Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

N/A: Seguimos agradeciendo vuestros comentarios :)


9. SANDOR

Sandor caminaba por los pasillos de la Fortaleza Roja ocioso y bastante aburrido. Había rechazado ser un Ser y ya no era miembro de la Guardia Real. No tenía que acompañar al rey a todos los sitios. Una parte de él se alegraba de ello, pero otra echaba de menos tener algo que hacer durante el día. Algo que no fuera pensar en lo mucho que seguía estropeando las cosas con el pajarito.

Había pensado que cenar con ella sería una buena idea, que ayudaría a que empezaran a llevarse mejor pero al final, el silencio de su esposa desató su ira y acabó gritando y recordándole cosas de su pasado que estaba seguro que quería olvidar.

Sandor apenas había dormido esa noche pero al levantarse decidió intentar recompensarla con un buen desayuno. Era consciente de que no era mucho pero no sabía qué más hacer. Se arrepentía de lo que había hecho. Mucho. No tenía que perder la calma así con ella. No era más que una cría y él la había forzado en su noche de bodas. En el fondo ni siquiera podía considerarlo una noche de bodas. La obligaron a casarse con él y la muchacha accedió a ello para no perder la cabeza. Sin duda Joffrey se la habría cortado de haberse negado.

Andaba en esos pensamientos cuando una de las criadas de Sansa pasó frente a él. Bajó la vista e intentó escabullirse, pero Sandor la sujetó por el brazo.

- ¿Cómo estaba mi mujer esta mañana? ¿Ha desayunado? -La criada le observó con terror en los ojos antes de volver a bajar la mirada y contestar.

- N-no, mi señor. Cuando supo que venía de vos se negó a probar bocado.

Sandor soltó a la doncella y dejó que saliera corriendo por el pasillo, temerosa de su posible reacción. Así que el pajarito había decidido ser rebelde con él. No podía culparla, bastante daño le había hecho ya. Era normal que no quisiera nada que viniera de él, pero no por eso iba a dejar de intentarlo. Tenía que pensar en otra cosa que fuera mejor que un desayuno. Quizás un vestido o alguna joya. Esas son las cosas que le gustan a las jóvenes señoras, ¿no es así? Decidió aparcar esos pensamientos para otro momento y salió del castillo.

Sandor estuvo tentado de ir a buscarla. ¿Y por qué no? Era su esposa después de todo. Quizás si se preocupase más por lo que hacía y pusiese algo de interés en saber acerca de su cultura norteña, las cosas mejorarían entre ambos. Tampoco tenía claro por qué quería que las cosas entre ellos fuesen de otra manera, pero le había dado tantas vueltas sin encontrar respuesta que hace unos días decidió no volver a pensar en ello. Las cosas eran como eran y no había que dar tantos rodeos. Se preocupaba por la chiquilla, no podía evitarlo. Se sentía culpable y miserable a la vez. Tenía que encontrar alguna forma de ponerle remedio.

Decidiendo que ir a buscarla era la mejor idea, Clegane empezó a seguir el camino que llevaba hacia el bosque de Dioses. Si estaba rezando, no sería difícil de encontrarla. Sólo había un arciano en el bosque, un árbol blanco y feo, tan feo como la cara que había tallada en su tronco. Algo había oído acerca de esos extraños Dioses. Se suponía que esas caras eran esculpidas por los niños del bosque, antes de los primeros hombres. Los Norteños decían que su sangre tenía mezcla de la sangre de esos niños y sus propiedades mágicas. No eran más que bobadas para Sandor. Él no creía ni en Dioses ni en árboles de hojas rojas que se dedicasen a escuchar a la gente y cumplir sus deseos. La verdad era que de creer en eso, Sandor debería estar bastante asustado. Habría apostado cualquier cosa a que lo primero por lo que andaba rezando el pajarito era por su muerte.

Avanzó por el camino, a buen ritmo. No tenía prisa pero el Perro no sabía andar de otra manera. La verdad era que el bosque en sí tenía un halo de misterio que podría haber salido de cualquiera de las historias que tanto le gustan al pajarito. Cuando llegó al arciano, se dio cuenta de que allí no había nadie. ¿Dónde demonios se encontraba su mujer? ¿Por qué no estaba rezando como decía siempre? Decidió esperar, quizás no hubiese llegado todavía, eso era todo.

Buscó un buen sitio, oculto desde el camino que dejase el Arciano completamente a la vista y se sentó a esperar. Pronto las horas empezaron a pasar y seguía sin verla por ningún sitio. Sandor empezó a inquietarse. ¿Y si el rey había dado con ella y había decidido cumplir sus amenazas? No, eso no era probable. Seguramente se hubiera enterado de sus intenciones. Estuvo tentado de volver al castillo en su busca. Después de todo, forzada o no, era su mujer y quería saber dónde se encontraba en cada momento. Como marido, tenía al menos ese derecho.

La noche cayó en el bosque de dioses y Sansa aún no había aparecido. Hecho una furia, volvió al castillo y a la habitación. Pidió la cena a las sirvientas, visiblemente cabreado y se sentó en una silla a esperarla. Si ahora no aparecía, sí que iba a tener problemas. Le había ordenado expresamente que tenía que cenar con él cada noche.

Las criadas vinieron con la comida y la dejaron en la mesa mientras Sandor seguía esperando, cada vez más impaciente. Afortunadamente, no tuvo que aguardar mucho más antes de que su querida esposa entrase en los aposentos con una extraña sonrisa en la cara, que intentó disimular rápidamente cuando vio que la estaba mirando.

- El pajarito vuelve a llegar tarde. -dijo, intentando disimular la ira y el odio que sentía en ese momento. No le gustaban las mentiras así que esperaba que ella tuviera alguna explicación razonable para lo que había sucedido en el día de hoy. -¿Dónde has estado todo el día? -preguntó mientras empezaba a servir los platos, esperando a que ella se sentase y le diera las explicaciones pertinentes.

Sandor vió cómo Sansa se quedaba clavada en el sitio, mirándose los pies. La muchacha tardó unos instantes en reaccionar.

- H-He… -se acercó a la mesa, temerosa- H-He estado…en el bosque de dioses, rezando. -Se sentó en la silla y miró el plato humeante que había frente a ella.

En ese momento, Clegane notó cómo la sangre comenzaba a hervirle en las venas. ¿Cómo se atrevía a mentirle? Se creía mucho mejor que él y por eso pensaba que podía hacer lo que quisiera cuando le viniese en gana. Estaba muy equivocada. Decidió contener su furia y aparentar tranquilidad. Empezó a comer, fingiendo estar distraído.

- Te avisé hace tiempo de que no sabías mentir. No has mejorado nada, pajarito. - en ese momento decidió mirarla a los ojos con algo de dureza. - No se te ocurra volver a hacerlo. ¿Dónde has estado todo el día? -Esta vez, Sandor se quedó esperando a que contestara, sin comer y mirándola fijamente.

El color desapareció de las mejillas del pajarito. Parpadeó varias veces seguidas y clavó la vista en el plato, incómoda bajo su atenta mirada. Inspiró hondo antes de hablar:

-H-He… estado ocupada… -contestó sin añadir nada más. Cogió los cubiertos y empezó a juguetear con la comida, sin probarla siquiera.

Sandor asintió y reanudó su cena. Podía haber estado ocupada, eso no era algo que el Perro dudara. Pero quería saber por qué su esposa estaba atareada y en qué. Le había dicho primero que había ido a rezar. Ocultaba algo y Sandor quería saber qué era.

- Tengo entendido que las damas de la corte, en especial las de grandes casas como la tuya, -dijo con algo de sorna- tienen muchas tareas de las que ocuparse cuando se casan. ¿Por qué me has mentido entonces? ¿Qué me estás escondiendo, niña? -él mismo se notaba cada vez más inquieto. Acabaría perdiendo el control de la situación como esto no acabase pronto.

Sansa no se atrevía a alzar la vista hacia él. Apretó los dientes y dejó los cubiertos en el plato, sin haber probado la cena.

-Lo que haga en mi tiempo libre no es asunto vuestro. -No le miró en ningún momento. Dejó la servilleta sobre la mesa, dispuesta a levantarse y a salir de allí si la situación empeoraba, pero Sandor no iba a dejarla marchar tan fácilmente.

- ¿Dónde crees que vas? Soy tu esposo, así lo ha dicho el rey por el que tanto rezas en tu bosque de árboles blancos. Esos que tanto caso te han hecho hasta hoy. Sé que estás esperando a que caiga fulminado por un rayo, pero no lo voy a hacer. Soy tu marido y tú no eres más que una estúpida. No dejo de protegerte de Joffrey. Todo lo que hago, lo hago para que estés a salvo y seguro que eres tan boba que lo estás estropeando todo a mis espaldas. - tira los cubiertos a la mesa con violencia y se levanta, dando un puñetazo en la misma y apoyándose en ella con las dos manos. - Dime qué has estado haciendo, pajarito. No lo voy a repetir más veces. Créeme cuando te digo que no quieres verme enfadado, pero como sigas por este camino, vas a lograrlo.

Sansa se quedó unos instantes paralizada, asustada por esa reacción tan violenta, que por otro lado era de esperar. Su arrebato de furia no podía traer nada bueno, pero al final Sandor no había podido evitarlo. Quería saber qué había hecho y ella no dejaba de mentirle. Vio cómo la joven Stark apretó los dientes y se levantó de la silla, con la calma que tanto le caracterizaba.

-Sois el perro del rey y nada de lo que hagáis podrá cambiar eso. -dijo, con frialdad-. He estado almorzando con un caballero norteño que ha sabido tratarme como de verdad merezco. -le dedicó una mirada cargada de repulsión.- No como vos.

Pensó que después de eso podría salir fácilmente de allí, pero Sandor, o el Perro del rey como a ella le gustaba llamarle, tenía otros planes en mente.

- ¿Un caballero norteño? ¿QUIÉN? -exigió saber, alzando su voz y yendo deprisa hacia ella para sujetar su brazo. -¿Crees que puedes ponerme en ridículo delante de toda la corte? ¿Qué crees que hará Joffrey si se entera de que te ves con otros hombres? Habrás herido mi orgullo y él te castigará. Ahora mismo sólo tengo que ir a contárselo para que vuelvan los golpes. -le dijo de forma dura y pretendiendo hacerle daño. Estaba demasiado nervioso. Estaba celoso. No lo habría reconocido nunca en voz alta, pero Sandor sabía qué era lo que sentía, aunque lo hubiese negado si se lo preguntaban.

Ella parpadeó varias veces seguidas, visiblemente asustada. Intentó librarse de la mano que sujetaba su brazo, pero no pudo. Sandor era mucho más fuerte, sin embargo, parecía que el pajarito le había perdido el miedo. La damita de Invernalia inspiró hondo e hizo alarde de sus modales educados antes de hablar.

-Id a contárselo. -por primera vez se atrevió a mirarle a los ojos.- No me importa. Estáis en vuestro derecho.

Por un momento, Sandor estuvo tentado de hacerlo. Su mujer estaba haciendo todas esas cosas para que él sufriera, no le quedaba la menor duda. Él sólo intentaba hacerle la estancia más sencilla, pero nunca era suficiente. Quizás debiese dejar de intentarlo, hacer que volviera a lo de antes y que entonces, comparando, viese que lo que él le ofrecía no era tan malo.

De pronto se dio cuenta de lo que estaba pensando y se asustó de sí mismo. ¿Cómo podía haber imaginado algo así? ¿Tan cegado estaba por los celos que esos pensamientos se le habían pasado por la cabeza? La soltó deprisa, como si su piel le quemase. No podía seguir en la misma habitación que ella. De hecho, Sandor dudaba que pudiese seguir en el mismo castillo. No. Necesitaba salir, que le diera el aire y vino, mucho vino.

Sin decir una palabra más, abandonó la estancia en dirección a los establos. Cogería a su caballo, cabalgaría hasta el Lecho de Pulgas para buscar buen vino y quizás una mujer que le hiciese olvidarse de su desagradecida esposa y su constante odio hacia él. Por muy convencido que estuviera en ese momento, Sandor sabía que, llegado el momento, no podría hacerle eso a su pajarito. Puede que fuera un borracho, agresivo, de mal genio y cruel, pero lo que le diferenciaba de los caballeros que tanto odiaba era que Sandor Clegane era un hombre de palabra. Cuando se casó con Sansa Stark, había jurado protegerla y honrarla. En su noche de bodas, había tenido que faltar a su segundo juramento para cumplir con el primero, pero no volvería a romper ninguno de los dos nunca más. Ahora bien, más le valía al pajarito rezar a su árbol para que esta vez la escuchase, porque si Sandor encontraba a ese señor norteño al que tanto le gustaba andar con mujeres casadas, no tendría mucho más tiempo para seguir cortejándola.