¡Navidad! ¡Navidad! ¡Ya es navidad!... Bueno, realmente aún falta poco más de 24 horas, según mi país. Aún así, imaginen que esto se trata de un regalo de navidad para todos ustedes que tanto han esperado por un poco más de interacción con el bebé. ¡En este capítulo definitivamente se gana el protagonismo!

Agradecimientos especiales para Akane Hitomi y la linda Misato. La primera por ayudarme a elegir el diseño y el nombre del nuevo personaje y a la segunda por darme muchas ideas que se utilizaron en este capítulo. ¡Muchísimas gracias a ambas! ¡Saben que sus opiniones y consejos siempre serán tomados en cuenta!

Este capítulo está dedicado para todos aquellos que han estado al pendiente de esta historia y de sus actualizaciones. Estoy muy agradecida por la gran cantidad de comentarios que dejan, ya sea dando consejos, opiniones, o simplemente para pedirme que continúe. Saben perfectamente que me alimento de ellos y me animan a seguir escribiendo, aunque haya tardado un poco más de lo esperado gracias a la gran cantidad de trabajo que tuve en casi todo el mes de diciembre.

¡Una disculpa inmensa! Por favor disfruten de este capítulo totalmente tranquilo y sin niveles alarmantes de drama. Está un poco dulce, pero es inevitable que no lo sea debido a la presencia de cierta tortuguita recién nacida.

¡A disfrutar la lectura!

Capítulo 10: Ese nombre no le va.

Estaba quebrado y todo le dolía; sorpresivamente no tenía un solo musculo del cuerpo deshecho. Pero eso era evidente, pues su malestar era emocional.

No sabía a qué horas había ocurrido la tragedia; sólo tenía en cuenta que algunas horas habían transcurrido desde entonces y justo en estos momentos, el reloj de pared en la habitación de Donatello marcaba piadosamente que apenas era pasada la media noche.

Observó aquellas manecillas apenas iluminadas por la tonta lámpara de lava que su hermano insistió en conservar con recelo desde que era un niño.

«Niño» pensó con el corazón queriendo ser expulsado por la garganta.

Todo, absolutamente todo le recordaba a esa palabra que sabía, a partir de este día, estaría prohibida por la familia. Por lo menos hasta que Donnie pudiera superar todo esto.

Justamente cuando llegó a sus pensamientos el nombre de su hermano, sintió aquél cuerpo entre sus brazos comenzar a temblar ligeramente, mientras pequeños sorbidos se dejaron escuchar en cuanto aclaró su oído; Donatello había despertado, e inevitablemente volvió a llorar.

No podía culparlo, pues al igual que su hermano, todo para él era doloroso; el mantener sus brazos arropando ese cuerpo cálido y delgado. Aquellos sonidos que hacía al intentar reprimir el llanto. Pero más importante aún; el triste recuerdo de aquella manita dejar de moverse repentinamente aún dentro del cascaron.

Todo.

Todo dolía.

Donatello finalmente liberó su pecho y dejó escapar algunos gemidos entrecortados por el llanto, sintiendo Raphael el momento exacto en que aquellos largos brazos carentes de musculatura se aferraban cada vez más a su alrededor, mientras comenzaba a soltar toda esa humedad en el pecho del mayor.

Raphael lo abrazó aún mas fuerte; estaba aliviado de que Donatello no decidiera odiarlo por lo que hizo apenas unas horas antes.

¿Porqué lo hiciste, Raphael?... —preguntó el más joven, casi como si de un suspiro se tratara.

«Oh no… Ahí está» apretó los labios, paciente.

—… ¿Porqué me besaste cuando estábamos en el laboratorio? Frente a nuestra familia. Frente a nuestro padre.

El corazón de Raphael dio un vuelco; no esperaba una pregunta como aquella. Realmente pensó que Donatello comenzaría a reclamar el que lo dejara imposibilitado para intentar revivir a su hijo, pero no; él quería saber la razón del beso. El porqué de una acción tan baja para apoderarse de su razón.

Quería que te distrajeras… —contestó, con el mismo nivel de voz que su hermano—…Que olvidaras.

¿Realmente creíste que funcionaría? —su voz se escuchó un poco obstruida al mantener el rostro aún escondido en el fuerte pecho del mayor.

No.

Su respuesta fue seca y sin más pretextos de por medio; era evidente que nada quitaría a ese bebé de la cabeza de Donatello; ni siquiera una pequeña muestra de afecto por parte de la persona de quien dice estar enamorado.

Pero estaba bien; el propósito se había cumplido y eso era lo verdaderamente importante en estos momentos.

Gracias murmuró Donatello, despegando finalmente su rostro del pecho de Raphael para mirarlo a la cara mientras permanecían abrazados. Sé que lo hiciste por mi bien… Aún y cuando te arriesgaste a que el maestro te diera un castigo mucho más severo.

Raphael no respondió; simplemente se quedó observando con mucho detalle, las facciones en el rostro cansado y triste de Donatello.

Sus ojos estaban hinchados y rojos de tanto llorar, y bajo estos, unas enormes y bien marcadas ojeras se hacía mucho más visibles gracias a la poca iluminación del lugar.

En ese momento, y gracias a que Donatello lo observaba fijamente a los ojos con esos brillantes casi apagados por la tristeza, recordó su rostro plagado de felicidad y lo común que era hace apenas unos meses atrás. Antes de que lo decepcionara y humillara de la forma tan despiadada en que lo había hecho.

Antes de que lo obligara a tener una relación forzada para aprender junto a él.

Antes de que llegara aquella noche borracho a casa y se metiera en su cama con intenciones de reclamarlo como si de un amante se tratara.

Si, al final no había ocurrido algo tan grotesco como el obligarlo a hacer algo que no quería; pero repentinamente se había dado cuenta de que aquello había iniciado todo, y que ambos eran igual de culpables por como habían acabado las cosas.

Entonces, cuando el rostro de su hermano, a unos cuantos centímetros del suyo, se deformó por la tristeza y aquellos ojos oscuros amenazaban con humedecerse nuevamente. Acarició su mejilla expuesta y se acercó a él, regalándole un ligero roce con los labios sobre los suyos, sintiendo inmediatamente como el cuerpo que mantenía abrazado se alteraba un poco, pues como acto reflejo, Donatello le dio un ligero empujón, impidiendo que continuara.

¿Nuevamente quieres hacerme olvidar? cuestionó.

¿Tengo oportunidad? le respondió con otra pregunta.

Donnie apretó los labios para intentar no quebrarse de nuevo; Raphael no sabía lo que pasaba por su mente, pero en estos momentos no deseaba estar con nadie más.

Sus elecciones eran tan sencillas, que si él lo dejaba, preferiría la abrazadora soledad de la madrugada.

Siguió sin contestar, pero sus pensamientos se alejaron de un tentador paisaje en soledad cuando sintió los brazos de su hermano rodearlo nuevamente y poner suficiente fuerza para saber que no lo soltaría por un buen tiempo.

Sólo… permanezcamos así unos momentos más dijo, soltando sus palabras sobre el cuello grueso y ahora húmedo del mayor. Es lo único que quiero.

Raphael sonrió, forzado; definitivamente el intentar distraer la mente de Donnie, sería al mismo tiempo una razón para no pensar en aquél pequeño que no había logrado nacer.

Abrió los ojos nuevamente; eran las tres de la mañana.

Apenas tres horas habían pasado desde que logró hacer que Donnie durmiera un poco, y podía sentir la diferencia, pues tanto su cuerpo como aquél que mantenía rodeado con sus brazos, estaban totalmente relajados.

Lo malo era que su hermanito usaba uno de sus brazos de almohada mientras escondía el rostro en su corto y grueso cuello, el cual ya se encontraba humedecido gracias a la respiración apacible del menor.

Quiso mover un poco su brazo para deshacerse del pequeño cosquilleo que comenzaba a sentir en todo lo largo de este, pero no pudo evitar que Donatello abriera ligeramente los ojos por el movimiento y levantara un poco la vista perezosamente.

Paró enseguida para no seguir perturbando el sueño del menor, pero este lejos de volver a cerrar los ojos para seguir durmiendo, se acomodó un poco más en su lugar, haciendo que sus frentes quedaran una contra la otra, regalándole una apenas y notable sonrisa que parecía débil gracias a que recién despertaba.

—¿Estás mejor? —preguntó Raphael, sintiendo su aliento topar contra la boca de su hermano al estar a un par de centímetros de distancia.

—Si —emitió en un ligero suspiro—. Creo que el efecto de los calmantes por fin pasó; ya puedo sentir todo mi cuerpo, el cual, está totalmente molido.

Raphael lo observó con una apenas notable sonrisa en su rostro y después utilizó su mano libre para acariciar las mejillas de Donatello.

Entonces volvió a ocurrir; se quedaron viendo uno al otro durante algunos segundos más, hasta que fue el mismo Donatello, esta vez, quien unió sus labios en un toque delicado para no asustarlo.

Pero Raphael no se molestó en alejar a su hermano, pues a su memoria volvieron los gratos recuerdos de aquellas sesiones nocturnas en las que su hermanito le regalaba apasionados besos y la libertad de acariciar sus piernas como él deseara.

Tal vez fue por eso que instintivamente llevó una de sus manos a las delgadas piernas de Donatello al mismo tiempo en que le dio una ligera mordida a los apenas delineados labios del menor. Este último dejó salir un suspiro cuando sintió el ligero pinchazo de dolor que los dientes de su hermano hacían sobre su carne, por lo que decidió levantar una de sus piernas, reposándolas sobre los gruesos músculos de las piernas de Raphael para que este pudiera seguir tocando sin detenerse.

El corazón de Raphael se aceleró un poco cuando noto aquella delgadez rodearlo, invitándolo a que tocara todo lo que deseara en aquellos momentos; pero en la mente del mayor estaba se estaba formando una tormenta en la cual, notablemente, una de las partes estaba ganando, pues a pesar de sentir aquellos muslos débiles, con poco musculo y piel flácida por su repentina pérdida de peso, no podía evitar que aquél calor lo envolviera; tanto de las extremidades que lo rodeaban como de los suspiros que ahora mismo Donatello arrojaba dentro de su boca al mantener el beso todo este tiempo.

Repentinamente, un fuerte recuerdo con sabor a chocolate vino a su mente, pues la primera vez que se besaron estando los dos totalmente sobrios, había sido en una de sus tantas citas fallidas, mientras intentaban cocinar un postre que salió mal y dejó a Donatello salpicado en chocolate.

Recordaba perfectamente su rostro de sorpresa cuando lo besó repentinamente, y el cremoso sabor del chocolate mientras lo degustaba alrededor de su boca y el interior de esta.

Para su desgracia, ese día se había dado cuenta de que su hermano era un excelente besador, el cual podía seguirle el ritmo en todo momento, cosa que justo hacía en estos momentos.

Sintió la lengua de Donatello dejar de degustar su boca cuando tuvieron que separarse, tomando ambos una ligera bocanada de aire mientras no dejaban de observarse a los ojos.

Desde ese día lo aceptaba oficialmente; amaba los besos de Donatello. Eran embriagantes y cargados de emociones.

—Sólo hazlo, ¿quieres? —pidió Donatello, desviando la mirada en momentos, totalmente sonrojado.

—Pero Donnie, ayer dijimos que…

—Sé lo que ocurrió —lo interrumpió—. Así que esto puede quedar sólo en este momento y nunca volver a hablar del tema mientras fingimos que nunca ocurrió. Además… tu cuerpo dice mucho más que tus palabras, Raph.

El más joven bajó una de sus manos por todo el plastrón de su hermano, acariciando sólo con la punta de los dedos los pliegues que en estos momentos se encontraban escondidos por debajo de la sabana, hasta que llegó a la entrepierna de Raphael, la cual parecía un poco más abultada de lo normal.

Sabía que era verdad porque el calor en su cuerpo se estaba concentrando en esa parte baja e intima, la cual comenzó a cosquillear un poco más cuando sintió los delgados dedos de Donnie sobre su plastrón bajo.

Rápidamente se levantó de su lugar, provocando un instantáneo frio en Donatello al no poder abrazar más aquél cuerpo tan perfecto, el cual se arrodilló a toda prisa entre las piernas del menor cuando este las separó para que pudiera hacerse lugar sin problema.

Raphael no sabía que decir ante todo aquello; a final de cuentas sabía que no podía engañar a su mente, pues deseaba seguir tocando hasta el último rincón de aquella piel pálida y llena de marcas amoratadas, pero no podía dejar de pensar que se estaba provechando de la situación para conseguir algo que desde hace días le hacía falta.

El momento era malo, lo admitía, pero cuando estaba a punto de mencionar algo al respecto, sintió las piernas de Donatello rodearlo completamente por la cintura, indicándole que acercara su cuerpo un poco más.

Estaba buscando su calor, y él parecía bastante distraído con sus pensamientos.

—¿Ya te arrepentiste? —preguntó el menor.

Raphael negó sin emitir palabra; por ningún motivo dejaría de lado la oportunidad que tenía enfrente, pues era evidente que ambos lo deseaban por igual.

Junto mucho más sus cuerpos, provocando que Donatello separara un poco más sus piernas y quedaran totalmente abiertas cuando sintió la pelvis de su hermano golpear ligeramente su intimidad.

—Nh…

Donatello no pudo reprimir un ligero gemido que salió de su boca antes de que su hermano pusiera una mano sobre su vientre y la otra en su propia entrepierna. Supo sus intenciones cuando comenzó a masajear la ya hinchada abertura entre su plastrón bajo, pues quería comenzar a estimularse para estar totalmente firme antes de adentrarse en su interior.

—Q-quiero ayudar —pidió, abochornado cuando vio aquella mano grande comenzar a acariciarse.

Pero la intención no le duró mucho tiempo ambos, ya que mientras uno deseaba ayudar al otro a conseguir rápidamente una erección, y este ultimo ansiaba sentir aquella mano ajena tocarlo con torpeza y dedicación, la puerta se abrió repentinamente, dejando escuchar medio segundo antes unas fuerte pisadas por todo el pasillo antes de que el ruido de la puerta chocando contra la pared fuera lo único que retumbara dentro de la habitación de Donatello.

Se trataba de Leonardo.

—¡Donnie! ¡Ven rápido! ¡Acaba de…!

—¡Maldición, Leo! —lo interrumpió el joven más rudo con un grito cargado de terror—. ¡Sabes perfectamente que debes de tocar antes de entrar!

Leo, quien iba completamente feliz y acelerado, vio en el momento justo de abrir aquella puerta, a su hermanito más inteligente tomar la sabana y cubrirse como acto reflejo, aunque era evidente que sus piernas enredadas alrededor de la cintura de Raphael daban una excelente pista de lo que estaban haciendo justo el momento en que fueron interrumpidos.

—¿Ustedes están…? ¡Mah! No importa… ¡Dejen lo que están haciendo y vengan! ¡Rápido! —dijo presuroso, el mayor.

—¡Claro que no! ¡Saca tu flacucho trasero de aquí y déjanos coger en paz! —dijo, arrojándole la protección que se quitó del brazo izquierdo.

Bajo la sabana, Donatello quería morir de la vergüenza mientras escuchaba la protección de Raphael ser evadida fácilmente por su hermano mayor, el cual, su respiración agitada, dejaba en evidencia que había corrido para encontrarse con ellos.

—Suelta las piernas de Donatello por un momento y vengan al laboratorio ¡rápido! —ordenó—. ¡Él está vivo!

En cuanto escuchó esto, Raphael dejó de intentar arrancarse la otra protección de su brazo derecho para seguir arrojándole cosas a su hermano mayor con tal de que los dejara a solas unos minutos más. Su respiración se detuvo, junto con los latidos del corazón de Donatello, pues podía sentir su cuerpo comenzar a temblar debajo de aquella delgada sabana.

—¿Qué? —preguntó, casi como en un suspiro mientras observaba, con los ojos muy abiertos, a su hermano mayor de pie frente a la puerta.

Supo que estaba teniendo un buen sueño cuando encontró aquellas imágenes en que el huevo se rompía y pudo ver una preciosa tortuguita que se parecía en todo a él. Y lógicamente, quiso seguir soñando hasta el cansancio.

Era feo el sentimiento en su interior de saber que en cuanto despertara, la realidad sería otra; una terrible y difícil de creer.

Se había hecho tantas ilusiones con ese niño, que a pesar de no ser su hijo, sería algo nuevo y hermoso en su vida; un bebé con quien jugar, a quien posiblemente le enseñaría a hacer bromas a su propio padre y a salirse con la suya todo el tiempo utilizando la ternura que seguramente traería consigo.

Pero ahora no tenía eso ni mucho menos. Realmente lo sentía por Donnie; era evidente que sería el más afectado por todo esto.

Pero las cosas se salieron de control cuando la voz de Leo lo despertó; pues aunque escuchó sus gritos alejarse cada vez más, supo que era hora de volver a la realidad, aunque no de la forma en que lo estaba haciendo.

En cuanto la voz de Leo dejó de escucharse, se removió en su lugar, pues el cuello y los brazos dolían después de pasar la noche recostado sobre la mesa del laboratorio de Donatello. Y antes de siquiera pensar en desperezarse y preguntar el motivo por el que su hermano mayor gritaba por los pasillos de la guarida, sintió algo cálido y pequeño golpear la mejilla que mantenía descubierta.

Repentinamente, supo que una de sus manos se encontraba sobre un pequeño bulto sobre la mesa que no paraba de moverse y temblar, por lo que rápidamente se enderezó en su lugar y abrió los ojos para identificar aquello que evidentemente estaba llamando su atención.

Y lo vio; vio a una pequeña criaturita que a simple vista su tamaño le permitiría caber en sus palmas con toda comodidad, con su oscura piel verde ligeramente enrojecida por los pucheros que en estos momentos evidenciaba al mantenerse su diminuto caparazón sobre la mesa, pataleando a la nada y buscando difícilmente la forma de volver a una posición más cómoda.

Rápidamente Mikey cayó en cuenta de que con sus bruscos movimientos había incomodado a la pequeña tortuga, dejándola imposibilitada al estar panza arriba.

Helado, y sin saber qué hacer, Mikey lo observó continuar su esfuerzo imposible por volver a colocar sus piececitos sobre la mesa, viendo como su rostro enrojecía cada vez más conforme los segundos transcurrían.

Finalmente, tras reaccionar ante lo que estaba viendo, se acercó un poco más a la mesa, logrando ver sus ojos fuertemente cerrados y ya humedecidos por el seguro llanto que no tardaría en llegar si lo dejaba así. Y entonces, después de analizar su boquita totalmente abierta y por completo desdentada, supo lo que debía hacer, por lo que tomó a la tortuguita de los costados, y la giró con todo el cuidado que sus grandes manos, a comparación de las del bebé, podían ofrecerle.

Lo dejó justo en el lugar que anteriormente había ocupado su cabeza mientras dormía, pues seguramente el área aún guardaba un poco del calor que despidió al dormir; y lo supo porque la pequeña tortuga se quedó ahí, contrayendo un poco sus extremidades y su cabeza, la cual era algo grande para su cuerpo, formando un pequeño y redondo bulto que segundos después comenzó a temblar ante la evidente falta de calor.

Se tomó la molestia de observar un poco más aquella escena, llevándose las manos a la boca para no emitir sonidos que pudieran perturbar el sueño de la pequeña tortuga que intentaba dormir frente a él; todo alrededor era un desastre. Podía ver sobre la mesa, casi al otro extremo, la jeringa que Leo había utilizado para inyectar los calmantes en el cuerpo de un descontrolado Donatello, mientras, no muy alejado del bebé durmiente, había restos de cascaron seco, un liquido extrañamente blancuzco y unas cuantas gotas de sangre que incluso pudo notar, el pequeño aún llevaba en su caparazón.

Entonces, después de todas aquellas pruebas frente a él, y ante el repentino sonido de fuertes y rápidas pisadas que se acercaban, pudo saber que no se trataba precisamente de un sueño.

—¡Mikey!

La primera voz que escuchó fue la de Raphael, quien al parecer había corrido mucho más rápido que los demás.

Cuando se giró a verlo, lo notó de pie en la entrada del laboratorio, reposando una de sus manos sobre el frio marco de la puerta, formándose repentinamente la figura de Donatello llegar corriendo tras él, chocando un poco sus costados cuando le dio un ligero empujón para entrar.

Su inteligente hermano se acercó dando grandes zancadas con Raphael y Leo tras él; este último también había hecho un gran esfuerzo por llegar lo más rápido posible, pues su respiración agitada lo delataba fácilmente.

Quedó estático a poco menos de medio metro de distancia, escaneando cada centímetro de la pequeña figura mientras dormía de forma incomoda sobre la mesa; su rostro aún estaba hinchado, lo que le decía claramente que tenía minutos, o incluso unas pocas horas de haber nacido.

Acercó lentamente su mano para poder tocarlo, pero en cuanto esta bloqueó la débil luz que salía de la incubadora, por lo que la tortuguita reaccionó ante el cambio y se sobresaltó un poco en su lugar.

Donatello hizo exactamente lo mismo, pero en su lugar dio un paso hacia atrás, chocando su caparazón con Raphael, quien ya le seguía el paso al desear acercarse al pequeño.

El mayor de ambos lo tomó por los hombros para que no siguiera moviéndose, por lo que asomó su mirada por uno de los costados de su hermano antes de obligarlo a caminar nuevamente hacia la mesa.

No lo entendía; Donatello debería estar sobre ese niño, revisando a detalle su estado de salud por aquél desconocido tiempo que se mantuvo sin una pisca de atención sobre él.

Finalmente, el más alto de los hermanos movió sus pies rápidos pero ligeros, pues los gestos que podía ver en la pequeña y redonda carita de su hijo le decía estaba a nada de romper en llanto.

"Su hijo", pensó en cuanto posó uno de sus dedos en la cabecita calva y tibia del pequeñuelo.

Cuando lo notó tranquilizarse tras el delicado roce de sus dedos, se animó a tomarlo entre sus manos, acunándolo boca arriba como cualquier bebé recién nacido.

Raphael se colocó a su lado cuando terminó de acomodarlo entre sus brazos, por lo que fácilmente pudo pasar su vista del bebé al rostro de Donatello y viceversa. Su hermano estaba que no cabía en sí; el tener a ese niño vivo entre sus brazos lo había hecho volver a la vida de una forma impresionantemente rápida, por lo que era de esperarse que incluso pudiera pasar horas ahí, observando a detalle cada una de las facciones que formaban al infante.

—¿Está… bien? —preguntó, sintiendo inmediatamente cómo sus dos hermanos restantes los rodeaban para de igual forma no perder detalle de lo que el bebé hacía entre los brazos de Donnie.

—Para mí luce bien —dijo Mikey, con la sonrisa más grande de todos los presentes.

Todos vieron el momento exacto en que la pequeña tortuga llevó una de sus manos a la boca, la cual, cerrada en un puño, comenzó a chupar sonoramente.

—Creo que tiene hambre —dijo entre risitas nerviosas, Leo.

Pero Donatello seguía sin parpadear; su interés completo estaba sobre los movimientos toscos y molestos del bebé.

Raphael chasqueó los dedos frente al rostro del más alto para que reaccionara; cosa que funcionó, pues rápidamente puso su atención sobre el rostro confuso de su hermano de bandana roja.

—Será mejor que muevas tu escaso trasero y revises el estado de ese niño antes de que otra cosa suceda —finalmente mencionó Raphael, ante la rojiza y ahora brillante mirada de su hermano.

Donatello acunó nuevamente a la pequeña criatura en sus brazos mientras Leonardo le ofreció una pequeña manta con la cual arroparlo; aún temblaba, por lo que le tomaría la palabra a Raphael y se movería de inmediato para revisar su estado de salud.

Tras esto, escuchó al más joven de sus hermanos emprender el camino rápido hacia la salida del laboratorio; Splinter tenía que saber lo que estaba ocurriendo.

Estaba recargado en una de las paredes un par de metros retirados de la mesa de operaciones que utilizaba Donatello para revisar al pequeño, y podía soportar el tiempo que debía esperar para saber la opinión de Donnie en cuanto a la salud de su hijo. Pero aquello que lo estaba volviendo loco, era la reacción de su padre ante todo esto, pues no paraba de ir y venir a lo largo del laboratorio en espera de lo que su hijo genio tuviera que decir.

Leo había decidido esperar un poco para dar aviso a sus amigos sobre el nacimiento de su sobrino, pues aún faltaba un por lo menos una hora para que amaneciera, por lo que prefería darle más tiempo a Donatello para que hiciera lo suyo.

Raphael al saber que Leo y Mikey permanecían hablando entre ellos, seguramente el menor contándole todas las cosas que tenía planeadas para el bebé, y Splinter parecía simplemente no querer salir de su ensimismamiento hasta tener buenas noticias, el de rojo decidió acercarse un poco más a su hermanito y terminar de una vez por todas con el delirio que se estaba viviendo dentro de aquella enfermería improvisada.

Al acercarse, vio con más detalle que Donatello ponía sobre el pecho del niño algo a lo que él llamaba estetoscopio, por lo que cerró los ojos para poder concentrarse más en la revisión del corazón de su bebé.

—¿Cómo se escucha? —preguntó, sonriendo al ver lo entretenido que estaba el de morado con aquél extraño sonido que al parecer únicamente él disfrutaba.

—Perfecto —dijo al mismo tiempo que emitió un fuerte suspiro—. Tiene el corazón tan sano como el de cualquier bebé recién nacido. Este niño está en perfectas condiciones, y el haber quedado tan desprotegido por un pequeño lapso de tiempo pareció afectar en nada.

Como era de esperarse, el agudo sentido del oído que tenía Splinter le hizo saber inmediatamente la opinión de Donatello, por lo que caminó rápidamente hacia ellos, seguido por Leo y Mikey, quienes apresuraron el paso al verlo prácticamente correr hacia el lugar donde tenían al bebé.

—¿Tiene algo mi sobrinito? —preguntó presuroso, Mikey.

—Al contrario —Donatello tardó nada en responder, acariciando con uno de sus dedos la cabecita y las mejillas enrojecidas del bebé—; su estado de salud es indudablemente bueno. Este niño tenía una fuerte voluntad de vivir, y pudo con todas las adversidades que se le pusieron enfrente.

El de morado se mostró risueño ante esto, y todos lo notaron.

—Igual de terco y cabeza dura que papá Raphie, ¿cierto? —preguntó Leo a la pequeña tortuguita que en estos momentos acariciaba una de sus mejillas con la mano suave y tibia de Donatello, dormitando sobre una cama de gruesas mantas completamente improvisada.

Entonces, ante un rápido destello de lucidez tras las palabras de Leo y los repentinos brazos de su sensei haciéndose paso entre todos ellos para cargar a su nieto, Raphael recordó algo que no dejaba su mente desde el momento en que el primer trozo de cascarón cayó del huevo, dejando en evidencia un color tan intenso que sólo uno de ellos tenía el privilegio de tener; hasta este momento.

—Exijo una respuesta clara, Donnie —ordenó Raphael, atrayendo la atención de su hermano, quien en estos momentos jugaba con los pequeños piececitos del bebé aún en los brazos de Splinter.

—¿De qué hablas? —preguntó, extrañado—. Ya dejé muy en claro que el bebé esta perfec…

—No hablo de eso —lo interrumpió, sintiendo todas las miradas presentes sobre él—. Claramente nos dijiste a todos que este niño era casi un clon tuyo, y que simplemente habías reemplazado los huecos de tu mal hecha estructura genética con la mía para que pudiera sobrevivir al nacer. Todos pensamos que ese niño sería idéntico a ti, y ahora resulta que es como verme a mí cuando era sólo un bebé recién mutado. ¿Qué rayos significa eso?

Donatello apretó los labios ante esta pregunta bastante bien elaborada por parte de su hermano, sintiéndose el centro de atención ahora que a todos pareció interesarles lo que tuviera que decir respecto al tema.

—Ah… Eso —dijo entrecortado, tratando de ganar tiempo.

—Si, Donnie —esta vez fue Leo quien llamó su atención—. Incluso yo estaba esperando ver una versión pequeña de ti con algunas variaciones no muy significativas. Pero sólo observa sus ojos; nadie más que Raphael los tiene. Ese color es poco común entre nosotros.

—No me lo tomen a mal, pero… —fue el turno de Splinter por tomar la palabra—… este niño tiene incluso más parecido a Mikey que a Donatello; sólo miren todas esas marcas en su piel y la forma de su rostro

El joven científico suspiró; efectivamente el también lo había notado, y estaba casi seguro de tener la teoría acertada para una explicación convincente. Pero si se decidía por hablar de eso, su familia se enteraría de un secreto que hasta donde él estaba enterado, sólo él sabía.

—Es que… —tartamudeó un poco—… si les digo la razón por la cual creo que ocurrió eso, podría arruinar lo que hasta ahora somos como familia; todo ese pensamiento que nos inculcó sensei desde niños sobre los lazos de sangre y…

—¿Hablas de las estúpidas pruebas de ADN que hiciste no hace mucho? —preguntó Raphael queriendo ir al grano de la manera más eficiente que conocía.

Donatello y Michelangelo palidecieron ante esta pregunta; el primero porque otro más de sus secretos había sido descubierto, y el otro porque simplemente sabía que el culpable de que sus hermanos se enteraran de esas pruebas era precisamente él.

—¡Raph! ¡Lo prometiste! —reclamó Mikey, golpeando incontables veces el caparazón del mayor con la palma de sus manos.

—Está bien, Mikey —lo calmó Leo, ante la incrédula mirada de Splinter—. Creo que ya va siendo hora de que todos en esta familia estemos al tanto de nuestros orígenes.

—¿Quieren explicarme por favor qué es lo que está ocurriendo? —preguntó el padre, tratando de no levantar la voz al mantener en sus brazos al más reciente miembro de su familia—. Alguien explíqueme por favor porqué parece que Donatello sufrirá un nuevo colapso respiratorio.

Los hermanos, a excepción del más inteligente, le contaron a Splinter sobre las pruebas que descubrieron en el laboratorio de Donatello, y las cuales seguramente había realizado para elegir al candidato ideal para procrear un hijo.

Conforme sus deducciones salían a la luz, Splinter parecía aún más pensativo al respecto, no dejando de observar el tierno rostro de su nieto mientras escuchaba esas palabras que a más de uno pareció afectar… al menos en un principio.

—No puedo creer que ninguno de ustedes me haya reclamado algo sobre estas pruebas que realicé sin su consentimiento —dijo Donatello, cabizbajo por la pena.

—Pensábamos hacerlo —mencionó el de rojo, atrayendo aquellos ojos recién iluminados de su hermano hacia él—. Pero rápidamente supimos cual era la razón por la que lo habías hecho y decidimos esperar a que fueras tu mismo quien tomara la decisión.

—Realmente a nadie nos afecta, Donnie —prosiguió Leo, regalándole una pequeña sonrisa consoladora a su hermanito—. Era necesario que tú supieras esas respuestas para poder proseguir con tu experimento, pero realmente para nosotros la situación es la misma; crecimos como hermanos y así será siempre.

Mikey asintió efusivamente para intentar calmar los nervios de su hermano, y aparentemente, los de Splinter también.

—Pero… —interrumpió Raphael—… eso aún no responde la pregunta inicial. ¿Por qué ese niño pareciera que es más hijo mío y de Mikey que de nosotros dos? —preguntó directamente al de morado.

Donatello observó a su hijo con algo de melancolía; realmente había sucedido.

—No existe una explicación más simple que decir con todas sus letras que mi ADN era una mierda —sonrió nervioso el joven científico ante los gemidos de sorpresa de sus hermano por aquella palabra recién expresada.

«Vaya, se siente bien decirlo con todas sus letras», pensó Donatello, liberando cierta parte de sus emociones con aquellas palabras comúnmente expresadas por Raphael.

—Donatello —recriminó el anciano, recordándole que había un niño presente en aquella habitación.

—Lo siento —se disculpo, poco apenado—. Pero es la verdad; el huevo, ayudado por los componentes dominantes del mutágeno, eligió la información que mejor le convenía para desarrollarse y sobrevivir cuando fuera mayor, por lo que la información de Raphael fue mucho más atractiva para él que la mía. Y en cuanto a que se parece a Mikey; les recuerdo que ambos tenemos a los mismos padres, por lo que el mutágeno seguramente se quedó con la información más fuerte que tenía a la mano, y cuyo origen era de mi progenitor que se parecía a Mikey, y no a mí.

—Eso explicaría todo —dijo Leo después de cavilar las palabras de Donatello.

—¡Eso es genial! —expresó el menor de los hermanos, dando un par de saltitos mientras observaba al pequeño recién nacido—. ¡Tengo un sobrinito que se parece a mí!

—¡Eso no es verdad! —saltó Raphael en su lugar, obligando al menor a que se calmara un poco—. ¡Será idéntico a mí! Solo tendrá tus moletas pecas por todo el cuerpo… Pero no importa, porque lucirán mucho mejor en él que en ti. ¡Te lo aseguro!

Y tras esto, Raphael aplastó la cabeza de su hermanito con una de sus enormes manos mientras los demás soltaban unas ligeras risitas debido al espectáculo.

Ante tal distracción, Donatello observó con un poco más de detalle a su padre, quien seguía meciendo entre sus brazos aquella pequeña tortuguita que parecía dejar de lado toda preocupación con su simple presencia, pues Splinter parecía totalmente calmado a pesar de las recientes declaraciones.

—¡No puedo creerlo! ¡¿Por qué no nos avisaron antes?! —reclamó la pelirroja, caminando lo más rápido que sus hinchados pies le permitieron.

Casey se alarmó un poco al verla casi correr de aquella manera, pero después se tranquilizó un poco cuando lo primero que vio al entrar a la estancia de las tortugas fue precisamente a Donatello, sosteniendo entre sus brazos un pequeño bulto envuelto en una de las contadas mantas azules que le habían sido obsequiadas el día anterior.

En cuanto April lo tomó en brazos, dedicándole unas palabras dulces y felicitando a su mejor amigo por haberse convertido en padre, notó inmediatamente el color de la piel de aquella tortuguita recién nacida, cayendo en cuenta inmediatamente que su fisionomía no podía mentir; ese bebé era hijo de Raphael, y nadie podía negarlo, pues los brillantes ojos con los que el pequeñito observaba a los rojizos labios de la chica mientras le hablaba, tenían sin duda el color y forma de los ojos de su mejor amigo.

Apenas notando esto, no pudo atinar a hacer otra cosa que acercarse a Raphael, quien estaba detrás del sofá en el que Donatello permanecía sentado, seguramente atento a cada uno de sus movimientos.

En cuanto notó que Casey deseaba hablarle, se alejaron un poco de los demás y decidieron hablar a solas, pues la tonta sonrisa del pelinegro decía claramente la sarta de boberías que deseaba exteriorizar.

—Eres un bastardo —comenzó el joven humano en cuanto chocaron sus manos a modo de saludo—, te convertiste en padre antes que yo; felicidades.

—Viejo, no tienes idea por lo que tuvimos que pasar para tener a este niño en nuestros brazos —dijo Raphael, no sabiendo que tipo de sonrisa mostrarle a su amigo—. Por un momento creímos que él había muerto; debiste ver la reacción de Donnie. Creí que iba a recaer.

Casey lamentó lo sucedido y le pidió a Raphael que le contara todo con detalle, mientras un poco retirado de ahí, April los observaba al mismo tiempo que le entregaba nuevamente su hijo a Donatello.

—Debió haber sido un infierno —dijo la chica, no sabiendo exactamente qué opinar sobre lo que sus amigos le acababan de contar.

—No tienes idea —dijo Donnie como en un suspiro, tomando con sus dedos, una manita que el pequeño había sacado de la gruesa manta.

—¡Pero Jade ya está aquí! ¡Y eso es lo que importa! —mencionó el hermano más joven, con alegría.

Todos se le quedaron viendo a Mikey, quien repentinamente le había cambiado el nombre al niño de Rubí a Jade; nombre que él mismo le había puesto.

—¿Porqué el cambio? —preguntó Donatello, desconfiado.

—¡Es evidente, D! —dijo, orgulloso—. Le puse Rubí porque creí que se parecería a ti en casi todo, pero ahora al ver que tiene los mismos ojos de Raph, es más que obvio que ese nombre no le va. ¡Creo que Jade es perfecto!

—¡Deja de intentar ponerle nombres de niña a mi hijo! —explotó nuevamente Raphael, aún estando un poco alejado de donde se encontraba Mikey—. ¡No se llamará Rubí ni mucho menos Jade! ¡Su nombre será Guilles! ¡Lo he decidido!

—¡Claro que no! —intervino esta vez Donnie, abrazando instintivamente a su pequeño niño—. ¡Estás demente si crees que le pondré a mi hijo el nombre de un asesino serial! Ya lo he pensado y su nombre será Tesla.

Leonardo ahogó una risita burlesca que no pudo evitar cuando escuchó este último nombre por parte del propio progenitor del bebé.

—Lo siento, Donnie —se disculpó en cuanto vio la mirada reprobatoria del menor—. Pero por favor no le pongas ese nombre a tu propio hijo si no quieres que le vaya peor que a ti en cuanto a burlas de chico genio.

—Leo tiene razón —intervino Raph, antes de que a su hermanito se le ocurriera abrir nuevamente la boca en contra del mayor—. No le vas a poner un nombre tan ridículamente ñoño a ese bebé. Creo que la mejor opción que tenemos es que Splinter elija uno inspirado en ese tonto libro donde sacó los nuestros.

—Esa es una buena idea —mencionó el hombre rata, pensativo—. Otros grandes artistas del renacimiento fueron Tiziano, Paolo… ¡Oh! ¿Qué tal, Lorenzo?

—Ah… me retracto —dijo entre dientes, Raphael.

—Lorenzo es bonito nombre —mencionó la única chica presente, mientras ponía una de sus manos en su abultado vientre y la otra en la diminuta cabeza del recién nacido—. Creo que queda perfecto.

—Por favor no le hagas caso, viejo —dijo el joven pelinegro entre risitas—. El embarazo la pone un poco sentimental y no la deja pensar con claridad; ese nombre es terrible.

—Y que lo digas —le dio la razón el de la bandana roja.

Donatello observó a la chica lanzarle una mirada de enfado a Jones, y escuchando de fondo las risas de los otros dos cabezas huecas, se detuvo a contemplar el pequeño rostro de su hijo, quien parecía totalmente tranquilo entre sus brazos.

—Qué decisión tan difícil —mencionó en voz baja, mientras observaba sonriente a April y Leo, pues eran aquellos que permanecían sentados frente a él

Parecía una eternidad el momento en que vio a Mikey salir corriendo en busca de Splinter, pero esta vez por una razón diferente:

—¡Vamos Donnie! ¡Has que se calle! —Raphael mantenía sus oídos tapados con sus gruesos dedos debido al llanto incontrolable de la pequeña criatura, cuyas razones hasta ahora eran desconocidas.

Leo, tratando de apoyar a su hermano, notó el rostro nervioso ante unos pensamientos aparénteme en blanco del más alto; realmente no tenía idea de qué era lo que quería, pues por más que le era entregada aquella mamila llena de esa extraña formula blancuzca que Donatello había inventado para alimentarlo, el niño la rechazaba sin más, mientras proseguía con los fuertes gritos que lo hacían lagrimear cada vez más.

—¡Vaya! —dijo Leo, quitándole el biberón a Donatello para que no insistiera en algo que evidentemente no era lo que el bebé necesitaba—. ¡Qué pulmones!

—¿Qué hago? ¿Qué hago? —se preguntó el más alto, sintiendo más presión ante la mirada endemoniada de Raphael, quien seguía reclamando que callara al niño.

El de rojo no lo soportó mucho, por lo que rápidamente hizo a un lado a sus tontos hermanos para quedar de frente al bebé, que en ningún momento había bajado el volumen de sus llantos.

—¿Qué es lo que ocurre, bebé? ¿Por qué no quieres tomar la fea comida que tu mamá preparó para ti? ¡Ya la bebiste antes y se suponía que te gustaba!

En cuanto Raphael habló, como por arte de magia, el pequeño comenzó a disminuir el llanto, y aún con su rostro bañado en lágrimas, comenzó a sonreír mientras miraba a la nada, mostrando nuevamente su boquita redonda y encías limpias e hinchadas al no tener ni un solo diente en ellas.

Comenzó a emitir sonidos muy similares a risas, pero en cuanto todos lo observaron con emoción, torció nuevamente sus facciones y comenzó a llorar; esta vez más fuerte.

—¿Qué rayos fue lo que ocurrió? —pregunto Raphael, arrebatándole el biberón a Leo para intentar alimentar a su hijo nuevamente.

Rápidamente, el bebé volvió a bajar el llanto, pero en cuanto escuchó silencio, volvió a la rutina.

—Creo que… le gusta tu voz —dijo Donnie con media sonrisa en el rostro.

—¡¿Qué está ocurriendo aquí?! —preguntó Splinter, quien recién llegó con la cabeza envuelta en una toalla y una bata de baño escurriendo—. ¿No puedo ausentarme veinte minutos porque ustedes provocan un desastre de todo esto?

—¡Sensei! —dijo Donnie, como viendo a un super héroe llegar justo en el momento en que vio la figura de su padre por delante de Mikey, junto al marco de la puerta—. ¡Por favor! ¡Ayuda! No quiere la comida que le ofrezco.

—Porque no tiene hambre —recalcó Splinter, como todo un experto en el cuidado de niños pequeños—. Revisa por debajo de esas mantas, tal vez encuentres la respuesta. Ahora… iré a terminar mi ducha antes de ganar un resfriado.

En cuanto vieron a su maestro retirarse, Donatello se apresuró a levantar la pequeña manta azul del bebé y palideció ante lo que vio ahí debajo.

—¡Santo Darwin! —se alejó rápidamente, poniendo las manos en su boca ante la imagen.

—Sólo se ensució un poco —dijo Mikey entre risitas, burlándose de Donatello por aquella reacción tan inusual de su hermano mientras miraba bajo las mantas—. Debes limpiarlo.

El rostro del más alto se volvió de terror y tomó un color azul que denotaba claramente que su estomago estaba totalmente revuelto.

—¿Y te dices su madre? —preguntó Raphael, dándole un ligero golpe con el puño en el hombro para que se desbordara un poco más—. Se supone que eres un científico, has visto cosas mucho más asquerosas dentro de ese laboratorio que la popó de tu propio hijo.

Para finalizar, le dio una palmada en la cabeza y tomó algunas cosas de la cuna aún repleta de accesorios para bebé.

—Mikey, levántalo; Leo, quita esa manta y…

—¡Tírala! ¡Tírala! ¡Directo al basurero! —rogó Donnie a su hermano mayor en cuanto tomó la manta.

—Tú, Donnie… —siguió proliferando ordenes el de rojo—…. Coloca una nueva manta sobre la mesa.

El de morado obedeció, y en cuanto Mikey colocó nuevamente al bebé sobre la manta nueva, Raphael prosiguió con su trabajo; levantó las piernitas gordas del pequeño y comenzó a limpiar la suciedad con aquellas toallas húmedas y perfumadas que April le había mencionado a Donnie más de una vez para lo que servían.

Después de utilizar por lo menos media docena para dejar como nuevo el pequeño trasero del bebé, esparció un poco de talco con olor suave sobre sus pompitas y después lo levantó entre sus manos, satisfecho por su trabajo y la más reciente sonrisa en el rostro de su bebé.

—¿Estás mejor, campeón? —le habló, ante las miradas atentas e impresionadas de sus hermanos.

El bebé, quien permanecía con los pies colgando sobre unos brazos extendidos y en alto de su padre, comenzó a mover sus manitas, dejando completamente de lado el llanto que lo aquejaba momentos antes.

—¡Eres grande, Raph! —lo elogió Mikey, dándole unas palmaditas en su caparazón para hacerlo sentir orgulloso de su proeza aún siendo padre primerizo.

Raphael, sonriente y observando hacia arriba el pequeño cuerpecito de su hijo, decidió contemplarlo un poco más mientras escuchaba los agradecimientos que Donnie hacía hacia su persona por salvarlo de aquella experiencia, pero no pudo regresarle la respuesta burlesca que ya tenía en la punta de la lengua porque la tortuguita relajó un poco su rostro al mismo tiempo en que un liquido caliente comenzó a escurrir por entre sus piernitas y rápidamente llegó hasta los brazos musculosos de su padre.

—¡Agh! ¡Se acaba de orinar en mí —dijo, con gestos de asco—. ¿Cuál es tu problema, bebé?

Tanto Mikey como Leo comenzaron a reír; el rostro de Raphael y la forma en la que agitaba de arriba abajo a la diminuta tortuga para escurrir hasta la última gota de su cuerpo era lo más gracioso que habían visto en mucho tiempo.

Pero el único que no reía era Donnie, quien se quedó observando con mucho detalle la escena frente a sus ojos; había algo que simplemente no encajaba en el aspecto de su hijo.

—Chicos… —los calló con un chistido, tratando de que Raphael se tranquilizara un poco—… ¿ya lo notaron?

—¿De qué rayos estás hablando? ¡Noté que se hizo pipí encima de mí! —explotó Raphael, colocando nuevamente a su hijo sobre la manta y tomando un puñado de toallas húmedas para volver a limpiarlo.

En cuanto terminó, Donatello lo hizo a un lado para observar más de cerca lo que ya sospechaba.

—¡Oye! Tengo que ponerle un pañal para que…

—Raph —lo interrumpió—. ¿Ya notaste que el bebé no tuvo que abrir su plastrón bajo para orinar?

—¿Qué? —preguntaron los otros tres al unísono.

Donatello, ante la atenta mirada de todos sus hermanos, puso uno de sus grandes dedos para intentar separar las placas inferiores que esconden el miembro masculino de los machos de su especie, pero eso no ocurrió; justo ahí se encontraba nada.

Todos emitieron un gemido de impresión:

—Es… una niña —soltó Donatello finalmente.

—¿Ahora si me dejarás llamarla Jade? —preguntó Mikey, ante el silencio sepulcral de los demás.

Por fin había llegado el final del primer día de su hijo, ahora hija; aún a este punto de comprobar que se trataba de una tortuga hembra, Donatello aún no lo podía creer; definitivamente su hija no tenía ni un solo rasgo que la hiciera parecer a él.

Pero a final de cuentas eso no importaba; hace menos de veinticuatro horas se fue a la cama con el pensamiento de que su hijo no había sobrevivido al nacimiento, y aunque eso lo destrozó en cuestión de minutos, el apoyo incondicional por parte de Raphael lo había hecho volver a la realidad; cosa que agradecía.

Ahora tenía a la pequeña Jade entre sus brazos mientras acomodaba un espacio en su cama para pusiera pasar la noche a su lado, asegurándose de que no habría problemas de que la recién nacida rodara por la cama y se accidentara en el proceso.

Justo cuando la colocó en el montó de mantas color cielo y un par de almohadas rodeándola, escuchó la voz de su hermano proveniente del marco de la puerta aún abierta.

—¿No se supone que para eso es la cuna que los chicos te regalaron? —preguntó, con aquella mirada verde siguiendo cada uno de los movimientos del menor.

—Por ahora no —respondió—. Durante las primeras semanas de vida, es mejor que duerma en compañía de uno de sus padres para que no se sienta sola y desprotegida. Eso la perturbaría un poco y dificultará su sueño.

—Si tú dices —se resignó, entrando a paso lento a la habitación de Donatello.

Vio a su hermano acomodar un biberón, algunas mantas extra y su móvil en la cómoda más cercana; parecía estarse preparando para cualquier cosa.

Mientras tanto, Raphael decidió tomar asiento en la orilla de la cama que permanecía vacía mientras Donnie entraba a su lado, arropándose el mismo con una delgada sábana blanca si dejar de mirar un solo segundo el pequeño cuerpecito de su hijo envuelto en mantas calientes.

Su rostro permanecía tranquilo, por lo que parecía tener intenciones de dormir por el resto de la noche.

—Oye, Donnie, quisiera que hablemos sobre lo que ocurrió por la mañana. Tal vez dije cosas que…

—Está bien, Raph —lo interrumpió, animándose a verlo a la cara por primera vez desde que entró en la habitación—. Sé la razón por la que estuvo a punto de suceder, así que no tienes porqué disculparte; también te afectó creer que nuestra hija había muerto. Realmente no te culpo.

—Sólo… lo siento si me vi un poco aprovechado —dijo, ante una contradictoria sonrisa torcida en su rostro—. Pero sé que eso ya puede quedar atrás; ahora tenemos a nuestra hija y supongo que no habrá otra cosa que ocupe tu mente que esta pequeña orinadora de padres enojones.

Donatello soltó una ligera risita recordando lo sucedido horas antes; definitivamente había entrado en pánico en cuanto llegó el momento de cambiar el primer pañal… o más bien aprender la valiosa lección de su importancia. Pero Raphael…

—Me impresionaste, Raph; eres mejor padre de lo que seguramente llegaste a considerar.

—Meh, instinto natural —se vanaglorió.

Tratando de distraer la atención de Donatello para escabullirse entre las sabanas, acarició por enésima vez en el día las mejillas rosadas de su pequeña niña, la cual seguía durmiendo como si nadie más estuviera a su alrededor.

—Bien, entonces los dejaré para que descansen —se retractó, intentando salir de la cama en cuanto vio que Donnie notó sus intenciones—. También necesitas descansar, creo. Mantendré mi Tphone encendido y cerca de mí por si necesitas algo y…

—Ahora que lo dices; ¿por qué no pasas la noche con nosotros? Jade necesitará el calor de ambos para mantener su temperatura.

Raphael rodó un poco los ojos en cuanto puso la cabeza en la almohada libre; ¿realmente dijo aquello?

—Por favor dime que no decidiste dejarle el nombre que Tontolangelo eligió —dijo, con fastidio.

—Ninguno de los que expusimos por la mañana le van bien, salvo por el que Mikey dijo; creo que le queda. Resalta sus bonitos ojos, como los de su padre.

Raphael carraspeó; aquella era una situación que aparentemente le incomodaba, por lo que un risueño Donatello decidió dejarlo en paz y cerrar los ojos para finalmente entregarse al confortante sueño.

Por su parte, el mayor quedó pensativo por unos instantes más, mientras su apenas visible panorama le permitía pasar la vista de su hija a Donatello y viceversa.

Estaba cayendo en cuenta de que tenía algo increíblemente valioso frente a él y apenas, después de tantas discusiones, peleas y reclamos, había logrado ver con tanta claridad.

Decidió que se había enamorado de su hija desde el instante que la vio temblando en la mesa del laboratorio frente a un desconcertado Mikey. Era pequeña y frágil, por lo que se había propuesto protegerla y enseñarle todo lo que debía aprender para sobrevivir en este mundo tan superficial y discriminativo con aquellos que son diferentes.

Definitivamente ella no iba a sufrir; y quien lograra hacerle daño, sufriría las consecuencias de meterse con Raphael Hamato.

Era una promesa.

Y en cuanto a Donatello; aún no lo tenía claro, pero aquello que vivieron por la mañana lo había hecho descubrir algunas cosas que jamás imaginó sobre su hermano menor. Estaba al tanto del reciente deseo que había nacido en su interior por el cuerpo de su hermano y las incontrolables ganas de hacerlo sentir bien; tal vez por su reciente colapso ante la situación vivida el día anterior.

No sabía. No deseaba saberlo.

Se decidió por cerrar los ojos y dejarse llevar por Morfeo; ya mañana sería un nuevo día. El segundo en la vida de su nueva hija y de él y Donatello como padres novatos.

Finalmente se entregó al sueño, relajando su cuerpo sin darse cuenta que su mano había recorrido el camino entre las sabanas blancas para posarla sobre la de Donnie, quien la mantenía a unos cuantos centímetros de distancia del cuerpecito de su hija.

Despertó justo en el momento en que sintió su Tphone vibrar insistentemente en su cinturón para avisarle que había recibido un nuevo mensaje por parte de alguien aún desconocido.

Retiró la mano de encima de la de su hermano menor, lugar donde había pasado toda la noche, y sacó el pequeño aparato para hacerlo callar. Pero su pereza se fue lejos en cuanto vio que se trataba de un mensaje por parte de Leo.

Al leer su contenido, su sangre se congeló:

"Prepárate para dar una explicación convincente.

Sensei se dio cuenta de que pasaste la noche con Donnie y me preguntó sobre el estado de su relación. Creo que no lo convenció mi explicación.

Él lo sabe, Raph."

Raphael llevó una mano a su rostro en señal de verdadera preocupación; él y Donnie estaban en grandes problemas.

…Continuará.

Creo que ahora Raphael sabe perfectamente lo que es ser interrumpido cuando más se está inspirado, hehe. Y, ¿Quién diría que el cabeza dura de Raph sería tan buen padre?

Lo prometido es deuda; he aquí un capítulo tranquilo y con un poco más de humor que los anteriores. Realmente se lo merecen por tanto capítulo tan drástico que tuvieron que soportar hasta este punto. Además de que es justo u necesario, tanto por el descanso emocional de los personajes como para que ustedes hayan tenido una lectura agradable en la víspera de navidad.

Me retiro por ahora, no sin antes mencionar que en las páginas donde subo algunos fanarts y mini-comics, he incluido una linda portada para este capítulo. ¡Espero les guste!

¡Pasen una agradable noche buena y feliz navidad! ¡Los quiere con el alma…!

Miss GRavedad.

¡Los veo en los reviews! xD