Capítulo 02

Una de las primeras cosas de las que me percaté al despertar es que me sentía diferente, tal vez habría muerto y yo no lo sabía, porque a pesar de que en mi mente me sintiera consciente de mi entorno era incapaz de hacer algo más. De esta manera, ya que por el momento no era dueño de mi cuerpo, me dediqué a escuchar, a oír, pero todo estaba en silencio.

Absolutamente todo.

La respiración acompasada que acompañaba la oscuridad tras mis ojos cerrados trajo a mí un ligero y agradable olor a sándalo mezclado con un aroma que debería de haber reconocido y sin embargo no lo hice, era más parecido a un recuerdo lejano perdido en algún recoveco inhóspito de mi memoria, algo que debí de saber pero que ahora yacía enterrado en el olvido bajo un montón de montañas de ideas vagas e inútiles que perdieron su uso con el tiempo, era tal vez, algo que mi mente ya había decidido calificar de inservible y obsoleto, una palabra que debió morir en el silencio de una habitación sin ventanas, tragados por la oscuridad de mis ojos sellados e ingenuos. Una palabra que se desvaneció en el aire tras esos tres largos e interminables inviernos.

Para cuando dejé de divagar me di cuenta de que esta vez podía mover mi dedo meñique y luego el siguiente, y pronto toda mi mano me pertenecía de nuevo.

Un destello fugaz atravesó mi vista por tan sólo un milisegundo justo antes de que cerrara mis ojos, ocultando de esta manera la rendija por la cual se había colado la luz. Al igual que con mis dedos y mis manos repetí la acción varias veces hasta ir poco a poco consiguiendo la visibilidad que deseaba. La bruma que envolvía mi mente era más ligera que antes, similar a un delgado y delicado velo. Cuando mi mente estuvo apta para captar el rastro de luz que rasgaba la oscuridad dentro del interior de mis parpados, realmente pude haber pensado en la muerte ¿cómo sino vislumbrar algún tipo de luz se encontraría entre mis posibilidades? Una irreal imagen de libertad se figuró dentro de mis pensamientos tomando consistencia a medida que abría los ojos. ¿Sería libre?

Ella ya no emitía ruido alguno, como si se hubiese evaporado en algún punto entre la última noche que podía recordar y el actual amanecer en el que era capaz de discernir, yo sabía que estaba ahí sin embargo, no se iría. Nadie comprendía. Nadie escuchaba. Nadie más que yo. Pero en esta oportunidad estaba silenciosa. No existían ni llantos, ni gimoteos, ni dolor, ni desesperación. Estaba allí, sí, mas se hallaba en silencio.

Esa mañana, que bien pudo ser el inicio de todo o ser sólo una continuación de lo que ya había comenzado bajo el imperio de la ilusión de mi inconsciente, los sonidos amortiguados llegaron a mí por primera vez. Se encontraban ahí para mí, y yo me sentía imposibilitado de alcanzarlos. ¿Cómo saber entonces, si mi sueño era o no mi muerte, o si soñaba una libertad efímera dejándome a la deriva apartado de la realidad?

Cuando por fin mis ojos distinguieron un poco más que simple negrura vieron el cielo verde, pero eso no era posible. Mi cielo era del verde más profundo, escalofriante y acogedor, tan contradictorio y sincero al mismo tiempo que me sentí abrumado. Las articulaciones fragmentadas de mis manos y dedos respondieron deslizando entre ellos la suavidad más increíble que hubiera palpado jamás.

Junté mis parpados bloqueando la luz cálida que entraba desde algún ángulo desconocido, respiré profundo contando los latidos que golpeaban rítmicamente dentro de mi caja torácica obnubilando el resto de mis sentidos… un, dos… un, dos… marcaba el compás con mi dedos absorbiendo cualquier otra influencia me rodeara. Un suave calor se extendió desde una zona dentro de mi cuerpo. Estaba vivo. Podía sentirlo, podía imaginarlo, podía soñarlo y aún así todo lo anterior no haría falta. Mi núcleo mágico retumbaba estallando en un sutil hormigueo, estaba de vuelta. Otra vez, por fin, estaba completo. Sin restricciones, sin ataduras, sin vendas, sin las tinieblas egoístas y acaparadoras que envolvían cualquier área al alcance, cada esquina, cada rincón, cada pliegue, sin el silencio que se robaba las voces y que permitía el eco de los gritos agónicos que mi garganta había llegado a proferir. Sin ellos, sin los otros. Tal vez.

Un rechinido distante violó cada barrera imaginaria e inestable que pudiese erigir para que me rodeara. Si lo pensaba con más detalle y ahínco que tan lejos podía llegar a imaginar, porque podía sentir dentro de mi mente, así como sentía la lluvia, sentía aquellos pasos constantes, firmes y sin miedo… y recordé, no me tenía miedo. Giré mi rostro apenas hube escuchado el agitado estira y afloja de una pesada capa, tensa.

Abrí los ojos.

Una figura esbelta y elegante se desprendía de su túnica lenta y metódicamente, los movimientos eran calculados con una sutileza indescriptible, tal vez era un ritual habitual en el hombre ubicado en el otro extremo de la habitación, sus dedos largos serpenteaban por el borde quitando los botones uno a uno luego deslizaba una manga por uno de sus brazos y apenas hubo acabado este acto dejó escurrir la otra manga por el brazo opuesto, tomó la prenda por el cuello y la colgó en el perchero junto a la puerta. Nunca me miró, salvo cuando terminó su rutina.

Mi piel ardió, incontrolable, el entumecimiento de mis miembros se despejó en el instante en que situé mis ojos en él y un hormigueo feroz recorrió mi cuerpo de extremo a extremo, y a pesar de que ahora sentía mi cuerpo parecía ya no pertenecerme más. Lo llamaba.

Ella lo estaba llamando.

Una risilla infantil resonó en mis oídos. Había algo semejante a una cuerda invisible que me halaba hacia el hombre de expresión adusta y altanera ¿Por qué querría estar cerca de alguien así? Pero quería, lo anhelaba.

Liberando el aire contenido inhalé el aroma de sándalo. Lo necesitaba cerca, más cerca. Mi voz murió en el interior de una garganta desgarrada y seca, fácilmente pude haber estado masticando algodones durante años, y de hecho podría tenerlos aún entre mi lengua y mi paladar, un graznido suplantó el sonido que yo recordaba como mi voz, porque no era dueño de ese sonido, era ajeno y escabroso. Los sueños que tanto habían absorbido mi mente ganaban terreno superando el presente, ese ruido forastero de mi persona carecía de alma y entendimiento, quedó desbaratado en el aire sofocado en el tumulto de sensaciones y emociones que me sobre poblaban, como la confusión, como el temor… y como esa extraña atracción enlazada al hombre de pie en la esquina… tan apartado.

Un renovado intento me hizo arrastrar las desarticuladas palabras, ni siquiera registraba que quería decir, pero cierto punto deshabitado de mi mente lo quería junto a mí. Una de mis manos se elevó suspendida en el aire atravesando directamente mi nebulosa visión, el fondo difuso perdía el interés de mis sentidos enfocándose sólo en aquel que me acompañaba en la habitación. No me temía. ¿Por qué debía temerme en todo caso? Ese pedazo de mi memoria se hallaba rasgado.

- Te ves sediento. – Pronunció con una voz sedosa que sedujo el tirante lazo que me ataba a él.

Mis ojos siguieron cada uno de sus precisos movimientos hasta que toda su figura se acomodó junto a mí. Un paño humedeció mis deshidratados labios y unas cuantas gotas se filtraron entre ellos otorgándole un breve momento de paz a mi boca marchita, una de estas mismas gotas rebeldes se escabulló danzando grácilmente a través de mi barbilla mojando mi cuello desnudo. Agitados, mis parpados distribuyeron mi visión saltando de esquina a esquina por la habitación nunca permaneciendo más de un segundo en un mismo lugar brindándole a esa innata y traviesa curiosidad un cúmulo de imágenes fraccionadas sin un orden correspondiente elaborando mi propio fotomontaje cinematográfico construyendo de esta forma el puzle que era el entorno circundante: los doseles verdes, los postes, los ventanales y las pesadas cortinas, un reducido librero y un escritorio equipado con unas libretas, pluma y tintero, un armario fino con graciosas curvas una puerta a un lado y otra puerta en la pared contraria, cada ángulo tapizado con intrincados y preciosos arabescos.

Y luego estaba él.

No iba a engañarme, reconocía ese rostro de pesadilla, pero se veía más adulto. La imagen de un joven al final de un pasadizo de piedra, un muchacho de expresión severa, reservada e imperturbable, siendo la misma persona éste me llamaba, me cautivaba. El cabello y los ojos oscuros, sin embargo una llama de un rojo vibrante y enfermizo como el color de la sangre bullía en el interior de sus pupilas, hipnotizante. Amaba el rojo.

La cama se hundió por el peso de un cuerpo extra en un costado tirando de las sabanas y mantas. Las emociones que revoloteaban ocultas en lo profundo de sus oscuros irises fueron desconocidas para mi otra vez, rehuían de mi comprensión esfumándose de la zona de entendimiento, y cuando depositó una mano en mi mejilla ya no importaba un segundo más.

Era fría, estaba fría y no podía ser más maravillosa, los estilizados dedos y la amplia palma cubrían casi todo el costado de mi cara desde la sien al borde de mi ojo pasando sobre mi oreja hasta rozar la comisura de mis labios entreabiertos, el pulgar frotó mi pómulo enviando las corrientes eléctricas que creía sentir la noche anterior confirmando la veracidad de los hechos acontecidos. Removí las piernas percibiendo una suave tela de seda acariciando mis muslos extendidos y un cálido aliento irregular huyó de mi boca. Restregué mi mejilla contra aquella fría mano que tan esplendida me parecía, sólo entonces advertí el ardor que transitaba mi piel, el aroma a sándalo inundaba mis pulmones y ahora que sabía de dónde provenía deseaba empapar cada rincón y borde de piel en él.

Bajo un esfuerzo desmesurado erguí mi columna para sentarme escalando el cuerpo de Tom, porque este no era ese tal Voldemort, no en mi mente, y ese era el nombre que sonaba correcto en lo más recóndito de mi cabeza, el origen del aroma que me embriagaba y ofuscaba mis sentidos recién despertados que mantenía sujetos a mí únicamente por el delgado hilo de pensamientos conscientes que se desprendían a una velocidad acelerada abandonados a la deriva del abismo.

Esos brazos temblorosos que se suponía eran míos se envolvieron en su cabello y en el cuello de su camisa despojándolo de los primeros botones con una agilidad vertiginosa, exponiendo la piel nívea hundí mi rostro en el hueco entre el cuello y su hombro e inundé mis pulmones codiciosos de esa esencia inherente de su cuerpo, no existía una parte de su cuerpo que no desprendiera tal fragancia atontando mis sentidos. Estaba perdido.

Humectando los labios que volvían a estar resecos lamí esa zona pálida y sensible al tacto embelesado en el instante en que la piel bajo mi lengua se estremeció, besé, lamí y mordí una línea ascendiente desde el hombro hasta el lóbulo agarrándolo entre mis dientes justo un segundo antes de sentir una mano tirando mi cabello enmarañado. Era firme, dolía, pero no fue un dolor intenso sino más bien una corriente eléctrica que cruzó la última frontera, destrozando la última barrera, arrebatándome mi último gramo de cordura y un graznido rasposo se convirtió en un gemido sonoro cuando inconscientemente curvé mi espalda separándome de la deliciosa piel que olía y saboreaba.

Un tortuoso bulto efectuó un impetuoso acto de presencia bajo la tela ligera y holgada que lo cubría, mi corazón latía desbocado resonando en mi pecho y oídos, no había nada más que un placer intenso y sobrenatural. Reacomodé mi cuerpo restregando mi sexo contra su muslo, retorciéndome entre sus brazos lo cuales ahora me apresaban. Era exquisito, una sensación que no sabía de dónde provenía. Una vez más… lo quería, lo deseaba, necesitaba bañarme en ese olor, empaparme en su perfume…

Una mano se deslizó delineando el contorno de mi figura deteniéndose en mis caderas, pudo dudar quizá, y entonces con un sólido agarré se apoderó de mi miembro hinchado frotando a lo largo sobre la ropa, sólo un par de veces, un tirón de cabello y una mordida en mi cuello con sus dientes romos y la sensación más exquisita terminó por desconectarme de la realidad.

Lo siguiente que recuerdo es que la ropa sudada y la humedad en mis pantalones era retirada, fueron unas gotas de líquido sobre mis secos labios y un sorbo diminuto para mí, un paño mojado y tibio despejando mi cuerpo de cualquier otra sustancia que lo ensuciara.

Una fría mano acarició mi mejilla y me incliné en su frescura. Mi cuerpo ardía. Estaba muriendo, sólo eso lo explicaba. La conciencia jamás volvió, no esa mañana, por el contrario fue sustituida por el sueño y el repentino cansancio. La comodidad de la noche anterior, o lo que yo creía la noche anterior, regresó a mí acogiéndome en un intranquilo sueño fantasmal, no sé cuánto tiempo dormí o en qué momento me quedé dormido, o si lo que soñé era un sueño, o era una vida que no era mía, o si era acaso un recuerdo del pasado o un vistazo de un frío porvenir… o tal vez era el presente calamitoso custodiando como un tirano la puerta de la entrada esperando el momento preciso para dar un paso al interior de mi vida.

- Que te han hecho, pequeño.

Creo que en algún punto entre el limbo del mundo de los sueños me alcanzó esa voz distorsionada. Exhalé un último suspiro apoderándome del olor a sándalo que quedaba en el aire aún cuando su fuente de procedencia desapareció detrás del chasquido de la puerta. Esa noche regresó el recuerdo de una pesadilla.


Las piernas adormecidas casi no me sostenían haciéndome sentir que flotaba en el aire, los brazos temblorosos se asieron con fuerza al borde del lavabo mientras los nudillos se blanqueaban. El agua fría escurría por mi rostro torcido en una expresión acongojada, el reflejo que me correspondía sobre el espejo era ajeno, desconocido. Cuando un sollozo contenido resbaló de mis labios realmente me di cuenta de lo que estaba pasando, un sollozo, un simple sollozo seguido de un gemido ahogado, un sonido lastimero arrastrándose por mi garganta ardiente de lagrimas no derramadas se convirtió en un grito largo, desgarrador, que murió entre los sollozos siguientes. Esta vez las lágrimas empapaban mi rostro.

Esas piernas traicioneras incapaces de sostener mi propio peso cesaron su único deber haciéndome caer, justo antes de tocar el frio piso de baldosas blancas del baño un par de brazos me arroparon cogiéndome por mi cintura tan protectores, tan firmes… y tan temblorosos como los míos propios. ¿Es que acaso jamás acabaría?

Tan sólo cinco míseros minutos, no más. ¿Era mucho pedir? Ya no quería seguir llorando, no quería tener que pasar solitarias noches en vela porque las pesadillas constantes y la culpa no me dejaban conciliar el sueño CINCO MINUTOS, el dolor que carcomía mi alma era semejante a empuñar mi propia estaca al corazón una y otra vez lastimándome yo misma, y nadie, ni Ron ni mis padres, nadie podía consolarme. No sabían lo que era tener el conocimiento, no conocían la lucha constante con los secretos internos, no sabían lo que se sentía cargar con el peso de la traición, no tal y como yo lo sentía. No sabían lo que era sentir que el mundo se derrumbaba entre sus manos, que se deslizaba como pequeños granitos de arena, que escurría como el agua entre sus dedos… que perdía un pilar de la vida como yo lo hacía en este momento.

Y una vez más no podía, no se me permitía, mis capacidades y posibilidades me tenían atada de manos. Sentía que moría a cada segundo que pasaba.

Para mí era la muerte de un pedazo de mi vida. Era un paso a la agonía.

Y todo mi dolor se reducía a un trozo de papel con unas cuantas palabras fríamente escritas, sin sentimentalismos o compasión alguna, unas cuantas frases mecánicas carentes un verdadero interés, unas pocas oraciones bien estructuradas que sonaban suaves y sencillas, si las habían quitado de una vieja tarjeta de felicitaciones no me hubiese extrañado. Esas pocas frases estaban arrebatándome el alma. Las palabras cordiales no penetraban en mi mente y los consuelos no calmaban a mi corazón compungido.

Los cálidos brazos que hasta aquel día me habían acogido innumerables veces cobijaron mi cuerpo tembloroso que se agitaba en medio de sobresaltos e hipidos espasmódicos, acurrucada encima de sus piernas me balanceó tarareando susurros que no accedían al reconocimiento, murmurando. Y temblaba, él y yo temblábamos.

Éramos tan cobardes, tan débiles… tan egoístas e inconscientes. Ya ni los susurros calmantes ni las promesas de un futuro prometedor, ni mil palabras de ánimo, nada, nada tenía validez para mí. Ni las creencias por las que antes abogaba, no ahora, que yo incapaz de verme en el espejo, de mirar mi rostro y verme a mí- porque no era yo era alguien más –la imagen de fortaleza fue paulatinamente reemplazada por una figura demacrada llena de culpa, resentimiento y desdicha.

No albergaba en mi corazón el perdón para mí misma, a pesar de que persona alguna, colmada de los peores infortunios a los que se había condenado pudiese sentir un arrepentimiento tanto o más grande que el que yo sentía, la sentencia estaba dada y el delito era sólo mío, sólo suyo, o de quien quisiese aceptar la realidad.

Si mil agujas hubiesen sido suficientes como castigo para expiar mis faltas habría tomado con gusto aquella sanción. Pero ahora el reloj se había comenzado a moverse y las manecillas con calmaba marcaban el inicio de la tribulación mientras el rítmico tic-tac que desencadenaría una nueva pesadilla daba marcha atrás. Una cuenta regresiva.

Mis ojos bañados en lágrimas se desviaban sobre las letras torcidas, escritas con pulcritud de forma autómata:

"Querida familia Weasley

Procedemos a dar el informe de la desaparición del Sr. Harry James Potter Evans, paciente del área psiquiátrica del Hospital de San Mungo y Salvador del Mundo Mágico quien fuera ingresado el día 7 de Noviembre de hace tres años a cuidados intensivos y vigilancia permanente.

Debido a la ausencia de magia externa dentro del recinto ya sea esta blanca o negra, a avistamientos de intrusos o sospechosos interesados en el Sr. Potter además de ustedes su familia más cercana, a la inexistencia de hechizos del tipo Imperdonable o el uso de alguna poción que comprometiera la fidelidad de nuestros vigías cuidadosamente seleccionados del Departamento de Aurores, y/o a otros percances o circunstancias que interfieran en los acontecimientos, nos disponemos a anunciar su posible escape por voluntad propia cuyos medios o razones desconocemos.

Se halla en nuestras manos el comunicarles este hecho no sólo vergonzoso para nosotros como institución de medimagia, sino también como miembro de la comunidad mágica albergamos nuestras más sinceras disculpas y congoja, compartiendo para con ustedes el profundo dolor de tal tragedia que procederemos a corregir lo más pronto posible y cuanto esté en nuestras manos hacer.

Nuestras más sinceras disculpas.

Director del Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas

Cornelius Muldoon"

Maldiciendo entre murmullos mal articulados, recordé el día en que todo había dado inicio, el horror, el miedo que rodeaba el ambiente, el hilo de confianza desecho.

El día en que las pesadillas dieron comienzo, o al menos cuando oí el terror de ellas por primera vez.

Pero antes no era así, las risas, la alegría, la tranquilidad que tan poco habían durado. Las consecuencias de la guerra que habíamos dejado atrás creímos haberlos superado.

Los efectos del ayer habían llegado demasiado pronto, y un ayer diferente torturaba a mi alma y conciencia. Yo no tendría paz jamás. No tenía perdón.