Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

N/A: Pues ya hemos vuelto después del verano. Esperamos que nuestros lectores no se hayan cansado de esperar. Queremos seguir manteniendo el ritmo de una actualización a la semana.

PD: Seguimos agradeciendo vuestros comentarios : )


16. SANSA

La joven abrió los ojos cuando la luz del sol le acariciaba las mejillas con suavidad. Había pasado una noche repleta de pesadillas, donde Eric Moss regresaba para terminar lo que no había concluido en el bosque. Su madre y su hermano Robb observaban la escena entre los árboles y cuando se acercaba a ellos para pedirles ayuda, se convertían en niebla y desaparecían ante sus ojos. Sansa acababa llorando desesperada, buscando a su caballero de brillante armadura, pero el único que aparecía entre los árboles era el Perro. Cuando se aproximaba a él también acababa esfumándose, dejándola a merced de ser Moss, que terminaba transformándose en una horrible serpiente gigante.

Se frotó los ojos con las manos vendadas, notando un pequeño tirón en los cortes a medio cicatrizar. Cuando se incorporó estaba sola en la cama. Tan sola como siempre. Tragó saliva y se puso en pie, con el corazón encogido. Parecía estar viviendo dentro de un mal sueño del cual no era capaz de despertar.

Había intentado explicarle a su marido lo sucedido con el caballero norteño, pero Clegane apenas se había sorprendido. Te lo advirtió, niña estúpida. No le escuchaste y pagaste caras las consecuencias. Su septa no dejaba de reprenderla. Se le llenaron los ojos de lágrimas, sentada decaída sobre el colchón.

Sansa se levantó transcurridos unos instantes, con el corazón encogido. Caminó hasta la ventana y admiró la belleza del paisaje, como tantas veces había hecho cuando estaba cautiva en sus aposentos. No había sido la manera más idónea de hacer las cosas, pero la joven Stark pronto comprendió que el Perro estaba tratando de protegerla.

Soltó un largo suspiro, mirándose de nuevo las manos vendadas. Cada vez que flexionaba los dedos las costras le tiraban de la carne, haciendo que le doliera. Estaba convencida de que tendría cicatrices en cuanto se le curasen completamente. La mera idea de ir marcada toda su vida por un recuerdo le revolvió el estómago. Él también tiene recuerdos…, se dijo. Aun así, eso no la reconfortó.

Se estaba mordiendo el labio cuando una criada irrumpió en la habitación con una bandeja cargada de comida. Sansa irguió la espalda y pronto se puso en pie, curiosa.

–¿Q-Qué es esto? –la voz le salió temblorosa a través de las cuerdas vocales.

La doncella dejó la bandeja sobre la mesa, haciendo una torpe reverencia después.

–Vuestro desayuno, mi señora –mantuvo la vista clavada en el suelo, pero se atrevió a mirarla justo antes de añadir–: Vuestro esposo lo ha encargado a las cocinas como todos los días, lady Sansa.

La joven contuvo el aliento, sin saber qué pensar. Después de todas las cosas horribles que le había dicho, el Perro seguía mostrándose atento con ella. Sansa ordenó a la criada que la dejase a solas. Cuando lo hizo, se sentó en la silla y miró la bandeja repleta de comida. Cogió un trozo de queso tímidamente, llevándoselo a los labios para después darle un pequeño mordisco. Estaba bueno. Muy suave y tierno. Todo lo que había sobre la bandeja eran productos de primera calidad. Soltó un suspiro y bebió un poco de zumo. Estaba fresco y le sentó bien.

Sin embargo, los remordimientos no la dejaban tranquila. Le había pedido disculpas, arrepentida, pero Clegane no parecía haberla creído. No comprendía muy bien por qué, pero algo en su pecho le instaba a ganarse su perdón. Tal vez fuera porque la habían utilizado demasiadas veces y por fin había aprendido la lección. O quizá porque se había dado cuenta de que él único que la trataba de igual a igual era el Perro.

Se terminó el queso y cogió otro trozo. Tengo que ser más buena., se dijo, angustiada. Era difícil imaginarse a Sansa Stark teniendo un mal comportamiento, pero la joven había sido cruel por primera vez en su vida y se le hacía complicado vivir con el sentimiento de culpa. Cuando se quiso dar cuenta, tenía los ojos anegados en lágrimas y le temblaban ligeramente las manos. Bebió más zumo y trató de recomponerse.

Estaba sola. Sola de verdad. No tenía muy claro qué hacer para salir de esa situación. Tal vez se pasase el resto de su vida así, pero por lo menos se esforzaría en arreglar las cosas y recomponer lo que le quedaba de dignidad. Inspiró hondo y se enjugó una lágrima traicionera, acabándose los trozos de queso y cogiendo una mandarina. Se la llevó a la nariz para aspirar su aroma característico, con un nudo en la garganta. La peló lentamente y se llevó uno de los gajos a la boca. Apretó los dientes con cuidado, provocando que el jugo descendiera libre por su tráquea. Tengo que ser una buena esposa. Desvió la vista hacia su regazo, con el corazón encogido. La habían educado únicamente para eso y ni siquiera había sido capaz de hacerlo. Puedo lograrlo si me lo propongo., piensa, decidida. No quería más discusiones, ni gritos. Quería poder mantener una relación cordial con su esposo, nada más.

Cuando se terminó la mandarina, se levantó de la silla y caminó hacia uno de sus baúles. Escogió un vestido azul celeste que combinaba con el color de sus ojos y se cambió de ropa como pudo. Tuvo que hacer llamar a una de las criadas para que le anudase las lazadas, pues con las manos heridas no fue capaz de lograrlo por sí sola.

–¿D-Dónde está mi marido? –le preguntó a su doncella, con un ligero rubor en las mejillas.

Sansa no estaba acostumbrada a hablar de él con terceras personas, por lo que le resultaba extraño a la par que incómodo.

–En el patio de entrenamiento, mi señora –Sansa la vio sonreír a través del espejo que tenía delante–. Está luchando con mucha bravura, lady Stark. Seguro que estáis muy orgullosa de él.

La joven desvió la mirada hacia sus manos vendadas, tragando saliva. Él no lo estará de mí.

–Cepíllame el pelo –pidió, con cierta brusquedad.

No quería escuchar esos comentarios, por muy halagadores que pretendieran ser. La criada la hizo sentarse frente al tocador antes de cumplir su orden, desenredando sus cabellos rojizos con mucha delicadeza.

–¿Vais a reuniros con él, mi señora? –Sansa se miró en el espejo que tenía justo enfrente, descubriendo que el rubor se sus mejillas se hacía más intenso–. Estáis muy hermosa, seguro que sabe apreciarlo.

La joven tragó saliva, preguntándose hasta qué punto lo valoraría. Inspiró hondo, notando su caja torácica oprimida por el corsé. Cuando hubo terminado de cepillarle el pelo le hizo un recogido sencillo, nada recargado.

–¿Queréis poneros perfume? –preguntó, al ver que no añadía nada a sus comentarios.

Sansa salió de su ensoñación, parpadeando varias veces seguidas. Asintió con un leve gesto de la cabeza, apenas perceptible. La doncella quitó el tapón a uno de los frasquitos de cristal que descansaban en el tocador y dejó caer un par de gotas detrás de sus orejas. La joven se estremeció cuando el líquido frío acarició la piel. Colocó las manos bocarriba sobre el mueble para que su doncella perfumase también sus muñecas, con otro par de gotas.

–¿Necesitáis que os ponga en…?

–No –se apresuró a responder, sonrojada hasta las orejas–. A-Ahí no es necesario.

La joven sabía a ciencia cierta que las damas de alta cuna se perfumaban normalmente en tres zonas, pero Sansa era demasiado pudorosa para ponerse en ese otro lugar. La criada dejó el frasquito en su sitio y se retiró a un rincón de los aposentos. Sansa se puso en pie, caminó hasta un estante y recogió uno de sus libros que había traído de Invernalia.

–A-Acompañadme –le pidió a la criada, mientras salía de la habitación.

No quería estar sola. La doncella la siguió rápidamente, cerrando la puerta con llave y entregándosela a su señora después. Se acercaron juntas hasta el patio de entrenamiento, Sansa Stark caminando un par de pasos por delante, aferrando el libro con fuerza. El corazón le latía desbocado dentro del pecho, sin apenas poder respirar debido a lo mucho que le apretaba el corsé.

Pronto se escuchó la melodía metálica de las espadas al chocarse, junto con las voces graves de los hombres. Conforme se acercaron, la joven diferenció algún improperio y varias maldiciones. Apretó el libro con más fuerza, notando cómo le tiraban los cortes bajo las vendas, cada vez más nerviosa. Se detuvo en seco unos instantes, angustiada.

–¿Estáis bien, mi señora? –su doncella se acercó más para examinarla–. ¿Qué os sucede?

Sansa Stark clavó la vista en el suelo, mordiéndose el labio inferior. No fue capaz de responder, sino que permaneció inmóvil en el lugar donde se había parado.

–Le gustaréis, lady Sansa –le dijo, tranquilizadora–. Estáis tan hermosa como siempre.

La joven salió de su ensoñación. No era eso lo que le preocupaba exactamente. Miró a su doncella con ojos suplicantes.

–No me dejéis sola –pidió.

Su criada pareció sorprendida, pero pronto se recompuso y asintió con la cabeza. Sansa soltó un largo suspiro y siguió caminando hasta doblar la siguiente esquina, seguida por la doncella. El ruido de las espadas se hizo ensordecedor y la joven tuvo que volverse a parar en seco, consciente de que había perdido el aliento.

Sandor Clegane detuvo en alto la estocada de su contrincante, aprovechando el momento de desconcierto para propinarle una patada en la entrepierna con las botas metálicas. El caballero dejó escapar un grito de dolor, inclinado hacia delante mientras dejaba caer la espada en el suelo. Sansa abrió mucho los ojos cuando el Perro le asestó un puñetazo en la mandíbula, dejando escapar un gruñido cargado de rabia. El hombre cayó al suelo encogido sobre sí mismo mientras murmuraba cosas incongruentes.

Sansa agradeció la presencia de su criada, sintiendo que el estómago se le revolvía de manera peligrosa. La sangre había salpicado el suelo arenoso, formando gotitas pastosas por todo el lugar.

–¿Queréis regresar a vuestros aposentos, mi señora?

La joven fue incapaz de apartar la mirada de la escena. Un escudero huesudo le llevó a Clegane un trapo deshilachado a toda prisa para que pudiera secarse el sudor de la frente. Cuando terminó, se lo devolvió soltando un sonoro bufido. Sansa negó con la cabeza y se aproximó más a ellos, agradeciendo que ninguno de los hombres hubiera reparado en su presencia. Se sentó a la sombra en un banco de piedra y abrió el libro por donde lo tenía señalizado. Su criada permaneció de pie junto a ella, sin añadir nada más.

Al poco tiempo, el nuevo hombre contra el que luchaba cayó al suelo abatido con la misma facilidad. Sansa volvió a clavar la vista en el libro, intentando calmar los nervios. Sin embargo, cuando alzó la mirada de nuevo descubrió al Perro observándola atentamente. Una vez más desvió la atención a las páginas del libro, pero se había perdido y no encontraba la línea por la que se había quedado. Apretó los extremos con fuerza, notando que los cortes le tiraban y escocían bajo las vendas. Escuchó unos pasos pesados aproximándose hacia ella. Se estaba acercando. Sabía que era él. En ese instante descubrió sus botas metálicas salpicadas de sangre, justo frente a ella.