¡He vuelto! Con un nuevo capítulo de Orgullo... ¿y pokémons? recién salido del horno. O del word xD

Como siempre, ni pokémon ni nada relacionado con la obra de Jane Austen me pertenecen.


Los encuentros con Paul son cada vez menos incómodos, y mi colección está cada vez más completa. Es como si todas las piezas que me faltan por completar del puzle que es mi vida fueran encontrando su sitio cada día que paso en Veilstone. Mi rutina es sencilla: desayuno en el hotel, me ducho (o, si necesito inspiración, me doy un baño con hidromasaje), me visto y salgo al almacén. Allí paso toda la mañana prácticamente. A veces mis amigos me visitan, otras quedamos para comer, y otras simplemente tengo la compañía de mis pokémon y un sándwich. Pero las ideas fluyen y se convierten en algo real. Material. Y cuando no me inspiro, o un diseño no me queda como esperaba, tengo una lista de cosas que hacer:

-Ver una batalla pokémon (Idea de Maylene)

-Peli y palomitas (Idea de Ash)

-Ir al gimnasio (Idea de Misty)

-Pasar tiempo con tus pokémon (Idea de Reggie)

-Cocinar (Idea de May)

Así que, esta tarde, cuando he desistido en hacer un maldito blazer (¡es imposible que las costuras queden rectas!), he decidido ponerlo todo en práctica. He ido a la piscina del hotel a darme un baño con Piplup, y hemos hecho unos largos. Después, me he metido en la bañera de hidromasaje mientras dejaba la masa de galletas en el horno. Mientras tanto, pienso en qué batalla pokémon podría ver para inspirarme. Tiene que ser alguna épica… ¿Quizá de algún pokémon legendario?

Salgo del baño y saco las galletas del horno. No han quedado como las de May, pero algo es algo. Me visto, aún con el pelo mojado. Me pongo una camiseta holgada con un Buneary, que fue un regalo de Zoey, y unos leggins. El outfit perfecto para estar en casa. O lo más parecido a casa que tenía ahora, el Hotel Pemberley. En la televisión no dan nada interesante, así que subo al ático sin tener mucha idea de qué hacer. Puede que Paul ni siquiera esté allí.

Llamo a la puerta un par de veces, pero nadie responde. Justo cuando estoy a punto de desistir, veo la puerta abrirse. Paul me mira, extrañado.

—¿Dawn?—pregunta.

—¿Tienes alguna batalla pokémon grabada?

Él me invita a entrar. El tamaño de su suite siempre me asombra.

—Tengo que tener alguna por aquí—dice, buscando entre los cajones—. Pensaba que estarías en el taller.

—¿No es un almacén?

—Es lo que quieres que sea, Dawn—responde—. Mientras no lo incendies, claro.

¿Eso era una broma? Decido reírme, aunque todavía no puedo asimilar que Paul Shinji intente ser gracioso. Quizás hablara en serio, porque me mira perplejo. Con todo, vuelve a dirigirse en su búsqueda de la grabación.

—Aquí tienes—dice finalmente, ofreciéndome una en la que se lee "Liga Sinnoh-Paul"—. Solamente tengo mías, de vez en cuando me gusta recordar estrategias.

Yo asiento, cogiendo la grabación.

—De todas formas, ¿para qué quieres ver una batalla pokémon? Si eres la reina de los concursos.

—Es una recomendación de Maylene. He combinado todas las que me han dado mis amigos para cuando no tenga inspiración.

En cuanto lo digo, me doy cuenta de lo idiota que ha sonado. De lo idiota que he sonado. Sin embargo, Paul se encoge de hombros.

—Comida china—dice de repente.

—¿Qué?—digo, sin comprender.

—Yo me inspiro con la comida china. Cuando no sé cómo seguir pido unos noodles y me voy a la terraza. Con el atardecer de fondo, no hay forma de que no se te ocurra nada.

—Eso es…—empiezo— ¡Muy buena idea! Lo voy a apuntar en mi lista.

—Desde aquí se ve bien el atardecer, pero es un poco pronto—dice, mirando por la ventana.

—No hay nada de qué preocuparse—digo, sonriendo—. Voy a ver esto con mis galletas y luego puedo ver el atardecer en mi habitación con comida china. Salvo que no sé dónde puedo comprarla—añado en cuanto me doy cuenta.

—En la calle…—empieza, pero se para y me mira— No te sabes los nombres de las calles, ¿verdad?

Yo niego con la cabeza. ¡Acabo de llegar aquí! Más o menos. Dos meses no es tanto tiempo.

—Entonces déjalo. La pido en un rato por teléfono, ahora tengo que irme. Será mejor que vuelvas a tu habitación.

Asiento con la cabeza mientras nos dirigimos al ascensor. Él cierra la puerta al mismo tiempo en el que yo presiono el botón del ascensor. Entramos dentro y él pulsa mi piso y la recepción.

—Gracias—le digo, y en ese momento se abren las puertas. Me despido con la mano y hace un gesto con la cabeza, que es más de lo que había conseguido en todo este tiempo. Lo anoto como victoria personal.

La batalla entre Paul y Cynthia es reñida. Y aunque sé que el ganador será Paul, no puedo evitar ponerme nerviosa con cada golpe que reciben sus pokémon. Su último movimiento se acerca, veo a Torterra cargar energía…

—¡SÍ!—grito, cuando veo que el último pokémon de Cynthia se debilita. Me tapo la boca inmediatamente. Estoy segura de que me han tenido que oír en el piso de abajo.

Miro la bandeja de galletas, o lo que queda de ella. Quedan simples migajas que me esfuerzo por recoger, pero sé que la mitad han caído al suelo. Una parte de mí quiere recogerlas, pero la otra no quiere agacharse por nada del mundo. Al final, como siempre, gana la pereza. Miro por la ventana. Está a punto de atardecer.

Como si fuera cosa del Destino, en ese momento suena el timbre. Me arreglo un poco la coleta, y abro.

—Entrega especial—dice Paul, dándome una bolsa de comida.

—¿Comida china?

Él asiente.

—Me acabo de cruzar con el repartidor, y he pensado que ya que tengo que subir igualmente podría traértela en persona.

—¿Cuánto es?—digo, sacando la cartera.

—Nada—dice.

Me pongo roja de ira. ¿Se cree que no puedo pagar nada porque no soy rica? Primero el descuento en el hotel y en el taller, y ahora esto.

—Dime cuánto es—le exijo.

—50—dice—, pero no los quiero.

—Pues yo sí que quiero dártelos—digo, sacando el dinero—. Haz lo que quieras con ellos.

Paul chasquea la lengua, y eso me hace enfurecer (aún más).

—Dawn—dice.

—¿Qué?—le digo con desgana.

—Está atardeciendo—dice mientras señala la ventana.

Y mientras miro el sol, todo se me olvida. Todas las quejas, las preocupaciones, mi mal humor… Todo se desvanece.


Después de ver esa maravillosa puesta de sol, mi musa se aparece ante mí. Y pese a que la colección estaba prácticamente cerrada, sé que tengo que incluir esto. Será el gran final. Voy corriendo a por mi cuaderno de dibujo y empiezo a hacer el boceto, intentando recordar todo lo posible. La luz del sol, la calidez del atardecer, el olor a comida china y a la colonia de Paul… Quizá eso último no sea lo más inspirador del mundo. Miro hacia arriba y le encuentro con la vista fija en mí.

—¿Qué?—digo, volviéndome a concentrar en el diseño.

—Mejor me voy—dice, metiéndose las manos en los bolsillos.

—¿Y la comida china?—pregunto, extrañada. Al fin y al cabo, la ha comprado él.

—Puedo pedir más. Estás ocupada—dice, mientras señala mi cuaderno.

Hago un par de rayas más y lo cierro.

—Qué va—digo—, ya he acabado.

—No deberías haber hecho eso—comenta, casi cerrando la puerta.

—¿A dónde vas?—pregunto, curiosa.

—Arriba, supongo.

—¿Me acompañas a mi taller?

No sé muy bien por qué le pregunto eso. Ya debe de estar incómodo después de pasar la tarde conmigo y de incluso pelear por la comida china. ¿Y por qué querría venir él allí? ¿Y por qué querría yo que viniera?

Él resopla y manda un mensaje desde su teléfono.

—Está bien. Pero nada de amarillo.

—¡No hay nada de qué preocuparse! Es más bien naranja.

Paul gruñe, pero me acompaña hasta allí.

—¿Y bien?—dice.

—Pásame…—estoy a punto de decir "naranja", pero le miro, y la luz artificial se combina con los rayos del sol, y se refleja en sus ojos oscuros— las telas de gasa oscuras.

—¿En tu diseño no eran anaranjadas?—pregunta. Cómo no.

—Los cambios de última hora existen.

Me pasa las telas y se queda sentado mientras yo hago mi trabajo. Cojo mi tela negra con degradado hacia blanco y le añado colores casi a lo loco. Morado, rosa, lila, y algún toque anaranjado. Todo para que acabe en el color más puro que puede haber: blanco. Le hago un escote arquitectónico, y dejo caer la tela que sobra con un nudo en la espalda. Pero aún le falta algo. Miro a Paul, esperando una solución. No sé muy bien por qué, pero parece entenderme.

—Yo no sé nada de esto, pero cuando no sé qué más ponerme me pongo un cinturón.

Estoy a punto de gritarle que no es lo mismo, pero me paro y lo medito durante un segundo. Quizá un cinturón oscuro… Fino… ¡Eso es!

Acabo el diseño y hago la contraparte masculina. Si el femenino es el atardecer, el masculino debe ser el amanecer. Azul muy claro, rosa nacarado, y colores crema.

—No me gusta perder el tiempo aquí—dice Paul—, tengo cosas que hacer.

Normalmente, me hubiera enfadado y posiblemente echado a patadas, pero no hoy. Hoy todo tiene que ser perfecto. Hoy es el día en el que acabo mi colección. En el que nada puede ir mal.

—¿No vas a hacer de modelo una última vez?

Él maldice por lo bajo pero se sube al pedestal. Le paso mi diseño y me voy a ponerme yo el mío. Esta es la prueba final. El vestido se me ajusta bastante bien a la cintura y al pecho, pero eso podría ser un problema si la modelo no tiene las mismas medidas que yo. A no ser, claro…

—Ya estoy.

Me giro, mientras me ato el cinturón. Me subo el vestido por los costados y voy hacia él. El tono azulado de su camisa combina a la perfección con el chaleco color crema, que a su vez encaja como si fuera la última pieza de un puzle con la chaqueta abotonada y los pantalones de pinza de color rosa perlado. Nunca hubiera imaginado que a Paul le pudiera quedar tan bien un color tan claro. Pero no es momento de pensar en eso. Le guío hacia mi nuevo espejo, que es lo suficientemente grande como para que quepamos los dos.

—¿Qué te parece?—digo, sonriente.

Me mira, y vacila antes de contestar:

—Es… Interesante, sin duda.

—¿Te gusta?

Él gira sobre sí mismo, mirándose por todos los ángulos.

—Sorprendentemente, no me molesta.

Euforia. Es lo que siento ahora mismo. Paul Shinji acaba de decir que no le molesta mi diseño. El hombre que prefiere quedarse sin mano a admitir lo que valen los demás.

—¿Y entonces no te molestaría…—empiezo, titubeando— llevarlo en una pasarela?

Entonces clava su mirada en la mía. Es fría y distante.

—Yo no soy modelo, ya te lo he dicho.

—¡Pero no tengo más!—digo, exasperada— Misty, Ash, Maylene, Reggie, Zoey, Kenny, Barry, May… Ya participan.

Él no dice nada, así que sigo.

—Sé que te estoy pidiendo mucho. Y lo odio, créeme. Por si no lo sabías, soy bastante cabezota y no me gusta admitir que necesito ayuda. Y sé que tienes cosas mucho más importantes que un desfile en Hearthrome, y que puede que me haya aprovechado un poco de ti en ese sentido. Y lo siento. Yo… No debería habértelo pedido.

—Tienes razón—dice, dándome la espalda—. No deberías. Porque si ahora te digo que no, Reggie me matará.

—Lo siento—repito.

—No lo sientas. Apúntame el día y la hora, quizá me dé tiempo a ir al teatro o algo.

—Gracias—le digo, conteniendo la emoción. Ahora mismo podría saltar encima de él a darle un abrazo. Pero obviamente, no lo haré.

—Es en una semana—le informo—. Yo me quedaré en el apartamento de Zoey, supongo, así que no tienes que preocuparte más de verme en el hotel.

Parece a punto de replicar algo, pero asiente.

—¿Cuándo nos vamos?—pregunta.

—Yo cogeré el tren en dos días o así, tengo que prepararlo todo. Los demás vienen la víspera del día del desfile.

—Te puedo llevar yo—dice—, o mi chófer, en realidad. No hace falta que vayas en tren.

No quiero más actos de compasión, ¿acaso no lo entiende? Puedo pagarme un billete de tren yo sola, y no sería la primera vez.

—Será mejor que no te moleste más—digo—, ya te he pedido demasiado.

Le dejo con la palabra en la boca, porque le echo de allí enseguida. Cierro la puerta del almacén y me despido de él. Paul aún está algo confundido, pero se despide con la cabeza y se aleja con las manos en los bolsillos.


¿Paul de modelo? Eso va a ser interesante, como mínimo. Nos leemos ^^