¡Chicuelos! Buenas noches (acá es de noche). Bueno, ante todo las excusas: No tengo Internet, viene por momentos y se va, así que no tuve oportunidad de subir esto antes. Mi computadora no colabora en absoluto porque se apaga sola, se tilda… Demasiado porn… No, perdón, nada.

Cuestión: Perdón. Y vamos rápido a las formalidades antes de que se me vuelva a apagar.

Disclaimer: Los personajes & Lugares no son míos. No lucro con esto. El fic, sin embargo, sí es de mi autoría.

Summary (Del capítulo veintidós): Ella se sentía muerta por primera vez en su vida. Lo único que deseaba era volver a la vida.

Dedicatoria: A Hotarubi86 (espero acordarme bien de tu nick, lo estoy escribiendo sin Internet e.e) gracias por tu ayuda y por todo en general

Y gracias a todos los comentarios, a todas les agradezco muchísimo que comenten y lamento dejarlas tiradas a veces sin subir nada… No dispongo de mucho tiempo y, como dije, mi pc no ayuda.

Espero que haya quedado más largo el capítulo, sé que lo piden pero hago lo que puedo u.u Expliqué por qué son cortos.


Querido diario.

By: Belencitah.

: Mi muy querido diario. ~

Beth sabía que aquél mundo no era como el que conoció hace tiempo. Sabía que ya casi no había bondad, pero jamás imaginó que una persona podía albergar tanta maldad en su interior.

¿Matar a una pobre chica? Eso no era lo peor, lo peor era que aquella chica había sido su "sobrina". Había vivido con esa chica, reído, sufrido, había pasado tantas cosas con esa chica y, aún así, no vaciló al matarla por una razón tan enferma como mantener al padre de la joven con él.

¿Es que aquél bastardo tenía amor por alguien? ¿Ese mundo apocalíptico lo había cambiado? Beth sospechaba que no. A pesar de que aquél mundo si cambiaba a la gente, eso no quería decir que los hiciera criminales despiadados. Gabriel era una fruta podrida y siempre lo había sido, de eso estaba segura.

Reprimió un gemido al ver como Frank caía de rodillas al suelo y sollozaba fuertemente. La pobre chica tuvo que contener sus propias lágrimas. No podía siquiera imaginar el dolor que su amigo estaba sufriendo en ese momento.

Beth quiso acercarse al doctor para consolarlo pero pronto escuchó el gatillo de un arma.

—No te muevas, florecita —susurró un hombre armado, uno de los secuaces del maldito Gabriel—, no hay necesidad de perder gente hoy.

Beth miró a todos con desprecio y luego posó sus ojos en Frank, intentando descifrar en qué pensaba o cómo ayudarlo. Su corazón se partía en dos.

La menor de las Greene sacó valor de algún lugar en su interior. No supo de dónde, lo único que la motivaba en ese momento era el deseo irrefutable de venganza. Venganza por Abi, por Frank, por todos.

—¡No nos vamos a quedar aquí, idiotas! —gritó alto y fuerte, alzando la barbilla y mirando fijamente a Gabriel a los ojos. El hombre apartó la mirada de la chica, por alguna razón no podía mirarla a los ojos por más de unos segundos. ¿Vergüenza, arrepentimiento? Beth no supo, quizá simplemente fue temor… ¿Temor por ella? Aquello solo consiguió darle más fuerza a la joven.

—Cuida esa boca si quieres vivir, niña… —terminó de susurrar una mujer al fondo. Era robusta, de unos treinta años. Rubia de ojos azules, perfecta y letal.

—Merida, no hay necesidad de ponernos violentos. Beth ya comprenderá mis razones —le dijo Gabriel a la rubia apaciguando su temperamento con las manos. Pronto, miró a Beth con una sonrisa de esas propias de él y comentó—: ¿Verdad, linda?

—Muérete, imbécil. Tarde o temprano toda esta farsa se te caerá encima. ¿Te crees intocable? ¡No lo eres! —gritó Beth con toda la rabia que había contenido aquellos días. Sacó pecho y volvió a gritar insultos y barbaridades impropias de ella. Estaba en su límite y aquello era peligroso— Te aseguro que saldré de aquí, buscaré a mis amigos y vendré a terminar contigo, ¡Te lo prometo! No volverás a hacer daño a nadie…

Mientras la joven descargaba la bronca y frustración contenida, el rostro de Gabriel más y más cambiaba. De una sonrisa de compresión mutó a una sonrisa de maldad, una promesa de muerte. Frank notó aquello cuando levantó el cabeza, sorprendido de la actitud de Beth. Aquella chica era mucho más valiente de lo que creyó pero aquella valentía haría que la maten.

Frank siguió llorando y viendo la actitud de Gabriel frente a las incontables blasfemias que Beth le profesaba abiertamente y notó algo que seguramente Beth obvio. Gabriel tenía la mano en el cinturón, más precisamente, en un bulto. Un arma, aseguró Frank para sus adentros. El final era claro. Nadie insultaba de esa manera a Gabriel y vivía para contarlo.

—¡Alto! —gritó Frank como pudo, la voz apenas salía de sus labios. Sus planes habían cambiado. Sabiendo lo que sabía de su hija, ya podía morir en paz, pero aquello no significaba que se hubiera rendido y mucho menos que dejaría a Beth sola a merced de aquél asesino a quien llamó amigo alguna vez.

Todos lo miraron fijamente y con asombro, en especial Beth, quien cerró la boca al instante y se avergonzó un poco de haber dicho tantas barbaridades. Ella no era una persona mal hablada pero en aquella situación no podía pensar en modales y cosas triviales. Odiaba a ese bastardo y se lo hizo saber de todas las formas posibles.

—¿Qué sucede, Frank? —preguntó el cura fríamente. ¿Cómo podía dirigirse a él después de semejante confesión? Beth se repugnaba de él cada vez más.

—No le hagas daño a Beth… —susurró con un hilo de voz pero sin bajarle la mirada a Gabriel. No mostraría sentimiento alguno y por más ganas de asesinarlo que tuviera, tenía que pensar en cuidar a Beth.

La aludida reprimió un quejido. ¡Pobre hombre!

—Me ha faltado al respeto. A mí, un padre, una santidad. ¿Crees que puedo pasar eso por alto? —consultó Gabriel.

—Ella está confundida, por favor permíteme hablar con ella y hacerla entrar en razón —contestó Frank mostrando una increíble compostura.

Beth lo miró completamente estupefacta. ¿Qué sucedía? ¿Acaso la pena y el dolor habían hecho mella en su cordura?

—Pero Frank… Qué… —susurró la chica al hombre a su lado, mirándolo incrédula y sin prestar atención a la sentencia de muerte que Gabriel le profesaba con solo una mirada.

—Cállate, Bethy —susurró con firmeza y ella no pudo hacer otra cosa que obedecer aún sin entender nada. ¿De qué se había perdido? Ella parecía más enojada con Gabriel de lo que él, padre de la joven asesinada, aparentaba. Frank desvió la mirada hacia Gabriel y comentó con la voz quebrada—: ¿Puedo… Puedo acercarme a ella? La haré entrar en razón. No necesitamos más muertes, por favor.

Gabriel se llevó el dedo índice a la mandíbula, como si analizara las palabras del hombre detenidamente. Cerró los ojos un momento y asintió: —De acuerdo, pero nada de trucos.

Con un gesto de mano, hizo que sus tropas bajaran las armas aunque no las soltaron.

El hombre suspiró cansado y se acercó a Beth hasta estar frente a ella. Podía incluso sentir su aliento y escuchar su corazón latiendo demasiado rápido. La chica estaba al borde del colapso.

—Frank… ¿Qué es todo esto? —fue lo único que Beth pudo pronunciar en un susurro, evitando así que Gabriel escuchara.

—Te irás de aquí Beth. Escucha atentamente y no comentes nada. Te apoyarás en mis manos y saltarás lo más alto que puedas la reja. Con suerte pasarás del otro lado, si no es así, agárrate fuerte de la reja y escala hasta ser libre.

—¿Qué..? ¿Y tú? —susurró ella en respuesta y desvió la mirada a Gabriel, quien ya comenzaba a mostrar impaciencia.

—No tengo toda la noche, Frank —comentó con ironía el padre.

—Unos minutos, por favor… —gritó él y se volvió a Beth para susurrar—: No te preocupes por mí. Ya obtuve respuestas, puedo ir con mi hija en paz. Haz lo que digo por una vez.

—No me iré sin ti. ¡No te rindas, por favor! —contestó ella igual de bajo.

—Lo harás y, no importa lo que pase, no intentes volver aquí, ¿entendido? —Susurró en su oído— Sálvate, Beth, y cuídate mucho, pequeña.

—No lo…

—Sí —y dicho aquello, Frank se apresuró a poner sus manos en jarra y, con la velocidad de un rayo, tomó el pie de Beth. Con toda la fuerza de la que dispuso, la tiró hacia arriba.

La chica emitió un grito de susto y sorpresa y, gracias a sus reflejos, logró agarrarse a la reja. No había logrado pasarla pero estaba bastante cerca de la punta. Faltaba escalar unos centímetros y podría ser libre.

—¿Qué…? ¡Maldito! —gritó Gabriel— ¡Abran fuego! ¡Mátenlos!

—¡No! —gritó Beth colgada en la reja con lágrimas cayendo a los lados de su rostro.

—¡Vete, demonios, vete! —gritó Frank y al segundo cayó al suelo en un charco de su propia sangre.

Beth observó la escena con los ojos enormes como platos. No oía nada, lo único que escuchaba era un zumbido en su oído producto del balazo que había acabado con Frank.

—Ve… te —susurró el doctor desde el suelo con la última fuerza que tenía— P… Por favor, vive… Haz… Hazlo.

El hombre no volvió a decir palabra. Su vida había terminado, extrañamente, con una sonrisa. Como si hubiera esperado todos esos años por la muerte.

La chica, aún aturdida, hizo caso al último deseo de su amigo y escaló tan rápido como pudo, como si su vida dependiera de ello. Y, ciertamente, lo hacía.

Comenzó a escuchar una lluvia de disparos y gente gritando, probablemente los pueblerinos asustados, pero a ella no le importó ni miró abajo en ningún momento. Llegó arriba y, sabiendo que dolería, se tiró hacia el otro lado de la valla.

Cayó de espalda al pasto mojado. La reja estaba tapada por un arbusto, por lo que no pudo ver a Gabriel, solo escuchaba un incesante: "¡Abran y búsquenla!" al son de gritos desesperados.

Se levantó como pudo, le costaba respirar por el golpe pero no le importó. Corrió con toda su fuerza con el bisturí en mano y su diario en el bolsillo. Lo único que había podido sacar de allí.

Así corrió por, aproximadamente, una hora, aunque a ella le pareció una eternidad. En el camino se había topado con dos caminantes a los cuales asesinó con un rápido movimiento de bisturí y, por primera vez, lo disfrutó. Disfrutó acabar con los caminantes como hubiera disfrutado hacerlo con Gabriel. Imaginaba el rostro del padre en aquellos muertos vivos. Por primera vez, Beth mató con ganas de hacerlo.

Estaba exhausta, al borde del colapso, cuando se encontró con una camioneta maltrecha y sin ruedas a mitad de una pequeña carretera que atravesaba la parte menos densa del bosque por el cual escapó. No le importó el estado del vehículo ni el hedor putrefacto que tenía, un refugio era un refugio, por lo que abrió como pudo la parte de atrás y la revisó por completo, deseando que no hubiera nada vivo –o muerto- dentro. Por suerte para ella, estaba vacía, por lo que se metió dentro y trabó la única puerta que funcionaba con una tabla de madera que encontró dentro de la misma. Era de noche y no podía hacer otra cosa que quedarse allí esperando al sol y al nuevo día. Aunque, para ser sinceros, la chica ya no tenía esperanza. Estaba sola, había perdido a las personas que quería y siquiera tenía comida o agua. La joven no deseaba ver otro amanecer.

Y se dejó caer, casi desmayada, en el colchón que había en la parte de atrás. Tenía un olor espantoso pero no le importó. Lo único que pudo hacer en ese momento fue llorar, y llorar, y llorar.

Llorar porque estaba sola, completamente sola. Llorar porque ya no tenía más que la compañía de los muertos vivos y de los fantasmas de sus amigos remoloneando en su mente exhausta.

Lloró por Frank, porque aquél hombre se había hecho un espacio importante en su corazón y, de un momento a otro, se había ido. Lloró por lo injusto de aquello. Frank era un buen hombre y merecía una vida feliz, merecía recordar a su hija con una sonrisa y seguir adelante pero aquél maldito… Gabriel había arruinado muchas vidas y, por su falta de valor, seguiría haciéndolo. Porque no tuvo el valor para plantarse frente a él y asesinarlo. Y no es como si no hubiera tenido oportunidad, es que simplemente no había tenido valor.

Comenzó a toser y tuvo que sentarse para evitar ahogarse con sus propias lágrimas. Su vida apestaba, eso no era vida, era existencia.

Lo único que la mantenía con vida era la pizca, por muy pequeña que fuera, de esperanza. Ella tenía la baga esperanza de encontrar a Daryl, a Maggie… Aún tenía la tonta ilusión de volver a vivir.


Espero que les haya gustado y, por sobre todo, que no me odien. Es el Apocalipsis, no todo puede ser color de rosa.

Los adoro.

Bel