Declaración: Rurouni Kenshin no me pertenece, siendo propiedad intelectual de Nobuhiro Watsuki. Yo hago esto por diversión, sín fines de lucro, para compartir con quienes tengan mi misma afición. La historia en buena parte si es mía.

O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O

Quiero empezar agradeciendo a la persona que para mi cumple me regaló la imagen que además de original, desde hoy será la portada oficial de este fanfic. Muchas gracias desde el fondo de mi corazón.

O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O

Entre mis Brazos

Acto diecinueve

"El cazador de espadas"

por

Blankaoru

O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O

Kenshin le explicó a Eichiro por la mañana que debía quedarse allí en el albergue, donde recibiría los cuidados y la protección que necesitaba. Pensó que sería una buena idea dejar a Kaoru también, pero como se levantó primero que él para desayunar y estar lista, tuvo que descartar la idea. Al menos Misao había declarado que tenía la información que andaba buscando y que regresaría a Kyoto, acompañándolos. A decir verdad, en esas circunstancias Misao a Kenshin le daba un poco lo mismo, la chica sabía cuidarse sola y eso era importante, pero el ninja que seguía a la muchacha, Hannya, le brindaba cierta seguridad.

Kenshin conocía a Hannya como contrincante desde lo de Kanryu y reconocía en él a un excelente luchador. Pero como camarada era aún mejor cuidandole la espalda y siempre pendiente de los lugares donde se encontraban Misao y Kaoru, impidiendo a cualquiera acercarse a ellas. Lo mejor es que era evidente su lealtad hacia Misao, lo que le hacía pensar que seguirían del mismo bando. Si los hombres de Shishio los emboscaban más adelante, tenía la seguridad de que volverían a luchar juntos.

Caminaron medio día, instancia que Misao aprovechó para hablar con él.

-Lo que averiguamos es grave. Como notaste, la aldea de Shingetsu está bajo el dominio de los hombres de Shishio. Los vecinos tienen mucho miedo y por eso están paralizados. Los hombres a los que derrotaste ayer tienen ordenes de reprimir y mantener a todos dentro del pueblo, asi que puedo imaginar el escándalo que deben tener con la desaparición de Eichiro. Respecto a la policía, el gobierno al parecer dejó de interesarse por ellos y dejó de mandar refuerzos. Cuando indagamos sobre por qué Shishio estaba tan interesado en el dominio de esa zona, la respuesta de Senkaku fue algo así como que ahí cerca se encuentran unas pozas de aguas termales que él necesita y no quiere que nadie más se les acerque.

-Reprimir a toda esa gente por un capricho es algo demoniaco. Aunque Kenshin y Hannya enfrentaron a los hombres de Shishio, me preocupa saber que ahora que nos hemos ido quedarán a merced de Shishio – expresó Kaoru.

-Pienso que la aldea de Shingetsu necesita una intervención más a fondo, de la policia y por eso debemos informarles de eso, pero para eso es preciso llegar a Kyoto cuánto antes. No estamos muy lejos pero no podemos perder tiempo. Precisamente ahora vamos llegando donde unos amigos que nos prestarán caballos.

Kenshin miró a Misao caminando tan propia de si al hablar de los caballos y trató de recordar su propia experiencia con los equinos. Cabalgó un par de veces en su juventud, cuando necesitaba movilizarse rápido de un lado a otro y luego, durante el vagabundeo, quizá unas tres veces. Nunca fue un jinete experto aunque al menos no se caía y asumía que si Misao los quería conseguir, es porque quería ir al galope.

Se preguntó si Kaoru estaría en condiciones.

Lo supo más tarde cuando la joven se subió de un salto a un caballo alazán, alcanzando a explicarle que Aoshi, precisamente, le había enseñado un verano, así como a Misao.

Al galope junto al grupo, Kenshin se aferró a las riendas esperando no caer.

O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O

Yahiko había jurado que si veía una lagartija más, vomitaría. Es que en serio, ya estaba harto del pobre menú diario al lado de Sanosuke. Conejo era lo más cercano a la gloria que había comido en esos días, luego seguían las lagartijas y ranas, sin mencionar que aunque Sano no lo decía, tenía toda la idea de que estaba perdido.

Avanzando entre la espesura del bosque, se preguntaba en qué mala hora había lo había visto como una buena idea. Lo más lógico debió haber sido seguir por el camino donde además hubieran podido encontrar gente a quien preguntarle por dónde se llegaba a Kyoto. En medio del bosque sólo había animales y jabalíes, como aquel que los obligó a pernoctar arriba de un árbol por horas hasta que se hizo de de día y Sanosuke pudo verlo para darle un golpe en medio de los ojos.

Había sido un buen golpe, claro, pero fruto de la desesperación, luego de volar un par de veces al ser embestido por los colmillos del furibundo animal.

Lo único que Yahiko pedía en ese momento además de comida decente, era encontrar a otro ser humano que los pudiera orientar.

Los dioses parecieron escuchar sus plegarias cuando, tras caminar toda la mañana en alguna dirección incierta, reconocieron el sabroso aroma del pescado siendo asado. Se desviaron del rumbo que llevaban por seguirlo y dieron en un claro junto al río con un hombre sentado junto a una fogata. Yahiko, envalentonado por el hambre, se acercó al caballero.

-Señor, no quiero molestarlo pero tengo mucha hambre. Llevo un día sin probar alimentos y si usted me convida de su comida, prometo ayudarle en lo que necesite durante este día, incluso atrapar otro pez.

El hombre que tenía sus ojos puestos en el niño, miró hacia atrás de él. Luego, de una manera tranquila le habló.

-Puedes tomar lo que necesites si es que tu amigo te deja algo.

Enrojeciendo hasta la raíz del cabello por la verguenza ajena, Yahiko notó cómo la cola de un pescado se acomaba por la boca de Sanosuke, quien lo jaló con una mano, sacando las espinas desnudas.

-Eres un verdadero cerdo – le espetó. Sanosuke trató de decir algo pero se atragantó y luego de tomar agua del mismo río trató de justificar su acción.

-Estamos en un estado de superviviencia. Todo se vale si se trata de sobrevivir.

El hombre que hasta el momento había estado sentado se puso de pie. Además de alto era muy grueso, pero en ningún modo se podía decir que fuera gordo. Jaló de un hilo que había cerca y sacó un pescado que se encontraba en su extremo, moviendo la cola.

-Tendrás que esperar un poco para comer, niño, ya que ese sujeto que te acompaña se comió todo, pero verás que queda muy bueno.

Resoplando, molesto, observó a Sanosuke satisfecho, tenderse a pleno sol para hacer la digestión y eructando. A su lado yacían tres espinas de pescado.

-Puedes tomar un poco de fruta de mi alforja- ofreció el hombre. Ayúdame a pescar y tendrás tu paga.

Yahiko no tuvo problema en obedecer, pareciéndole este hombre mucho más sensato que su compañero de viaje. Se preguntó si no sería mejor quedarse con él. Una hora después pudo comer, justo cuando dando un sonoro bostezo, Sanosuke salía de su siesta.

-Vamos rumbo a Kyoto – informó Yahiko al hombre luego de comer. - Estamos perdidos, creo. ¿Usted me puede decir qué dirección debemos tomar? Nos serviría mucho al menos saber hacia dónde está la carretera, para recorrerla.

-Yo voy hacia Kyoto – dijo tras indicar la dirección que debían tomar - Has prometido ayudarme durante este día y harás lo poco que te queda, pues cazaste tu propio alimento, de modo que te cobraré por usar el fuego que yo hice. Pero ese amigo tuyo tiene una deuda conmigo por robarme y retrasar mi almuerzo, pero por sobretodo, por aportarme dos compañeros. Si me interesara socializar, hubiera usado la carretera para llegar hasta aquí.

Hecho el reposo tras comer, el hombre se uso de pie. Yahiko reparó en la trenza negra que le llegaba un poco más abajo de los hombros cuando caminó dándole la espalda, hacia unos arbustos de donde sacó una carreta de mano que estaba llena con tierra rojiza, una picota y una pala.

- Oye, tú, ladrón de pescado, ven a tirar de la carreta.

Sanosuke rezongó, levantándose.

- Lo lamento, anciano, pero tengo que llegar a Kyoto cuanto antes y hacer lo que pides me retrasará. Tomaré la dirección que indicaste y todos tan felices. Puedes seguir en tu amada soledad.

Sin ningún miramiento, Sanosuke dio un par de pasos en alguna dirección, pero el hombre se le pudo delante, haciéndole notar que ademá de más ancho, era más alto que él. Sanosuke bufó y emprendió en otro rumbo, pero el hombre lo atajó.

-Creo que al menos me merezco un "gracias" por haber cocinado lo que te comiste.

-Es lo justo. Gracias.- dijo Sano. Yahiko se dio un golpecito en la cara, sin poder creer lo caradura que era el joven.

-También deberías darme las gracias por dejarte vivo luego de arrebatarme lo mío.

-Así que te quieres poner violento- dijo Sanosuke con esa seguridad que lo caracterizaba, poniéndose en guardia.- No es tan fácil intentar quitarme la vida. Créelo.

Yahiko se mantenía alerta y alejado de lo que estaba pasando. Aún cuando el hombre grande se veía tranquilo, no quitaba ojo de Sanosuke. Traía una varilla de bambú en la mano derecha y la movió cuando Sanosuke se abalanzó sobre él para golpearlo.

Ni siquiera lo llegó a tocar, pues el hombre en un rápido movimiento le dió un varillazo en los pies, haciéndole caer. Rápido, Sanosuke se paró y trató de darle un puñetazo pero un potente varillazo, esta vez en la espalda, lo hizo volar dejándolo incrustado en el tronco de un árbol.

-Lo dicho. Tirarás de mi carreta. Había pensado que lo hicieras durante este día pero me obligaste a pelear, cosa que no hacia hace tiempo, de modo que me siento molesto, sobretodo por tu insolencia, asi que lo harás hasta Kyoto.

Yahiko había quedado impresionado por el despliegue de fuerza en dos simples movimientos. Pero no solo eso. Algo lo estaba molestando, le parecía que el segundo golpe que dio el hombre a Sanosuke le había resultado familiar tanto en su ejecución como en la postura que adquirió el cuerpo del, al parecer, experto espadachín. Paseó su vista por la carreta y pudo detectar, adosada a su parte de abajo, una espada cuya cacha sobresalía ligeramente.

Rato después, mientras Sanosuke jalaba de la carreta por el maltrecho sendero en medio del bosque, Yahiko caminó al lado del hombre y le preguntó su nombre.

-Kakunoshín Nitsu, muchacho.

-Señor Nitsu, le agradezco mucho el alimento que me dió hoy.

-Es cierto, me debes un favor aún. Hey, tú, holgazán, detente- le dijo a Sanosuke que iba delante de ellos. Luego miró a Yahiko.- Irás arriba de la carreta, descansando. Es todo lo que quiero de tí el día de hoy. Ya mañana veremos.

Impresionado, Yahiko hizo caso. La tierra bajo su espalda era mullida y cómoda asi que cuando se quedó dormido, Kakunoshin sonrió quedo.

-Apura el paso, ladrón de comida. A ese ritmo que llevas llegaremos el próximo mes a destino.

Mascullando entre dientes y envidiando a Yahiko, Sanosuke obligó a sus temblorosas piernas a seguir la desdibujada huella en medio del bosque.

O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O

Al bajarse del caballo, Kaoru alisó con las manos el hakama que traía y dió un par de pasos a Kenshin. Hacía tiempo que no cabalgaba y le molestaba la entrepierna, pero el premio de haber llegado a Kyoto en la mitad del tiempo bien valía ese dolor.

Kenshin no estaba mejor. Se preguntaba si lo holgado de su hakama podría disimular el hecho de que le dolía dar cada paso y pisaba con cuidado. Hannya y Misao se veían frescos y compuestos y el pelirrojo los envidió.

Entró al Aoiya, seguido de Kaoru, donde Okina, el abulo de Misao, de inmediato se esmeró en atenderlos bien. No tardó en organizar una pequeña fiesta con la ayuda de los otros ninjas en su honor y de darles a comer las preparaciones más sabrosas. Puso a su dispocisión un cuarto para ellos solos y ya al día siguiente y más calmados, tuvieron tiempo de sentarse, esta vez para hablar asuntos mas delicados.

Misao le habló sobre la aldea de Shingetsu y lo relacionado a Shishio Makoto. Cuando Misao se preguntó sobre por qué era tan cruel ese hombre, Okina tomó la palabra.

-Mientras ibas a la aldea, Beshimi se encargó de recopilar información sobre ese hombre. Se trata de un antiguo patriota, que tiene mucho rencor contra el gobierno, pues trataron de eliminarlo disparándole a él y a su grupo de hombres. Luego le rociaron algún tipo de acelerante y le prendieron fuego. Honestamente no sé cómo sobrevivió pero lo hizo y juró vengarse del gobierno. Posiblemente aquello que viste en Shingetsu no es tanto una muestra de capricho, si no un ensayo a menor escala de lo que pretende hacer con un área más extensa. Dices que eliminaron a cada policía que no quiso unirse a su causa, suprimiendo toda autoridad e instaurando una del terror.

Misao pensó en las palabras de Okina.

- Pero hay algo que no entiendo. Shingetsu si bien es un pueblo pequeño, siempre tuvo el apoyo policial y la verdad no me explico cómo el gobierno dejó de apoyarlos y dejaron que las cosas llegaran tan lejos. Porque en Shingetsu había un pequeño cuerpo de policía y cuando no eran suficientes para resolver un problema, el caso lo tomaba la policía de Hikone. Pero según la gente de Shingetsu, simplemente dejaron de mandar policías tras el tercer muerto. Yo hubiera mandado un ejército a ver qué pasaba. Me da la impresión de que el gobierno no ha hecho nada a propósito, pero no entiendo el por qué.

-Cuando yo... - comenzó Kenshin. - cuando mi identidad sobrepasó al hitokiri y mis señas eran de público conocimiento, mi jefe no vio la necesidad de seguirme usando como asesino en las sombras, entonces pasé a primera línea en las batallas que vinieron después. Nunca vi a Shishio, pero mi jefe tenía una disyuntiva al usarlo y me comentó eso en un par de ocasiones. Por un lado era un asesino perfecto y letal, justo lo que se necesitaba, pero por otra parte era... una persona diferente de mi. Shishio tenía ambiciones y estaba dispuesto a cualquier cosa para conseguirlo. Como asesino en las sombras, también se funcionaba como guardaespaldas en las reuniones y mi jefe sospechaba que Shishio estaba conociendo facetas poco... honorables de algunos miembros de nuestro grupo. Mi jefe sospechaba que Shishio podría llegar a la extorsión y precisamente cuando trataron de matarlo fue para callarlo, pues ya había comenzado con las amenazas a cambio de poder y dinero. El día de hoy algunos de esos antiguos miembros tienen cargos en el ejército y sólo Toshimichi Okubo estaba dispuesto a plantarle cara, siendo asesinado por sus hombres. Creo, Misao, y espero que esto responda a tu inquietud, que si el gobierno no ha actuado es que sus funcionarios podrían estar siendo extorsionados por él.

Un silencio se hizo en el cuarto. A Okina todo lo revelado por Kenshin le pareció concordante.

- Quieres decir que... eventualmente... podríamos estar solos si decidiéramos plantarle cara a Shishio.

-No necesariamente. Hay funcionarios honestos trabajando para nuestro gobierno, gente que paradójicamente luchó en contra del ideal de una nueva era. No sólo ustedes están más preocupados de proteger a la gente que de mantener una postura.

- ¿Y quién es esa gente?- inquirió Misao.

-¿Has oido hablar del Shinsengumi? Uno de ellos, Hajime Saito o Goro Fujita, como es su nombre de hoy tomó este caso y está dispuesto a llegar hasta las ultimas consecuencias. Es un hombre que sólo conozco como enemigo. No es honorable, no le importa el medio para llegar a un fin determinado pero es efectivo y está decidido a proteger a la población.

-Precisamente supimos ayer, antes de la llegada de ustedes, que un inspector de nombre Goro Fujita habia arribado a nuestra ciudad. No sé más al respecto.

A Misao le pareció una gran idea hablar con ese tipo y decirle lo que pasaba con Shingetsu y todo eso. Okina entonces decidió acompañar a su nieta y Kenshin no perdió el tiempo y fue junto a ellos. Kaoru se quedó en Aoiya viendo cómo hacerse útil en el restaurante.

Poco antes del almuerzo, el grupo regresó de su entrevista con Saito, donde le expusieron el asunto que les preocupaba. Receloso, Saito no había querido hablar con Misao al considerarla una niña que no tenía nada que hacer entre ellos, hasta que un kunai pasó silbando junto a su cabeza y cuando se acercó a la pared para retirarlo, notó que una mosca había quedado atrapado en su punta. La única mosca de ese lugar, de modo que la había tomado más en serio, desde luego, sin inmutarse.

La información que Saito compartió con ellos no era mejor. Okina y Misao entendieron que debían hacer un llamado secreto a cada Oniwabanshuu para que se mantuvieran alertas ante eventuales ataques a la ciudad, asi como que indicaran los que estaban en servicio quienes irían a la batalla de requerírseles, pues necesitaban tener un catastro de eso cuanto antes para comenzar a planear una estrategia. Cuando Misao se encerró en su cuarto con un mapa de la ciudad para estudiarlo y trazar alguna línea de defensa, extrañó a Aoshi a quienes esas cosas de planeamientos se le daban tan bien.

Kenshin, en tanto, anunció que saldría.

-¿Puedo acompañarte? - preguntó Kaoru.

Kenshin iba a decir que no, pero su boca dijo otra cosa.

Caminaron por la ciudad sin hablar más que uno que otro comentario ante lo que veían. Para Kaoru era evidente que Kenshin estaba muy preocupado por algo y no quería molestarlo con preguntas hasta que él quisiera hablarle de eso. Llegando hasta el borde Oeste, donde usualmente se acababa el camino habían muchas nuevas casas y eso desconcertó a Kenshin.

-Vamos a dar la vuelta por otro lado- dijo gentil y Kaoru lo siguió sin poner reparos, pero había más casas y un parque que habían hecho los mismos vecinos. Tras detenerse un rato, Kenshin decidió seguir por allí, hacia donde la vegetación del monte se hacía más espesa y salvaje. -Parece que sacaron la roca- murmuró.

-¿Buscas algo?

-SI. Había un sendero por acá, pero ya no lo encuentro. Había... verás, había un enrome eucalipto y una inmensa roca a sus pies y por allí se encontraba el lugar por el que yo podía subir.

-¿Subir a dónde?

Suspirando al ser incapaz de dar con el sendero, Kenshin se volvió a Kaoru.

-Por este monte se llegaba a la casa del hombre que me crió. Yo crecí en las montañas y debí bajar al pueblo dos o tres veces por este lado. No conozco otra forma de llegar hasta allí.

Kaoru alzó la vista, buscando afanosa un eucalipto entre las nuevas casas.

-Quizá talaron el árbol o se cayó en todo este tiempo, pero la roca debe ser más difícil de quitar. Si le preguntamos a los vecinos y la encontramos, ¿crees que podrías orientarte?

-Puede ser.

Kaoru no perdió el tiempo y se dispuso a indagar dónde se encontraba la roca que según Kenshin, era grande como una persona. Alcanzó a preguntar a tres vecinos cuando alguien le tocó el hombro a Kenshin.

-Oye, amigo... dime, ¿esa espada que traes es de verdad?

Al volverse, Kenshin notó a un hombre de aspecto estrafalario, de cabello rubio peinado hacia arriba, con un vistoso kimono sobrepuesto y varias cachas de espada sobresaliendo de su espalda.

-Lo es.

Para demostrarlo, Kenshin la sacó ligeramente de su vaina. Entonces el rubio abrió sus ojos desmesuradamente.

-¿Es idea mía o trae el filo por el lado revés?

-Tal cual.

-Vaya. Siendo así las cosas, quiero que me la vendas.

-Lo lamento, pero no puedo hacer eso. Esta espada tiene un propósito y por eso he de llevarla conmigo.

-Amigo, soy un coleccionista de espadas o cazador de espadas, como prefieras y créeme, en ningún lugar estará mejor que conmigo.

Kenshin mentalmente se puso en guardia. Algo en ese hombre se estaba encendiendo y al parecer no le sería fácil librarse de él. Esperaba que Kaoru se siguiera alejando mientras preguntaba a los vecinos para que el tipo que tenía delante no la relacionara con él.

-El trato es el siguiente: Me das la espada por la buena y a cambio te pagaré el precio justo o te la quito por la mala y te quedas además sin dinero.

Kenshin no era el tipo de hombre que escapara de sus problemas, pero no quería que Kaoru se viera involucrada en éste. Unos cincuenta metros a su espalda se iniciaban las escaleras hacia el templo y le pareció que sería una buena idea escapar hacia allí. La vegetación que bordeaba la escalera estaba tupida y alta, asi que alcanzándola desaparecería de los ojos de su esposa.

Corrió y con estupor notó que el tipo que quería su espada lo seguía muy de cerca casi sin esfuerzo. No quiso volverse ni mirar de reojo hacia atrás para no alertar al coleccionista de que no estaba solo y alcanzó la escalera sin problemas. Pronto la vegetación lo tapó.

O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O

Kaoru había dado con la roca, al divisarla dentro del patio de una propiedad. En efecto, el árbol ya no estaba asi que de inmediato le preguntó a la dueña del lugar si sabía de algún sendero que se perdiera hacia el monte y ella le habló de una huella que casi no se notaba, pero que salía un poco más allá, señalándole un punto donde había un árbol seco.

Contenta por haberle sido útil a Kenshin, Kaoru comenzó a buscarlo. Pensó que andaría por ahí, preguntando en otras casas, asi que caminó por donde había llegado, pero nada.

-Hay una pelea en el templo, no se acerque allí – dijo alguien a un anciano que iba con una ofrenda de incienso en la mano.

- ¿Quiénes están peleando?- quiso saber Kaoru, con el corazón empezando a molestarle.

-No sé, no los conozco, nunca los había visto por acá. Uno es rubio y el otro tiene el pelo largo y se ve como café o rojo. Es raro.

- ¡Ay, no! - murmuró Kaoru y levantándose un poco la falda del kimono, echó a correr a las escaleras, subiéndolas de dos en dos.

Llegó agotada a la cima, su frente y espalda sudadas al punto que ante un mareo por el agotamiento, se apoyó en el suelo antes de subir el último peldaño. Al reponerse y mirar hacia la explanada, pudo notar una pelea feroz.

El tipo rubio del cabello alto era en efecto un contrincante de temer. Había sacado una espada muy especial, que se adosaba a otra igual, formando una especie de espada de dos puntas. Una herida hecha con esa espada sería imposible de coser y entendió que allí radicaba su verdadero peligro. Kenshin esperó a que el rubio de acercara lo suficiente para desviar hacia arriba el golpe de la doble espada con su sakabattou. Luego de eso le asestó un golpe con la empuñadura, hacia arriba en el mentón. El rubio cayó aparatosamente al piso.

En ese punto Kaoru quiso levantarse y correr a auxiliar a Kenshin, quien se notaba un poco cansado, pero no lo hizo al ver que el rubio se levantaba. Kenshin le había prohibido volver a meterse en medio de una pelea de él con otra persona y decidió hacer caso, más ahora conociendo el origen de esa petición. Pero sabiendo que no debía meterse en una pelea, se arrepentía de haber subido, pues su corazón sufría al ver a Kenshin luchando.

No. No debía arrepentirse de esas cosas. Ella debía estar con eĺ, apoyarlo, confiar en que saldría bien.

No entendía el motivo de la pelea y reflexionando sobre eso paseó su vista por el lugar, notando a una familia que venía saliendo del templo y que quedaba paralizada al notar a los contendores. Traían a un niño pequeño y el rubio corrió hacia él, amenazando a su familia con matarlo si se le acercaban y luego a Kenshin con hacerlo si no le entregaba su espada para lo cual sacó un tantoo de entre medio de su ropa.

La madre del niño comenzó a rogar y a gritar mientras el padre la contenía para que no hiciera algo que pusiera en riesgo la vida del niño. Entonces el rubio sonrió de forma demoniaca.

-¿Has oído hablar de escudos humanos?

El rubio se sacó el kimono, quedando un pantalón y con una extraña armadura de acero en torno a su abdomen, entonces tomó al niño que tendría poco menos de dos años, lo apretó contra él con la mano izquierda y llevó su mano derecha hacia atrás, donde sobresalía otra empuñadura que cogió, haciendo un movimiento circular por encima de su cabeza con ella. Con estupor Kaoru comprendió que la armadura que llevaba ese tipo en su abdomen era el mismo acero de una espada particularmente flexible a su alrededor.

Debía medir algo así como dos metros y tanto. Quizá tres.

-Me encanta esta espada. Nunca sabes dónde va a rebanar. - gritó excitado ante la pelea que estaba teniendo y de inmediato movió vigorosamente la empuñadura de su arma, causando que esta se moviera de manera ondulante en el sentido que él quisiera. Kenshin trató de esquivar la espada pero recibió un corte en el brazo. Comprendió que esquivarla era un error y decidió enfrentarla, seguro de que lo lograría, pero al interponer su acero, ante un movimiento de la espada del rubio, salió volando de sus manos.

Un grito se ahogó en la garganta de Kaoru. No recordaba haber visto a Kenshin siendo desarmado, o tal vez si, pero en ese momento las cosas se habían puesto mal.

Kenshin no perdía esa postura segura que tenía, pero ella captó en su mirada una vacilación. No podía atacar sin llevarse al niño por delante y era demasiado evidente que si se movía hacia la espada sería atacado. Kenshin le había prohibido saltar en medio de una pelea, asi que decidió llamar la atención del rubio y esperar que con eso Kenshin ganara tiempo.

-Deja al niño en paz, entrégaselo a sus padres- gritó la joven con furia, sosteniendo la mirada del rubio.

-A tí te recuerdo. Estabas cerca este tipo, allá abajo. ¿Eres algo suyo?

-¿Qué te importa eso a tí, vulgar y sucio delincuente?. Deja al niño, ya te lo he dicho. No es de hombres usar escudos niños. Eso sólo lo hace la peor basura.

La distracción había funcionado. Kenshin había corrido hacia la espada y ya la tenía entre sus manos. El rubio pareció darse cuenta del timo y enfureció.

-Mocosa estúpida, ¿quieres al niño? ¡Ahí lo tienes!

El pequeño niño voló por los aires al ser lanzado violentamente. Haciendo gala de unos reflejos excelentes Kaoru saltó, alcanzándolo en el aire y protegiéndolo en regazo. Cayó de lado, abrazándolo y lastimándose un poco el hombro, pero en general bien.

Sólo que no vio que la punta del acero flexible venía buscándola a ella. La joven no estaba en condiciones de girar o hacer algún movimiento rápido, pero Kenshin si.

Llegó frente a ella y usó la vaina de su espada para guardar parte del acero flexible. Moviéndose con una velocidad impensable, Kenshin saltó con toda su fuerza hacia el rubio, llegando hasta él y dándole con el codo un golpe esta vez en la nariz, que además de rompérsela lo dejó en el suelo nuevamente.

-¡Vete de aquí con el niño! - le gritó Kenshin fuera de si. - ¡Váyanse ustedes también!

Los padres del niño recibieron a su hijo y le agradecieron a Kaoru mientras le ayudaban a levantarse. Corrieron hacia el borde de la escalera pero Kaoru no pudo seguir bajando, pues algo en la voz de Kenshin le había indicado que algo no andaba bien. Al mirar hacia donde el rubio se encontraba derribado, tratando de levantarse, Kaoru pudo ver a su esposo de pie ante él, mirándole con una expresión solemne y peligrosa a la vez. Kenshin sostenía la sakabatou, pero del lado contrario al que solía usarla.

-Ponte de pie. No creo que un cazador de espadas quiera morir asi, acostado.

-Pues yo te he visto a tí con más problemas para seguirme el ritmo. Además te han ayudado.- dijo el rubio reponiéndose al dolor.

Para Kaoru quedó claro que por alguna razón, Kenshin estaba en ese estado de ansiedad por terminar una pelea y peor aún, de causar la muerte de su adversario. El rubio y Kenshin se lanzaron el uno contra el otro, a ratos la espada de acero flexible danzando en torno al pelirrojo pero éste esquivándola cada vez con más agilidad al ser capaz de establecer un patrón de movimiento. De ese modo, si bien Kenshin contaba con un par de cortes en los muslos, el rubio ya tenía dos estocadas en el abdomen.

Kaoru gritó. Le pidió a Kenshin que se detuviera, pero éste no hizo caso alguno. Rememorando lo sucedido con la pelea entre Kenshin y Saito, Kaoru concluyó que su marido estaba en otra época pero eso no tenía sentido. ¡El rubio no se veía más mayor que ella, era imposible que Kenshin lo conociera o tuviera alguna cosa pendiente con él! Se le ocurrió lanzarle guijarros a Kenshin para distraerlo, pero nada de eso dio resultado. Ante un nuevo movimiento, Kenshin llegó tan cerca del rubio que lo golpeó con fuerza esta vez en la boca del estómago, proyectándolo hacia arriba y golpeándolo luego, con el lado sin filo de su espada, en la espalda cuando caía.

Kaoru cerró los ojos ante el crujir de los huesos.

Este no era un Kenshin que buscara acabar la batalla. Era diferente. Este pudo haber terminado dos movimientos antes y dar un final definitivo, pero seguía golpeando, cortando, lastimando al rubio quien por orgullo o lo que sea seguía poniéndose de pie a pesar de su lamentable estado.

-Nunca más le harás daño a ella.- dijo Kenshin. Y Kaoru lo comprendió. Antes de matarlo, al rubio lo estaba castigando.

"Pero no lo puedo permitir, no puedo"

No se debía interponer, eso le había hecho jurar Kenshin, en la batalla. Pues bien, no se interpondría. Kaoru se puso de pie resuelta, y corrió hacia él.

O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O

EL que haya tomado a un niño de rehén o de escudo humano lo había sacado de sus casillas, pero respirando y tomándose el asunto más o menos sereno, para obligarse a pensar en una salida, Kenshin había optado por una defensa pasiva, de modo de ganar tiempo mientras veía como sacar al bebé de ese problema. Desgraciadamente era la primera vez que se enfrentaba a una espada de acero flexible y sufrió cortes poco graves aunque más o menos profundos y más adelante, perdió su espada.

Kaoru apareció en el momento justo para darle valiosos segundos en los que pudo recuperar su sakabattou, pero por contra, le había dado un giro terrible a la pelea cuando el rubio apuntó su espada hacia ella.

Kenshin en ese momento perdió la calma y el buen juicio que había tenido hasta ese momento. En una fracción de segundo, mientras se apresuraba a protegerla, pasaron por su mente imágenes de Kaoru rebanada o muerta en el peor de los casos. Ante esa idea sintió que algo se quebraba dentro de él y la desesperación se apoderaba de su cuerpo, pero una desesperación que le obligó a sacar lo mejor de su motricidad fina para capturar el acero ajeno en su vaina, una desesperación que lo hizo dar un salto largo como nunca antes había dado, con una fuerza surgida de la más profunda rabia que había llegado a sentir alguna vez hacia algún ser humano. Y mientras esperaba que el rubio se pusiera de pie, esa misma desesperación, apaciguada por haber apartado a Kaoru del peligro se convirtió en un sentimiento oscuro que le hizo tomar la decisión de castigar al tipo ese con la muerte. Se sintió compasivo al decidir darle chance de defenderse.

Pero ya estaba harto. Ese repugnante y ruin ser no merecía vivir y el cielo sabía que alguien como él estaría mejor muerto. Se aprestó a darle el golpe de gracia, después de todo, ¿no había sido todo ese entrenamiento que había tenido alguna vez para tomar una decisión como esa y ser capaz de ejecutarla? ¿De qué servía ser un asesino si no era capaz de vengar a la mujer amada? Maldito todo aquel que osara amenazar con tocar un pelo a Kaoru. Maldito y mil veces maldito, sólo él era el llamado a proteger su felicidad y su vida como el más preciado tesoro que había tenido jamás.

Levantó el brazo y se dispuso a bajarlo con rapidez mientras el rubio se erguía poco a poco, quedando sentado sobre sus pantorrillas. Algo en Kenshin admiró su valor, en especial cuando el rubio levantó los ojos. Quizá había aceptado su muerte, era incapaz de moverse más y moriría mirándolo. Era un valiente.

En el momento de ejecutar al rubio alguien lo sostuvo por la espalda. Lo pudo sentir. Sólo pudo pensar que algún camarada del rubio lo venía a auxiliar y llevando su mano izquierda por sobre su hombro derecho, alcanzó el brazo de la persona que lo atacaba, jalando de él con una fuerza sobre humana y arrojándolo al suelo violentamente, tanto así que se escuchó un golpe seco y un crujir. De inmediato se abalanzó sobre él para rebanarle la garganta.

Detuvo la punta de la sakabattou al tocar la piel de Kaoru. Con los ojos muy abiertos al reconocerla dentro de su momentánea locura, lanzó un grito de terror y se tiró hacia atrás, cayendo sobre sus manos. ¿Cómo era posible? ¡No podía ser posible! Gimió y se tapó la cara, temblando ostensiblemente.

Su gemido se convirtió en lamento y este lamento pasó a ser un sonoro llanto con gritos de dolor. Kaoru se puso de pie y trató de llegar hasta él, asegurándole que se encontraba bien pero Kenshin se movía, evitando sus manos sobre él, no queriendo su compasión. No él, un monstruo como él no se merecía nada de ella.

El rubio que había visto todo, se sintió un poco shockeado. Su ejecutor de pronto se veía en una posición tan vulnerable que incluso él se sintió tocado. Se puso de pie y con lentitud reunió sus cosas, decidiendo retirarse ahora que tenía oportunidad. Le dolía todo, seguro además de la nariz tenía un par de costillas rotas y a juzgar por el hecho de que su muñeca izquierda estaba al triple de su tamaño, sospechaba que estaba rota también. Increíblemente tenía todos los dientes en su sitio.

Penosamente caminó hacia las escaleras, preguntándose cómo bajaría solo. En eso Kenshin lo llamó.

- No esperes que me acerque a tí. - dijo el rubio incómodo de mirarlo, tras verlo llorar. Algo pesado y metálico cayó a sus pies, llamando su atención.

-Llévate esa mierda. Es tuya.

El rubio lo miró extrañado, pero no quiso darle tiempo a arrepentirse. Tomó la sakabattou y se retiró.

El sol llegó cerca de la línea del horizonte y Kenshin se puso de pie. Kaoru, que había permanecido con él en un pesado silencio, trató de ayudarlo pero Kenshin no quiso su cercanía.

Sin embargo, al llegar a las escaleras, él bien que le dió la mano para evitar que ella sufriera algún accidente.

O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O

Con preocupación Misao vio la llegada de los Himura al Aoiya. Estaba claro que algo les había salido muy mal por la tarde, a juzgar por el estado en el que llegaron. Kenshin pidió que atendieran a Kaoru y le dieran un baño, mientras él se encerró en el dormitorio.

Lo más alarmante de todo es que ni siquiera Kaoru quiso contarle lo que había pasado y durante la cena, ellos comieron en absoluto silencio. Apenas dieron las buenas noches se retiraron a su cuarto.

Kaoru afortunadamente no había sufrido daños, más que golpes y rasmillones, además de un pequeño corte en la garganta, minúsculo y casi imperceptible. Pero ella lo sentía. Dolía, y lo hacía cada vez más cuando miraba a Kenshin y este la esquivaba.

Terminó de hacerse una trenza y cabizbaja fue hasta el futón, apagando la luz. Kenshin estaba tendido de espaldas y como acostumbraba, Kaoru se apegó a él, pero tras sentirlo tensarse, pudo notar que Kenshin comenzaba a temblar.

Al acercarse a él y rozar con la punta de la nariz su sien, se dio cuenta de que lloraba.

-Perdóname, por favor. Tú me lo habías dicho, me dijiste que no me inmiscuyera nunca más y lo hice. Kenshin, no sabes lo mal que me siento, lo arrepentida...

-Hiciste bien o de lo contrario yo hubiera matado a ese tipo. Aquí quien estuvo mal fui yo.- dijo Kenshin con voz apagada y lenta. - Te pude haber...

No siguió. Y no habló más, pero sostuvo a Kaoru firmemente por la cintura. No durmió más que un par de minutos cada pocas horas, temiendo ver en sueños lo que pudo haber seguido de su acción.

La duda que se implantara en él, después de lo de Shingetsu, regresó con fuerza. ¿Era una persona que realmente deseaba la paz y la tranquilidad o necesitaba las batallas y la sangre en ellas? ¿Era sólo un hombre que había visto en el pasado el matar como un medio para llegar a un fin o era algo que sin disfrutar de manera loca como Sombrero Negro, podía llegar a ansiar?

Mientras Kaoru reposaba confiada, entre sus brazos, a pesar de lo que él estuvo a punto de hacer, se preguntaba sobre lo sucedido con su primera esposa, Tomoe. Eran tiempos violentos y Tomoe saltó en medio de una pelea. Él no supo de inmediato que se trataba de ella hasta que sintió su perfume...

Pero de haberla visto... ¿se hubiera detenido tan en seco como lo hizo con Kaoru?

"Ella me traicionó" dijo una voz. "No debo compararlas siquiera"

La angustia que siguió a esa respuesta no le dejó pegar pestaña en lo que quedó de noche. Se levantó muy temprano y mientras se vestía, Kaoru abrió los ojos.

- ¿ A dónde vas?

-Voy a hablar con Saito.

-Ya veo. ¿Y por qué?

Kenshin dio un largo suspiro, acabando de anudar el lazo sobre su hakama. Luego la miró.

-No seguiremos en esta misión. NI en ninguna otra. Kaoru, tú y yo nos regresamos a Tokyo.

O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O- -o- -O

Fin acto diecinueve

"El cazador de espadas"

Septiembre 12, 2016.

Notas de autora:

Mis sinceros agradecimientos a todas quienes me comentaron algo. Me sorprendieron, de verdad. Gracias a quienes retomaron este fanfic y gracias y bienvenidas a quienes están leyendo por primera vez.

AbiTaisho

Izanami1019

Guest

Pjean

Towa

lolitadelavega

Pajaritoazul

Colori

Mary san

Relenavivi

DULCECITO311

Rogue85

Serenity94

Okashira Janet

Miralia Paolini

Diosa Luna

Mi nuevo editor de texto es un poco raro, es decir, es igual al que solía usar en Windows, pero suele ponerme dos mayúsculas juntas y comerse los acentos. No sé si esto tendrá que ver con alguna sensibilidad nueva de mi teclado pero mi computador funciona tan rápido que me siento bien con el cambio. Es cosa de acostumbrarse y poner más cuidado.

Y bien, las cosas se le han torcido al pobre Kenshin. Al menos, si se retira, Saito tiene a Misao. Sobre Sano y Yahiko que han aparecido, al parecer se han aliado con alguien verdaderamente especial.

No me entretengo más escribiendo. Esta que están leyendo es una edición sin correcciones y la puse así, apurada, para alcanzar a actualizar dentro del mes como prometí. El próximo capítulo llegará un poco antes de un mes.

Cariños a todas.