Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

N/A: Antes que nada, decir que esta historia acabará bien. (Esperamos :) ) Lo que sí podemos asegurar es que es una historia SandorxSansa.


SANSA

Sansa salió de la habitación del baño ya preparada para irse a dormir. Ignoró a su esposo y se introdujo entre las sábanas, haciéndose un pequeño ovillo de espaldas a él. Los aposentos quedaron a oscuras en cuanto su marido apagó los cirios. Inspiró hondo y tragó saliva, notándose el estómago prácticamente vacío. ¿Hasta cuándo iban a estar así? "Hasta que alguien se atreva a acabar con el maldito rey Joffrey, tenemos que aparentar ser marido y mujer." Sus palabras resonaron dentro de ella, haciendo un eco siniestro. Un escalofrío recorrió su espalda de arriba a abajo.

Esa noche rezó de nuevo a los dioses. Sabía que en el bosque la escucharían mejor, pero no podía salir a esas horas de la noche. Rezó durante horas. Rezó porque su hermano consiguiera llegar a Desembarco con un enorme ejército de norteños. Apretó los dientes y esbozó una tímida sonrisa al imaginarse a Robb asesinando a Joffrey a sangre fría.

–Robb… –sin darse cuenta susurró su nombre, absorta en sus pensamientos.

En cuanto su hermano mayor derrotase a los Lannister, su matrimonio con el Perro quedaría anulado. Volvió a sonreír, soñando despierta con ese momento. Sí. Robb la rescataría. Robb conseguiría matar a Joffrey y llevarla de nuevo a Invernalia.

Cerró los ojos y siguió rezando por ese esperado momento. Los dioses tendrían que concedérselo. Tendrían que apiadarse de ella y darle un poco de felicidad de una vez por todas. Sus músculos se relajaron lentamente y Sansa acabó durmiéndose mientras disfrutaba de sus sueños ilusos.

A la mañana siguiente se despertó con una sonrisa en los labios. La luz del sol se filtraba por la ventana, bañando su piel y haciéndola aún más clara. Se frotó los ojos y retiró las sábanas. Su esposo no estaba en los aposentos, lo cual supuso un alivio. Verle recién levantado le resultaba muy desagradable.

Se levantó y caminó hacia su tocador. Se estaba aseando el rostro cuando llamaron a la puerta. Sansa frunció el ceño y se volvió, extrañada.

–Adelante.

Una de las criadas entró con una bandeja enorme repleta de pan tostado, zumos de diferentes sabores, leche y quesos de distintas clases, así como también con diversas piezas de fruta. Sansa sonrió y alzó las cejas.

–¿E-Es para mí? –se levantó de la silla y caminó hacia la mesa, donde la doncella había depositado la comida.

–Sí, mi señora. –agachó la cabeza.– Vuestro esposo lo encargó a las cocinas.

Sansa frunció el ceño e hizo una mueca. Se dio la vuelta y regresó al tocador para seguir mirándose en el espejo.

–Llévatelo. –le pidió. Tenía mucha hambre, pero su orgullo le impedía aceptar cualquier cosa que proviniera de él.

La criada permaneció clavada en el sitio unos instantes, desconcertada.

–P-Pero señora… –balbuceó.– V-Vuestro esposo se enterará…

Sansa tragó saliva y se volvió hacia ella, con una mirada tan gélida como el Norte del que provenía.

–Llévatelo. –insistió.– Que se entere. No me importa.

La criada obedeció de inmediato y salió de la habitación con tanta rapidez como pudo. Sansa se quedó observando la estela que dejó su fino vestido cuando ondeó en el aire al cerrar la puerta tras ella.

Sansa se quedó clavada en el sitio como una hermosa estatua de piedra, inmóvil y pensativa. ¿Por qué quiere cenar conmigo? Su matrimonio no era un matrimonio convencional. Ni siquiera había sido por conveniencia. Joffrey se la había entregado como un obsequio por sus hazañas en batalla. Apretó los dientes. No le quería y no le querría nunca. Por muchas veces que la hubiera defendido frente a las torturas del rey, Sansa no podía perdonarle lo sucedido en la noche de bodas. Se llevó los brazos al pecho instintivamente, tratando de ocultarse de una mirada imaginaria a pesar de que llevaba puesto el vestido para dormir. La joven dama permaneció unos instantes allí de pie, paralizada, hasta que por fin agitó la cabeza y volvió a la realidad.

Aprovechó para ponerse unas mudas limpias junto con un vestido azul celeste que realzaba el color de sus ojos. Se llevó una mano al estómago en cuanto este le rugió. Ver ese suculento desayuno le había abierto el apetito. Agitó la cabeza y regresó al tocador. Se cepilló el pelo hasta dejárselo bien brillante para después hacerse un recogido sencillo antes de salir de los aposentos.

Caminó con la cabeza alta y la vista fija en el horizonte, sin fijarse en la poca gente con la que se topaba. Salió de la Fortaleza Roja y anduvo por los Jardines Reales, en dirección al bosque de dioses. Se adentró entre los árboles, siguiendo los caminos empedrados hasta que algo la hizo detenerse: el apuesto joven con el que se tropezó el otro día estaba sentado a la sombra de un fresno, descansando con los ojos cerrados. Sansa parpadeó varias veces seguidas, ligeramente sorprendida. El corazón le dio un vuelco cuando despegó los párpados y clavó la vista en ella, provocándole un ligero rubor en sus mejillas. Sansa apartó la mirada y reemprendió la marcha al bosque de dioses, ligeramente nerviosa por haber sido descubierta.

–Esperad, mi señora –la llamó. Sansa le ignoró, pero pronto notó como la sujetaban por el antebrazo. Cuando se volvió, descubrió una sonrisa perfecta sólo para ella.– Decidme vuestro nombre, hermosa dama. ¿Con quién tengo el honor de hablar?

Sansa se ruborizó aún más y desvió la vista hacia el suelo.

–S-Soy lady Sansa. –se presentó, sintiéndose muy tímida.– Sansa de la casa Stark.

El hombre pareció sorprenderse. Abrió mucho los ojos grises e hizo una elegante reverencia frente a ella. La joven sonrió ampliamente.

–Me siento muy honrado de estar en vuestra presencia, lady Sansa. –se llevó la mano derecha al pecho, a la altura del corazón.– Siento mucho la pérdida de vuestro padre. Fue una verdadera lástima. –Hizo una pausa al ver la expresión entristecida de la muchacha.– Mi nombre es Eric Moss. Pertenezco a una casa menor y mucho menos importante que la vuestra, mi señora. Pero provengo del Norte. –le guiñó un ojo y sonrió de manera encantadora.

Sansa se ruborizó todavía más. Del Norte… El joven había mencionado a su padre. Probablemente fuera vasallo de su familia. Probablemente estuviera apoyando a Robb. Tal vez… Se mordisqueó el labio inferior, esperanzada.

–El gusto es mío, mi señor. –el color grana de sus mejillas se hizo más intenso al confesar la verdad.

Sin embargo, pronto se sintió avergonzada cuando el estómago empezó a rugirle de nuevo, insistente. El joven escuchó los ruidos y dejó escapar una risa melodiosa.

–¿Acaso vuestro marido no os cuida como merecéis? –preguntó, arqueando una ceja hacia arriba.– Oí que Joffrey os obligó a casaros con el Perro, ¿es eso cierto?

Sansa desvió la mirada hacia sus pies, sintiéndose visiblemente incómoda.

–Sí, mi señor. Así es. Sandor Clegane es ahora mi esposo. –mencionó su nombre con repulsión, frunciendo el ceño.– Nunca me ha golpeado. –reconoció a regañadientes.– M-Me trata bien. M-Me hace feliz… –mintió.

Moss dejó escapar una carcajada.

–Ese monstruo no podría hacer feliz ni a su propia sombra. –comentó burlón.

Sansa sonrió con timidez, pero pronto se puso seria cuando su estómago reclamó atención de nuevo.

–L-Lo siento mucho, mi señor. –se disculpó, cada vez más avergonzada.

El joven cogió una de sus delicadas manos y tiró de Sansa hacia el árbol donde estaba sentado. La pequeña dama le siguió, un poco reticente. Debo ir a rezar por Robb…

–No tenéis que pedir perdón, mi señora. Vos no. –siguió tirando de ella, caminando a su lado con la elegancia propia de un noble.– Permitidme que os invite a almorzar, lady Sansa. No será un banquete digno de vos, pero al menos os permitirá llenar el estómago.

Sansa le miró desconcertada. Sin embargo, pronto sonrió cuando descubrió una cesta de mimbre a los pies del árbol. Moss sacó una fina manta del canasto y la extendió por el suelo. Observó a Sansa y la ayudó a sentarse, para después hacerlo él frente a ella. Sansa le dio las gracias por sus atenciones, sin poder borrar la sonrisa de su rostro. No pudo evitar morderse el labio cuando sacó varias piezas de fruta y un poco de queso de la cesta. El estómago volvió a rugirle, pero esperó pacientemente a que Eric terminase.

–Mucho me temo que no tengo copas donde servir la bebida. –se disculpó, avergonzado. Acto seguido sacó un pellejo de vino.– Si queréis beber, tendrá que ser a la antigua usanza.

Sansa rió con suavidad.

–Sois muy amable… –se quedó pensando en su posible título. ¿Lord? ¿Ser? El joven comprendió sus dudas.

–Ser Moss, si os place. –le tendió un trozo de queso que Sansa aceptó y comenzó a roer delicadamente.

Un caballero… Volvió a sonrojarse. Un caballero de verdad, como los de las historias. Educado, con buenos modales, atento y muy apuesto. Cuando Sansa se terminó el trozo de queso, Moss le entregó otro. La joven dama lo aceptó encantada. Su familia debe ser vasalla de la mía. Seguro. Estará ayudando a Robb.

Sansa siguió disfrutando de su compañía durante el resto de la mañana, olvidándose por completo del hombre que tenía por marido.