Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

A/N: Muchas gracias a las dos personas que han dejado un comentario. Espero que la historia os siga gustando y la sigáis leyendo. :)


SANDOR

No sabía cuánto tiempo iba a poder seguir con esto. Su cabeza no hacía más que recordarle el nombre de su hermano. Gregor, Gregor… Sabía que estaba forzando a la chica a esto, estaba abusando de ella, en realidad y él no era como su hermano.

Sin embargo, ese pensamiento que le habría hecho parar con cualquier otra mujer, no surtía efecto con Sansa Stark. No se había dado cuenta de cuánto la deseaba hasta este momento. Cuando al fin había podido verla desnuda mientras ella apagaba las luces de la habitación, había estado a punto de abalanzarse sobre ella. El olor de su pelo le había embriagado por completo y sabía que nunca podría olvidarlo.

Ahora la estaba besando y ella ni siquiera se movía. Era normal, tampoco es que Sandor creyera que su esposa sabía qué era lo que tenía que hacer. Era perfectamente consciente de que ella no le deseaba, es más, seguramente le daría asco que simplemente la mirara.

- No te preocupes, pajarito. Estamos a oscuras, puedes pensar en tu caballero de las Flores. Él nunca se acercaría a ti con estas intenciones, pero tú puedes pensar que sí.

Había visto cómo le miraba más de una vez. Había notado cómo su sangre ardía, preso de los celos. Pero ahora eso no importaba, ahora estaba con él. Sólo estaría con él hasta que esta guerra acabase y la rescataran, anulando su matrimonio de la forma más simple: matándole a él.

Pronto esos pensamientos abandonaron su mente para centrarse en ella. Su piel era tan suave y blanca que parecía hecha de otro material. Sandor bajó una mano por su costado, despacio. Siempre intentando que se calmara. Sabía que hacerla disfrutar sería imposible, pero no quería hacerle daño, y para eso necesitaba que ella estuviese tranquila.

- Pajarito… -murmuró, preso del deseo.

Le habría gustado que ella hiciese algo también. Cualquier cosa. Estaba petrificada en su lado de la cama, pero parecía algo menos tensa. Quizás se pensaba que a él no le importaba lo que ella sentía, pero no era así. Él también estaba obligado a esto. No era como había fantaseado. En sus sueños ella estaba dispuesta. Le llamaba por su nombre y él acudía, como el perro fiel que siempre había sido. Esto distaba mucho de la realidad.

Se incorporó un momento en la cama y llevó sus manos a sus piernas, intentando separarlas. Sansa ofreció resistencia, pero tan solo duró un segundo. Sandor se colocó arrodillado entre ellas, con las manos apoyadas en la almohada a ambos lados de su rostro. Su esposa soltó un sollozo y enseguida fue a cubrirse la boca con ambas manos, como si hubiera hecho algo que mereciera un castigo atroz.

- Shhh. Relájate, pajarito. Aún queda un poco. No haré nada hasta que no estés lista. ¿De acuerdo?

Cogió una de las manos con las que se cubría la boca y la colocó en su mejilla buena, moviéndola en una leve caricia. Cuando creyó que había entendido lo que pretendía, su mano siguió moviéndose sola y Sandor no pudo reprimir una sonrisa.

Se inclinó un poco más sobre ella, colocando uno de sus brazos por detrás de su cabeza mientras con el otro exploraba su cuerpo. No se dejó ni un milímetro por recorrer. Sus piernas, su vientre, sus pechos, sus brazos, su cuello. La mano de ella seguía acariciando su mejilla, como ausente a sus dedicaciones.

Bajó los labios a su cuello, levantando levemente el mentón de su esposa con la mano libre. Acarició su pelo mientras se tomaba su tiempo besando su cuello, de un lado a otro, cada vez más dominado por la pasión.

Fue entonces cuando tomó el valor suficiente para besarla como verdaderamente quería. Su lengua acarició sus labios y ella necesito un tiempo para entender lo que él reclamaba. En cuanto sus labios se abrieron ligeramente, se apoderó de su boca con un hambre que no sabía que sentía.

Bajó su mano libre hacia su sexo, el cual acarició despacio. Ella intentó cerrar las piernas deprisa, pero sus rodillas se lo impedían. Detuvo el beso un segundo y apoyó su frente contra la de ella.

- Necesito que te tranquilices, pajarito… No pienses en mí. Intenta disfrutarlo. –susurró con una voz ronca que delataba su pasión.

Siguió con sus caricias y sus besos, y cuando se dio cuenta de que estaba todo lo preparada que iba a poder estar, decidió advertirla:

-Voy a hacerlo ahora, ¿de acuerdo? –Se recostó más sobre ella, colocando su hombro a la altura de su barbilla. –Si duele mucho, muérdeme. Así sabré que debo hacer algo. ¿Lo has entendido?

Ella asintió débilmente. Decidió no hacerla esperar más y se introdujo en ella con un movimiento fluido, pensando que era lo mejor. Casi al momento notó como los dientes de ella atravesaban la piel de su hombro y se detuvo de inmediato, dándole tiempo para que se acostumbrara a la sensación. No sabía cuánto tiempo iba a poder quedarse así. Su presión sobre él le incitaba a moverse, pero no quería hacerle más daño.

-Vamos, pajarito. Ya casi no queda nada.

Empezó a moverse muy despacio, esperando algún nuevo mordisco, pero no llegó. Siempre había sabido que era una muchacha muy valiente y ahora se lo estaba demostrando. La besó de nuevo, despacio, mientras se movía en ella. La acarició mientras le dedicaba palabras de ánimo, le decía lo bien que se estaba portando y lo hermosa que era. Sus movimientos cada vez eran más fluidos y aumentó ligeramente el ritmo. Fue entonces cuando su placer explotó dentro de ella.

Le apetecía quedarse quieto, no separarse de su mujer tan pronto, pero sabía que ella no le quería cerca, así que se apartó de Sansa y se recostó a su lado, con la respiración agitada. Fue a echar mano de ella, pero su esposa se levantó y fue a asearse. Sandor dejó escapar un sonido de frustración. Estaba claro que él le asqueaba, así que quería quitarse todo lo que le recordara a Sandor deprisa.

Cuando su mujer volvió a la cama se había puesto un camisón para dormir. Aun así, la abrazó en su pecho y le susurró algo que no podía contener.

- Has sido muy valiente. Ambos estábamos obligados a ello. Sabías que si no lo hacía, el rey podría matarnos a los dos. –el arrepentimiento le oprimía el pecho, sabía que esto no serviría de nada, pero quizás sus próximas palabras harían que descansara mejor.- No volverá a suceder, ¿me oyes? –acaricia su espalda, deseando que todo esto no hubiese tenido que suceder.- Da igual el tiempo que estemos juntos. No volveré a tomarte.