¡Hola! Creo que los acontecimientos ya están dejando claro que estamos ya en el final de esta historia... Pero por si acaso voy a dejar claro que este es el último capítulo como tal, pues el siguiente (y final) es el epílogo :'(
Y como siempre, ni pokémon ni nada relacionado con la obra de Jane Austen me pertenecen, aunque a estas alturas a veces lo desearía xD.
Las segundas oportunidades son raras. Creo que es la mejor manera de describirlo. No muchas veces tienes la ocasión de enmendar tus errores pasados y hacer borrón y cuenta nueva, y creo que en esta familia las vamos a agotar. Porque el portador de esa voz ya ha traspasado la puerta y viene hacia mí, y tiene el pelo morado ligeramente mojado y un traje gris claro con una corbata azul cielo. Un paraguas en la mano derecha y un reloj en la izquierda. Noto como el pulso se me acelera mientras me levanto e intento sacudirme las migas de la tarta.
—Hola—dice, con voz ronca.
—Paul—es lo único que puedo decir yo—. Pensaba que eras el repartidor de comida.
En cuanto me doy cuenta de lo estúpido que eso ha sonado, me llevo la mano hacia la boca. Genial, Dawn, ahora va a pensar que no le quieres aquí. Que prefieres una pizza a hablar con él. O que simplemente eres idiota. ¿Cuándo van a inventar una maldita máquina del tiempo?
—Puedo entender la confusión—dice, y juraría que durante un segundo, ha esbozado una sonrisa—¿Podemos hablar?
Por un instante, pienso en ofrecerle sentarnos en el sofá, pero veo que está lleno de restos de tarta y mantas con estampados estrambóticos. Me miro de arriba abajo, y tampoco es que yo misma esté mucho mejor. Respiro hondo y le llevo al pequeño comedor, mientras veo cómo examina cada trozo de la casa detenidamente, casi como si quisiera quedarse con cada detalle guardado en su memoria.
—No pensaba que Zoey estaría aquí—dice, rompiendo el hielo.
—Es mi cumpleaños, lo estábamos celebrando.
Vuelve un silencio incómodo, y él agacha la cabeza. Casi diría que parece avergonzado.
—No lo sabía—dice—, te hubiera traído algo…
—No hace falta—aseguro—, ¿cómo podrías saberlo, de todas formas?
—Bueno, yo… Feliz cumpleaños.
—Gracias—le digo, intentando controlar una risa nerviosa—, aunque técnicamente no es medianoche.
Él asiente, comprendiendo, y se forma un tercer silencio. Mi estómago va a explotar de los nervios. Él agita su paraguas suavemente y entonces me doy cuenta de que está mojado. Claro Dawn, ¿qué clase de persona no usa su paraguas cuando llueve? Le tiendo mi mano para que me pase el paraguas, y él me lo cede, firme. Camino hasta el paragüero, aún sin decir nada, y los segundos pasan más lento que de costumbre. Intento hacer el menor ruido posible hasta que estoy fuera de su campo de visión, y después de dejar el paraguas, me miro al espejo. Me vuelvo a sacudir las migas de la camiseta, y me peino un poco paseando mis dedos por mi pelo. Suspiro, y vuelvo hacia el comedor.
—Me llamaste—dice finalmente, cuando vuelvo a su lado—, hace unos días.
—Te dejé un mensaje, sí—respondo, no muy segura de por qué me lo recuerda.
—Estaba en Kalos por el momento así que no he podido venir antes—se disculpa, mirando al suelo.
—Por Arceus, no hacía falta que vinieras si estabas ocupado—le digo—, con una simple llamada me hubiera bastado.
—En realidad, creo que sí que hacía falta. Necesitaba…—dice, pero rectifica— Necesito mirarte a la cara mientras te pregunto el por qué.
—¿El por qué?—digo, nerviosa. El corazón me late tan fuerte que creo que podría salirse de mi pecho.
—¿Por qué me has llamado?—pregunta, y me relajo durante un segundo, pero él sigue hablando—. Sé que te has enterado de los eventos recientes…
—Yo no llamaría eventos recientes a comprar una compañía entera—le interrumpo—. Todo lo que has hecho por nosotras… No podemos agradecértelo suficiente.
Casi puedo ver algo en sus ojos mientras digo eso. Tristeza, tal vez. ¿Pero por qué?
—No tenéis que agradecérmelo—dice—. Por mucho que haya aprendido a respetar y a valorar a tu familia, no lo he hecho por ellas. Soy un egoísta que lo ha hecho por ti.
—Y mi gratitud está ahí—digo, intentando seguir, en vano. Él me interrumpe, y yo me muerdo la lengua.
—Si te digo la verdad, estoy algo confundido. Porque aunque ambos aseguramos delante de la prensa que éramos amigos, puede que no lo seamos. El tiempo que pasamos en Veilstone no nos hace ser amigos, ¿no? Pero si dijiste que éramos amigos, puede que quieras que lo seamos.
—Sí—digo rápidamente, y casi sin pensar—, claro que quiero.
—Así que quieres que seamos amigos—repite, despacio.
—Sí—digo, pero justo después me arrepiento de haber respondido tan rápido—. Quiero decir… Yo…
Me bloqueo. Las palabras no salen de mi boca, y tengo que hacer un esfuerzo para ordenar mis pensamientos. ¿Por qué me cuesta tanto expresarme como quiero? Nunca antes me había parecido tan difícil pensar en una frase coherente. En medio de la frustración, frunzo el ceño. Ojalá supiese lo que decir. Ojalá supiese lo que quiero decir.
—Por Arceus, no me extraña que estés confundido—digo, y me río. Creo que es mi medio de evasión. Bajo la cabeza para que no me vea la cara. ¿Cómo puedo pretender explicarle algo que ni yo misma entiendo?
—Dawn—dice, acercándose a mí—. Puede que me arrepienta de decir esto, pero sigo sintiendo lo mismo por ti que hace unos meses. Quizás incluso más.
Levanto la cabeza, y me parece que tengo pegado en la frente un letrero en el que pone "Esperanza". Porque en este momento creo que soy la viva imagen de ella. Ese primer paso que ha dado se convierte en el empujón que necesita mi mente para desbloquearse. De pronto, todo parece simple: yo le sigo gustando, y me encuentro a mí misma descubriendo que a mí también me gusta él. Por eso sus siguientes palabras suenan como un ultimátum que me derrumba como un castillo de naipes.
—Así que si lo único que quieres es que seamos amigos o agradecerme lo que hice por tu hermana, entonces…
No. Claro que no. No quiero que seamos amigos ni agradecerle todo lo que ha hecho por nosotras, ahora no. Quiero gritar que no se trata de eso, pero tengo miedo de que se me quiebre la voz. O de despertar a todo el vecindario y quedarme sin voz, una de dos. Pero ahora no hay tiempo de pensar. ¿Por qué todo está dando vueltas? Me doy cuenta de que esta es mi última oportunidad. Es ahora o nunca.
Cierro los ojos fuertemente mientras tiro de su corbata hacia abajo. Ahora ya no hay vuelta atrás, me digo mientras los abro. Parece sorprendido, pero no le doy tiempo a reaccionar. Ni siquiera me doy tiempo a mí para pensar, porque ya estoy de puntillas, juntando sus labios con los míos. Él no responde de ninguna forma, así que me aparto suavemente.
—¿Esto te aclara un poco las cosas?—pregunto, y noto cómo sube el rubor a mis mejillas.
—Un poco—admite, agarrándome de la cintura—, pero puede que necesite que me lo repitas.
Entonces sonríe (¡sonríe de verdad!) y me besa. Yo me río y le correspondo, fundiéndonos el uno con el otro. Cuando finalmente nos quedamos sin aire, nos separamos.
—No eras el único que estaba confundido—digo, jugueteando con su corbata—. Por cierto, me gusta tu cambio de look.
—¿De verdad?—pregunta, mirándome fijamente a los ojos. Casi parece orgulloso de mi comentario.
—En el Pemberley, nos estábamos llevando bien—explico, volviendo al tema—, pero después de que me fuera, no volví a saber de ti. Pensaba que quizás…
¿Que quizás qué? La verdad, no sé ni lo que pensaba. Por suerte, él me ayuda y continúa.
—No sabía qué es lo que querías. Pensé que no te vendría mal un poco de espacio para estar con tu hermana después de todo. Yo sería una distracción innecesaria.
—Tú no eres innecesario—digo, frunciendo el ceño. Espero ver alguna reacción en su cara, pero permanece impasible y dispuesto a acabar su relato, así que le doy paso.
—Después Drew me contó todo y Úrsula vino a quejarse de todo lo que le habías dicho, y unas palabras se me quedaron en la cabeza. Le dijiste que mi vida es cosa mía, y la tuya es cosa tuya. Pero no sabía a qué te referías exactamente, porque como ya sabías que había sido yo el que…
Nunca había oído hablar tanto a Paul, ni verle estando tan nervioso. Se lleva la mano a la nuca en un intento de disimular, y yo me muerdo el labio pensando que es adorable. Hace unos meses, me hubiera reído de cualquiera que utilizase esa palabra para describir a Paul.
—Confuso, lo sé —digo, con una ligera risa. Parece que esa palabra nos ha perseguido durante toda la noche. O durante mucho tiempo, depende de a qué nos refiramos exactamente.—. Ni que una horda de Zubats nos hubiera lanzado un rayo de esos.
Él sonríe otra vez, y me siento como si estuviera en el cielo.
—Déjame ponerte las cosas claras—susurro—: Paul Shinji, no quiero ser solamente tu amiga, y no quiero estar contigo porque esté agradecida por todo lo que has hecho. Quiero estar contigo simplemente por ti, porque eres tú. Eres complicado, a veces irritante y me pones muy nerviosa… Y me encanta. ¿Lo entiendes ahora?
—Claro como el agua, Dawn Berlitz—dice mientras me acaricia el pelo. Paul se vuelve a acercar, pero esta vez no dejo que él dé el primer paso.
Sin duda alguna, este es mi mejor regalo de cumpleaños. Y uno que espero que ni él ni yo vayamos a olvidar.
Creo que el capítulo ha quedado un poco más corto de lo usual, pero me parece que añadir cosas sería innecesario y todo ha quedado justo como quería. Muchísimas gracias por leer y espero que os haya gustado tanto como a mí *-*
