Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.
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12. SANSA
Sansa rio con suavidad mientras ocultaba sus labios tras una mano delicada. Ser Moss se aproximó más a ella y comenzó a recitarle un poema cerca del oído. La joven se ruborizó y dejó escapar otra risita nerviosa, embriagada por sus palabras dulces y su cálido aliento.
Había pasado una semana desde la discusión que mantuvo con el Perro. Sin embargo, a pesar de la tensión que había sufrido durante esos días pronto se percató de que su esposo no le había contado nada al rey Joffrey. Por eso, durante ese tiempo había procurado no provocarle. Mantuvo un comportamiento educado y distante, tan frío como si ambos fueran dos desconocidos. Era más sabio no desatar su ira y no tentar de nuevo a la suerte. Tal vez la próxima vez cumpliera su promesa y avisase a Joffrey de sus aventuras diurnas con su caballero de brillante armadura.
Sansa rio de nuevo cuando Eric le rozó la oreja con los labios.
–Me hacéis cosquillas. –su risa melodiosa inundó el claro del bosque. El joven se unió a ella y dejó escapar una suave carcajada.
–Por los antiguos Dioses, lady Sansa –exclamó, mirándola a los ojos–. Sois tan hermosa… No me canso de admirar vuestra belleza. No me siento digno de vos.
Parpadeó varias veces seguidas, desconcertada.
–No digáis eso –le pidió, con las mejillas de un delicado color rosado–. Claro que sois digno de mi compañía.
Sansa le acarició la mano, en una clara muestra de atrevimiento.
–Me honráis, hermosa dama –Eric se aproximó más a ella, acortando las distancias que les separaban. La joven se ruborizó aún más, pero no se apartó. Mantuvo la compostura todo lo que fue capaz–. Tenéis razón: el único que no es digno de vos es esa bestia que tenéis por marido –concluyó–. Él y el bastardo del rey.
Sansa palideció. Le llevó una mano a los labios para que guardara silencio, aterrada. No debían hablar de esas cosas; era muy peligroso.
–Sshh. Por favor, ser. Tened cuidado –le advirtió, visiblemente asustada–. Alguien podría oírnos.
Sin embargo, el apuesto caballero sacudió la cabeza en señal de negación.
–No, lady Sansa –recogió su rostro entre las manos, sujetándola con increíble delicadeza–. Mientras yo esté aquí, no tenéis nada que temer.
La joven sonrió como una tonta, cada vez más sonrojada.
–Ser Moss, yo… –pero Eric besó sus labios antes de que siguiera hablando, interrumpiéndola. Cuando se separaron, Sansa estaba más colorada que en toda su vida. Le acababan de regalar el beso más dulce. Y había sido sólo para ella.
–Estáis preciosa ahora mismo –ser Moss volvió a besarla, esta vez acariciándola levemente con la lengua. Sansa cerró los ojos y se dejó llevar por el momento, disfrutando realmente de la situación. Sin embargo, cuando la magia terminó descubrió unos ojos grises mirándola fijamente. Su corazón dio un vuelco y la joven no pudo hacer otra cosa que apartarse bruscamente–. ¿Qué os ocurre, mi señora? ¿Estáis bien?
Sansa se llevó una mano al pecho. Creía… ¿Qué? ¿Qué era lo que había pasado?
–Sí. No ha sido nada –se disculpó, avergonzada. Ése no era el comportamiento propio de una dama.
–Mi señora, sé qué es aquello que tanto os perturba –ser Moss recogió una de sus finas manos entre las suyas y observó fijamente a la muchacha–. Es el Perro, lo sé. No temáis, dulce señora. No os hará nada, no lo permitiré.
–Y-Ya… Y-Ya lo sé… –la joven intentó seguir hablando, pero Moss la interrumpió de nuevo.
–Debemos librarnos de él.
Sansa permaneció inmóvil, sin saber si había escuchado bien.
–¿L-Librarnos de… él? –sus párpados aletearon, confundida. ¿Qué era lo que estaba insinuando? Lo sabía perfectamente, pero aquella posibilidad le parecía inverosímil y poco factible.
–Así es, mi señora –le dedicó una de sus mejores sonrisas mientras se aproximaba más a ella, haciendo que su cálido aliento la embriagara–. ¿No queréis ser libre? Os puedo sacar de aquí, de Desembarco. Os puedo llevar con vuestra madre y vuestro valeroso hermano Robb. ¿Es eso lo que queréis? Podría hacerlo, mi señora. Pero antes debemos librarnos de…
–E-Esperad –Sansa cerró los ojos, sintiendo la cabeza un tanto embotada. Tenía que procesar demasiada información.
El corazón le latía desbocado dentro del pecho. Ese apuesto caballero le ofrecía la posibilidad de escapar y reunirla de nuevo con su familia. Le ofrecía su libertad, regresar a Invernalia. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Era lo que llevaba pidiendo a los Dioses desde que Joffrey ordenó ajusticiar a su padre. Y estaba ahí. La oportunidad la tenía justo enfrente, con unos hermosos ojos grises y la mano tendida hacia ella. Sólo tenía que aceptarla. Estirar los dedos y alcanzar su sueño.
–E-Es demasiado arriesgado –concluyó, dejando escapar una pequeña lágrima. Se la quitó rápidamente de la mejilla, avergonzada–. No podemos hacer eso.
Moss le acarició la mandíbula con el pulgar, mirándola enternecido. Retiró uno de sus mechones rojizos y se lo colocó detrás de la oreja.
–Claro que podemos, lady Sansa –le rodeó los hombros con un brazo y la atrajo hacia su pecho. La joven escondió el rostro en su cuello, disfrutando de su aroma perfumado–. Todas las bestias pueden caer, ¿creéis que él no? Es cuestión de encontrar el momento idóneo. –Enredó los dedos en su cabello y le acarició con cuidado–. Nos libraremos de él, os lo prometo. Y entonces podré llevaros con vuestra familia. Os llevaré a casa. Es eso lo que queréis, ¿verdad? Regresar a Invernalia.
Antes de que pudiera remediarlo estaba llorando sobre su hombro, hipando como una niña pequeña. Asintió sin decir nada, sintiéndose muy miserable. ¿Matar a Sandor Clegane? Era una locura. Hasta ella misma lo sabía. No funcionaría. El Perro no era estúpido. Si Moss quería engañarle de alguna forma, lo tendría muy complicado. Sansa dudaba que pudiera lograrlo y desde luego sería imposible que le derrotase en un combate cuerpo a cuerpo. Aunque no le había visto luchar, su caballero de brillante armadura no parecía capaz de conseguirlo. El Perro era demasiado bueno con la espada y sus aptitudes físicas estaban a la vista de todos.
–¿C-Cómo...? ¿Cómo vais a lograrlo? –salió de su cuello para mirarle con los ojos irritados debido a las lágrimas derramadas–. N-No podréis hacerlo. Es muy peligroso.
Sansa se mostraba reticente. ¿De verdad quería al Perro muerto? Me mancilló. Apretó los dientes, sintiéndose sucia de nuevo. Cumplió con su deber como esposo en la noche de bodas y prometió no volver a tocarte, niña. La voz de su septa sonó lejana en su cabeza, como un eco difuso. Te protegió del rey Joffrey y jamás participó en las atrocidades que les ordenaba hacer a sus otros guardias contigo. Tuvo que morderse el labio inferior para que dejase de temblar, sintiéndose muy confusa. La cabeza le daba vueltas.
–Os necesito a vos, bella dama –sus palabras le hicieron volver a la realidad, haciéndola palidecer–. Os necesito del mismo modo que vos me necesitáis a mí para salir de la ciudad y regresar a casa. Podemos lograrlo, pero tenemos que trabajar juntos.
Sansa negó con la cabeza. Era todo un disparate. ¿Qué querían decir sus palabras? ¿Quería hacerla cómplice de un asesinato?
–E-Es mi esposo…
Su mirada gris se endureció de pronto.
–Es un monstruo, lo sabéis tan bien como yo –su voz sonó afilada como la hoja de una espada–. ¿Creéis que Clegane os dejará regresar con vuestra familia? Sois su mujer y apuesto a que también sois su más preciada posesión. ¿Creéis que dejará iros así como así? No, hermosa dama. Despertad. Jamás lo permitirá. Pasaréis vuestra vida atada a él, en Desembarco. Prometió que no volvería a tocaros pero, ¿mantendrá su palabra cuando los años transcurran? Decidme, lady Sansa. ¿Creéis que estará toda una vida sin intentar poneros la mano encima de nuevo? Sois una tentación demasiado grande, creedme. –le acarició la mejilla con suavidad, retirando la humedad salada de su piel–. Ese monstruo os mantendrá enjaulada, pero yo os estoy ofreciendo la libertad –esbozó una media sonrisa que a Sansa se le antojó un tanto extraña–. ¿Hacia qué lado se inclina vuestra balanza?
