¡Hola! Gracias por leer esta locura. Lástima no hubo reviews :( espero que si leen esto y les gusta manden aunque sea uno. Eso me basta para saber que vale la pena escribir mis tonterías.

Se les quiere.~

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Capítulo 1: Huída

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Mentiría si dijese que tenía claro qué hacer y a dónde ir. En lugar de eso, Sarada no tenía ni la menor idea de qué diablos estaba haciendo, y lamentaba su desfortunio de haber tenido el tiempo tan contado como para planear un plan.

Miró a los dos chicos que se pasaban una cantimplora de agua, y aunque su rostro era inexpresivo, en sus ojos se notaba cariño. Sin duda, amaba a los dos idiotas de su equipo.

No por nada Konohamaru-sensei les había dicho que eran el equipo más unido de su generación.

Sin embargo, no podía estar del todo tranquila. Estaba lejos de encontrarse relajada. En su mente solo habitaban divagaciones del cuerpo ensangrentado de Chōchō, de cómo había rostizado su interior salvajemente con su chidori, olvidando el lazo de profunda amistad que tenían.

Subió su mirada hacia Boruto y Mitsuki nuevamente, viéndolos charlar amenamente. ¿Cómo podían estar tan animados en esa situación? Sarada se sentía como un monstruo que no se merecía amigos como ellos, una asesina con demasiados pesos en la espalda como para poder unirseles y reír como antes.

¿Qué diablos le estaba sucediendo?

Otra vez ese ardor en los ojos. Apretó la mandíbula, tratando de pensar en otra cosa que la relajara. No podía pensar en un plan con su cabeza hecha añicos por darse tanta lata con sus acciones —terribles acciones, pero que ya no podían remediarse.

—Nee, mi padre estuvo en Akatsuki un tiempo. Ellos tachaban su bandana para indicar que rompían todos los lazos con su aldea —relató Mitsuki, viendo una mariposa pasar como si se tratase de una niña—. ¿No deberíamos hacerlo? Debe ser divertido.

Sarada negó con la cabeza. A veces Mitsuki era tan directo y poco precavido que le peovocaba lanzarle una patada directa a la cara. Tanto ella como el Uzumaki resoplaron.

—No veo nada divertido a desertar y vivir como criminales, Mitsu-baka.

—Dobe... Te lo advertí... —gruñó la Uchiha, acomodándose los lentes con algo de molestia.

—¡No me estoy quejando-ttebasa! ¿Tienes tu periodo, teme? —bufó el rubio, parando su caminata para cruzarse de brazos como una vieja amargada, mirándolos a ambos—. Está bien, tachemos la jodida bandana de mier...

—Boruto... —volvió a gruñir la Uchiha, apretando su puño.

El nombrado tragó en seco. Detestaba cuando su compañera de equipo tomaba esa actitud tan Sakura-esca. Daba miedo que le recordase tanto su a su tía la pelirosa.

Mitsuki, por otro lado, sonrió de forma solemne, con sus ojos algo entrecerrados.

—Ah, la llama del amor —dijo para sí mismo, sin ser escuchado por los otros dos.

Boruto se había quitado la bandana con rudeza, ordinario como su padre, y tomado un kunai de su cinturón. Mordiéndose la lengua para concentrarse, y apoyado en una roca, trazó una línea reta, dividiendo el símbolo de Konoha en ella.

Sarada y Mitsuki compartieron una mirada misteriosa. ¿Realmente estaban haciendo eso? No era como si pudiesen volver a la aldea, de todas formas. Sarada había asesinado a la chica Akimichi y entre los tres se habían cargado a quince ANBU sin medir las consecuencias, las cuales eran muchas.

—Pásame tu bandana, Sarada —bufó el rubio de ojos azules brillantes, estirando su mano, ofuscado—. ¡Anda!

—¡No me grites, shannaro! O juro que te meteré ese kunai por el culo, Uzumaki.

Se la lanzó de forma tosca. Mitsuki descifró desde hace años que ambos tenían un carácter de los mil demonios, que empeoraba cuando era dirigido entre ellos. El solo hecho de imaginarse un hijo entre ellos dos le daba miedo.

Aunque no era como si fuese algo imposible, si su vista y análisis no le fallaba. ¿Tendría un sharingan y un byakugan, o uno solo de ambos? Debía ser un raro adefesio, si lo pensaba con más calma.

Boruto tachó de la misma forma la bandana de la morena, y luego la suya. Debían admitir que el chico tenía buen pulso. Los dos muchachos se la pusieron en su lugar de siempre, y la portadora del sharingan colgando en su cuello.

—En mi opinión se ve mucho mejor ahí —se defendió al recibir las miradas de ambos, y rodó los ojos—. Ya, basta de jueguitos, idiotas. Necesitamos un plan; llevamos caminando como imbeciles toda la noche y la mañana.

—Sí, yo también estoy cansado... Y tengo hambre —balbuceó Boruto, llevándose la mano al estómago con un leve sonrojo en sus mejillas.

—No soy el mayor conocedor de la geografía, pero si no tengo mala memoria, hay un pueblo cerca —dijo Mitsuki, sonriéndoles de esa forma tan mística—. ¿Comemos, bebemos y decidimos qué hacer?

Sarada lo miró, expectante.

—Hn —musitó en un inicio, cruzándose de brazos—. ¿A cuánta distancia calculas?

—Sí, necesito comer-ttebasa.

—Puede que una hora y media a pie. Solía ir con mamá en ocasiones.

—¿A mamá te refieres a Karin u Orochimaru? —inquirió Sarada, enarcando una ceja.

Mitsuki sonrió, indicándole a los curiosos adolescentes que no iba a responder. Con un quejido alto, Boruto tomó la delantera, y los tres renegados siguieron el camino principal para luego ser guiados por el peliazul-blanco-extraño.

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En sus brazos se hallaba el débil cuerpo de su compañera de equipo. Shikadai era un joven vago e indiferente, digno Nara que se respetara, pero eso no evitaba que profiriera un jadeo de horror al ver el hueco en el pecho de la Akimichi.

—¡Inojin, ven, hay que llevarla al hospital!

Sarada en ese momento era lo de menos, luego se preocuparía por eso. Su foco principal era su compañera la pelirroja, y su consciencia no lo dejaría en paz si no lograba salvarla como debía.

—Qué demonios... —musitó el Yamanaka.

Entre él y el pálido rubio llevaron a la herida muchacha corriendo con la mayor rapidez que tenían hacia el hospital. Rezaban internamente para que Sakura Uchiha estuviese de turno, puesto que era la más hábil de los medic-nin, y por lo tanto la mayor garantía de recuperación para la gravedad de la herida de Chōchō.

¿Qué demonios le había pasado a Sarada Uchiha por la cabeza cuando decidió atravesar el pecho de su mejor amiga de forma tan sanguinaria? El solo recordarlo de daba escalofríos en el cogote.

—¡Sakura-sensei! ¡Por favor, búsquenla! ¡Necesitamos ayuda inmediata! —rugió Inojin a penas pusieron un pie en el hospital.

Los enfermeros tomaron el débil cuerpo de Chōchō Akimichi con horror visible en sus rostros, y sin hacer preguntas la llevaron inmediatamente en una camilla al quirofano.

El Nara apoyó sus manos en sus rodillas, dejando caer su cabeza hacia adelante, con la bilis amenazando con salir de su estómago. Inojin puso una mano en su espalda, viendo con los labios entreabiertos como su amiga era llevada.

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El ambiente de esa taberna era inquietante, con música a lo bajo de mala caluña y caras desconocidas y extrañas en cada una de las mesas de madera vieja.

En un principio, solo habían pedido té verde y sashimis de atún, una cantidad considerable. Aunque el Uzumaki hubiese preferido algo de ramen, y ella también, pero Mitsuki lo detestaba.

Sin embargo, luego de dos horas allí y ya amenazando con hacerse de tarde, los intereses de los tres miembros del Equipo 7 cambiaron.

—Nee, teme, ¿Apostamos a quién aguanta más sake? —tentó el rubio de ojos azulados a la morena Uchiha.

Mitsuki lo vio como si se hubiese vuelto loco. Sarada había heredado de su madre y la shishou de esta, Tsunade-hime, la pasión por la bebida y el aguante bestial para esta.

Recordaba cuando hace dos años los tres se habían ido al bar en Konoha luego de una misión Rango A exitosa. Había necesitado tres botellas de sake y una de whisky de fuego para lograr embriagar a Sarada Uchiha.

El resultado había sido desastroso. Boruto y Sarada terminaron peleando con unos shinobis malhumorados y no tuvo otra opción que unirseles para ayudarlos. El bar había sido destrozado y los padres de los tres habían tenido que pagar los daños.

Aún recordaba los gritos de Sakura Haruno-san al ver a su hija con los ojos virados y a los dos chicos casi inconscientes.

—¿Qué me darás si gano? —inquirió Sarada, ladeando la cabeza con una expresión desinteresada, aunque en sus ojos negros ónix se notaba la malicia.

—No sé, no sé —ladeó una sonrisa, estirándose con pereza—. ¿Quizás te permita que me des un beso?

—Debes darme un premio, dobe. No un castigo —se mofó la heredera de los Uchiha, haciéndole señas al bartender—. Una botella de sake, la más cara.

—¡Voy a ganarte-ttebasa!

Varios ryos perdidos por los cabeza duras de Boruto y Sarada. Mitsuki suspiró, extendiendo su vaso para unirse a la bebida de estos. Solo esperaba que su compañera de equipo no se uniese a apostar con los viejos del póquer, o allí sí se quedarían sin dinero.

No se podía ser tan mala en los juegos de azar como Sarada.

Boruto tomó su vaso, mientras la morena vertía el sake dentro de este. Su aroma era una garantía de que los haría añicos con solo dos botellas de esas.

Ambos herederos de clanes influyentes se miraron de dorma desafiante, y estiraron su brazo para beberse el contenido de golpe.

—No sean bestias, al tragar no disfrutan el sabor —les riñó Mitsuki con su solemne sonrisa, contrastando con su regaño.

Ambos le sacaron la lengua, y al menos eso le hizo sentirse mejor. Estaban actuando con alegría, como antes, y aunque fuese por solo un momento le hacía feliz.

—Otra botella.

¿Cuándo se la habían tomado tan rápido?

Boruto observó por la ventana, con su cabeza y piernas hormigueando. Se sentía pesado, como una bolsa de basura que no podía moverse con facilidad. Ya era de noche, y eso indicaba que podía volverse loco si quería.

—Eh, Mitsu-baka, mira —señaló con su pulgar a un grupo de cinco hermosas kunoichis de Suna que habían entrado al local, riéndose entre ellas.

Sarada, quién estaba más en sus cabales que aquellos dos, les cubrió las bandanas como si de una madre se tratase, frunciendo el ceño.

Antes de que pudiese decirles algo, los dos amigos se levantaron, acercándose al grupo de kunoichis.

—Malditos —bufó, sintiéndose sumamente ofendida. ¡Ni siquiera eran bonitas!

Bueno, sí lo eran. Poseían una curiosa belleza exótica y una piel bronceada por el sol de Suna, y ojos brillantes e inocentes que contrastaban con su apariencia mortífera.

No le parecía justo. Los dos idiotas podrían disfrutar, pero ella no. Pidió una botella de whisky de fuego, y en modo de venganza se acercó al grupo de vejetes jugando póquer.

—No he visto una perdedora tan grande desde la babosa Tsunade —opinó el cabecilla de estos luego de cinco rondas.

Su jugada más alta había sido un par, ¡Un par! Sus mejillas sonrojadas, además por el alcohol, también eran de verguenza.

—Paso de esta ronda, solo voy a observar —gruñó antes las charlas y risas del grupo.

Se fijó en Mitsuki, quién aparentemente se había aburrido de las kunoichis y se había quedado con un civil musculoso de cabello extraño. Ese chico sí que le daba a todo, aunque ya estaba acostumbrada.

Sin embargo, Boruto no estaba por ningún lado. Seguramente había subido a una de las habitaciones con la pelirroja de ojos azules que se le había pegado como una lapa desde que llegó.

Bufó. No estaba celosa, pero sí le molestaba. Pero como buena Uchiha vengativa y orgullosa, se levantó con su dinero en mano y se acercó peligrosamente a un civil de cabello castaño chocolate y ojos verdes como el pasto recién cortado, con pecas revueltas en sus hombros descubiertos por la musculosa negra que vestía.

No estaba tan ebria, o quizás sí. Pero aquello era más personal que otra cosa y estaba completamente segura.