Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

N/A: Seguimos agradeciendo vuestros comentarios : )

N/A1: Ahora sí que sí, ya no habrá más capítulos hasta septiembre. ¡Tened un buen verano!


15. SANDOR

Sandor miraba la cara de la joven Stark mientras dormía, al fin tranquila. Había pasado un día entero con su correspondiente noche desde que la había encontrado de nuevo en la habitación, con las manos ensangrentadas y diciendo cosas que no tenían del todo sentido. Sólo había podido sacar algo en claro de todo lo que le había dicho: el Perro tenía razón en todo lo que le había contado.

Cuando Sandor la había encontrado en ese mismo cuarto, Sansa estaba hecha un desastre. Intentaba a duras penas taparse las heridas de las manos y dio un gran bote cuando vio por el rabillo del ojo que alguien entraba en la habitación. Pareció relajada al ver que era él y empezó a pedir ayuda de forma atropellada. No dejaba de disculparse y de rogar auxilio. Estaba aterrorizada y Sandor pidió a una de las criadas que fuera a buscar al maestre.

Consiguió meterla en la cama y estudió las heridas de sus manos. Sabía quién las había hecho y notó su ira crecer dentro de él. Le mataría. Acabaría con esa sabandija antes de que el sol se pusiera, pero no pudo moverse del sitio. Después de que sus manos estuviesen vendadas y su esposa hubiera tomado suficiente leche de amapola que le había suministrado el maestre, cayó en un sueño tranquilo y placentero del que le costó despertar. Sandor no se había movido de su lado, siempre de pie al borde de la cama o sentado cerca de ella, en caso de que despertara y necesitase algo. Una parte de él le recordaba lo cruel que había sido ella, pero Sandor no podía culparla. Había aprendido una dura lección de la peor de las formas y ahora sólo quería que descansara y se recuperase lo antes posible.

No podía sacarse de la cabeza los murmullos con los que su esposa le imploraba su perdón, intentando contarle lo que había sucedido. En esos momentos Sandor trataba de calmarla, diciéndole que ya habría tiempo para eso más tarde, cuando despertara, pero parecía que no estaba muy por la labor de hacerlo.

Pasaron unas cuantas horas antes de que Sansa Stark comenzase a espabilarse. Se frotó los ojos torpemente con las manos vendadas, haciendo un esfuerzo por quitarse el sopor de encima. Sin embargo, la leche de la amapola parecía haberle dejado los sentidos embotados y tardó unos instantes en poder situarse. Vio que él estaba a su lado y reanudó su cantinela.

–L-Lo siento… –murmuró con voz pastosa, por enésima vez. Los ojos se le llenaron de lágrimas de nuevo–. Ha s-sido todo culpa mía.

Empezó a incorporarse de la cama, nerviosa. Sandor se acercó y la detuvo, haciendo que volviera a recostarse, empujando su hombro con suavidad.

–Shhhh… Ya habrá tiempo para eso. Tienes que descansar. –dijo de forma escueta.

–Os m-mentí. –continuó diciendo, angustiada–. Todo lo que os dije, no lo decía en serio. –Guardó silencio unos instantes, mordiéndose el labio. Parecía que quería seguir hablando, pero no añadió nada más.

Sandor se limitó a fruncir el ceño. ¿Qué cosas exactamente no dice en serio? ¿Quizás se refería a cuando había negado ser mía? ¿Tal vez cuando dijo que se había entregado a ser Moss? El Perro sabía que esas ensoñaciones no harían más que torturarle. Nada de lo que había dicho le había parecido mentira, es más, él mismo presentía que era verdad. Sobre todo la parte en la que dijo que nadie podría querer casarse con un monstruo como tú.

–No te preocupes por eso ahora, pajarito. Tienes que descansar. –contestó antes de que sus pensamientos le hicieran perder la cabeza.

La joven volvió a incorporarse, dejando escapar un pequeño gemido cuando apoyó las manos vendadas sobre el colchón.

–T-Teníais razón… –insistió, sin hacerle caso–. Ser Moss no era de fiar. D-Dijo que quería casarse conmigo para heredar el Norte. M-Mencionó a un tal Bolton. S-Sabía los planes de traición de los Frey desde el principio… D-Debí haceros caso.

Habló precipitadamente, arrepentida. Tampoco era que Sandor quisiera que pidiera disculpas. Después de cómo se había comportado con ella, era normal que desconfiase de él. Cogió una de sus manos e inspeccionó el vendaje. No estaba manchado. La soltó y volvió su vista al rostro de la chica. Así que ese bastardo quería casarse con ella para heredar el Norte. Su esposa no era una moneda de cambio que podía ir de mano en mano según convenía. No es fácil robarle a un perro su único hueso.

–No es culpa tuya. –Sandor sabía que el culpable era él. Su carácter había sido lo que le había hecho odiarle y caer en los brazos de cualquier patanatas. –Ahora estás a salvo.

La joven pareció relajarse un poco, aunque su rostro seguía reflejando angustia. Era normal: acababa de perder a su hermano y a su madre, y un caballero norteño se había aprovechado de su ingenuidad para tratar de sacar provecho de su línea de sucesión. Sansa volvió a recostarse, tapándose torpemente con las sábanas. La leche de la amapola parecía seguir haciéndole efecto. Al poco tiempo, volvió a quedarse dormida.

Sandor no pudo evitar quedarse mirándola. Estaba tan tranquila cuando descansaba… Había sufrido demasiado y ahora necesitaba descansar. Se sentó en la silla que había al lado de su cama. Desde que Sansa había vuelto a la habitación, el Perro no había pegado ojo. Se había quedado a su lado, velándola por si despertaba y necesitaba algo o alguien que no fuera él. Ahora que estaba más tranquilo al haberla visto despierta, sus ojos se cerraron lentamente, dejando que él también se sumiera en un profundo sueño.

Cuando volvió a abrirlos, dos grandes ojos azules le miraban desde la cama, pero pronto esquivaron los suyos en cuanto Sansa Stark fue descubierta. Su esposa se hizo un ovillo entre las sábanas, intentando disimular el rubor que se había apoderado de sus mejillas. La joven permaneció muy quieta, sin decir nada. Probablemente ya lo habría dicho todo y no tendría nada más que añadir.

–¿Te encuentras bien? ¿Tienes hambre? –preguntó Sandor cuando vio que estaba despierta. Se levantó de la silla y se situó a los pies de la cama–. Al parecer los dos hemos dormido casi toda la tarde. Ya es hora de cenar.

La joven permaneció callada unos instantes antes de incorporarse lentamente y sentarse sobre el colchón. Todavía parecía sentir vergüenza por haberse dejado engañar por ese falso caballero. Sansa asintió con la cabeza cuando le rugieron las tripas.

–S-Sí. –su voz sonó apagada al escapar de sus labios–. Tengo un poco de hambre.

Sandor no tardó en salir al pasillo en busca de unas criadas que pudieran traer algo de cenar. Cuando fueron a buscar lo requerido, el Perro regresó a los aposentos para volver a colocarse a los pies de la cama donde se encontraba Sansa, sin saber muy bien cómo actuar. Había vuelto con él. Puede que cuando llegase, Sandor no hubiera estado allí, pero sin duda sabía que podía encontrárselo y si aun así había decidido ir a su encuentro era porque le necesitaba, ¿no era cierto?

Sansa se removió inquieta en el colchón. Todavía llevaba el vestido sucio con el que había ido a reunirse con Moss, manchado con la sangre seca que le había goteado de las manos.

–M-Me gustaría asearme un poco –confesó, ruborizada–. Y cambiarme de ropa.

Sandor asintió en silencio y salió de la habitación. Las doncellas se acercaban con la cena, así que les pidió que ayudasen a su esposa a estar más cómoda. Paseó por el pasillo algo inquieto mientras esperaba a que terminaran. Sin duda iba a acabar con el maldito Moss en cuanto tuviera la oportunidad. El perro sabía que era probable que el muchacho estuviera ya a bastantes millas del castillo. No le creía tan estúpido como para quedarse sabiendo que la ira de Sandor no conocía límites. Él debería haber podido protegerla. Esas profundas heridas en las manos eran culpa suya. Si no hubiera dejado que se marchara… Pero en esos momentos la había visto tan frágil y desesperada que si el idiota de su "brillante caballero" le iba a ayudar a sentirse mejor, tenía que dejarla ir. Y eso había hecho. Él se había regresado al dormitorio un rato después, reviviendo en su mente los encuentros que habría tenido con el idiota de Moss: las manos de él sobre la piel blanca de la joven Stark, sus besos… Esos pensamientos le atormentaron todos los días que la había dejado encerrada en los aposentos. Afortunadamente, una de las criadas salió de la habitación haciéndole una pequeña reverencia y sacando a Sandor de su ensimismamiento.

Cuando entró en la alcoba, la imagen que vio ante él le robó el aliento. Su pajarito estaba sentada en la pequeña mesa en la que tantas veces habían cenado. Estaba colocada como la perfecta señorita que era, su larga espalda bien erguida, aunque con la mirada un poco ausente. Los rastros de lágrimas se habían ido de sus mejillas y vestía tan elegante como siempre. Había recuperado el esplendor que parecía haber perdido desde que su padre había muerto. Parecía dispuesta a cenar con él, pero Sandor sabía que no era más que una farsa.

–No tienes por qué hacer esto. Puedes cenar en la cama tranquila. Puedo dejarte a solas si es lo que…

–No. –se apresuró a decir, visiblemente angustiada–. Q-Quiero que os quedéis.

Permanecía con la vista clavada en el plato, sin atreverse a alzarla hacia él. Clegane había estado tan eclipsado con ella que no se había dado cuenta de que una de las criadas permanecía en la habitación, troceándole la comida. Estaba claro que las manos del pajarito no podían hacer ese trabajo. Sandor se sentó en su silla al escuchar sus palabras. Jamás habría pensado que diría algo así. Colocó los codos sobre la mesa y se cruzó de brazos, mirándola aunque ella no levantara la vista del plato. Cuando la criada acabó de partir la carne de su esposa, Sandor la despidió con un gesto de la mano. La joven salió en silencio de la habitación, dejándoles a solas.

Sansa cogió el tenedor con cierta torpeza y pinchó un trozo de pollo antes de llevárselo a los labios y masticarlo con parsimonia. Las vendas de las manos le dificultaban los movimientos y al poco tiempo el tenedor acabó cayendo al suelo. El rubor de sus mejillas se hizo más intenso, avergonzada. Sandor se levantó y recogió el tenedor del suelo, dejándolo sobre la mesa y ofreciéndole el suyo propio.

–Este está limpio. –La joven parpadeó varias veces seguidas, manteniéndose inmóvil durante unos instantes. Finalmente, estiró la mano hacia él y aceptó el cubierto que le ofrecía. Sin embargo, no volvió a probar la cena. Sandor regresó a su asiento. –Si necesitas ayuda puedo hacer que vuelva la criada.

Sansa negó con la cabeza, pero siguió sin retomar la comida. Sandor no tenía muy claro lo que le pasaba así que se encogió de hombros y cogió uno de los muslos del pollo que había frente a ellos y empezó a comérselo con las manos. Él no necesitaba cubiertos y quizás si el pajarito olvidase sus modales, podría cenar mejor.

–Cógelos con la mano. Olvídate del tenedor por un día. Tú maldita Septa no está por aquí para regañarte y yo guardaré el secreto.

Sandor no pudo evitar sonreír un poco al ver la situación en la que la estaba poniendo. No sabría si sería capaz, pero le gustará verla intentarlo. Su pequeña esposa había sufrido demasiado en muy poco tiempo. Ya era hora de que se divirtiera un rato. Él mismo había dejado aparcado su enfado y esperaba que ella pudiera olvidarse un momento del infierno de vida que estaba llevando. Para predicar con el ejemplo, Sandor volvió a darle un buen bocado al muslo de pollo, sujetándolo con ambas manos.

La joven abrió mucho los ojos al escuchar su propuesta, sin mover un solo músculo mientras le veía comer. Contuvo la respiración y tragó saliva, meditando qué hacer. Frunció el ceño antes de coger el primer trocito de carne entre el índice y el pulgar, llevándoselo a la boca para masticarlo despacio, cada vez más sonrojada. Sandor sonrió ampliamente al ver que había decidido hacerle caso.

–¿Ves como no sucede nada? Seguro que hasta sabe mejor. –dice antes de seguir comiendo y servir un par de copas de vino para ambos.

Cuando los dos terminaron la cena, Sansa se levantó deprisa para lavarse las manos mientras Sandor se metía al baño y se ponía una ropa más cómoda. Dejó que el pajarito también tuviera intimidad al cambiarse el vestido y meterse en la cama. Cuando salió, su esposa ya estaba acostada y él apagó todas las velas antes de ocupar su lugar en el lecho, justo a su lado.

Antes de cerrar los ojos, Sandor Clegane no pasó por alto que era la primera vez que cenaban juntos sin gritos ni peleas.