Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

N/A: Seguimos agradeciendo vuestros comentarios : )


10. SANSA

Sansa apoyó la espalda contra la puerta en cuanto su marido abandonó los aposentos. Ocultó el rostro entre las manos y rompió a llorar, sin poder contenerse más. Ya está. Ya había sucedido. Le había hecho enfadar y estaba a punto de pagar las consecuencias. ¿Por qué no se limitaba a ser la buena esposa que todo el mundo esperaba que fuera? La joven sabía perfectamente en qué consistía el matrimonio. Su madre y su septa ya le habían explicado lo que sucedía en el lecho conyugal, pero Sansa se negaba a aceptarlo. No quería. Todavía recordaba su noche de bodas notando una terrible repulsión. Lloró con más insistencia, sintiéndose terriblemente sucia y desdichada.

Le había hecho perder la paciencia. El Perro le advirtió de las consecuencias, pero Sansa siguió tirando de la cuerda hasta que confesó que había pasado el día con ser Moss. Se quedó paralizada en el sitio, sin dejar de sollozar. ¿Y si le sucedía algo a su apuesto norteño? No. No sabe de quién se trata… Pero lo sabría. El Perro del rey acabaría enterándose, seguro. Tendría que ir a avisar a su caballero en cuanto tuviera ocasión. Si es que tenía ocasión… Su esposo había abandonado los aposentos hecho una furia, seguramente en busca de Joffrey. Las repercusiones serían terribles cuando se enterase de que había ofendido a su leal perro. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? ¿Es que no iba a aprender nunca?

Sansa dejó la cena intacta y apagó los cirios de la habitación. Se metió entre las sábanas sin cambiarse de ropa y continuó derramando lágrimas, desconsolada. Era consciente de que su final podría estar demasiado cerca. Después de todas las veces que la había defendido del rey, ¿sería capaz de contarle que su mujer se había visto con otro hombre? Claro que sí, niña tonta. Le has herido donde más le duele: en el orgullo.

Se abrazó a la almohada y hundió el rostro en ella, sin dejar de llorar. La joven siguió torturándose durante horas hasta que por fin escuchó que la puerta se abría de nuevo. Tragó saliva y se mantuvo en silencio, con el corazón encogido. La luz del pasillo se filtró a través del vano haciendo que Sansa pudiera ver la enorme silueta de su esposo. Se quedó paralizada en la cama, rígida como una estatua de mármol. Sin embargo, frunció el ceño cuando la puerta se cerró de golpe y le vio tambalearse a oscuras mientras buscaba a tientas el lecho conyugal.

Estaba borracho. Otra vez.

–Por los Siete Infiernos. ¿Por qué está todo tan jodidamente oscuro?

Sansa se hizo un ovillo en la cama, asustada. Su voz había sonado rasgada, un tanto espesa debido al alcohol ingerido. Se incorporó en sobre el colchón cuando escuchó un ruido seco, sobresaltada. ¿Qué había sido eso? ¿Se había golpeado contra algún mueble?

–¡Joder con la mesa! -El ruido volvió a repetirse, esta vez más fuerte que la anterior. Parecía que su marido le había dado una patada al mueble–. Shhhh… Calla, perro. ¿No querrás despertar al pajarito?

Sansa se sentó sobre el colchón, tapándose con las sábanas. Estuvo tentada a preguntarle si estaba bien, pero no se atrevió. Seguro que seguía muy enfadado con ella. Además, Sansa tampoco se preocupaba por él. Se lo merecía. Volvió a tumbarse y le dio la espalda, ignorándole por completo.

Al cabo de unos instantes, notó cómo el colchón se hundía hacia el lado opuesto. Su marido había logrado encontrar la cama. Tragó saliva y se quedó muy quieta. Clegane pensaba que estaba dormida, así que procuró mantener la calma y fingir estar en un sueño profundo. Sin embargo, cuando se quiso dar cuenta tenía uno de sus poderosos brazos alrededor de su cintura. Cerró los ojos y se mordió el labio, visiblemente nerviosa. Notaba su respiración en la nuca. El asco y la repulsión pudieron con ella y se removió inquieta, sin poder evitarlo.

El Perro dejó escapar un gruñido, pero no dijo nada. Probablemente se había quedado dormido. Sansa tragó saliva y se secó las mejillas, todavía húmedas debido a las lágrimas que había estado derramando. Esperó largo rato sin moverse y cuando se aseguró de que su marido se había dormido profundamente, retiró su brazo con cuidado y se alejó de él. La forma tan posesiva que tenía de apretarla contra su torso le resultaba muy desagradable.

Se mantuvo inmóvil unos instantes más hasta que se atrevió a girarse hacia su esposo, temerosa. Le encontró resoplando entre la penumbra de la habitación, todavía demasiado cerca de ella. Apestaba a vino. Sansa inspiró hondo y se levantó. El Perro estaba tan inconsciente que no se habría enterado si hubiera habido una lucha con espadas dentro de sus aposentos.

Cuando la joven se puso en pie, recogió la manta que había sobre las sábanas y se fue con ella a la habitación del baño. Una vez allí cerró con llave y se hizo un ovillo dentro de la bañera, envolviéndose bien en la manta. Se quedó muy quieta, pensando en todo lo sucedido esa misma noche. Antes de que pudiera remediarlo estaba llorando otra vez. Se cubrió mejor con la tela y trató de dormir, sintiéndose a salvo encerrada en el cuarto de baño.

Sansa despertó a la mañana siguiente con dolor en el cuello. Se frotó los ojos sin saber muy bien dónde estaba, un poco aturdida. No obstante, cuando identificó el lugar recordó todo de pronto: la cena, la discusión, los lloros y el Perro borracho en la cama, abrazándola contra él. Se quitó rápidamente la manta de encima, se puso en pie con cuidado y salió de la bañera. Se acercó a la puerta y pegó la oreja sobre la madera tallada, esperando escuchar ruido al otro lado. No obstante, el dormitorio parecía tranquilo. Inspiró hondo y le dio la vuelta a la llave.

Cuando abrió la puerta, descubrió los aposentos iluminados por la luz del sol. Las ventanas estaban abiertas, lo cual facilitó la ventilación de la estancia. La joven salió despacio, temerosa. No obstante, estaba sola. Su marido había madrugado más que ella y se había marchado de allí, dejándole un nuevo desayuno sobre la mesa.

Sansa se acercó despacio, con miedo a ser descubierta. Tenía mucha hambre, pero seguía sin querer nada de él. Estuvo tentada a dejar a un lado su orgullo y comérselo todo, pero desvió la mirada hacia otro lado y se alejó de la tentación. Llamó a una de las criadas para que le prepara un baño caliente y cuando estuvo listo se limpió en silencio, encerrada en la habitación. Una vez estuvo lista, se puso uno de sus mejores vestidos y se arregló el pelo antes de salir del dormitorio.

Caminó por la Fortaleza Roja con el corazón encogido, visiblemente preocupada. ¿Y si le había sucedido algo a ser Eric Moss, su apuesto caballero? Intentó no darle más vueltas al asunto, pero le resultó complicado. Tal vez el Perro había madrugado para ir a ver al rey y contarle lo sucedido. Empezaron a temblarle las manos. Tenía que encontrar al caballero y hablarle de lo ocurrido la noche anterior.

Sansa echó a correr, arremangándose los bajos del vestido para no pisárselo. Cuando salió de la Fortaleza Roja se dirigió a los jardines, esperando encontrarle allí. Para su sorpresa, el joven Moss estaba descansando bajo la sombra del mismo árbol que la vez anterior, con la cesta de mimbre justo al lado. Sansa se dejó caer de rodillas junto a él, visiblemente acalorada.

–¿Qué sucede? –el joven se incorporó para sujetarla por los hombros, preocupado–. Contadme qué ocurre, hermosa dama.

La joven volvía a estar al borde del llanto, pero parpadeó varias veces seguidas para contener las lágrimas que amenazaban con inundar su rostro.

–E-Es el Perro. –confesó, asustada–. Anoche me presionó para que le contase dónde había estado durante el día. –desvió la mirada hacia el suelo con las mejillas encendidas, en una mezcla de rubor y pánico–. S-Se lo dije. L-Le dije que estuve con un caballero. –al ver que Moss abría mucho los ojos se apresuró a aclarar la situación–. N-No sabe que sois vos, pero temo que pueda enterarse. –Sansa clavó la vista en el suelo–. Temo por vos, ser.

Eric le apretó el hombro con suavidad. Acto seguido, le alzó la barbilla con un par de dedos y le obligó a que le mirarse a los ojos. Sansa se quedó absorta en ellos, tan grises y oscuros... Le recordaron brevemente a los de alguien, pero no supo a quién.

–No temáis por mí, lady Sansa. –dijo, inclinándose hacia ella–. Ese monstruo no me hará nada. –le acarició la mejilla con delicadeza. Sansa se estremeció, sonriendo como una tonta–. Y no permitiré que os haga daño a vos, bella dama. Nunca. Os lo juro.

–Sois muy amable, ser. –los párpados de la joven aletearon varias veces seguidas, bailando al ritmo de sus pulsaciones–. Yo… N-No sé… No sé cómo agradecéroslo…

El caballero negó con la cabeza.

–No tenéis nada que agradecer. –hizo una pausa e inspiró hondo para coger aire–. He de confesar que llevo observándoos un tiempo, lady Sansa. –sonrió de manera amable–. Y puedo asegurar que desde el primer día que os vi, sentí que mi corazón os pertenecía.

Sansa contuvo el aliento, notando los latidos descontrolados dentro de su pecho. ¿Acaso estaba insinuando…?

–¿Q-Qué queréis decir, ser Moss? –la joven permanecía inmóvil junto a él, expectante.

El caballero cogió una de sus delicadas manos y se la besó con dulzura.

–Lady Sansa –guardó silencio unos instantes, creando más tensión de la que ya había–, os amo. –a la joven se le cortó la respiración. Estaba tan nerviosa que era capaz de escuchar sus propias palpitaciones y contarlas una a una. ¿Había escuchado bien? Miró sus manos unidas y después regresó a sus ojos grises–. Desde el primer día, hermosa dama. No permitiré que esa bestia os dañe, os lo juro. Por mi honor de caballero prometo defender vuestra vida con mi espada, y sacrificarme si fuera necesario.

Sansa tardó unos momentos en procesar la información y reaccionar como se esperaba de ella. Tragó saliva y sonrió con delicadeza.

–Sois muy amable, ser. –dijo, ligeramente ruborizada–. Pero debo recordaros que estoy casada.

Volvieron a entrarle ganas de llorar. ¿Por qué todo era tan complicado? ¿Por qué no podía estar con quien ella quisiera? Toda su vida se había regido por imposiciones y normas de unos y otros, sin contar con su parecer. Estaba harta. No podía más.

–Vuestro matrimonio no es ningún impedimento para mí, lady Sansa. –insistió el caballero–. Podremos mantener al margen a ese monstruo si es lo que de verdad deseáis. Además –añadió, con una sonrisa taimada–, todo en esta vida tiene solución.

Sansa se quedó inmóvil, meditando sus palabras. No comprendía muy bien qué había querido decir. Sospechaba que tenía un doble sentido, pero su mente inocente no llegaba a descifrarlo. ¿Qué era lo que estaba insinuando? Desvió la mirada hacia el suelo, un poco nerviosa. ¿Acaso importaba? Le acababa de confesar su amor y Sansa parecía tener la mente en otra parte, lejos de allí, con otra persona. Sacudió la cabeza para regresar a la realidad.

–E-Está bien… –esbozó una sonrisa un tanto forzada–. N-No os preocupéis, ser. Seguro que el Perro no descubre que sois vos. –dice esperanzada, intentando desviar un poco el tema de conversación.

El caballero le devolvió la sonrisa.

–Seguro que estáis hambrienta… –comentó–. Venga, lady Sansa; contadme la historia desde el principio. Tenemos todo el tiempo del mundo. –acto seguido, comenzó a sacar el almuerzo de la cesta de mimbre.

Sansa le observó un tanto nerviosa, entrelazando los dedos de sus manos sobre el regazo. Inspiró hondo y procedió a relatarle lo sucedido la noche anterior con todos los detalles que recordaba, notando cómo se le abría el apetito cuando Moss comenzó a ofrecerle comida. Su esposo nunca sería como él. No iba a cambiar nunca y después de la noche de bodas, Sansa no quería tenerle cerca.

Mordisqueó un trozo de queso y siguió relatando la historia, un poco preocupada. Sin embargo, su nuevo caballero pronto logró hacer que se olvidara de Clegane con sonrisas perfectas y palabras hermosas. Sansa sonrió como una niña pequeña y disfrutó de su compañía durante el resto del día, sin darse cuenta que volvía a desobedecer a su marido.