Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

Quiero dar un agradecimiento especial a mi pajarito, que con sus correcciones y consejos hacen que este fic quede un poquito mejor :)


SANSA

La pobre Sansa estaba al borde del desmayo. Sin duda, era el peor día de su vida. Justo cuando pensaba que al fin sería capaz de librarse del salvajismo de Joffrey, caía en las manos del Perro. Es cierto que él había sido el único que no la había maltratado delante de la corte. También había cubierto su desnudez cuando el rey había mandado que la desvistieran, pero aun así, sabía que no era una mejora. Ahora estaría a merced de los dos. Del Perro y del rey. Ya que a Clegane no le parecía más que una niña, dejaría que Joffrey dispusiese de ella cuando quisiese. Sólo con pensarlo, hizo que le entrasen unas ganas tremendas de hacerse un ovillo en el suelo y dejar que las lágrimas cayesen de una vez, después de haberlas estado reteniendo toda la noche.

Cuando entró con su nuevo marido en la habitación, fue testigo de la ira que contenía en su interior aquel hombre. Eso era lo que verdaderamente le asustaba. Estaba claro que al Perro no se le podía decir que no. Dispondría de ella cuando quisiera y como quisiera. Ésa sería su vida a partir de ahora. Observó la mano que descansaba en la puerta mientras él miraba atónito al sirviente que le había traído el vino que requería. Solo con esa mano podría matar a cualquier hombre de Desembarco del Rey, estaba segura. ¿Qué no podría hacerle a ella misma? En ocasiones como estas le gustaría poder ser más fuerte. Parecerse más a Arya y plantarle cara a todo y a todos aunque eso supusiera su muerte. La verdad es que ya no le encontraba mucho sentido a seguir viviendo. Ahora nada importaba.

Al parecer, había pasado demasiado tiempo sumida en sus pensamientos. El Perro la sacó de ellos con su gélida y ronca voz.

- ¿Pretendes impacientarme, pajarito? ¿O es que acaso la boda te ha dejado sorda además de muda?

Levantó la vista, sabiendo que no debía hacerle esperar y se puso más nerviosa al comprobar que él ya había comenzado a desnudarse. Estaba descalzo, y también desnudo de cintura para arriba. Se notaba que había participado en múltiples batallas. Tenía varias cicatrices aunque ninguna como la de su cara, por supuesto. Éstas pertenecían a diversos cortes. Sansa estaba segura de que cualquiera que se las hubiese hecho no podía haber vivido mucho para fanfarronear de ello. A decir verdad, no eran las cicatrices lo que hicieron que ella se pusiese a temblar. Sandor Clegane era un hombre imponente, mucho más cuando no tenía ropa que le cubriese. Estaba en forma, como cabía esperar de todo guerrero, pero además era mucho más grande que la mayoría de los hombres.

Había visto a sus hermanos bañarse muchas veces, pero esto era diferente. El Perro no era como sus hermanos: era un hombre adulto y eso la asustaba. A diferencia de los torsos de sus hermanos, el de su marido estaba cubierto de pelo negro y oscuro que desaparecía donde empezaban sus pantalones.

Se encontraba congelada en el sitio cuando vio cómo se levantaba y se acercaba a ella con pasos rápidos. ¿Acaso le había enfadado? No pudo evitar cerrar los ojos temiendo algo malo que viniera de él. Al parecer, el Perro también pudo notar su inquietud y, después de soltar un suspiro, llevó una mano con cuidado a su hombro.

-Es mejor si acabamos esto cuanto antes, pajarito.- Despacio, se colocó detrás de ella y recogió la capa que él mismo le había colocado en los hombros durante la ceremonia. Una capa que era tan mentira como su propia boda. Se suponía que era un símbolo de protección, pero Sansa se sentía de cualquier forma menos protegida en ese momento.

Sintió como la capa caía al suelo y abrió los ojos, intentando serenarse. Esto iba a ocurrir de todas formas, sería mejor que no le diese demasiadas vueltas. El Perro tenía razón, cuanto antes pasara, mejor para ambos. Estaba claro que ninguno de los dos quería lo que ambos sabían que tenían que hacer.

Su marido empezó a desatar el vestido con dedos ágiles y ella se dijo a sí misma que no opondría resistencia. Era cierto que él no la había maltratado nunca, pero no quería darle motivos para que empezara a hacerlo.

Después del vestido, su marido dejó caer su fina camisa interior por sus hombros. Sus manos corrieron a taparse casi sin darse cuenta y echó a andar en dirección a la cama. Apenas había dado un paso cuando sintió una mano firme en su brazo que la detuvo, sin apretarla ni zarandearla, como había estado acostumbrada desde que llegó a la corte.

-No huyas todavía, pajarito.

El Perro la volteó y abrazó su desnudez, pegándola a su pecho. Llevó una mano a su pelo, que deshizo el peinado algo impaciente. Inclinó su cabeza para inspirar hondo el aroma de su cabello. Sansa estaba muy quieta. No sabía que era lo que se esperaba de ella. Su Septa sólo le había dicho que tenía que hacer todo lo que su marido le ordenase. Ella sólo esperaba que el Perro no pidiese demasiado.

-Ve a la cama y espérame allí, con las luces apagadas.

No tuvo que decírselo dos veces. Pese a que notó la mirada de él sobre ella todo el rato, Sansa recorrió la habitación, tapándose con sus manos mientras apagaba las velas de la estancia. Cuando sólo quedaba la que descansaba cerca de la cama, se tumbó, la apagó también con un gran soplido y se cubrió con las sábanas mientras las lágrimas caían ahora sin esfuerzo, sabiendo que él no podía verla. Oyó el sonido de una prenda pesada caer al suelo y supo enseguida que ahora no era ella la única que estaba desnuda en la que a partir de ahora, sería su habitación. Notó cómo la cama se hundía con el peso de su marido y sintió cómo se escurría entre las sábanas a su lado.

Esperó algún movimiento por parte del Perro, pero éste no llegó enseguida. Parecía estar tumbado, bocarriba, pensando en algo. Quizás se negase a hacerlo, quizás desobedecería al rey. No podía parecerle bien todo lo que hacía. A él también le habían atado a algo que no quería. Los dos eran víctimas de Joffrey y no tenían por qué obedecerle.

Sus esperanzas se desvanecieron enseguida cuando la rodeó con un brazo y la atrajo hacia él para besarla. Sujetó su rostro con una mano mientras acariciaba su mejilla con el pulgar y unió sus labios a los suyos. Fue entonces cuando descubrió que ella estaba llorando, aterrada.

-No llores, pajarito. Pasará rápido, te lo prometo.

Podía haberse reído de ella, pero no lo hizo. Podría haberse burlado y salir al pasillo diciendo cómo su esposa, de la que decían que ya era una mujer, lloraba como un bebé al ver el cuerpo desnudo de su marido. En vez de eso, Sandor Clegane, uno de los guerreros más temidos de Poniente, decidió consolar a su joven esposa y besarla de nuevo, mucho más delicado.