Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.
N/A: A partir de este momento, los capítulos de Sansa los escribirá AlaynePajarito de Twitter. Eso hará que mejoren y que yo pueda escribir el resto más a gusto. Este es su primer capítulo así que darle ánimos :D
N/A2: Muchas gracias a todos los que estáis comentando porque nos dais ánimo para seguir escribiendo.
SANDOR
Otro hombre más se fue al suelo. Sandor estaba demasiado violento en el campo de entrenamiento. Se había pasado ahí todo el día desde que había comido en compañía del rey. Ahora que no era de la Guardia Real, tenía más libertad para hacer lo que le viniese en gana. Habían querido nombrarle Ser, pero él se había negado. No era uno de esos malditos caballeros. Aun así, todo el mundo le trataba y respetaba como tal.
Otro voluntario decidió enfrentarse al Perro y dio un paso al frente. Sandor estaba cansado, llevaba más de dos horas peleando, pero prefería estar cansado y no tener que pensar en lo que era ahora su vida. Mientras paraba golpes y lanzaba sus propias estocadas, no pudo evitar recordar la cara que había puesto el pajarito cuando se había encontrado con Joffrey y con él por los pasillos. Ni siquiera le había mirado. Tampoco esperaba que lo hiciera pero aun así…
Se sentía muy culpable. Estaba furioso consigo mismo por lo que había tenido que hacer y con el rey por obligarle a ello. Era normal que el pajarito no lo comprendiera, pero había estado forzado a acostarse con ella. Si no lo hubiese hecho, ¿quién sabe lo que el jodido Joffrey les hubiera mandado hacer y delante de todos? Tampoco hables como si no lo hubieses disfrutado. Por supuesto que lo había disfrutado, había fantaseado demasiadas veces con ella como para no disfrutarlo, pero eso sólo le hacía sentir peor.
Aprovechó ese brote de furia para lanzar una buena estocada a su contrincante que acabó cayendo de culo al barro. Sandor miró a su alrededor, esperando ver a algún otro voluntario pero nadie más se atrevía. Se habían dado cuenta de que ese día el Perro luchaba con una furia especial y decidieron no tentar a la suerte.
Envainó la espada y se limpió el sudor antes de volver a la habitación. Su pajarito no estaba allí, debía seguir rezando a sus Dioses para que le cayera un rayo que le dejara fulminado en el sitio. Suspiró pesadamente y pidió un baño. Quería al menos no oler a vaca cuando ella llegara. Las doncellas no tardaron en traer el agua y antes de que se marcharan, paró a una de ellas:
- ¿Mi esposa hizo algún comentario sobre el desayuno? -le preguntó a la muchacha, que le miraba aterrorizada.
- N-nos dio las g-gracias, m-mi señor. Le dij-jimos que había sido c-cosa v-vuestra y s-se quedó callada al saberlo. -consiguió decir la joven a trompicones.
La despachó enseguida con un gesto de la mano y se desnudó para meterse en su baño. Así que el pajarito sabía que había sido él el que había mandado el desayuno. Era un gesto torpe, un intento por compensarla que no serviría de nada, como bien sabía. Debería pensar en algo mejor. Algo para demostrarle que no quería ningún mal para ella, que podían seguir con esta farsa sin riesgo por su parte. Sandor nunca se atrevería a decirlo en voz alta así que prefería ganarse su confianza con pequeños detalles.
Cuando acabó su baño, se vistió y bajó a la cocina a encargar una cena del gusto del pajarito. Quería darle una buena sorpresa y quizá hablar un poco. Sólo saber qué tal había sido su día y contarle un poco del suyo. Ya que eran marido y mujer, podían hablar un poco. Pidió que pusieran en una bandeja algo de asado y pan, tampoco era un hombre de gustos exquisitos. La comida era comida, nada más.
Aunque había deseado beber vino durante todo el día, se había resistido. No quería que el pajarito le encontrara borracho otra vez. Además, no sabía si podría controlar sus impulsos mientras estuviera borracho. No quería tentar a la suerte.
Cuando subió con la bandeja al dormitorio, notó que algo había cambiado. La habitación estaba en penumbra y cuando miró hacia la cama vio que su esposa se encontraba dentro y que giraba la cara para que no tener que verle. Eso hizo que su ira explotara. Era su esposa. Se suponía que al menos podía cenar con él. No iba a pedirle que cumpliera su verdadera obligación, que era darle placer siempre que él quisiera, pero al menos quería verla en algún momento del día. Dejó la bandeja en la pequeña mesa con un estruendo. No le importaba hacer ruido, sabía que estaba despierta.
- Mañana quiero que cenemos juntos. Me da igual que quieras o no, lo harás.
Pensó en cenar solo, pero se le había quitado el hambre. Entendía que estuviera disgustada, pero él también merecía algo de respeto. Él tampoco había pedido esto. Se dio la vuelta, salió de la habitación y seguidamente del castillo. Ahora sí que quería vino. Quería beber y poder olvidarse de ella y de sus desplantes.
Su taberna favorita no estaba demasiado lejos, en el Lecho de Pulgas. La gente no era más que calaña en esa zona, pero el vino era de lo mejor y estaba a buen precio. Cuando llegó, el tabernero le saludó con un gesto de la mano y sólo con mirarle ya supo lo que necesitaba: vino hasta que casi no pudiera tenerse en pie.
Cuando tuvo suficiente y apenas era capaz de recordar su nombre, volvió al castillo. Deambuló por los pasillos sin tener muy claro dónde estaba su habitación, recordando la cara de terror de su pajarito cuando le dijeron que iba a ser su esposa. Se tocó el hombro donde tenía la marca de sus dientes, testigo del dolor que le hizo pasar mientras se tomaba sus derechos como esposo.
Llegó a la habitación de puro milagro y cuando entró, escuchó cómo ella, aún en la cama, intentaba acallar sus llantos contra la almohada. Su corazón se le hizo un nudo. Ya era noche cerrada, debería estar durmiendo desde hacía tiempo. Pero, ¿cómo iba a poder dormir sabiendo el futuro que le esperaba? Así no había quien durmiera. Notó cómo intentaba disimularlo aún más cuando percibió su presencia, pero él se sentó en la cama para quitarse las botas y la camisa y poder dormir agusto. Seguro que ella se pensaba que quería volver a tocarla, pero no. No lo haría.
Puede que Sandor fuera horrible y que tuviera un genio demasiado exaltado, pero no era un mentiroso. Lo que le había dicho era verdad. No iba a volver a tocarla. Cuando estuvo preparado para dormir, se acostó junto a ella boca arriba y suspiró antes de intentar quedarse dormido. El alcohol y el cansancio del entrenamiento hicieron que se quedase dormido de inmediato.
Cuando salieron los primeros rayos del sol y despertó debido a la luz que entraba por la ventana, se dio cuenta de que había rodeado a su pajarito con un brazo mientras dormía.
