Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

N/A: Muchas gracias por todos vuestros comentarios. Nos dan ánimos para seguir escribiendo. :D


7. SANDOR

Sandor Clegane estaba sentado a la mesa, tamborileando los dedos en ella, inquieto. Frente a él había una suculenta cena: pollo asado con hierbas, pan, un poco de puré de patata como guarnición, vino, agua, algunas verduras cocidas… Todo estaba quedándose frío porque la esposa del Perro no se dignaba a aparecer.

Después de lo que le has dicho esta mañana para hacer que el jodido Blount se largara no es para menos. pensó Sandor. Y era verdad, se había comportado como el bruto que era. Tampoco es que creyera que el pajarito le creía un gran hombre, alguien digno de ser su esposo pese a su inferior escala social. Ella le odiaba, igual que hacían todos. Lo que inquietaba a Sandor es que eso nunca le había importado, nunca hasta ahora.

No pudo seguir con esos pensamientos ya que de repente su mujer entró por la puerta, bastante precipitada y con el pecho moviéndose de arriba a abajo, debido al esfuerzo. Parecía que había venido corriendo.

- Sigues llegando tarde, pajarito. Da igual que corras o no. Siéntate. -dijo mientras servía un par de copas de vino.

Sansa cerró la puerta tras de sí y permaneció con la cabeza gacha. Obedeció sin una palabra y se sentó frente a él, todavía con la respiración irregular. Estaba visiblemente asustada, así que Sandor intentó distraerla mientras servía la cena en uno de los platos que ofreció a su esposa. El Perro no era conocido por sus modales, ni en la mesa ni fuera de ella, pero quería intentar ser un poco más educado para su pequeña esposa.

-¿Cómo ha ido tu día, pajarito? -preguntó verdaderamente interesado. Después de la visita de Boros, Sansa se había quedado claramente agitada.

Sansa clavó la vista en el plato con la comida, sin atreverse a mirarle a la cara. Eso no era una novedad. Las pocas veces que le había mirado había sido después de unos cuantos gritos por su parte. El pajarito no parecía estar muy dispuesto a hablar. Sandor vio cómo se encogió de hombros, sin decir nada. Apretó los puños un poco furioso. Sólo quiero que hablemos un poco, ¿tanto le cuesta? Decidió no ponerse nervioso y conservar la calma. Apenas era una mujer y llevaba demasiado tiempo conviviendo en un ambiente hostil. Tendría que ser paciente, aunque tampoco era uno de sus puntos fuertes. En realidad, Sandor no consideraba que tuviese muchas virtudes, peleaba bien y era fiel. Eso era todo. Decidió volver a insistir, intentando que su voz no reflejara el enfado que amenazaba con salir.

- Te he hecho una pregunta, pajarito. ¿Dónde has estado? Hasta que alguien se atreva a acabar con el maldito rey Joffrey, tenemos que aparentar ser marido y mujer. Los matrimonios cenan juntos porque después se van a la cama juntos. Sólo te haré cumplir con la primera parte.

Vio cómo Sansa le escuchaba y se encogía todavía un poco más en la silla. Miraba el plato de la comida sin demasiado interés. Quizás no tuviera mucha hambre. O quizás tu cara le quita el apetito pensó Sandor. Era bastante probable que fuera lo segundo.

-En el bosque de dioses. -Respondió en un hilo de voz.

El Perro asintió ante su escueta respuesta. Tampoco es que él fuera de grandes conversaciones. En realidad, él tampoco sabía qué decir. No quería asustarla diciéndole lo que de verdad pensaba: que los Dioses no existían, que no había nadie cuidando de ella desde el más allá o lo que sea que creyera. Era una idea ridícula, tan infantil como la de los caballeros con brillante armadura que salvan a las damas en apuros. Hasta el día de hoy, el único que había intentado ayudarla había sido él y distaba mucho de uno de los héroes de sus historias.

Dado que no sabía cómo responder a eso, empezó a cenar a ver si eso le hacía reaccionar y comía ella también. Sandor no era estúpido y se había fijado. El pajarito había perdido mucho peso desde el día que llegó a la capital y todos sus planes se vieron frustrados. Su padre había sido un verdadero idiota por aceptar la propuesta del rey Robert. Ese era el problema de los hombres ambiciosos: siempre querían algo más. ¿Por qué no una hija reina? Eso sin duda incrementaría el renombre de su familia. Sus planes de grandeza le costaron la cabeza a él y arruinaron el futuro de su hija. Levantó la vista del plato para mirar a su pajarito, estaba tan acostumbrado a estar sólo que no se daba cuenta que tenía que prestar atención a alguien más, después de todo, había sido él quien le había pedido que cenaran juntos todas las noches.

Sansa no probaba bocado y eso no le gustaba. Mantenía la vista fija en el plato, con las manos sobre su regazo, ni siquiera había bebido un poco de vino.

- ¿El pajarito ha cenado antes de venir con el perro que tiene por esposo? - se da cuenta de que está hablando de forma más dura de lo que pretendía y se maldice al momento. - Deberías comer. No es bueno acostarse con el estómago vacío.

Fingiendo desinterés, Sandor siguió cenando. Aun así, no podía evitar lanzarle miradas de reojo para ver si reaccionaba a lo que él le decía.

- N-No. No he cenado. -se limitó a responder, sin alzar la vista hacia él.

Para alivio de Sandor, Sansa cogió los cubiertos y jugó un rato con la comida antes de animarse a probar la cena sin mucho interés, masticando lentamente. Sin embargo, pronto pareció aburrirse.

-M-Me… Me gustaría retirarme. -pidió permiso educadamente, siempre intentando protegerse en sus cortesías.

Sandor sabía perfectamente lo mucho que le temía. Le tenía miedo por su cara, por nada más. Él nunca le había puesto una mano encima y había intentado protegerla en muchas ocasiones, sin embargo, eso no parecía importar. Sólo quería perderle de vista. Su mal genio empezó a aflorar de nuevo pero intentó dominarlo.

- No. No hasta que la cena haya terminado.

Era lo único que le había pedido: cenar con ella. Ni siquiera le estaba obligando a hablar, pero al parecer al pajarito todo esto le parecía demasiado. No se daba cuenta de los riesgos que estaba corriendo por ella. Estaba negándose al rey. Ese mismo día se había encontrado con Joffrey y él le había preguntado por Sansa. Sandor había conseguido esquivar el tema diciéndole lo mucho que lloraba y que se pasaba todo el día en la cama. Aun así, Joffrey parecía interesado en verla. Le había pedido que se la "prestara" de vez en cuando.

Sandor podría haber aceptado, después de todo era su rey y el pajarito odiaba a los dos por igual, así que poco importaba.

Sin embargo, había decidido plantarle cara. Había dicho que era su regalo por lo que hizo en la batalla y que no iba a compartirlo, ni siquiera con el rey. Lo dijo de una forma tan seria que Joffrey no se había atrevido a discutir. Sandor sabía que para el mocoso era casi una figura paterna. El rey Robert pasaba demasiado tiempo con putas y borracho como para cuidar de su hijo, así que el joven príncipe había buscado en Sandor lo que su padre no le ofrecía. Admiraba su capacidad para luchar, su descaro con todo el mundo y eso Clegane lo sabía. De vez en cuando se aprovechaba de ello y esa fue una de esas veces. Sabía que no dejaría de insistir, pero intentaría que Sandor no estuviera delante. Ahora sólo tenía que cuidar bien de su joven esposa para que no le pasara nada.

Volvió la vista a ella y vio cómo Sansa permanecía inmóvil en la silla, sin cenar. Al parecer, quería desafiarle.

-Os estaría muy agradecida si me dejaseis retirarme ahora… -insistió, sin alzar la vista del plato.

- ¿Tanto te cuesta esperar un momento, pajarito? ¿Acaso tu Septa no te enseñó que está mal levantarse antes de que todo el mundo haya acabado su cena? Quizás fue por eso por lo que perdió la cabeza. -dijo sin darse cuenta de que se había dejado llevar por el enfado.

Nada estaba saliendo como él quería. Quería pasar un tiempo con ella y que dejara de temerle y estaba consiguiendo todo lo contrario.

- Anda, márchate. - él también tiró los cubiertos contra el plato, había perdido todo el apetito.

No pudo evitar ver la mirada de desprecio que le dedicó su pajarito antes de levantarse de la silla con elegancia. Aún enfadada mantenía su clase y su compostura. Se retiró de la mesa en silencio, sin volverse a mirarle y recogió un vestido para dormir de uno de los baúles antes de esconderse en la habitación del baño y cerrar la puerta. Sandor pudo escuchar cómo la llave se movía en la cerradura. Estaba claro que no quería verle.

Él se quedó en la mesa un poco más, viendo cómo la comida que le había hecho traer se quedaba fría ante sus ojos. Se frotó la cara pensando en lo mal que había salido todo. Suspiró antes de levantarse y ponerse algo más cómodo para dormir, aunque dudaba que pudiese hacerlo. Esa noche iba a ser una de las largas.