Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.
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18. SANSA
Los días transcurrieron más tranquilos después de que la joven Stark confesase su mentira. Dado que quería mantener una relación cordial con su esposo, Sansa consideró oportuno decírselo. Poco a poco fue asumiendo que lo único que le ataba a este mundo era él. Todo lo que le quedaba se basaba en la relación distante que mantenía con el Perro y, puestos a elegir, prefería estar en su mismo bando.
La culpa y el arrepentimiento todavía le hacían mella algunas noches, pero Clegane parecía haber perdonado sus ataques crueles desde que la joven había hecho su juramento. Pasó mucha vergüenza, pero dijo la verdad: entre Moss y ella sólo sucedieron besos. Nada más.
Inspiró hondo y caminó hasta la ventana, como hacía todas las mañanas desde que abría los ojos con la luz del sol. Seguía sintiéndose muy sola, pero con el tiempo había aprendido a sobrellevarlo mejor. Tragó saliva mientras contemplaba los pájaros surcar el cielo azul, libre de nubes. Tengo que ser una buena esposa. Tengo que ser su esposa. Y eso estaba tratando de hacer: Sansa siempre despertaba sola en los aposentos, pero hacía un esfuerzo por comerse todo el desayuno. El Perro nunca estaba allí para verlo, sin embargo Sansa era consciente de que se enteraba de un modo u otro.
Caminó hasta la mesa y se sentó en la silla. Bebió un poco de zumo antes de darle un pequeño mordisco a un pastelito de limón. Sonrió levemente. Clegane parecía haberse enterado también de que eran sus favoritos. Mientras que meses antes su desayuno se basaba en abundantes piezas de fruta, quesos y tiras de panceta, ahora las criadas habían sustituido la carne por pequeños pasteles de limón. Volvió a sonreír antes de metérselo prácticamente entero en la boca, masticándolo bien y chupándose los dedos después. No era un comportamiento muy apropiado para una dama, pero no había nadie más en la habitación que pudiera juzgarla por ello.
Cuando consideró que su estómago estaba lleno, procedió a arreglarse como cada mañana. Hizo llamar a una criada y le pidió que le preparase un baño de agua tibia. Una vez estuvo limpia y aseada, dejó que su doncella la secase con una suave toalla y cepillase su cabello hasta que estuviera bien brillante.
–¿Iréis a ver a vuestro señor esposo, mi señora? –la voz de la criada la pilló desprevenida, haciéndola salir de su ensoñación.
Sansa no contestó. Había pasado los últimos días intentando estar más tiempo con él, siempre de una forma disimulada. Sin embargo, la joven Stark sospechaba que sus esfuerzos por pasar desapercibida no engañaban al Perro. Por las mañanas visitaba el patio de entrenamiento, se sentaba en su banco de piedra y leía un libro a la sombra de los árboles. No quería estar sola y la compañía de sus criadas no era suficiente. Tenía miedo. ¿Y si Moss regresaba a por ella? Por las noches seguía teniendo pesadillas y en más de una ocasión había logrado despertar a Clegane de una patada involuntaria. El Perro solucionaba el asunto rodeándola con un brazo y soltando algún bufido, adormilado. Y, para su sorpresa, Sansa acababa sintiéndose más segura de esa forma. Lo que antaño le había producido repulsión y rechazo, ahora la tranquilizaba por las noches. Le hacía sentir protegida.
Por eso durante el día trataba de estar siempre cerca de Clegane. El Perro nunca se quejaba de su presencia y Sansa intentaba mantener las distancias para no resultarle molesta. Comía y cenaba con él, mandaba a las criadas prepararle baños templados y procuraba que sus sonrisas fueran sinceras. No hablaban mucho, pero de vez en cuando el Perro se interesaba por esos libros que tanto leía durante sus entrenamientos. Sansa se sonrojaba y le resumía las historias que albergaban entre las páginas. Clegane soltaba algún bufido cuando le parecían demasiado romanticonas o hacía comentarios sarcásticos cuando le resultaban inverosímiles. Sansa arrugaba la nariz, ligeramente molesta.
–Por eso son historias –le decía, intentando excusarse.
El Perro dejaba escapar una risa ronca y ambos acababan relajándose de nuevo. La joven Stark no tardó demasiado en acostumbrarse a su humor sarcástico y él no volvió levantarle la voz. El carácter amargo de Clegane se fue moderando con el tiempo, aunque seguía siendo tan malhablado como de costumbre.
–Mi señora… –la criada llamó su atención de nuevo–. ¿Iréis a ver a vuestro señor esposo?
Sansa asintió en silencio. Cuando estuvo lista salió de los aposentos para ir a buscarle, siempre con un libro entre las manos. Sin embargo, esa mañana no le encontró por ninguna parte. Recorrió la Fortaleza Roja acompañada de su doncella, pero no le vio en ningún sitio. Se atrevió incluso a preguntarle a ser Boros Blount si sabía dónde estaba, pero el hombre se encogió de hombros y la ignoró, como si su presencia fuera menos valiosa que la de un ratón asustado.
La joven tragó saliva, sin saber qué hacer. Cuando se quiso dar cuenta de que estaba preocupada por Sandor, su corazón ya le latía desbocado dentro del pecho. ¿Y si le había sucedido algo? Miró a su doncella con los ojos muy abiertos, completamente perdida.
–No os preocupéis, lady Sansa –le animó la criada–. Seguramente vuestro esposo haya salido de la Fortaleza para hacer algún recado.
Frunció ligeramente el ceño. No sabía que el Perro tuviera que hacer recados. Tal vez… Sansa era lo suficientemente madura como para ser consciente de que los hombres tenían ciertas… necesidades. Puede que su marido hubiera salido a buscar lo que la joven Stark no quería darle. Dijo que no volvería a tocarme, pero no dijo nada de tocar a otras mujeres. Su ceño se hizo más pronunciado. Sin saber por qué, notó una punzada en el corazón.
Dio media vuelta y regresó a sus aposentos con las manos temblorosas. Sus heridas se habían curado y ya no llevaba las vendas. En su lugar, un par de cicatrices blancas afeaban sus palmas. Las ocultó bajo las amplias mangas del atavío, malhumorada. Había tardado mucho tiempo en aceptar que estaría marcada para el resto de su vida, y percibir su tacto rugoso sólo empeoraba las cosas.
Sin embargo, el corazón dejó de latirle cuando abrió la puerta del dormitorio: frente a ella descubrió un hermoso vestido descansando sobre la cama. Permaneció inmóvil en el umbral de la puerta, sin atreverse a entrar.
–¿Os encontráis bien, mi señora? –preguntó su doncella, pero pronto se quedó sin aliento ella también, maravillada.
Sansa le buscó en los aposentos, pero no estaba. Se acercó tímidamente al vestido, de un tono verde musgo. Las telas y los encajes parecían de muy buena calidad, así como los labrados y los ribetes dorados. Lo acarició lentamente con las yemas de los dedos, descubriendo que estaba en lo cierto. Debía ser muy caro. Parpadeó varias veces seguidas, desconcertada.
–¿Q-Qué…? –no supo bien qué decir–. ¿Cómo…? ¿Ha sido…?
–Vuestro esposo –dijo al fin la criada. Sansa se volvió hacia ella, sin separarse del vestido–. Quiso haceros un regalo más especial que los desayunos. M-Me pidió que le dijese vuestras… vuestras tallas, para hablarlo con el modisto.
Sansa se sonrojó de inmediato. Volvió a mirar el hermoso atuendo. Desde que había llegado a Desembarco, nunca nadie le había hecho un regalo. Ni siquiera en Invernalia sus vestidos eran así de exuberantes. Se mordió el labio inferior, ligeramente abrumada.
–¿Por qué? –preguntó, desconcertada.
No comprendía a qué se debía semejante regalo. Después de lo mal que se había portado, no se lo merecía. La criada clavó la vista en el suelo.
–No lo sé, mi señora.
La joven Stark acarició de nuevo el vestido. Era tan sedoso, estaba tan bien cuidado… Hasta el más mínimo detalle. Jamás se hubiera esperado algo así del Perro. El Perro, Sandor Clegane. Si lo pensaba resultaba hilarante: Clegane preocupado por sus medidas para poder encargarle un vestido.
–Puedes retirarte –le pidió a su doncella.
Cuando se fue, Sansa Stark continuó admirando el atuendo, asombrada. Tragó saliva, sin poderse creer que realmente fuese para ella. Se desvistió con cierta impaciencia, pues tenía prisa por ver cómo le quedaba. Cuando estuvo en paños menores procedió a probarse la prenda. Pronto se percató de que su esposo no había acudido a un modisto cualquiera. El vestido se ajustaba perfectamente a sus formas, moldeándose a su cuerpo. Estaba pensado única y exclusivamente para ella.
Contuvo el aliento cuando por fin se ató los lazos de la espalda, sin atreverse mirarse en el espejo. Tardó unos instantes hasta que finalmente se permitió situarse enfrente para ver la imagen que proyectaba. Estaba muy hermosa. El vestido color musgo realzaba sus virtudes y ocultaba los defectos que pudiera tener. Contrastaba con el color rojizo de su pelo, así como también con la piel nívea y los ojos claros. Tragó saliva y se puso de perfil para comprobar si se había anudado bien los lazos. Estaba muy confundida. No se sentía merecedora de tal obsequio.
La puerta se abrió de improvisto y varias criadas entraron con bandejas donde transportaban los platos de la comida. Procuraron no prestarle atención mientras preparaban la mesa, pero Sansa percibió que de vez en cuando la observaban de reojo.
Las doncellas comenzaron a salir de los aposentos una vez terminaron, pero la joven Stark le pidió a una que permaneciese con ella para hacerle un peinado bonito. Se dejó arreglar en silencio y cuando estuvo lista prescindió de ella para volver a quedarse a solas.
Esperó a su esposo sentada correctamente en la silla, frente a los platos repletos de suculentos manjares. El corazón le latía acelerado dentro del pecho, sin saber muy bien por qué. Estaba nerviosa. Se frotó las cicatrices con las yemas de los dedos, cada vez más impaciente. Y, no obstante, su marido no apareció. Observó los platos fijamente, ya fríos. ¿Por qué le regalaba un vestido si luego no acudía a comer con ella? Permaneció inmóvil en el sitio, como si fuera una estatua de piedra. El sol de mediodía comenzó a descender por el cielo y, antes de darse cuenta, Sansa dejó escapar la primera lágrima. Se la retiró rápidamente con el dorso de un dedo, notando un nudo en la garganta. No sabía qué le pasaba. Estaba confusa y no se sentía nada bien.
Inspiró hondo y se levantó de la silla, malhumorada y angustiada a partes iguales. Se había quedado sin comer. Se había puesto su vestido, arreglado el pelo y esperado durante horas. Y el Perro no había aparecido. Se mordió el labio, sin comprender por qué le molestaba tanto esa situación.
La puerta volvió a abrirse. Las doncellas habían regresado para retirar los platos intactos de la comida y servir los de la cena. Sansa cruzó los brazos ante el pecho, con las mejillas todavía húmedas. Estuvo a punto de ordenarles que se lo llevasen todo, pero no lo consideró apropiado. Siguió esperando, esta vez de pie frente a la ventana. Tal vez le haya sucedido algo., pensó, preocupada. Si ese fuera el caso, no hubiera podido traerte el vestido., le dijo una vocecilla en su mente.
Se mordió el labio con más fuerza, harta de esperar. No tardó en darse cuenta de que el Perro había vivido esa misma situación meses antes, cuando la esperaba para las cenas y Sansa tardaba en acudir porque estaba reunida con Moss. ¿Estaría él con alguna otra mujer? La joven Stark permaneció inmóvil al lado de la ventana, azorada.
Empezó a desatarse los lazos del vestido, cada vez más angustiada. Él mismo se lo había dicho; no tenían que fingir que eran un matrimonio feliz. ¿Entonces por qué me ha hecho un regalo tan caro? No comprendía nada. Comenzó a desvestirse cuando la puerta del dormitorio se abrió por tercera vez.
Sansa se giró sobresaltada, volviéndose a colocar la prenda rápidamente. Se quedó paralizada en el sitio, con la vista fija en el suelo mientras trataba de anudarse los lazos a toda prisa.
–Maldita corte y maldito… –el Perro interrumpió su discurso para quedarse paralizado en la puerta, observándola atentamente–. ¿Necesitas ayuda, pajarito? Puedo llamar a alguna de tus doncellas para que venga –dijo mientras se daba la vuelta, dispuesto a hacerlo.
–N-No –le pidió apresuradamente. Volvió a clavar la vista en el suelo, anudándose la lazada con más calma–. P-Puedo hacerlo sola.
Su marido asintió y cerró la puerta de la habitación para sentarse a la mesa, contemplando toda la comida que había allí para ambos.
–¿Me has estado esperando para comer? El maldito rey no me ha dejado en paz. Quería que comiera en la corte. Me ha pedido que te llamara pero le he dicho que estabas ocupada –hizo un gesto, señalando su vestido–. ¿Te gusta?
La joven permaneció de pie, cruzada de brazos. Al parecer, sus esmeros por arreglarse no le habían llamado demasiado la atención.
–Es bonito –respondió sin más, antes de sentarse frente a él–. Habéis sido muy amable.
El Perro hizo un gesto con la mano, quitándole importancia antes de hablar de nuevo.
–No es cuestión de ser o no amable. Te sienta muy bien. –dijo volviendo a mirarla fijamente. –La verdad es que hoy deslumbrarías hasta a la propia reina. –añadió con una media sonrisa. –¿Acaso tenías pensado ir a alguna parte y te he interrumpido?
Sansa se quedó mirando el plato de la comida, sin probarlo. Esbozó una tímida sonrisa, sin alzar la vista hacia él. Sin embargo, pronto se puso seria de nuevo.
–No tengo adónde ir –respondió, utilizando el tenedor para juguetear con la comida–. Espero poder devolveros el regalo algún día.
Su marido negó mientras se servía algo de comida en el plato. Al parecer, era de su gusto.
–No tienes que devolverme nada. El rey Joffrey me hizo tu esposo y como tal tengo que cuidar de las necesidades de mi mujer. ¿Hay algún sitio al que te gustaría ir? –dijo de forma aparentemente despreocupada.
–A casa –dijo sin pensar, pero pronto se arrepintió.
Ahora su casa estaría donde estuviese el Perro. Empezó a comer desganada a pesar del hambre que tenía. No había probado bocado durante el día y le rugía el estómago. Su esposo alzó la vista del plato, mirándola aparentemente perplejo. Debía de haberse mordido la lengua. Había hablado más de la cuenta, como siempre. ¿Y si el Perro se lo decía al rey y le buscaba problemas? Ambos sabían que Sansa no podía irse a casa.
–Creo que para eso tendrás que esperar un poco más, pajarito.
Se sorprendió cuando escuchó sus palabras, pues esperaba una reacción distinta. ¿Esperar un poco más? ¿Qué significaba eso?
–¿A-A qué os referís? –preguntó, titubeante.
Permaneció inmóvil en la silla, dejando el tenedor sobre el plato.
–Algún día alguien vendrá a rescatarte de las zarpas del perro. Siempre he oído que "el Norte recuerda", ¿no? –sonrió débilmente antes de seguir hablando–. Uno de tus bonitos caballeros vendrá. Uno de los de verdad, no como esa rata de ser Moss. Te sacará de aquí y te devolverá a tus tierras, a tu casa. Es sólo cuestión de tiempo. Por eso tengo que aprovechar lo que me queda con mi esposa.
Sansa le escuchó reír amargamente antes de que volviera a centrar su atención en la cena. La joven Stark dejó escapar el aliento entre sus delicados labios, azorada. Empezó a comer de nuevo, sin elevar la vista hacia él.
–P-Por un momento pensé… –murmuró, en voz baja. Sin embargo, pronto guardó silencio. Era mejor no seguir tentando a la suerte.
Percibió la atenta mirada del Perro clavada en ella, pero no añadió nada más. En lugar de eso, siguió centrado en su plato. Permanecieron en silencio durante largo rato hasta que finalmente Clegane habló de nuevo:
–Mañana te levantarás pronto, a la misma hora que yo. Quiero que demos un paseo –bebió un poco de su jarra de vino y se limpió los labios con el dorso de la mano antes de continuar–. Creo que te regalaré pronto otro vestido. Hoy estás aún más preciosa que de costumbre.
Antes de que Sansa tuviera tiempo de reaccionar su esposo se levantó y se encerró con su ropa de dormir en el baño, para cambiarse. Cuando salió, fue directo a la cama y se acostó sin volver a prestarle atención. La joven permaneció impertérrita en la silla hasta que momentos después decidió imitarle. Había sido un día muy largo.
