ésto. El fic sí es de mi autoría.
Summary (Del capítulo veintiuno): Un segundo bastaba para decidir si vivirían o morirían.
Dedicatoria: A mi hermosa selección Argentina, porque aunque me queje, yo la sigo a todas partes.
Los amoooooooow.
Querido diario.
By: Belencitah.
~Capítulo veintiuno: Un segundo.~
Beth suspiró y se apoyó en el marco de la puerta, creyó que se desmayaría por un momento pero todo había resultado bien. De todas formas, aquél "cosechas lo que cultivas" caló en su interior. Tenía la promesa de una amenaza, pero no tenía tiempo para eso, caminó discretamente por los pasillos hasta llegar nuevamente a su consultorio. Para aquél entonces eran ya las cinco de la tarde y en menos de una hora ella y Frank serían libres. Claro, si todo salía bien…
Alejó pensamientos furtivos de su mente y se dispuso a caminar, casi trotar, hasta el consultorio.
—Terminé, Frank. Y casi muero antes de escapar —comentó Beth casi en un susurro, abriendo la puerta, asustando un poco al doctor, que terminaba de acomodar la mochila. Sonrió al reconocerla.
—¿Por qué? ¡Oh, veo que trajiste un cambio de ropa! —Dijo Frank en voz baja para evitar ser oído por intrusos y bromeó—: Eres la primera chica que conozco que trae tan pocas cosas cuando de ir de viaje se trata.
La chica le sonrió y carcajeó un poco. A Beth le conmovía Frank. Había sufrido tanto y, aún así, no perdía aquella chispa de vida.
—Bueno, cuando estaba saliendo con la ropa me crucé a Gabriel —dijo Beth observando el piso. Se sentía idiota por dejar que aquello pasara. Había mucho en riesgo—. Le mentí e inventé una excusa bastante creíble pero no lo sé…
—Gabriel es la persona más inteligente que he conocido —susurró cerrando los ojos y arreglando sus rasgos en una mueca de disgusto—. No creo que haya creído cualquier excusa. ¿Te dijo algo más?
—No, solo me recordó que vaya a misa, que era en mi honor y blá blá blá —dijo la chica moviendo sus manos para enfatizar sus palabras.
—Bueno, no creo que haya problema, simplemente estemos alerta, ¿de acuerdo? —contestó el hombre sonriendo tiernamente.
Beth asintió con la cabeza de la misma forma.
—¿Solo fuiste a tu habitación por la muda de ropa?
—No… Y sobre eso… —Beth comenzó a jugar con sus dedos de una forma nerviosa. Frank lo notó pero no dijo nada— Cuando nos conocimos por primera vez tomé un bisturí. ¡Lo siento! Es que… No sé, temía por mi vida.
El hombre rió estruendosamente y la miró estupefacto: —¡Niña! No tienes que disculparte por nada, lo entiendo. Me alegra que hayas sido tú, creí que estaba perdiendo mi memoria.
Y la chica ya podía decir que haber encontrado a Frank en aquél lugar era como encontrar un ángel en medio del infierno. Era como si su padre hubiera mandado del cielo a un buen amigo para que ella no sintiera tanto su lejanía.
Simplemente le sonrió y con esa amena sonrisa transmitió todos los puros sentimientos que se gestaban en ella alrededor de aquél buen hombre.
—Muy bien… Son cinco y media, cariño —susurró el hombre chequeando su reloj de muñeca. Pronto, el hombre tomó el bolso y, mirando a todos lados por si acaso, subió el bolso a la mesa de su escritorio y lo abrió. Era pequeño pero cabían bastantes cosas. Era útil y eso era todo lo que necesitaban en esa instancia— Pon la ropa aquí.
Beth hizo lo propio y rebuscó un poco el bolso para ver cuáles serían sus armas allí afuera, donde la comida y la paz era cosa difícil de hallar.
La joven suspiró y cerró el bolso. Con un nuevo suspiro, observó a Frank y sonrió: —En solo media hora estaremos fuera, Fraky…
—Ey… —susurró el hombre y la abrazó al ver que una lágrima caía de los ojos de Beth— tranquila… No permitiré que nada te pase, saldremos de esto juntos ¿de acuerdo?
—De acuerdo —contestó recibiendo el abrazo con felicidad. Necesitaba contacto humano hacía tiempo, al menos desde que Daryl se había ido.
—Bueno, deberíamos ir yendo. ¡Eres la anfitriona, niña, no debes llegar tarde! —bromeó el hombre soltándola despacio y viéndola a los ojos, procurando que ya esté mejor de ánimo.
—Tienes razón, no debo hacerle esperar a Gabriel, mucho menos con su volátil carácter —susurró la chica a modo de broma. Frank rió se puso el bolso que, al ser pequeño, disimulaba bastante bajo el abrigo grueso que se había puesto procurando que nadie note que no hacía demasiado frío.
Beth pasó primero, por ser la dama, y detrás fue el doctor.
—¿Se nota algo extraño en mí? —preguntó Frank fingiendo modelar.
—No… Está bien oculto en tu abrigo. ¡Buena idea, de hecho! Me preguntaba cómo haríamos para llevar el bolso a misa —contestó la chica riendo por las poses exotéricas que el hombre hacía. Era gracioso, mucho, de hecho.
Ambos caminaron despacio fingiendo hablar de Dios o de qué harían mañana… Lo cierto era que su "mañana" sería muy diferente, pero nadie allí necesitaba saber aquello.
Llegaron a la pequeña capilla. Por fuera parecía simple pero, al entrar, Beth se maravilló con los mosaicos cristianos, las estatuas preciosas y enormes y el olor a madera recién pulida la fascinó. Un hermoso lugar, eso era seguro.
Gabriel estaba en el estrado, leyendo lo que parecía ser una enorme Biblia. Al verla, sonrió y asintió saludando a Frank, quien solo hizo una mueca.
—¡Bethy! Veo que tienes sentido de la puntualidad —gritó complacido mientras bajaba hacia ella—¿Estás feliz?
—Oh, mucho —comentó intentando sonar feliz. Lo cierto era que cada día que pasaba allí dentro, más le constaba a ella fingir estar de acuerdo con aquél imbécil.
—Bueno, me alegro de que así sea. En cinco minutos empieza, siéntate adelante, cariño.
Beth caminó hacia el banco más adelantado y, siguiéndola, iba Frank. Pudo notar una mirada extraña, casi sombría, de Gabriel para el doctor, pero decidió ignorarla. No había mucho que hacer, tampoco.
Ambos se sentaron y Beth comenzó a quitarse la pequeña piel de los dedos, estaba aterrada y, si tuviera uñas, ya se las estaría comiendo.
—Tranquila, Bethy… —susurró Frank a su lado, acercando su boca al oído de la chica para que nadie más que ella escuche.
La joven asintió y pudo ver como la iglesia se iba llenando rápidamente.
Pasaron un tiempo callados, no había nada trivial de lo que hablar y del tema que en verdad les interesaba a ambos no podían.
Pronto, la iglesia se llenó y se oían murmullos del pueblo, algunos estaban parados al final del pasillo ya que las sillas eran escasas.
—Los guardias ya entraron —susurró Frank a una aterrada Beth. Era la señal que necesitaban.
—Oh… Dios… Me siento mareada… —comenzó a susurrar Beth y, pronto, fue tambaleándose a los lados de su asiento para hacer la actuación más realista.
—Niña… ¿¡Niña, estás bien!? —comenzó a gritar Frank a su lado intentando sostenerla por los hombros para evitar que se cayera.
Gracias a aquél grito, se comenzaron a escuchar murmullos y gritos de horror.
El padre, que estaba en el estrado por empezar a hablar, bajó corriendo y preguntó con desesperación: —¿Qué sucede? ¿¡Qué pasó!?
—¡Creo que tiene muy baja la tensión! —gritó Frank zamarreándola con cuidado para intentar traer a Beth de vuelta a la conciencia— ¡No reacciona! Debo llevarla al hospital y tratarla con glucosa.
—¿Y qué demonios esperas? ¡Rápido! Vámonos… —Gritó exasperado el cura. Oh no… Eso no era parte del plan, él no debía acompañarlos o no podrían escapar.
La gente comenzó a murmurar y se escucharon varios comentarios negativos acerca de las palabras recientemente dichas por el cura. Maldecir en una iglesia estaba muy mal visto, en especial viniendo de una representación de Dios en la tierra.
—La gente no está feliz con tu comentario, Gabriel… Mejor quédate, te informaré lo que suceda —susurró el doctor cargando con dificultad el cuerpo desfallecido de la chica. Gabriel dudó profundamente pero, ante la seguidillas de comentarios de la población se decidió por hacerle caso y quedarse a calmar las cosas. Al cura le había costado mucho controlar aquella masa como para dejarla ir así como así.
—Tranquilos, parroquiales… —comenzó a decir, pero Beth y Frank no terminaron de oír, ya estaban fuera.
—¿Nos sigue? —susurró exasperada Beth, bajando de los brazos de Frank y agachándose por los arbustos.
—No, lo hiciste perfecto. Ahora, corre —gritó y comenzaron una larga corrida de unos veinte o treinta metros, ninguno supo cuanto, hasta la reja.
Cada vez podían ver la reja más y más cerca aunque nunca parecía suficiente. No importaba qué tan rápido movieran sus pies, era agotador. Beth notó como Frank aminoraba la marcha poco a poco, a su edad era un milagro que no hubiera caído de rodillas, rendido. Admirable.
—Vamos, Franky, ya casi, no te rindas —gritaba una muy agitada Beth mientras sacaba el bisturí de su cinturón, por si acaso debía parar a socorrer a Frank.
—No corría así desde mis clases de gimnasia del instituto —comentó tan agitado que apenas eran entendibles sus palabras.
Estaban a pocos metros de la reja, la libertad era suya. Beth ya podía escuchar a los caminantes y nunca se había sentido tan feliz.
Escucharon un motor de pronto y palidecieron ambos, sin dejar de correr miraron atrás y sus ojos se agrandaron con terror al ver aquello. Todo por lo que habían luchado aquellos días se había perdido así como así.
—¿Ambos creen que soy idiota? —preguntó Gabriel subido al pequeño pero veloz carro militar. Alrededor estaban los guardias armados. La gente no estaba, probablemente les había engañado para que se escondan o cosas similares. Beth se preguntó por un instante de dónde había salido aquél auto, aquellas armas. Y se creyó idiota por subestimar a un cura.
—¿¡Creen que soy idiota!? —gritó exasperado el cura, esperando una respuesta mientras un par de risas de los condenados guardias se escuchaban de fondo.
—N-
—Sí y estoy harto de todo esto —interrumpió Frank, sorprendiendo a Beth. Aquél hombre tenía agallas. Más que ella, de seguro.
—Oh… Claro, salvé a tu hija y ya está, tuve mi utilidad en tu vida y me deshechas, ¿es así? —contestó Gabriel con una carcajada.
—Tengo grandes dudas respecto a eso… —susurró con agonía— Ya que vas a matarme, al menos dime qué sucedió con mi niña.
El hombre parecía implorar. En ningún momento miró a Beth, sus ojos estaban clavados en el padre y su armamento detrás. La rubia, al costado derecho de Frank, observaba con asombro al hombre. Estaba a centímetros de la reja, podía incluso tocarla si extendía su brazo, solo un segundo más rápido y hubieran sido libres. Un segundo…
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó con asombro Gabriel. Parecía un maldito ángel incluso con la militancia detrás.
—Somos pocos y nos conocemos demasiado —fue la única respuesta del avejentado hombre.
—Bueno, supongo que podemos sincerarnos, al menos en tu lecho de muerte. Abigail no se suicidó, fui yo —contestó con una sonrisa arrogante y Beth sintió el deseo de matarlo con sus propias manos ahí mismo y sin importarle nada.
Los amo y lo saben. Espero que guste y, Dios, estoy nerviosísima.
P.D: Sí, Soy una boxeadora en proceso pero eso no me quita mi femineidad. Lo aclaro porque odio los estereotipos. Me arreglo, maquillo, me hago las uñas, soy romántica, mi color favorito es el rosa, y soy boxeadora.
Bel~
