Capitulo 01
A veces pensaba que podía oír la lluvia cayendo en el exterior e inundando las calles asfaltadas, o incluso era capaz de imaginarme a la gente corriendo apresuradas hacia sus hogares, acechados por la lluvia inminente. Imaginaba el sonido de sus zapatos cuando pisaban una que otra poza de agua estancada y sucia, un par de maldiciones murmuradas por lo bajo cuando el lodo manchaba sus relucientes túnicas, y en otras oportunidades creía que podía oír los pasos rechinar en las baldosas enlodadas de Gringotts llenándose de personas que buscaban excusas para mantener un refugio temporal, tal vez un par de duendes gruñones y desconfiados que se quejarían del bullicio y mandarían a reforzar la seguridad de las cámaras más importantes, sólo por precaución, por supuesto. Escuchaba las tablas crujientes y viejas de las escaleras de las entradas de las casas y mansiones, las puertas que rechinaban al cerrarse y al viento golpeando indulgentemente las ventanas.
¡Ah! Y entonces mi parte favorita, el crepitar del fuego de la chimenea. Prefería hacerlo al estilo Muggle, aunque no siempre me gustara confesarlo, amaba el aroma de la leña seca recién encendida y no sólo un hechizo puesto sobre la chimenea. Ahora podía verlo, los variados tonos rojizos danzando frente a mí. Tal vez si hacía mucho frío tomaría una manta y me arroparía en mi sofá de terciopelo verde, mi preferido, tomaría un libro de la biblioteca y una pequeña merienda.
Intenté prestar mayor atención, sabía que estaba lloviendo, podía sentirlo… cada parte de mi piel expuesta hormigueaba por las ligeras variaciones de magia que ondeaban en el aire. Siempre me había encantado esa sensación. Me encantaba la lluvia… y a ella también…
La sensación era más ligera que de costumbre, pero estaba ahí, nadie parecía comprenderlo, yo lo hacía… pero nadie más. Y ella estaba llorando.
Una oleada de irremediable y abrumadora soledad me envolvió por completo, a veces sucedía, era un tanto reconfortante, aunque por momentos la tristeza, la desesperación, los gritos, las voces, la oscuridad y los leves y momentáneos tintes de miedo que se deslizaban sobre la superficie de mi mente parecían hundirme en lo más profundo del océano, ola tras ola hasta empujarme al borde de un frágil abismo y entonces… se desvanecía.
Ella estaba llorando.
Lastimaba mis oídos.
Lagrimas desesperadas brotaban del borde de mis ojos, sin embargo me era imposible sentir la sal de su sabor tocar el borde de mis labios, sólo humedecía la tela. Mordí mi labio inferior ahogando un sollozo, si ellos escuchaban mis torpes gimoteos vendrían a mi lado y dirían cosas extrañas, me harían sentir confortable, me incitarían a que les contara por qué estaba llorando, pero esta vez ya no se los diría, ya no más… siempre estaban mintiendo, siempre fingiendo, pero yo ya no les creía, ya no más, no de nuevo, porque sólo me lastimaban, actuando como si les doliera que yo llorara, como si les lastimara mi dolor, pero ya no les podía decir la verdad porque siempre me herían. Me miraban extraño, aunque eso ahora está bien, ya no podía verlos. Ellos no me dejaban, no los que mienten, los otros…
El vacío se alojó en mi pecho absorbiendo la comodidad de este día de lluvia y respiré profundo, inhalando todo el aire que me permitían mis pulmones hasta que el hueco instalado en mi interior pareció llenarse, un segundo, y volvió a mí. Mis brazos entumecidos por la posición en la que se encontraban forzados, están tan rectos y juntos que me dolían algunas articulaciones, al menos estaba sentado. Froté la uña de mi dedo pulgar por encima de la piel del borde de mis demás dedos, la superficie lastimada dejó parte de la sensible carne expuesta, el ligero roce me causó un leve dolor que me distrajo momentáneamente del tormento que sentía en mi interior, ya que eso era: un sinfín de sensaciones ajenas a mí que influían desde el exterior, a pesar de que yo sabía y aún hoy lo sé, son parte de mí. La lluvia se hizo más intensa y la soledad se fue.
Y ahora mismo puedo verlo.
He decidido que esta noche hace frío, o lo hacía esa noche. También llovía. Sí, esta noche hace frío como aquella vez. Me acurruco en mi sillón favorito con un libro en mano y acomodo la manta sobre mí, como aquella noche, pero esta vez no alcanzo a leer nada y en el sueño dentro de mi sueño me quedo dormido. Y como aquella vez, no puedo descansar.
Ginny reanudó una antigua relación con un chico de Hufflepuff cuya pasión y dulzura se acoplaba a la perfección con la lealtad y tozudez Gryffindor; ya me lo esperaba, aunque me sorprendí al no sentir absolutamente nada más que alegría por ella en ese entonces y ahora que habían pasado un par de años decidieron casarse. Ella decidió que yo sería su padrino de bodas.
Los miembros restantes de la familia Weasley parecían compadecidos por mí, no sabía por qué, ella sería feliz y eso me llenaba de un gozo increíble. Y alivio, hubo un tiempo en el cual temí sentirme culpable al no ser capaz de amarla como se lo merecía, afortunadamente ese día no llegó, fue como quitarme un peso de encima. La tarde en la que me pidió que fuera su padrino de bodas estaba lloviendo. Ella estaba feliz.
Por alguna extraña razón, que sólo hasta ahora he llegado a comprender, jamás pasó por mi mente casarme con Ginny, siempre quise tener mi propia familia, una gran y feliz familia, pero Ginny nunca apareció en mis fantasías ni sueños idealistas. Yo la quise en su momento, sin embargo para mi fortuna o desgracia ella no era para mí.
El día de la boda resplandeció un sol fulgurante, el clima cálido acompañó al amor que se profesaron los magos esa tarde. La novia estaba radiante vestida de blanco, la impetuosidad a la que le rindió honor durante sus años de estudio en Howarts y le brindaron el motivo de pertenecer a la Casa de los leones hizo su gala cuando entró caminando por el pasillo con toda seguridad, sonriente del brazo de su padre, Arthur curiosamente se veía más nervioso que ella. Sus votos fueron declarados y optaron por un enlace mágico… el destino y su magia aceptaron y decidieron que no existirían separaciones. El amor que se declaraban era real, y en ese instante se volvió irrompible. Y yo sentí que ya nada los separaría, ni siquiera la muerte. El amor que se juraban era eterno. Sonreí. Estaba feliz.
La novia entró a paso firme y se paró junto al novio. El vestido blanco inmaculado contrastaba con el rojo vivo de su cabello. El ramo consistía en las típicas rosas blancas, aunque entre ellas se encontraba una única rosa roja abierta en todo su esplendor, me pidió que escogiera el diseño, Ginny me dio las instrucciones nada más, cuando le pregunté aquella vez por qué no se casaba con el ramo blanco tradicional, me miró divertida directo a mis ojos y dijo "no tengo el derecho de casarme de blanco" y acto seguido soltó con ganas una fuerte carcajada. Cinco meses después nació su primer hijo.
La fiesta se celebró en la Madriguera, fue algo sencillo y agradable, cuando me case, pensé, quería que mi boda fuese así de feliz, rodeada de amigos y familia. El vals de los novios dio inicio a la dichosa reunión, Ginny se acercó al oído de su actual esposo, Riley o algo así, susurrándole unas cuantas palabras que lo hicieron sonrojar disimuladamente antes de devolverle una sonrisa pícara, se miraron al los ojos y sin decir otra cosa se rieron. Ahí fue cuando pensé que mi madre y mi padre debieron verse así de contentos, y me pregunté si podrían comunicarse sólo con la mirada. Me pregunté si yo tendría algún día ese tipo de conexión.
Ginevra Weasley fue mi primer amor, uno que siempre recordaría con una dulzura infinita. A mi hermana y amiga… que me traicionó…
Mi corazón palpitaba de manera pausada y constante, pero aun a pesar del apacible sueño que nada tenía más que un simple buen recuerdo que almacenaba mi memoria para rememorar los momentos felices, como lo estaba haciendo en medio de un tranquilo sueño, y esta vez comprendí que de sueño no tenía nada, todo era real, o lo había sido al menos. Me ahogaba. Un peso parecía aplastar mis pulmones, y no sabía por qué. Intenté mover mis brazos y llevarlos a mi pecho para aliviar la opresión que sentía en esa zona, no pude, estaban rectos, juntos, mis manos no se tocaban porque eran separados por una delgada tela.
Y no sabía por qué.
Entonces se desvaneció el calor que alguna vez tuvo la chimenea, ya no existía el delicioso olor de la leña recién encendida, ni se escuchaba el crepitar de las llamas. La habitación ya no estaba iluminada por el brillo incandescente de las también rojas llamaradas. Todo estaba en silencio. Ya no llovía tampoco, no había ni pisadas en la madera, ni puertas rechinando, ni duendes de ceño fruncido, ni maldiciones, ni chapoteos. No había gotas persistentes que acribillaban una tras otra el tejado de la vieja y ancestral Mansión ubicada en Grimmauld Place nº 12. No había mantas, ni libros sobre el regazo. Ya no más. No existía siquiera el viento arremetiendo feroz contra la ventana. Ni ramas secas cuajadas y débiles, porque ya no llovía.
Sentí un extraño hormigueo sobre la piel, era parecido a un día de lluvia, pero era imposible que esta vez fuera eso, lo sentía, había algo diferente. Sí, aún caía una suave llovizna en el exterior, el viento feroz era una suave brisa que de pronto se detuvo. Algo estaba mal.
El suave y sutil hormigueo se detuvo y estalló en un dolor agudo que atravesaba cada poro de la piel. El llanto desgarrador, el dolor lacerante, y la humedad sobre la tela que cubría mis ojos. Esta vez no pude contener un grito de agonía
La oscuridad se adueñó de la habitación. No podía ver nada, pero sabía que estaba oscuro, así como sabía que era de noche. Tomé una gran bocanada de aire y rellené nuevamente mis pulmones, tal como lo había hecho unas horas antes.
Esta vez sólo se oían unos gimoteos. No me engañaba, sabía que había gritado hace unos instantes, la garganta me ardía, llevaba seca quien sabe desde hace cuánto tiempo y ahora raspaba como papel de lija, era una sensación dolorosa, pero la incertidumbre que rodeaba mi situación era un tanto más espeluznante, en realidad era más como una sensación inestable. Ellos estarían aquí pronto.
No sabía ya cuanto tiempo llevaba encerrado. Había dejado de contar los días, a pesar de que sabía muy bien cuando era de día o de noche. La habitación tenía algún tipo de magia aplicada en ella, no sentía frío o hambre o incluso la necesidad de ir al baño, todo se mantenía suprimido. Esa misma magia que lo envolvía todo alteraba mi núcleo mágico, era incapaz de controlar mi magia, era como si me la hubiesen arrebatado, se sentía inestable y dispersa, parecido a un revoloteo constante que no alcanzaba a tocar mi piel. Un hormigueo.
Según mi conocimiento, llevaba aquí tres inviernos. Eso era algo que podía asegurar, en invierno las lluvias eran más intensas y los días después de las nevadas eran tranquilos, una paz inquietante. Podría haberme equivocado, tal vez, pero sentía que era el cálculo correcto.
Tres inviernos.
Con el paso del tiempo comprendí que la magia que custodiaba mi habitación, también impedía que me sintiera adormecido por estar en una sola posición y, por extraño que pareciera, me dejaba dormir cuando sentía sueño.
"Los otros" eran quienes custodiaban mi habitación. Me revisaban de vez en cuando, aunque durante el lapso que permanecí en ese lugar jamás supe sus nombres. De hecho, rara vez oí sus voces, sin embargo, de las veces que lo hice noté que eran toscas, firmes, serias e insensibles. Los otros estaban encargados de revisar mi estado de vez en cuando, casi nunca. No me agradaban.
Y entonces estaban "ellos", los traidores. Los otros no dejaban que ellos entraran a verme, después de un tiempo dejó de importarme a mí también. Yo tampoco quería me vieran. Y así, después del primer invierno dejaron de venir. Siempre había oído que la traición tenía un sabor amargo, jamás lo imaginé, no pensé que me sucedería, y era peor de lo que me habían dicho.
Cuando un rastro de magia se coló en el cuarto me pregunté quienes serían, ¿ellos o los otros?
La curiosidad dominó mi forzada indiferencia combatiendo en una lucha perdida, porque sabía que por sobre todas las cosas quería saber, quería conocer, quería oír y ver lo que estaba sucediendo. Un cúmulo de magia penetró por algún ángulo en la habitación, me hubiese gustado pensar que eran ellos, que habían recapacitado e iban a sacarme de este lugar, probablemente lo hice un par de segundos, luego de eso la otra parte de mí gritó con fuerzas que no cayera en las mentiras que entre tanto silencio y soledad me había habituado a sumergirme si reparo, una y otra vez, caía en mi propio engaño formulado por mi mente dañada y maltratada, me anclaba hasta el fondo, el anhelo, la esperanza y terminaba nadando a la superficie de mis mentiras ya sin aire: perdido, abandonado, solo y traicionado. No había más mentiras para mí mismo… me hubiera gustado tenerlas… Pero no eran ellos, no volverían.
El eco de una multitud de pasos rebotó por las paredes, un par de voces se entremezclaban en medio del alboroto. De entre la gran cantidad de personas que se aglomeraron en mi habitación se extendió una mano que se deshizo de la venda sobre mis ojos, todo estaba oscuro, pero se veía demasiado brillante para mí. De repente ella estaba gritando, desgarrando mis oídos.
La magia que envolvía a la habitación se desvaneció de pronto agregando dolor y cansancio a mis repentinos miembros entumecidos, el sabor en mi boca era asqueroso, los sonidos demasiado intensos y la oscuridad demasiado deslumbrante para mis ojos, me sentía rodeado de un caos absoluto, era sólo yo, lo sabía, pero saber no lo hacía menos agobiante.
Me removí tratando de huir de sus gritos. Mi núcleo mágico hizo erupción y las ataduras en mis brazos estallaron, de inmediato los elevé hasta mis oídos, el movimiento fue mecánico, mis músculos se sentían fragmentados, las terminaciones nerviosas que habían permanecido selladas por aquel hechizo hicieron conexión enviando una descarga de un dolor penetrante, sin embargo no me detuve. Mi garganta seca y lastimada emitía unos aullidos lastimeros, unos gritos incompletos y fraccionados, que aun así no se detenían, no creía que tuviese la voluntad o la capacidad para detenerlos. Su dolor, que era ajeno, lo experimentaba en carne propia, yo no era capaz de frenarlos, si ella no se detenía, yo mismo sería incapaz de hacerlo.
Esta vez las lágrimas cayeron, danzaban evitando mis labios, rodando por mis mejillas, deslizándose por mi barbilla y mi cuello. Eran saladas y húmedas.
A través de la muchedumbre que ahora veía asustada por semejante despliegue de magia que ni yo creía posible se abrió pasó un único hombre, alto y de cabello oscuro, caminaba elegantemente, seguro. No me temía. Se paró con firmeza frente a mí, sonriendo.
- Qué patético. – Dijo. – ¿Y a esto le temía?
Alzó una mano y temblé. Mi piel hipersensible, recorrida por los intensos hormigueos de pies a cabeza me producía punzadas de una tortura implacable, tenía miedo de tocarme con mis propias manos. Me encogí en medio de un nuevo grito de dolor… y la mano había frenado su camino. La mirada del hombre era extraña, en mi estado me encontraba incapaz de distinguir lo que habitaba en sus ojos en ese momento, cualquier tipo de emoción que hubiese albergado en ese instante dentro de sí no sabría mencionarla, pero centellearon entre la oscuridad de la noche dentro de una habitación sin ventanas.
Encogió y flexionó sus dedos un par de veces haciendo el amago de retirar su mano, arrepintiéndose de aquella idea en un santiamén. Todo sucedió en unas milésimas de segundo, el destello en sus ojos, la mirada, la mano, los dedos y el titubeo que percibí; todo antes de que por fin acortara la distancia que existía entre su mano y mi cuerpo.
Cuando la punta de sus dedos rozó mi mejilla una sensación electrizante recorrió todos mis sentidos el hormigueo cesó en un instante, el llanto, los gritos, el dolor y la agonía. Por primera vez ella estaba en silencio, los gritos lacerantes se transformaron en, casi, una risilla infantil. La calma me abrumó y probablemente, por un segundo, apareció en mi rostro mi primera sonrisa en tres inviernos, una sonrisa insegura y temblorosa, pero una sonrisa al final de cuentas. Un par de lágrimas se deslizaron por última vez, esta vez ya no eran de dolor únicamente reflejaban la calma y paz que se instalaron en mí, eran de alivio. Me incliné apoyándome en aquella mano, y la sujeté con una de las mías para evitar perderla, no dejaría que se marchara, al menos por un minuto. Era más grande que la mía, y más fría, mucho más fría… era perfecta.
Cerré mis ojos disfrutando la sensación. Y esa noche, en la que quizá estaba lloviendo -porque ya no podía sentirlo- me dormí profundamente. Sin el sofá favorito, sin el libro y sin el cálido y relajante crepitar del fuego fulgurante de la chimenea, sin la lluvia en la ventana… sin el miedo, sin el dolor, sin la soledad. Esa noche, que no fue como aquella primera, descansé de verdad. Durmiendo sin sueños reales, sin mimetismos ni semejanzas… y sin las pesadillas que dieron comienzo a todo mi tormento.
