Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

N/A: Un nuevo capítulo por parte de AlaynePajarito. :) Gracias a la gente que sigue dando su opinión sobre la historia.


SANSA

Sansa despegó lentamente los párpados cuando la luz de sus aposentos empezó a molestarle. Necesitó unos instantes para poder ubicarse un poco, así que se frotó los ojos delicadamente para alejar los últimos resquicios que le quedaban del sueño. Sin embargo, pronto se quedó paralizada cuando notó un peso muerto sobre su cintura: el Perro la había rodeado con uno de sus poderosos brazos.

Contuvo el aliento y tragó saliva, asqueada. ¿Habían dormido así todo el tiempo? Se le revolvió el estómago, sin poder evitarlo. No quería su contacto. No quería que la mirase y mucho menos quería quedarse a solas con él después de lo que le hizo la otra noche.

Inspiró hondo, con las pulsaciones aceleradas. Suponía que el Perro seguía durmiendo, así que apartó su brazo sin pensárselo dos veces. En ese momento le dio igual que fuera su marido: le daba asco. Se levantó de la cama sin comprobar si se había despertado y caminó hacia el tocador para poder lavarse un poco la cara. Cuando se sentó en la silla y se miró en el espejo descubrió a Clegane con los ojos abiertos, observándola con detenimiento. Esquivó rápidamente su mirada, poniendo su expresión más indiferente. Introdujo las manos en una pequeña vasija con agua y comenzó a asearse el rostro con mucha delicadeza.

-Soy un hombre y eres mi esposa. Te dije que no volvería a tomarte, pero cuando estoy dormido no puedo controlar dónde van mis manos. No hace falta que salgas huyendo como un pajarito asustado. -el Perro se removió en la cama y le dio la espalda, parecía ser que aún no había dormido suficiente.- Además, tampoco es que te haya tocado una teta. No te escandalices. Estoy seguro de que tu Septa habría aprobado mi conducta. -dijo riendo con esa voz áspera tan característica.- Estoy siendo como uno de esos estúpidos caballeros que tanto te gustan.

Una vez dicho esto, bostezó sonoramente y se quedó quieto en la cama. Sansa le escuchó atentamente, frunciendo el ceño. ¿Siempre tenía que ser así de soez? Apretó los dientes y le miró por encima de su hombro. Le descubrió tumbado de espaldas. Estaba claro que ninguno de los dos quería verse las caras.

-Vos nunca seréis como uno de esos caballeros. -replicó, molesta.

Se le había revuelto el estómago. Se levantó de la silla y caminó hacia uno de los baúles para escoger un vestido que ponerse, ignorándole por completo. Escuchó de nuevo su risa antes de que volviera a hablar:

- Dale las gracias a tus dioses árbol de mi parte por eso, pajarito. Y será mejor que no olvides que esta noche cenas con tu marido, el no-caballero. Ahora márchate y déjame dormir de una maldita vez.

Apretó los dientes al escuchar su comentario. Se trasladó a la habitación del baño y cerró la puerta con llave. Por mucho que el Perro dijera que no iba a volver a tocarla, Sansa no podía evitar sentir desconfianza. Inspiró hondo, se deshizo del vestido para dormir con rapidez y se puso uno limpio, notando las lágrimas emborronando su visión. No quería cenar con él. No quería hablar con él. Y no quería compartir cama con él. Cuando se hubo arreglado, volvió de nuevo a sus aposentos.

Estaba a punto de salir por la puerta cuando escuchó unos golpes al otro lado. Su marido todavía permanecía tumbado en la cama sin intención de levantarse, así que fue ella quien se apresuró a abrir. Contuvo el aliento cuando descubrió a ser Boros al otro lado, mirándola de arriba a abajo.

-El rey Joffrey quiere verte. -su voz áspera llegó a sus oídos con crueldad.

Sansa se encogió un poco sobre sí misma, asustada. Suponía que iba a ser víctima de una nueva humillación. Tragó saliva, notando las lágrimas amenazando con desbordar sus ojos. ¿Es que no se iba a cansar nunca de ella? ¿Cuándo la dejaría en paz?

Fue entonces cuando notó al Perro a su lado de inmediato, con una de sus manos sobre su hombro, empujándola de nuevo hacia el interior de la habitación. Miró a Boros con una sonrisa que reflejaba aires de superioridad antes de hablar.

- Blount. Mi mujer no va a ir a ninguna parte, puedes decírselo al rey. Él me la entregó como esposa y me apetece follármela un par de veces antes de entrenar. Así se lucha mejor. Es algo que tú nunca podrás comprobar, ¿verdad? -dijo antes de echarse a reír.- Ahora fuera. Nos estás haciendo perder el tiempo. -Sansa no pudo evitar echarse a temblar cuando la rodeó con un brazo antes de cerrarle la puerta en las narices.

En cuanto lo hizo, el Perro la soltó y volvió a caminar hacia la cama.

- No quiero que vayas con él nunca, pajarito. Inventa algo, yo hablaré con él si es necesario, piensa una excusa, cualquiera, puedes ponerme a mí como motivo, pero no vayas a ver a Joffrey.

Sansa todavía temblaba cuando le escuchó decir todo aquello. Vio de reojo cómo su marido regresaba a la cama para tumbarse cuan largo era. Permaneció clavada en el sitio, todavía con ganas de llorar. Sin embargo, se obligó a sí misma a mantener la compostura.

¿Y qué hago para no veros a vos?

-Gra-Gracias… -logró decir.

Tragó saliva y salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad. No tenía muy claro adónde quería ir. Aún no había desayunado, así que podría bajar a las cocinas a pedir algo para comer. Sin embargo, no tenía hambre. Notaba un nudo oprimiéndole el estómago después de lo que había pasado.

Tal vez no sea tan malo después de todo… Ya había demostrado en varias ocasiones que no estaba de acuerdo con la conducta de Joffrey. Y aún así te tomó en la noche de bodas.

Agitó la cabeza para olvidarse de todo aquello. No quería torturarse más. Caminó por los pasillos de la Fortaleza Roja todavía con el corazón encogido. Cuando dobló una esquina, Sansa chocó contra algo. Se apartó un poco y se llevó una mano a la frente, dolorida.

-Disculpadme, mi señora. -escuchó una voz amable a su lado-. He sido un torpe. ¿Estáis bien?

Sansa se fijó mejor en el hombre del que provenía la voz. Parpadeó varias veces seguidas, sorprendida. Frente a ella, un apuesto joven se inclinaba hacia ella para examinarle el rostro.

-S-Sí… -logró decir, ruborizada. El cabello oscuro le caía lacio sobre los hombros, mientras unos ojos grises la escrutaban atentamente-. H-Ha sido culpa mía. Debí haberme fijado por dónde iba. L-Lo… Lo siento mucho, mi señor.

-No digáis eso -le alzó la barbilla con un par de dedos-. Sois preciosa, mi señora. ¿Con quién tengo el honor de hablar?

Sansa tragó saliva, sintiéndose muy incómoda. Le daba miedo que el Perro pudiera salir de sus aposentos y encontrársela allí hablando con un desconocido. Estaba convencida de que su reacción no sería buena. Inspiró hondo y comenzó a retroceder, un poco asustada al imaginarse dicha situación.

-De-Debería irme… -se deshizo de su contacto y dio media vuelta antes de echar a correr por uno de los pasillos, asustada.

No conocía de nada a ese hombre, no debería de haber hablado con él. Aún así, había sido tan atento… Su marido nunca podría ser como él. Le acababa de conocer y ya había demostrado tener mucha más educación que su esposo.

"Me apetece follármela un par de veces antes de entrenar". Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar esas palabras tan vulgares. Siguió corriendo sin detenerse hasta llegar al bosque de Dioses. Quería volver a pedirles perdón.

Cuando llegó hasta el árbol corazón, se hizo un ovillo en la base de su tronco y permaneció allí prácticamente todo el día, inmóvil, en un estado de abstracción donde no había dolor ni sufrimiento.

Este es el único sitio donde estoy a salvo… No estaba segura de que eso fuera cierto, pero quería creer que así era. Permaneció allí durante horas, sin ni siquiera moverse para ir a comer. Cada día se alimentaba peor. Cuando llegó el atardecer, Sansa salió de su ensoñación y recordó algo de pronto:

La cena. Clegane quería cenar con ella. El estómago le rugió debido al hambre, pero Sansa no quería regresar a sus aposentos. Aún así, se puso en pie y corrió todo lo que pudo para llegar cuanto antes. Era mejor que no le hiciera enfadar. Nunca le había pegado, pero no quería tentar a la suerte.