Capítulo 03
"Retornas sin cesar, melancolía,
Oh regalo del alma solitaria.
Arde hasta el final un día de oro.
El ser paciente se inclina humilde ante el dolor
Resonante de armonía y tierno delirio.
¡Mira! Ya va oscureciendo.
Otra vez vuelve la noche y se lamenta un mortal
Y hay otro que sufre con él.
Tiritando bajo las estrellas del otoño,
Año tras año se inclina más profundamente la cabeza."
En un álbum antiguo. – Georg Trakl
Algunas veces mientras duermo creo tener la sensación de que mis sueños no son más que la repetición de un sueño anterior, se halla un deja vu detrás de cada imagen superpuesta y deslucida, cada sonido lejano y distorsionado, oculto en cada movimiento, en los pensamiento o las palabras susurradas, entre cada silencio interminable. Durante la mañana siguiente a ese sueño de imitación me despierto con un sentimiento de irrealidad afianzado a mi conciencia, al menos durante los primeros minutos… Este tipo de sueños jamás los he podido olvidar. No sé tampoco si el olvidarlos fuera o no lo mejor.
Me gustaría… yo quisiera. Pero no.
Cada mañana después de este tipo de sueños ya he muerto mil veces y un millón más. No son mis pensamientos, ni mi cuerpo, ni mis palabras o mi boca. Cada noche muero de una manera diferente, cada noche de una manera más aterradora que la anterior. Cada noche desde aquella primera.
Cuando dormí bajo mi cielo verde perturbador creí no soñaría otra vez. ¿Por qué debería? Desde hacía tres inviernos que no soñaba nada. Me habían arrebatado eso de mí, y no sabía si estar o no agradecido. Sin duda alguna yo no quería soñar de nuevo. Sin embargo, eran míos, no tenían derecho y aún así se los habían llevado.
Pero no esa noche.
Por eso me sorprendí al despertar a la mañana siguiente agitado y apesadumbrado, con un vacío en mi interior, sin aire en mis pulmones los cuales no querían ser llenados, no había nada, no existía nada. Y ya nadie podía saberlo jamás. No de nuevo. No por ellos, los traidores. Ya no más.
A veces soñaba cosas, cosas que ya no diría, eran mías. Y morí.
Esa noche soñé. Creí escuchar el crepitar del fuego, pero no llovía o hacía frío, nadie lloraba o exclamaba entre gritos estridentes que por costumbre perforarían mis oídos. Su dolor era mío. No esa noche, sin embargo. El fuego, su aroma, un golpe, las visitas, el dolor, un crash, el miedo… y tres inviernos. Esa noche dormí a saltos, y en el séptimo sueño justo antes de que acabara la madrugada. Soñé.
El futuro, el pasado, el miedo y las mentiras. Las soñé y no lo sabía, porque esa noche yo morí de nuevo.
Las calles abandonadas por el mal clima tenían un aire solitario que parecía contradictorio en comparación al tumulto de gente que pululaba de un lugar a otro unas horas antes cumpliendo con sus deberes diarios, ajenos a cualquier alteración de su entorno siempre y cuando no los confrontara directamente, como esta lluvia que se volvía más y más fina a cada minuto. Hace unas horas muy pocos se vieron preocupados por las nubes negras que comenzaban a cubrir el cielo, eran muy pocas y espaciadas entre sí. No eran importantes… hasta ahora.
Un par de autos pasaron a su lado de vez en cuando, las luces distorsionaban la sombra que se reflejaba en la pared, a veces en el piso y a veces, por momentos desaparecía, le venía siguiendo desde que había comenzado a oscurecer y el alumbrado público se encendió iluminando las calles tenebrosas sumergidas en un sospechoso e inexistente atardecer, su única compañera también se ausentaba renunciando a su presencia. Estaba solo.
Llevó una mano hacia el dolor constante en su estomago, algunos días se despertaba sintiendo que le faltaba el aire, que el que respiraba no era suficiente, y le dolía el estomago y el pecho, tal vez hoy era uno de esos días, pero no estaba seguro. Se frotó distraídamente un segundo para que al siguiente delineara el contorno de una vieja muralla de piedra, tenía algo siniestro en ella, algo aterrador así que quitó la mano rápidamente y siguió caminando.
Un crujido proveniente de algún lugar sobre su cabeza desvió su atención, aunque no estuviera concentrado en nada en particular, alzó la mirada y vio a un ave nocturna cambiándose de rama sobre un árbol desnudo, extraño y retorcido también tenía algo espeluznante como si no fuera de este mundo. Lo ignoró, o quiso hacerlo, pero parecía que la imagen ya plantada en su cabeza lo seguía: una fría muralla de piedra, un árbol retorcido y un ave de mirada depredadora que tenía un conocimiento dentro de sus ojos que lo obligaba a intentar contener los estremecimientos. El conocimiento era aterrador.
En medio de su intento por omitir cualquier sonido, imagen, aroma o sensación frotó su estomago adolorido e inhaló con fuerza llenando de aire húmedo sus pulmones, sin embargo, como supuso no fue suficiente y una incómoda necesidad se instaló en su interior. Tal vez sí era uno de esos días.
La lluvia terminó por transformarse en un fino velo que no causaba más que un ligero cosquilleo, la luz que se proyectaba en las calles lograba que se diluyera en un conjunto de colores imposibles y figuras abstractas, no tenían ningún interés para él, ningún aspecto o detalle llamativo, ni vivos colores, aún así acabó viendo un charco más tiempo del normal, las frágiles y casi imperceptibles gotas se encargaban de convertir una imagen en otra, siempre diferente, siempre constante. Los cambios siempre eran extraños, y hasta cierto punto… atemorizantes.
Inhaló una vez más dejando escapar el aire entre sus labios, era doloroso e incomodo, molesto.
Cuando un ave, podía o no ser la misma que saltaba sobre las ramas del horrendo árbol tenebroso, irrumpió en medio de su charco picoteó un par de veces en él antes de girar la cabeza en unos casi ciento ochenta grados, mirándolo con uno de sus ojos, parecía un animal moribundo, pero aún así se veía feroz, como un depredador observando a su presa. Un brillo perturbador, acechante. Esta vez el ave chilló.
Ensordecedor. Espeluznante. Inquietante. Un sonido estrepitoso… Y de pronto se mezcló con un grito de pura agonía, más humano, más real, aunque más, mucho más aterrador. Era una nota aguda e inalcanzable, iba más allá de un ruido estridente.
Él no lo conocía, pero así debería sonar la muerte. Un murmullo lejano en medio de una pesadilla. Ajeno, irreconocible, pero suyo.
Estaba gritando.
Se giró para huir ahora sí de todas aquellas cosas que lo envolvían en la inquietante angustia que oprimía su pecho. El dolor. El temor. Tan lejano. Tan suyo. Quería huir de la lluvia sombría, de la noche oscura, de las murallas de piedra, de los pájaros conocedores, de los arboles retorcidos, de las figuras surreales de los charcos de luces. De las sombras traicioneras. De la soledad.
Cuando frotó su pecho que mantenía el aire contenido notó que estaba empapado, que no llevaba paraguas ni impermeable a pesar de que durante todo el camino sintió como si el agua no lo alcanzara, no había importado entonces y ahora estaba empapado. El dolor lo atravesó una vez más, esta vez más penetrante, más intenso y el agua se escurrió entre sus dedos. Dolía. Al ver su mano se dio cuenta de que sangraba, que gritaba porque se estaba desangrando, porque estaba muriendo y estaba solo.
Se volteó y observó el camino recorrido: los charcos de luces teñidos de un rojo vibrante y al mismo tiempo enfermizo creaban figuras macabras, rostros sonrientes y desconocidos, una fría pared de piedra con los rastros de la sangre espesa, el ave tenebrosa que esperaba el momento de su muerte para desgarrar su carne, iría directo a la herida abierta, a devorar sus entrañas tiernas y cálidas. Todo el desconsuelo que se alojaba en sus pulmones era consumido y tragado por la lluvia que arreciaba con fuerza sobre los tejados. Junto a los tejados desconocidos se percató también de que las calles, los arboles de la avenida, la calzada, las huellas y el asfalto transitado le eran desconocidas, no debería estar ahí, no era donde quería ir. No sabía, no recordaba a donde iba o por qué y de pronto todo aquello era absurdo. No importaba, como las nubes que anunciaban lluvia eran el camino y el pregonar de su muerte.
Caminó quien sabe por cuánto tiempo sin saber por qué no terminaba de morir, en medio de un eterno estertor, un zumbido en sus oídos, el dolor de su cuerpo agonizante colgando de un incierto hilo de vida. Había sido mejor cuando no sabía que estaba muriendo. Quería morir.
Cuando se detuvo entre una muchedumbre curiosa se abrió paso entre la gente, ellos no notaron su estado moribundo y él olvidó que estaba muriendo. Eso estaba bien, por lo tanto no importaba.
Al final del callejón frío y húmedo se aglomeraba el olor a moho, a vejez y muerte, a basura. La sirena de la ambulancia hizo eco a medida que avanzaba, aún se mantenía lejos. Justo en un agujero frente a sus pies se reunía el agua, fangosa y ensangrentada.
Al final del callejón había una persona muerta. Un pobre hombre había muerto solo, desechado como un costal lleno de basura, así es como sería su muerte: la soledad, el miedo, rodeado por un montón de personas que no llorarían su muerte, sería un objeto que despertaría su fría y sádica curiosidad, algo momentáneo y prontamente olvidado.
Avanzó hasta el límite del callejón de estrechas paredes, nadie lo detuvo, no importaba. Se sentó junto al hombre muerto y esperó… pero la muerte no llegaba. Entonces lo miró, al hombre, vio sus manos sobre su estomago como si le doliera y lo imitó, acomodó sus piernas y apoyó su espalda en la pared. Pero al ver su rostro finalmente comprendió: estaba muerto.
Cuando despertó esa mañana se observó en el espejo, se veía ojeroso y se sentía algo perdido como si flotara en el aire. No se parecía a él, era alguien más, un desconocido.
Después de vestirse se asomó a la ventana. Esa pesadilla lo había dejado algo perturbado. Encendió el último cigarrillo que le quedaba, era de una marca barata, apestaba y sabía horrible, pero era mejor que nada. Exhaló el humo consistente en una perfecta espiral y lo vio desvanecerse en el cielo, las nubes estaban un poco grises, aunque estaban distantes entre sí.
Había alguien abajo en la parada de autobuses de enfrente, una chica, era linda, escribía algo en su teléfono celular, ella se paraba ahí todas las mañanas, posiblemente llegara temprano a tomar su autobús porque cuando él se iba ella seguía ahí, tal vez algún día le hablaría. Hoy no.
Salió con la misma sensación alojada en su pecho acongojado. En medio de su inconsciencia llegó al callejón mohoso, estaba desolado, caminó hasta donde se había sentado moribundo e inhaló profundamente, no podía quitarse esa molestia instalada en sus pulmones. Tal vez era uno de esos días.
Un sonido lo alertó, se giró, era la chica del paradero. Sí, era linda. Le sonrió y recibió una sonrisa a cambio, había algo en sus ojos una chispa conocedora quizá. Se acercó intentando pasar por su lado, hoy no tenía ánimos para hablarle. Antes de darse cuenta tenía un cuchillo enterrado en su abdomen, luego en su estomago, y otro más a un costado. Retrocedió involuntariamente hasta apoyar la espalda en la pared. Su grito mortal salió por medio de un simple gorgoteo inútil. Aquí moriría solo y abandonado como una pila de basura inservible.
Alzó la vista al cielo, esta noche llovería.
Un pájaro insidioso se acicalaba en la cornisa de una de las ventanas. Tenía algo en sus ojos, algún tipo de conocimiento… Era una bestia insidiosa… de inmediato cruzó su mente la imagen de una linda chica frente a la parada de autobús.
Se preguntó si esta vez la muerte llegaría, lo único que sabía es que sería igual aterradora y solitaria.
En medio de la oscuridad su sombra le abandonó.
El dolor se agitó desde mi alma hacia el exterior en medio de un grito desgarrador. Ella estaba gritando, me estaba matando. Gruesas lágrimas resbalaron por mis arreboladas mejillas cayendo una tras otra humedeciendo todo su camino. El agitado palpitar de mi corazón no tenía precedentes, golpeando con tal fuerza que el dolor era casi insoportable. El ardor familiar situado en mi garganta, el terror y la inconsistencia que envolvía a la realidad oprimían cada punto en mi mente, arrastrándome lejos de mi entorno. Ya había sucedido antes, no era la primera vez, pero simplemente no podía acostumbrarme en su totalidad.
Los gritos se detuvieron de pronto transformando el ruido ensordecedor que bloqueaba cualquier sonido ajeno en un silencio inquietante y perturbador. Sabía que mis ojos permanecían ampliamente abiertos, pero las penumbras que obstruían mi visión hacían que dudara de la propia veracidad de los hechos, de los que palpaban mis manos y del aire que entraba y salía entre cada agitada respiración, huyendo de mí. Me temía. ¿Por qué debía de temerme?
Yo tenía miedo. Estaba asustado, y el silencio no hacía más que aumentar mi angustia.
La oscuridad nebulosa se difuminó con lentitud dejándome distinguir los ángulos de la habitación. La movilidad de mis brazos y el acto mismo de ser dueño de mi vista me condujeron de vuelta de aquella errónea realidad: no estaba enclaustrado entre cuatro paredes, ciego, restringido y limitado, sin embargo, aún era presa del tormento de los recuerdos felices que alguna vez me ayudaron a afrontar los difíciles momentos que interferían en mi brillante porvenir, apartaban las negras nubes y levantaban mi ánimo cansado. Ya no más.
El suave satín se extendía bajo mi cuerpo, acariciándolo con mis manos hasta despejar mi mente quedé recostado sin hacer otro movimiento además del lento subir y bajar de mi pecho al compás de mis respiraciones, los pesados movimientos de mis parpados y el roce suave de mis dedos contra la sabana.
No sabía en donde estaba. Sí, estaba fuera de mi cárcel de blancas paredes, pero ¿qué era este lugar en realidad? La Mansión Riddle no lucía ni de cerca tan acogedora como esta habitación, además de que había sido completamente destruida. ¿Quién era él? ¿Mi salvador o el enemigo? Mi mente se negaba a aceptar lo último. No había visto su rostro desde aquella primera mañana, el sol y la luna habían intercambiado lugares ya casi cinco veces, ahora mismo la luna erigía su mandato en lo alto del cielo parcialmente cubierto de nubes; cada vez que mis parpados se separaban había un plato de comida en la mesa de noche junto a la cama, el apetito regresó con ansias y mi paladar se deleitaba en cada oportunidad saboreando aquello de lo que se me había privado. A él no lo había visto.
¿Sería acaso mi nueva prisión? No había dicho nada raro, me preocupaba demasiado de no hablar en voz alta, y hasta ahora, no había tenido de estos "episodios" como los otros los llamaban. Y es que ellos no entendían porque no podían oírla, no podían ver lo que yo veía, ni saber lo que había aprendido a comprender. Tal vez fue por lo que ocurrió esa mañana, eso fue extraño incluso para mí, no había sido capaz de controlar aquellos impulsos
Era parte de mí. Y desde esa noche, ya nadie tenía que saberlo.
Mis piernas temblaban y carecían de la fuerza suficiente como para sostenerme en largos tramos, las idas al baño y un par de duchas agotaron toda la energía almacenada.
Aunque hoy, hoy quería verlo. Se instaló ese pensamiento en el fondo de mi mente albergando un desafío nacido detrás de una idea apresurada: si era o no mi nuevo captor lo sabría pronto, de serlo correría cuanto pudiera, sentía como la magia volvía paulatinamente a mi cuerpo y tal vez podría mantener una pequeña batalla, o darle un par de problemas… si tuviera mi varita, pero no la tenía y usar magia sin varita agotaría mis suministros. Para este punto mi fuerza era tan sólo un poco superior a la de un mero Squib o un Muggle, sin embargo la adrenalina ya había ejercido su poder en mí, impulsándome a hacer el trabajo de levantarme caminando entre tambaleos hasta la puerta de salida. No quería tener que tolerar otras cuatro paredes, que a pesar de ser más afables y cálidas, de estar provistas de ventanas enormes que iluminaban la habitación y ser capaz de sentir todo aquello que volvía a mi cuerpo más humano, los deseos que tanto se me negaron, no me otorgaba ni despertaba en mi esa extraña alegría de la que parecía habérseme privado. No era mi anhelada libertad.
Este era, ahora, el deseo que me ayudaba a enfrentar el dolor y la desesperación, que ahuyentaba lo que la locura de la soledad podría hacerme, los estragos de mis memorias y pensamientos revueltos, alejaba el terror de las pesadillas y lo que significaban para mí. Que me desligaba del odio y el dolor de esa traición que hirió perforando mi alma.
Al cerrar los ojos soñaba con prados soleados, con las playas que jamás había podido visitar, con extensos bosques, el cielo de un glorioso azul y las montañas nevadas. Tenía tanto por ver y vivir, tanto de lo que me habían despojado.
La pesada puerta de madera casi acabó por completo con mis músculos adormecidos que aún encontraban complicaciones a la hora articular los movimientos y tras un gran crujido cedió en mis intentos.
El pasillo completamente iluminado era extenso y no por tener mucha luz lo hacía menos escabroso, a medida que mis torpes pies descalzos me guiaban por el frio suelo con la pared como único soporte los pensamientos se alejaron dejándome enfocado únicamente en mi labor y en las ideas paranoicas que me obligaban a voltear cada cinco segundos vigilando mi espalda descubierta. Guiado sólo por ese aroma a sándalo, un pie frente al otro caminé por varios minutos bajando escaleras, sin abrir una sola puerta equivocada, algo en mi interior me indicaba que no eran correctas. Y ella otra vez estaba calmada.
En algún punto de mi trayecto llegué a la puerta principal, sin detenerme ni medio segundo caminé arrastrando mis piernas cada vez más pesadas, ni siquiera llegué a considerar el bosquejo de aquel descabellado plan. No huiría de esa manera. Me estaba llamando. Su aroma.
Ella lo quería.
Cuando me planté de pie frente a una puerta con finos detalles labrados a mano y una brillante manija no dudé dando mi último impulso, la puerta se abrió.
Entonces… entonces dudé…
Ya no parecía un plan tan claro en mi mente. ¿Qué trataba de demostrar? ¿Qué averiguaría con todo esto?
Había un hombre cuya figura conocía sentado en un sofá frente a la chimenea con un libro en su regazo, las llamas rojizas centellaban deformando su perfil y dándole un acabado nuevo a su rostro. El crack de las ramas y la situación juntas evocaron una extraña imagen en mi cabeza, de una noche de Noviembre como esa, una noche en que sucedió lo que jamás sospeché, era una noche que jamás debió haber pasado.
Y en ese instante me sentí cohibido de repente y bajé la cabeza, no era correcto, nada parecía serlo. No debí haber salido, no debí haber pensado, no debí haber dudado, tampoco debí haber abierto la puerta sin preguntar. Todo estaba mal.
Un malestar e incomodidad se alojó en mi pecho obstruyendo el paso habitual del aire, no era suficiente. No era correcto, estaba mal.
- Harry.
La voz grave y firme me sobresaltó, mas no levanté la cabeza. Eso estaba bien, era lo adecuado.
- Ven aquí Harry.
De pronto mi cuerpo era más pesado y quise mantenerme de pie, con dificultad caminé junto a él. Me paré sin levantar la mirada, de pronto mis manos parecían más entretenidas mientras yo jugueteaba con mis dedos. Una mano tomó mi mentón y conectó mi mirada con la suya, oscura con el fuego que se agitaba en su interior, sus ojos invadían la privacidad de mi alma, pero no sentía rastro alguno de Legeremancia. Ella reía y saltaba haciendo vibrar mi piel. La mano de Tom titubeó y me miró, realmente observándome.
- ¿Qué haces levantado, Harry? Es tarde y todavía no estás totalmente repuesto, de hecho, apenas sí estás de pie sin azotarte contra el suelo.
Consideré la respuesta, ninguna sonaba lo bastante convincente incluso en mi mente.
- No venías a verme.
Mi voz salió trémula y nerviosa, no sonaba a mentira, sin embargo. Fue algo tímida y el temblor se dirigió directo a mi estomago retorciéndolo con inseguridad, necesitaba su aprobación.
- No es todo, Harry. Lo sabes. Estabas dormido, ¿por qué te despertaste?
¿Por qué?
- Tuve una pesadilla.
- ¿Qué soñaste, Harry? – Mi nombre salido de sus labios sonaba seductor, la forma sutil en que retorcía las erres arrastrándolas sin desprecio. – Te hice una pregunta.
Mordí mis labios, no lo diría, ya no más. La agitación apretó mi pecho, el aire faltaba de nuevo. Pero no lo diría. Las palabras pujaban por salir, a punto de saltar de la punta de mi lengua, no podía dejarlas huir de mí. No dejaría que me encerrara de nuevo, podría matarme. Las lágrimas agolpadas en el borde de mis ojos caerían en cualquier momento y la conocida vibración en el aire circundante y mi cuerpo me indicó lo que sucedería.
Estaba cerca de ponerse a llorar. No sería capaz de soportarlo dos veces en un periodo tan reducido de tiempo, ambas manos las cuales se apresuraron a cubrir mis oídos fueron detenidas en un fugaz movimiento.
- Siéntate, Harry. No tienes que decírmelo.
Se desvaneció el terror en un instante y mi cuerpo pesado se acomodó en el sofá junto a él a una distancia prudente. Tom tenía las piernas cruzadas y un libro en su regazo, lo quitó y acomodó las piernas en una nueva posición.
- Duerme Harry. – Me indicó y casi brinqué de felicidad. No me reconocía, ¿por qué sería feliz por ello?
Sin meditarlo otro segundo acosté mi cabeza en el lugar que con anterioridad usara el libro, me acurruqué buscando mi propia comodidad.
- ¿Por qué…?
La pregunta quedó a medias, el sueño se adueñó de mí en un santiamén. ¿Por qué no me había matado? ¿Por qué me liberó? ¿Por qué me mantenía? Y ¿En dónde estábamos?
- Duérmete Harry. – Se oía como una orden que no podía rechazar. Su mano acarició mi cabello alborotado y esa sensación electrizante me recorrió de pies a cabeza. Ella estaba feliz, y a quien engañar, yo también lo estaba. Volvió ese hormigueo familia, tan relajante que mi piel zumbaba de satisfacción.
No hubo más pesadillas esa noche. Las calles despobladas y tenebrosas se perdieron en la suave caricia, el toque ligero y la calidez de aquella mano fría. Juré haberla sentido detenerse rozando mis labios y mejilla, pero ya estaba muy adormecido como para corroborar mis especulaciones.
La oscuridad esa noche no fue tan abrumadora y mi mente y corazón descansaron sin sueños en las manos de mi enemigo.
Aquella noche no fuimos ella y yo. Mi fiel sombra traicionera.
Muchas gracias a quienes comentaron . Ahora unas aclaraciones:
- No sé si considerar este Fic como un Dark Harry, ya que al menos yo no lo considero totalmente malo, sigue siendo él pero por el momento no actúa así y es comprensible, pero hará cosas malvadas con una "justa" justificación, según él.
- La relación entre el Fic y el libro de Frankenstein, para aquellos que leyeron el libro lo explica Hermione al final del prologo y para los que no: Víctor Frankenstein guiado por una malsana curiosidad da vida a un ser horrendo dándose cuenta de su error al crearlo sólo cuando lo ve moverse, más tarde, esta criatura desdichada por su horrible apariencia y por carecer del afecto que merecía su noble alma desata una venganza contra su creador asesinando a su hermano menor y culpando a una chica inocente amiga de Víctor, la cual es condenada a la horca, y a su esposa y amiga. Se relaciona con el trasfondo de la historia, aten cabos y voilá (Me niego a revelar la trama)
- Soy una chica detallista y me encanta leer esos libros en donde descubres que las reacciones de los personajes tienen X motivo el cual había sido revelado anteriormente sin que te dieras cuenta. Por lo tanto, aquí todo tiene un motivo oculto y les sugiero que presten atención. Tomaré como ejemplo, la última frase:"Mi fiel sombra traicionera" lo más común sería pensar que se refiere "ella" a quien menciona como parte de él sería su "sombra fiel" y a la vez le causa daño "traicionera", él mismo se causa daño, sin embargo, me gusta dar señales en doble sentido así que analizando más a fondo, tendremos que: la narración está en 1º persona, o sea que Harry relata lo que sucede, todo en tiempo pasado, en varios momentos se da a entender de que le está hablando a alguien mientras cuenta la historia, por lo tanto ¿Quiénes eran fieles a él como una sombra, y sin embargo lo traicionaron? Con esto despejamos una nueva interrogante, ¿a quién le cuenta lo que sucedió?
