Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

N/A: A partir de este momento, los capítulos de Sansa los escribirá AlaynePajarito de Twitter. Eso hará que mejoren y que yo pueda escribir el resto más a gusto. Este es su primer capítulo así que darle ánimos :D


SANSA

Sansa escuchó sus palabras con atención, pero ya era demasiado tarde. ¿De qué servían sus promesas si ya la había mancillado? Inspiró hondo, de espaldas a él. No quería tener su rostro tan cerca. Le daba miedo. Se mordió el labio inferior con fuerza y dejó que las lágrimas fluyeran, descendiendo por sus mejillas como dos pequeños afluentes. Se encogió sobre sí misma, en posición fetal.

Su esposo se durmió enseguida, pero los pensamientos de Sansa le impidieron alcanzar el sueño con la misma facilidad que su marido. Notaba escozor en sus zonas íntimas y se sentía sucia, utilizada. No se merecía aquello. Llevaba toda su vida soñando con vivir ese momento con alguien especial, con alguien que realmente la quisiera y la hiciera sentirse valorada, útil, importante para la otra persona. Sin embargo, sus sueños seguían convirtiéndose en pesadillas. Cuando creía que por fin se había librado de Joffrey, había ido a parar a las manos de su Perro.

Él nunca me ha golpeado…

Inspiró hondo y cerró los ojos con fuerza, escuchando a Clegane resoplar tras ella en un sueño profundo. Qué fácil había sido para él, que sólo había tenido que cumplir con su deber. Sansa estaba convencida de que lo había disfrutado y no pudo evitar que un escalofrío recorriera la espalda al recordarlo.

Por lo menos le ha gustado a uno de los dos…

Dejó escapar un pequeño sollozo mientras se mordía el labio con más fuerza, preguntándose en silencio si algún día terminaría todo aquello, si algún día conseguiría regresar a Invernalia.

Estúpida. El Perro nunca te dejará ir.

Tragó saliva y consiguió dormirse cuando ya no le quedaban lágrimas que derramar. En sueños aparecieron sus peores recuerdos y pronto acabaron convirtiéndose en pesadillas. Su padre muertos, Arya desaparecida… ¿Y Bran y Rickon? Se removió inquieta durante la noche y despertó cuando el sol ya entraba con fuerza por la ventana. Se frotó los ojos con las manos, descubriendo la cama vacía. Contuvo el aliento mientras parpadeaba varias veces seguidas, pensando que todo había sido fruto de sus malos sueños. Retiró las sábanas y se puso en pie un poco más animada. Sin embargo, su dicha duró hasta que descubrió una mancha rojiza sobre el colchón. Ahí estaba: la prueba de que Sandor le había arrebatado su doncellez. Se le revolvió el estómago. No había sido una pesadilla, había ocurrido de verdad: sus besos, sus caricias. Las palabras de consuelo y el dolor. El pinchazo. El asco y la repulsión de tenerle encima. Se cubrió el cuerpo con una bata sedosa y descubrió un abundante desayuno esperándole encima de la mesa. No tenía hambre, pero se obligó a comer un poco. Una de sus doncellas entró para cambiarle las sábanas, así que Sansa aprovechó la ocasión para agradecerle que le hubiera servido el desayuno.

-No lo he traído yo, mi señora –explicó, haciendo la cama con rapidez. Ni siquiera le dio importancia a la mancha de sangre de las sábanas sucias-. Ha sido cortesía de vuestro esposo.

Sansa frunció el ceño. Un desayuno no arreglaba las cosas. Dejó de comer y tragó el último bocado con cierta desgana mientras observaba a la criada prepararle un baño caliente. Cuando el agua estuvo lista, Sansa se desvistió con su ayuda y se introdujo dentro lentamente. Se mordió el labio cuando el agua le rozó el bajo vientre, sintiendo que el escozor se hacía más intenso. La criada enjabonó su cuerpo con cuidado de no enrojecerle la piel. Cuando por fin estuvo limpia, la sacó de la bañera y la secó con mucha delicadeza para después ayudarla a vestirse con uno de sus hermosos atuendos.

-Cepíllame el pelo –le pidió, con un nudo en la garganta. Al menos eso la distraería durante un rato. Le gustaba mucho ver lo sedoso que se le quedaba el cabello, de un color rojizo muy brillante. Se sentó en una silla frente al tocador y esperó a que la doncella se le acercase.

La criada alcanzó el cepillo y comenzó a desenredar lentamente, con pasadas suaves y delicadas, sin tirones. Sin embargo, antes de que pudiera darse cuenta descubrió a Sansa derramando lágrimas por sus mejillas.

-L-Lo siento mucho, mi señora –se disculpó–. N-No pretendía haceros daño. ¿Queréis que me detenga?

Negó en silencio mientras un nudo le oprimía el pecho con fuerza. ¿Qué había hecho ella para merecer una vida tan miserable? ¿Por qué la habían castigado los Dioses de aquella forma tan cruel e inmisericorde?

La doncella continuó cepillándole el pelo mientras Sansa lloraba en silencio, recordando lo sucedido la noche anterior. Cuando su cabello quedó a su gusto, Sansa se levantó de la silla y salió de sus aposentos en completo silencio. Necesitaba visitar el bosque de Dioses, necesitaba pedirles perdón. No comprendía nada. El único pecado que había cometido era haber nacido siendo muy hermosa, nada más.

Caminó por los pasillos de la Fortaleza Roja como un alma en pena, ignorando a todas las personas con las que se cruzaba. Estuvo a punto de escupir el corazón por la boca cuando descubrió a Joffrey hablando con su marido. El rey se reía de alguna de sus bromas de mal gusto, mientras que Sandor permanecía serio e impasible. El pulso se le aceleró cuando tuvo que pasar junto a ellos, pero se prometió a sí misma caminar con la cabeza bien alta y no dedicarles ni una simple mirada de reojo.

Joffrey se volvió hacia ella cuando se percató de su presencia.

-Eh, Sansa –la llamó, con un deje burlón impregnando su voz–. ¿Qué tal tu noche de bodas?

Escuchó su risa cruel a sus espaldas, pero no fue capaz de volverse. Siguió caminando como si no le hubiera escuchado, como si no le hubiera visto. Joffrey estaba muerto para ella. Tampoco se volvió para ver la expresión en el rostro de Clegane. No quería saber nada de él.

Podría haberse negado, pero no lo hizo. Un hombre como el Perro no le debía nada a nadie y mucho menos a Joffrey. No tenía por qué obedecerle. Todo Poniente le tenía miedo, ¿cómo era posible que hubiera accedido a cumplir una orden del rey con la que no estaba de acuerdo?

Porque sí que estaba de acuerdo, estúpida. Todavía no has aprendido nada…

Se le revolvió el estómago y echó a correr en cuanto dobló una esquina y les perdió de vista. Se arremangó los bajos del vestido para no pisárselo y corrió todo lo deprisa que pudo al bosque de Dioses. Necesitaba estar sola, arrodillarse en el suelo y seguir llorando durante el resto del día.

Cuando llegó frente al árbol corazón se hizo un ovillo en la base de su tronco y suplicó a los Dioses que tuvieran piedad, que anulasen su matrimonio y la dejasen libre para regresar de nuevo a su hogar. Se merecía un poco de felicidad.

Dejadme volver a casa y seré buena. Prometió. No sabía qué había hecho mal, pero algo tenía que haber hecho para que los Dioses la castigaran tanto. Me portaré bien. Seré una buena dama, pero dejadme regresar a casa. Por favor…

Se abrazó las rodillas con fuerza y siguió llorando hasta que volvió a quedarse sin lágrimas y los ojos le escocieron. Permaneció bajo el árbol corazón mientras veía el Sol desplazarse por el cielo conforme avanzaba el día, sumida en sus propios pensamientos, recordando una infancia que no volvería nunca.