Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de nuestra propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.
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17. SANDOR
Había sido un combate bastante sencillo. Mucho más si lo comparaba con el que estaba a punto de afrontar. Sandor no se había dado cuenta de la presencia de su esposa hasta el final de la lucha. Cuando la vió, lo primero que llamó su atención fue lo preciosa que estaba. Todavía parecía cansada, pero iba bien arreglada, como si hubiese sido llamada para asistir a la corte. ¿Por qué lo había hecho? El que había creído que era su galante caballero la había decepcionado. Aun así no iba a ser Sandor Clegane quien pusiera pegas a que su mujer fuese envidiada por el resto de damas de la Fortaleza. Para él no había nadie como ella.
Después se asustó. ¿Y si sucedía algo? Ese pensamiento se esfumó cuando se dio cuenta de que llevaba algo entre las manos: Un libro. A ella le gusta leer, no es un burro como tú pensó el Perro. También se percató de que una de sus doncellas estaba con ella. Si hubiese pasado algo, la criada habría venido sola corriendo a pedirle ayuda. Eso le tranquilizó un poco y, dado que su entrenamiento había terminado, decidió acercarse como el buen esposo que fingía ser. Sin embargo, sus primeras palabras no fueron dedicadas a la joven Stark.
–¿Qué hace ella aquí? –preguntó con dureza a la mujer que la acompañaba–. Aún está convaleciente. Debería estar descansando en su cama. Es demasiado pronto. Ayer mismo el maestre le llenó la barriga de la jodida Leche de la Amapola.
Sandor pudo apreciar por el rabillo del ojo como su joven esposa le miraba aterrada. Se abrazó a su libro como si así pudiera estar protegida de todo mal, protegida de él, que acababa de terminar con un par de hombres armados. Era un pensamiento infantil, pero no podía reprochárselo. La criada fue a hablar para intentar explicarse, pero el pajarito la detuvo antes de que pudiese empezar.
–N-No –permaneció con la vista clavada en el suelo–. He querido salir yo.
–Un lugar un poco extraño para leer, ¿no crees, pajarito? –dijo Sandor, bastante sorprendido por su respuesta–. No es muy tranquilo, los hombres no solemos estarnos callados durante las peleas, como habrás podido comprobar –le dedicó una mirada rápida a la doncella–. Yo me hago cargo de mi esposa a partir de este momento. Márchate.
La criada no necesitó que se lo repitiera dos veces y echó a andar para regresar al castillo. Sandor contempló a Sansa, que parecía querer evitar su mirada todavía. No podía negar que era una visión grotesca. Estaba sudado, ensangrentado debido a sus contrincantes y su aspecto natural tampoco es que fuese una visión agradable para ninguna dama.
–N-No me molesta el ruido –respondió con voz temblorosa, sin alzar la vista del suelo.
Sandor vio cómo sus mejillas se tornaban de color grana. ¿Qué era lo que le estaba pasando por la cabeza? ¿A qué se debía su rubor? Un extraño pero agradable aroma embotó sus sentidos. ¿Se había echado perfume? ¿Qué diablos pretendía el pajarito? Su joven esposa se atrevió a hablar después de unos momentos en silencio.
–E-Estáis… E-Estáis manchado de sangre… –observó la joven–. P-Podría… P-Podría mandar que os preparasen un… u-un baño –sugirió, más sonrojada todavía.
Eso sí que le pilló por sorpresa. Suponía que pretendía agracecerle que no la hubiese matado cuando había vuelto a escaparse con ese imbécil con el que además había traicionado los votos que pronunció ante los Dioses. Sandor no era un hombre religioso. Él mismo le había dicho a su pajarito lo inútil que era pasarse la vida rezando a unos árboles que ni siquiera podían escucharla. Sin embargo, él había respetado mejor el juramento que hizo ante el Septón supremo, el que le convertía en su esposo. Se suponía que ella temía la ira divina, sin embargo no había dudado en acostarse con esa rata de Ser Moss. Seguro que ahora se arrepentía y buscaba complacerle para ganarse el perdón de sus queridos Dioses.
–No tienes que hacer eso. Yo mismo puedo preparármelo. He vivido muchos años sin criadas. Sé calentar un poco de agua –dijo pensando si ella podría decir lo mismo. Estaba seguro que desde que la muchacha había tenido uso de razón, le habían facilitado todo lo que hhabía pedido.
El pajarito se quedó muda, mirándole con ojos grandes como platos que reflejaban algo de temor y vergüenza.
–N-No hace falta que os lo preparéis vos… –insistió, volviendo a clavar la vista en el suelo.
Sandor la miró con el ceño fruncido. Ella apartó la mirada casi al instante, asustada de nuevo. La joven Stark siempre vivía con miedo. Tampoco era nada malo si quería prepararle el baño. Podía concederle eso. Él hacía que le llevasen el desayuno todas las mañanas así que, ¿por qué no?
–Está bien. Dile a tus criadas que calienten el agua. Subiré a la habitación en un momento.
Su joven esposa no perdió el tiempo y se fue deprisa en dirección a la Fortaleza sin añadir ni una palabra más. Sandor se la quedó mirando hasta que desapareció de su vista, intrigado. Sansa se había pasado todo este tiempo evitándole y ahora parecía querer buscarle. Tendría que hablar con ella pues sabía que la joven estaba sintiendo algún tipo de obligación. No tenía que cuidar de él, nunca nadie lo había hecho y no iba a empezar a dejarse cuidar ahora.
Se dirigió al pequeño cobertizo del campo de entrenamiento, donde guardaban el material para entrenar. Cuando se quitó los petos y las protecciones descubrió que su pajarito tenía razón. Al parecer la boca de su contringante había salpicado demasiada sangre. Necesitaba un baño.
Avanzó de forma pesada por el patio y por los pasillos que llevaban a su dormitorio. Cuando abrió la puerta su esposa estaba sentada en la cama, con las manos vendadas apoyadas en su regazo. Sandor se quedó parado en el umbral, sin saber muy bien cómo actuar. No estaba acostumbrado a que nadie le esperase. El perro hacía las cosas solo. Desde que se había casado con ella cenaba en su compañía, pero eso era todo.
–Y-Ya tenéis listo el baño –informó para romper el silencio que se había formado.
Sandor no perdió el tiempo; en unas cuantas zancadas ya había llegado al cuarto en el que se encontraba la bañera y se había encerrado dentro. Empezó a desnudarse y se metió en el interior, recostándose en la tinaja y dejando que el agua templada relajara sus músculos. Sin embargo no tardó en arrugar la nariz cuando algo raro llamó su atención. ¿A qué olía? Vio la cantidad de espuma que había a su alrededor y pronto supo que no se debía a su jabón. Esto es obra del pajarito. Al menos no había usado los aromas femeninos que estaba acostumbrado a percibir en ella. Era un olor agradable, fresco y masculino.
Después de un rato, salió del agua y empezó a secarse antes de darse cuenta de que no se había traído ropa limpia con las prisas. Sin embargo, sobre una silla tenía todo lo que necesitaba para volver a vestirse. Sandor empezó a inquietarse. ¿A qué venía todo esto? Se puso las prendas deprisa y salió del cuarto para encontrarse otra vez con Sansa ahí plantada y la mesa repleta de comida. Cuando alzó la vista hacia él, se sonrojó de inmediato y volvió a bajar la mirada hacia el mueble. Sus manos jugaban entre ellas, nerviosa. Sandor no podía verse la cara, pero seguro que parecía un completo idiota. Algo estaba sucediendo y no sabía a qué se debía.
–He pensado que… –comenzó, ruborizada–. que quizá tendríais hambre después d-del entrenamiento.
El Perro frunció el ceño y se sentó frente a ella, como en todas sus cenas. Sin embargo en vez de empezar a comer se quedó mirándola hasta que al final pronunció la pregunta que llevaba toda la mañana en su mente.
–¿A qué demonios viene todo esto, pajarito? Te has pasado meses ignorándome y evitándome y ahora vienes aquí como si nada hubiese pasado y fuéramos un matrimonio feliz.
La joven permaneció inmóvil, con los ojos muy abiertos. No obstante, pronto volvió a clavar la vista en la comida.
–E-Estoy haciendo lo que debo –dijo sin más. Sandor empezó a comer, pero no apartó la mirada de ella.
–¿Lo que debes? No sé a qué te refieres. Es un poco tarde para aparentar que eres feliz en este matrimonio, ¿no crees? Después de todo tienes razón. Nadie habría querido casarse conmigo por voluntad propia. Ninguno de los dos tiene que fingir lo contrario –siguió comiendo, intentando disimular la inquietud que él mismo sentía en ese momento.
Al parecer ella no iba a contradecirle. Tampoco era que Sandor lo estuviera esperando. Vio cómo hizo el intento de servirse un poco de carne, pero sus manos aún debían dolerle y el pedazo se cayó a medio camino entre la fuente y su plato.
–Anda, deja que lo haga yo.
Sin esperar ningún tipo de respuesta, el Perro echó mano de su plato y le sirvió un par de pedazos. Cogió su propio cuchillo y se lo partió en trozos pequeños que ella podría comer de un bocado. Le devolvió el plato y siguió con la comida como si no hubiese pasado nada. Sansa le observó un momento algo sorprendida, pero enseguida volvió a desviar la mirada y a comer despacio con el tenedor.
–Gracias –dijo poco después. Cuando Clegane pensaba que no iba a añadir nada más, su joven esposa habló de nuevo–. No debí deciros esas cosas. N-No fue propio de m-mí –la voz le tembló ligeramente–. E-Estaba muy disgustada y hablé sin pensar. Lo lamento mucho.
Sandor soltó un bufido antes de hablar.
–Nadie debería pedir perdón por decir la verdad –movió la comida por el plato con el tenedor, distraído–. Tú tampoco. Prefiero una verdad a la cara antes que una vida llena de mentiras. Sé lo infeliz que eres aquí, pero tranquila. Estoy seguro de que no te queda demasiado tiempo de sufrimiento. Ahora eres la llave del Norte y seguro que muchos hombres empiezan a pelearse por ti.
Notó que le miraba atentamente, así que él mismo buscó sus ojos. Parecía meditar algo aunque Sandor no sabía qué.
–¿Qué pasa? Supongo que no creerías que Moss sería el único, ¿verdad? –vio cómo su esposa tragó saliva y desvió la mirada hacia otro lado.
–M-Me… M-Me pidió que le ayudara a… a deshacerse de vos –comentó visiblemente nerviosa, sin alzar la vista hacia él–. L-Le dije que… q-que no me parecía apropiado terminar con la vida de mi marido.
–¿Para él sí que era tu marido? –soltó una carcajada amarga–. Es irónico que fuera tu marido para Moss y no lo fuera cuando estabas conmigo. Tampoco creo que te importase mucho cuando te acostaste con él. ¿Eso fue antes o después de que te propusiera matarme? –se metió un pedazo de carne en la boca y habló después de masticar para no ofender sus modales–. Espero que follárais…, bueno, que hicierais el amor, antes de que te propusiera ayuda para acabar conmigo. Eso dice muy poco de él, pajarito. Yo no tenía pensado pedirte ayuda para terminar con esa sabandija después de todo lo que te hizo. Así es como actúan los hombres –añadió Sandor señalándola con el dedo antes de seguir comiendo.
Las mejillas de la joven Stark se tornaron de un color grana intenso. Tragó saliva, pero no levantó la vista del plato. El silencio se apoderó de la habitación y ninguno de los dos dijo nada durante un rato.
–Y-Yo… –la voz de Sansa salió entrecortada, en un murmullo casi imperceptible. Permaneció mirando un punto fijo de la comida que tenía en el plato–. Os… Os mentí. N-No hice nada con ese hombre –su voz sonó tan débil que Clegane apenas pudo escucharla–. M-Me… M-Me lo inventé para haceros daño.
Sandor no tardó ni un segundo en clavar sus ojos en ella, con la boca entreabierta. ¿Era verdad lo que decía ahora o acaso se trataba de otro engaño? Algo le decía que no estaba mintiendo, pero… ¿Y si lo hacía y además de soportar una infidelidad iba a tener que aguantar que una cría le engañara y se burlara de lo iluso que era?
–Tampoco tienes que justificarte. Yo habría aceptado el ofrecimiento de asesinato después de lo que te hice –dijo con la mirada baja–. Si te acostaste con él puedes decírmelo, no voy a contárselo a nadie, pero quiero la verdad. Júralo por la memoria de tu padre.
Sansa se atrevió entonces a mirarle a los ojos. El Perro sostuvo su mirada sin nada de lo que avergonzarse. Él estaba diciendo la verdad, no tenía nada que ocultar. Si buscaba mentira en sus ojos, no iba a encontrarla. Entendía que después de la boda la había humillado de la peor forma posible que se puede avergonzar a una mujer. La había echado a perder y jamás se lo perdonaría. Sabía que ella no lo haría, pero Sandor era consciente de que él tampoco podría hacerlo. Fue un intento de defenderla, sabía perfectamente que ambos estarían muertos de no haber sido así.
–Juro por la memoria de mi padre, lord Eddard de la casa Stark, que solo nos dimos unos besos –habló en voz baja, pero sonó decidida–. E-Eso fue todo.
Sandor la miró, bastante sorprendido mientras intentaba dominar sus celos. Tampoco esperaba que pasaran las horas charlando. De hecho hasta ahora pensaba que se habían acostado juntos. Aun así, no le gustaba darse cuenta de que un idiota como Moss había gozado de los labios de su esposa. El Perro acabó asintiendo, haciéndole ver que creía lo que le estaba contando.
–Si de algo me ha servido esta historia es para saber qué tengo que hacer para que me beses –dijo antes de soltar una amarga carcajada.
El rostro de su pajarito se tornó rojo como la grana y Sandor volvió a reír, esta vez de forma mucho más sincera. Había pasado bastante tiempo desde el último día en el que recordaba sentirse así de bien.
