Capitulo 04
De pie frente al espejo empañado por el vapor de una ducha reciente despejé con una de mis manos la fría superficie exponiendo una visión completa de mi cuerpo. Estaba más delgado, tal vez, y también parecía que mi cabello había ganado unos cuantos centímetros más, seguía igual de alborotado e indomable, pero más largo. Mis piernas temblorosas habían llegado a su límite, el escozor en los músculos era una clara señal de ello.
Cada día practicaba caminando de lado a lado de la habitación esperando que la sensación de familiaridad regresara de una vez, sin embargo el dolor y la frustración parecían no ceder trayendo inevitablemente el recuerdo de la traición al presente. Todo el entorno solía difuminarse y en ocasiones el calor de la chimenea y la lluvia persistente se sentían tan reales que la paz del pasado se volvían tan tentadoras, seduciendo mi conciencia a través de un delgado hilo invisible abandonándome por horas en las corrientes de recuerdos lejanos, felices.
Entonces despertaba.
Ella siempre estaba ahí cuando abría los ojos de mi conciencia presente, se paseaba y se quedaba junto a mí como un consuelo aterrador ya que era imposible saber cuando la ansiedad sobrepasaría con creces la tranquilidad que me otorgaba la solitaria habitación; mi mente se mantenía en vigía constante no sólo cuando estaba despierto sino que la tensión impedía que mis pensamientos se mantuviesen apacibles en medio de los sueños. Siempre atento, siempre esperando. Ella me estaba matando.
Y yo no podía odiarla.
El reflejo inestable representante de mi propio cuerpo, de mi propia realidad enseñó un nuevo detalle que debí haber pasado por alto o bien, siguiendo los pasos de mi experiencia personal, eran señales que no habían hecho acto de presencia hasta ahora. Unos débiles cardenales de un suave color rosado manchaban la piel ligeramente tostada de mi tórax, otras de un rojo más oscuro se envolvían alrededor de mis tobillos y muñecas, acompañadas del rastro casi imperceptible de una quemadura. No dolían. No obstante, el violáceo enfermizo entorno a mi cuello, hombros y brazos, las tonalidades que se degradaban a partir de ellas resaltaron delante de mis ojos acaparando mi atención. Una última mirada a mi cuerpo cubierto de cardenales, unos más claros que otros delatando así su gravedad, desvió la angustiosa, pero displicente observación hacia la sangría de mi brazo izquierdo, una serie de patrones delgados tintados con el color del oxido se establecían en un conjunto dispar, los vestigios superpuestos de aquel molde asimétrico se extendía en toda esa área. Las venas que ni siquiera sabía que se hallaban en ese lugar se veían amarillentas desplegadas en finas líneas hasta el antebrazo coloreando la pigmentación de mi piel de un horrendo color verdusco al desaparecer.
Mi mano izquierda se contrajo en un movimiento espasmódico bordeando el límite del dolor y casi con miedo la diestra tocó la siniestra sintiendo el correr de la sangre bajo la punta de los dedos ubicados sobre los rieles que sobresalían levemente. Había palidecido considerablemente, no quería seguir viendo esas marcas de origen desconocido las cuales habían ocultado su presencia hasta el momento apareciendo únicamente para perturbar mi mente. Contradiciendo por completo mis deseos mis ojos no se despegaron de ese maltrecho cuerpo, mis manos no detuvieron su recorrido por sobre las desagradables marcas y fue encima de las huellas localizadas entre mi cuello y hombro que noté el parecido. Eran marcas de dedos, dedos largos que se envolvían alrededor de mi cuello, presionando.
Víctima cruel del sofoco situé ambas manos sobre mi cuello, la luz blanca y brillante que cegó mis ojos fue la misma que me obligó a cerrarlos con fuerza. Las fuertes manos que enroscaban con brutalidad sus dedos sobre mi cuello presionando los ángulos precisos para privarme del aliento que tanto anhelaba sujetaban con una fuerza sobre humana, negando y restringiendo. Un escozor tan conocido rasgó la piel de mis tobillos, y de repente mis manos ya no llegaban a mi cuello, impidiendo que ejerciera los movimientos que deseaba. Las figuras se desdibujaban una tras otra para volver a reaparecer de inmediato borrosas y oscuras, como meras sobras de movimientos mecánicos. Mis pies ya no tocaban el suelo frío, la luz apuntaba directo a mis ojos, una mano sobre mi abdomen y otra sobre mi hombro, -más de un par de ellas- aplastaban mi cuerpo contra una superficie gélida permitiendo su contacto con cada tramo expuesto de mi piel. El frío, la impotencia y el desconcierto fueron sustituidos de inmediato por el terror de una situación desconocida sobre la cual no tenía algún control en absoluto.
El frío, el miedo, los gritos y los llantos, las agonías desvanecidas en la oscuridad de una habitación sin ventanas. Las manos y el aire faltante que nunca había estado ahí se evaporaron, los alaridos estridentes como cuervos premonitores de una muerte inminente en medio de un callejón solitario acabaron amortiguados por las paredes selladas, las tinieblas de mis ojos ciegos y la espalda contra la pared como un moribundo acorralado. Siempre sumergido en la oscuridad que parecía querer adueñarse del aire que respiraba, de cada uno de mis pensamientos rebeldes y libres en medio de los deseos de una fuga sin precedentes.
Cuando la asfixia cedió dando paso a una exhalación largo tiempo contenida, la luz y la oscuridad terminaron diluidas en un cielo verde de ensueño que bien podía estar formulado por los deseos traicioneros de un preso sin libertad perjudicado por una vil traición. La suavidad dispersa tras mi espalda desnuda, ahora se hallaba humedecida por mi piel mojada empapando la tela. Estaba allí, era real.
Una siguiente respiración entrecortada se marchó de aquellos pulmones maltrechos esclavos del sofoco de un sueño, de una atroz pesadilla fugaz que se evaporó tan rápido como apareció. El cabello cubierto de agua que escurría gota tras gota recorriendo mi rostro hasta la tela bajo mi nuca, posiblemente se mezclaba con el sudor frío característico de estas situaciones y tan habitual para mí a fin de cuentas. Pero esta vez no había muerto.
La oscilación espasmódica y trémula de mi brazo derecho distrajo los desvaríos de una mente inconsistente como lo era la mía. Y allí estaban superpuestas las marcas enrojecidas de mil puntadas en una imagen abstracta y desigual.
El agobió se acopló a mi acelerado corazón otorgándole un golpe de adrenalina a mi débil estado físico vistiéndome deprisa con la ropa de dormir que había doblada cuidadosamente sobre la esquina de esa enorme cama que me había acogido día y noche. Olvidé el hambre que torturó a mi cuerpo minutos antes dejando atrás también la fatiga y la espumosa sensación que dejaba la estela del sueño, olvidando así los platos ubicados sobre la mesita de noche junto a la cama. El desayuno quedó desamparado pasando a un segundo plano mientras que mis piernas reanimadas se encaminaron directo a la puerta y la usual corriente eléctrica arrasó con mis terminaciones nerviosas.
Ella sabía a dónde me dirigían mis pasos, quizá, porque en el trasfondo de mis acciones el objetivo ya estaba escrito por ella misma y de pensarlo como lo hago ahora, ella siempre supo lo que yo quería, lo que necesitaba. En algún punto de mi vida se volvió algo que nadie podía arrebatarme, ella era yo y mis deseos eran suyos. Siempre sabia y elocuente, siempre impulsiva y calculadora. Siempre como un eterno verdugo preparada para cortar mi cabeza. Mi más grande miedo y debilidad, y la única a quien podía confiárselas.
Antes de ser capaz de registrar los cambios de habitaciones, las paredes cuyos elegantes tapizados variaban entre puerta y puerta, los cuadros y adornos antiguos, los pasillos circundantes fueron testigos de cómo mis pasos avanzaron sin dudar de su destino guiándome al objetivo diseñado en mis pensamientos, la única persona -según yo- que habitaba en esa casa enorme.
Sentado pacientemente, quien sabe si supo en algún momento que me trasladé desde mi habitación a ese pequeño salón de descanso, pero cuando abrí la puerta sólo estaba sentado en un sofá victoriano forrado en un bello tapiz azul claro, la madera de cerezo tallada a mano se curvaba en infinitos detalles y recovecos que se retorcían en el respaldar, las patas curvas del mueble y los reposabrazos finalizando en estos últimos con la cabeza de una serpiente a cada lado. Ignoré aquel pormenor ya que no era el propósito que me había arrastrado sobre los pasos descalzos y tambaleantes desechando a un segundo plano la fatiga que me acogía.
Estaba ahí, sentado en una pose perfecta con la espalda recta y las piernas cruzadas, una taza de té entre sus manos y alguna carta en la otra. Sus ojos oscuros unidos al aroma cautivante de sándalo que en esos días había aprendido a distinguir sin problema, relajaron a mis exhaustos músculos entumecidos, el ardor que cosquilleaba sobre la superficie de mis muslos y pantorrillas, el tirón insistente en los músculos allí situados.
Fue esa misma mirada la que me impulsó a dar un siguiente paso, nuevamente, estar ahí parecía no ser lo correcto.
- Qué haces aquí, Harry. Pensé que te había dejado descansando. – Me aproximé un poco más antes de que su voz sonara de nuevo. – Mírame, Harry.
No obedecí a esa orden de inmediato y mi vista quedó enfocada en la segunda taza de té caliente que se hallaba sobre la mesa rodeada de dos largos sofás idénticos, en el que Tom yacía y el opuesto, combinando con ambos a un grado tal que debieron haber sido hechas por las mismas manos. Cuando segundos después sentí el impulso que prácticamente me obligaba a alzar el rostro y reunir mi vista a los ojos de mi "salvador", -o así lo consideraba en ese momento- hallé no sólo el sosiego que buscaba mi mente atormentada sino la perdición en sí misma que, junto a ese clásico tirón al que ya me iba acostumbrando y anhelando de igual manera, me dediqué a disfrutar de la calma que me brindaba.
Con el único gesto de una mano me senté frente a él considerando la mesita entre nosotros como una distancia prudente, deseaba, al contrario de lo que ofrecían mis acciones, que me permitiera acurrucarme en su regazo como la noche anterior, mas esto no ocurrió.
Me acurruqué en el rincón del sofá subiendo sobre él mis pies desnudos, prescindiendo así de sus gestos y ademanes tales como es ceja elevada en una curva impecable, y envolví mis brazos alrededor de mis rodillas tratando de forma infructuosa que ese frío inexistente que calaba mis huesos se apartara, sin embargo, no habían ventanas abiertas o rendijas ocultas por las que entrara el aire, además de que el clima que observaba por la ventana parecía idóneo para cualquier tipo de actividad al aire libre.
Pero tenía frío, mucho frío.
- Tuve una pesadilla. – Le dije, como si esas simples palabras develaran todo el asunto.
- Por qué no tomas un té conmigo, entonces. – El suave mandato oculto bajo la cordial solicitud fomentó la iniciativa necesaria para alzar la mano, re-acomodar la posición y tomar la humeante taza de té. Mis manos temblaban, quizá por el esfuerzo de mis desgastados músculos o por el rastrojo de temor que había dejado la nueva y reciente pesadilla, o tal vez fue por el frío que me abrazaba.
El aroma del té en sí mismo era relajante y antes de dar el primer sorbo ya me encontraba un tanto mejor, más calmado, pero el frío no se iba.
Cómo iba a irse si yo no sabía de dónde venía. No sabía que había nacido de la sensación de rechazo que se camuflaba tras la sombra del miedo. Cómo, si aunque hubiese sabido que provenía del incomprensible deseo de sentir el calor de sus brazos sujetándome, de las caricias de su mano sobre mi cabello y del pulso acompasado que corría bajo su piel arrullándome y haciéndome de escolta desde la realidad al mundo de los sueños que sólo en su cercanía había llegado a alcanzar.
No obstante, él no lo sabía, ni tampoco yo tenía conocimiento de aquello. No hasta algún tiempo después.
En ese instante, sólo estaba encandilado con su presencia.
No conversamos al principio. ¿De qué hablar con tu antiguo enemigo? No del pasado eso seguro; ni de los amigos que no tenía, los traidores. Mis gustos estaban básicamente enterrados bajo tres años de nada, con facilidad podía haberlos olvidado y recordarlos también causaba daño. No lo conocía y los temas que teníamos en común no eran agradables en realidad. La vida personal estaba vetada y el clima era un cliché tan malo que me daba dolor de estomago intentarlo.
El olor dulzón pegado a mi nariz encubría el aroma a sándalo. Suspiré viendo como el vapor que flotaba sobre la taza se deshacía sin despegar mi mirada de la suya y sin atreverme a preguntar lo que brincaba en el interior de mi cabeza.
- ¿Me vas a contar de que se tratan tus sueños?
La pregunta fue clara y concisa, no esperaba que tocáramos ese tema, no después de lo de anoche. Él dijo que no tenía que decirlo, ¿había mentido?
Justo antes de entrar en pánico, lo noté, aquel nimio detalle que hacía la gran diferencia, era una pregunta, sólo eso, y yo no estaba obligado a responder. La delgada y frágil brecha entre una orden y una solicitud.
- No. – La respuesta fue tajante. No habría forma de que se lo dijera, de ningún modo dejaría que me encerraran de nuevo aún si para ello debía resistir el jalón hacia el único hombre dentro de esa Mansión.
- De acuerdo. - ¿Así de simple?
No dije nada más para contrariar aquella decisión. No quería decirlo y por alguna razón desconocida para mí Tom aceptaba esa decisión sin cuestionamientos. Por ahora eso era bastante bueno para mí.
El calor de la taza con el líquido color ambarino se filtro desde mis manos y dedos a través de mi cuerpo escabulléndose por mis poros, pero incluso con ese calor añadido el frío que producía esos dos metros de distancia no cesaba su efecto sobre mí.
Un escalofrío que en la apacibilidad de la habitación que se me confirió comprendería era el anuncio de alguna criatura extraña, alguien ajeno a nosotros dos, que había violado mi perímetro de seguridad. La alarma se extendió por todo mi ser alertando la intromisión, y yo sumido en la ignorancia de esta nueva reacción quedé paralizado en mi lugar, los vellos que cubrían mi piel completamente erizados y la tensión que rodeaba el ambiente era casi dolorosa.
Me incliné un poco deshaciéndome del estorbo que significaba la taza enredada entre mis dedos y mis pies descalzos se deslizaron con un sutil movimiento que no percibí hasta que el piso helado hizo contacto con la planta entera de ellos.
- Harry, vete a la habitación.
La voz impaciente me sobresaltó percatándome del hecho de que mis ojos ya no estaban en contacto con los suyos quizá desde hace cuanto tiempo, el aire espeso se volvió difícil de respirar y me abrumó la sensación de no tener que moverme de ésta habitación muy por el contrario de lo que se me había ordenado. Esa fue la primera vez en años en que me sentí como el viejo yo, ese que no había sido aplastado por las pesadillas, por el vacío de una vida incompleta, por los gritos estridentes y por una desoladora traición. Fue breve, un pequeño brote de aquella extinta rebeldía cubierta por la adrenalina del momento, una chispa que murió con el dolor de una mano sujetando mi brazo.
Pero no quería caminar, no quería alejarme.
- ¡Vete, Harry! – Gritó. Feroz, con su voz profunda y gélida. – ¡Avanza de una puta vez y haz lo que te digo!
Ahí fue cuando me dejé conducir a mi habitación. Entre tirones, empujones, casi arrastras anduve hasta la puerta que fue abierta con una velocidad agresiva y acabé siendo arrojado dentro.
- Quédate aquí, Harry, y no salgas.
No fue suave, no fue gentil. Hubo tal brutalidad oculta en la placidez de su voz apenas moderada, que temí, fue como el renacer de una pesadilla, como estar frente a ella: sentir su tacto, oír el hielo en su voz y saber que estaba dirigido directamente hacia mí… que yo era el receptor de esa orden, de la crudeza que alojaba su mirada y que la molestia que se revolvía en el interior de sus ojos como el fuego crepitante de una chimenea no era una llama cálida, sino que era más como las cenizas opacas que refulgían demostrando que aún habitaba en él el monstruo que había sido, que no había podido eliminar la maldad nata que vivía en ese ser cuyo egoísmo, cuyos erróneos y radicales ideales me arrebataron a muchos de los que amé en su debido tiempo y que aún dichas memorias eran una fuente de efímera alegría que aprovechaba cuando ya no podía más.
Eran los ojos de un ave que esperaba devorar mis entrañas.
Que mi salvador era, otra vez, mi verdugo.
La puerta se cerró tras un rechinido y un sonoro golpe. Los pasos se alejaron dejando a continuación el ruido de sus respectivos ecos uno después del otro en un compás simétrico que evocaba mi soledad.
Acerqué mis manos temblorosas a la puerta influenciadas por el potente frío glacial que parecía sumergir más y más la habitación completamente sellada. Quedé ahí de pie, agitado y a la vez entumecido con una constante vibración en mi cabeza.
Tomé el pomo con miedo porque no quería confirmar lo que mi subconsciente ya sabía, lo giré y empujé, luego tiré de él y no cedió, la sacudí una y otra vez con fuerza. No desistió ni un centímetro.
Apoyando mi frente y la palma de mis manos sobre la superficie sentí la magia de una potente barrera, o tal vez varias, recubriendo el cuarto en todo su ancho, alto y largo. El cosquilleo de la magia persistía al punto del suplicio, indicando mi nueva celda con un nuevo carcelero. Y yo no quería creerlo.
Un sonido lastimero emergió en medio de un jadeo, desgarrador y torturado, seguido de inmediato de gemidos y sollozos ahogados, el dolor lacerante de una vasta agonía, los chillidos, los alaridos devastados del llanto de una niña perforaban mis oídos y se clavaban en mi cabeza como mil agujas punzantes destruyendo las fuerzas que había recuperado con mucho esfuerzo y emoción. Sorprendentemente, por primera vez no lloraba debido a ese daño.
Era otro tormento el que me afligía, incapaz de describirlo de forma correcta las lágrimas se limitaron a recorrer mi rostro empapándolo, humedeciendo su camino descontrolado, el ardor en mi garganta y la vista desenfocada, las cuerdas vocales heridas por los gritos que jamás proferí ese día. El segundo día en el que el consuelo que buscaba se tornaba mi tribulación.
Ella estaba llorando, sola y desamparada ya que en el instante en que el eco de los pasos abandonaron nuestro alcance auditivo el fino hilo que forzaba esa atracción llegó a un linde de tensión extremo, fuimos abandonados al borde de un abismo, de lo contrario no podían existir otras palabras para explicar la sensación de vértigo en mi la boca de mi estomago, la opresión en mi pecho, el miedo a caer y no ser sostenido. Era un dolor abismal. Era el miedo más profundo que pudo ser experimentado.
¿Es que no sabía que ella lo estaba llamando? ¿O sabría acaso que me estaba muriendo en este encierro?
Acurrucado en un rincón me permití caer haciéndome un ovillo, abracé mis piernas intentando protegerme nuevamente de la frialdad, todo en vano. Estaba congelándome.
El hormigueo de la magia circundante burlándose encima de mi piel, tapé mis orejas con mis manos ahuyentando los aullidos agonizantes, deseando desaparecer directo a la sala de estar en Grimmauld Place así podría apagar las llamas de la chimenea, espantar el calor y escapar de lo que me perseguía aún sabiéndolo imposible.
Evitar esa noche.
No podía escapar de lo que residía en mi mente. Ella estaba ahí, aquí, no se iría. Hoy, sin embargo, no importaba. Hoy no estaba solo. Ella estaba conmigo.
Un último lamento en una magnitud sobrenatural y ya no escuchaba nada, sofocado por las heridas abiertas. El aire rehuyó de mis pulmones, mis manos desgarraron mi garganta tratando en un intento inútil de apartar las manos de él. El negro de la oscuridad de mi viejo cuarto sin ventanas, el cosquilleo de las barreras mágicas y otros hechizos que me robaron la mía propia. Las voces gruesas y apáticas, las manos clínicas, los movimientos calculados, las sombras de rostros y las restricciones.
Un último grito antes de quedar sumergido en la oscuridad.
¿Cómo fue capaz?
Las puertas se cerraron tras de mí con un impacto certero resonando repetitivamente. Bloqueé mis pensamientos enfocándome en lo que vendría a continuación. No estaba muy ansioso de esta "emotiva" reunión, de haber podido, me hubiese mantenido alejado, pero allí echado sobre un pulcro sofá estaba él, bastó una simple mirada para que el odio regresara tan potente que el estremecimiento de los ventanales junto al tintinear de los caros objetos de vidrio y otros adornos fuera inevitable.
- Lindo recibimiento, Mi Lord. – Espetó aquel invitado no deseado con una ironía palpable. Sabía cómo irritarme.
- No me llames así, pulgoso. – Mascullé entre dientes, ya había perdido la compostura suficiente por hoy. Después de esas palabras el hombre se rió a carcajada limpia.
Frente a mí la personificación de lo salvaje, la criatura más indomable, irreverente e irrespetuosa que había tenido la fortuna de conocer.
- Así que, que te trae por aquí después de tanto tiempo.
Y la alegría se esfumó de su rostro.
- No juegues, sabes muy bien lo que me trae aquí, Riddle. – La agresividad destilaba de su voz grave. – Fuiste muy lejos con ese espectáculo tuyo hace una semana así que seré directo.
Enderezó su postura como un animal al acecho. Atento, feroz. Instinto puro.
- Dónde tienes a la alimaña. Sabes a lo que me refiero. – Agregó.
- No tengo por qué rendirte cuentas de lo que hago, Greyback.
Si bien nadie moriría esa noche lo haría pronto, así lo deseaba y así se haría. Porque esto, era sólo el comienzo y el reloj estaba en marcha de nuevo.
Me alegra informar que ahora sí, de aquí en adelante dejo de darme mil vueltas, comienza a avanzar la historia y las preguntas y sospechas se irán esclareciendo. Muchas gracias a los que comentarios, de verdad que unas palabras y opiniones hacen peso en los ánimos. Me encanta que compartan sus ideas sobre la trama, todas las hipótesis y barbaridades que les lleguen a la cabeza. Si tienen preguntas, siempre y cuando pueda responderlas también lo haré.
Sakura-Selene: No me había dado cuenta que faltaban separaciones, pero aún así será confuso, como dijiste la mente de Harry es un lío, de hecho, creo que ni él mismo es capaz de diferenciar mucho lo que está en su mente, los recuerdos y los sueños, pero poco a poco debería ir tomando forma, saber todo lo que pasó y lo que está pasando.
Mil besos, espero que sigan disfrutando.
Prox. Capítulo: Los Habitantes Invisibles
