Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de mi propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

N/A: Gracias a todos los que habéis comentado y seguimos agradeciendo vuestras opiniones : )


19. SANDOR

Los ojos de Sandor se abrieron de par en par cuando los rayos del sol le dieron de lleno en la cara. Se frotó el rostro con las palmas de las manos y se volvió para mirar a su pajarito como hacía cada mañana, pero esta vez, en vez de encontrar esa melena roja revuelta que delataba que su mujer seguía durmiendo, descubrió su sitio vacío. Se incorporó deprisa, asustado, pero enseguida se relajó cuando vio a su esposa sentada en una de las sillas, ya vestida y aparentemente preparada para salir.

–Deberías haberme despertado, pajarito –dijo antes de levantarse deprisa y coger algo de ropa del baúl para cambiarse en el baño.

Su esposa permaneció inmóvil, sin decir nada. Cuando pasó en dirección al cuarto del lavabo, reparó en el pequeño desayuno que había sobre la mesa. Después de cambiarse, salió y se sentó con intención de comer algo antes de salir. La pequeña sonrisa que le dedicó su pajarito no le pasó inadvertida. Cuando él dio su primer bocado, su esposa se animó a empezar a desayunar también.

–Siempre tan educada… No tienes que esperarme para desayunar si tienes hambre. –Sandor engulló un trozo de queso con verdaderas ganas.

Su pajarito mordisqueaba con esa delicadeza que le correspondía un pastelito de limón. Cuando acabó de tragar, alzó la vista hacia él.

–¿Adónde vamos a ir? –preguntó, con timidez. Desvió la mirada hacia su plato y se terminó el dulce en poco tiempo. No dudó en relamerse los dedos delante de él. Eso le hizo sonreír.

–Pajarito impaciente… Ya lo verás cuando estemos allí. ¿Sabes montar a caballo? –Sandor decidió cambiar la leche por cerveza y mojó en ella un poco de pan. Si su joven esposa no podía montar, tendrían que ir los dos en Extraño. La idea no le desagradaba en absoluto, podía ser que a ella no le gustase tanto sentir su cuerpo tan cerca del suyo…

La joven Stark permaneció en silencio unos instantes visiblemente sorprendida, para luego negar con la cabeza. Seguramente pensó que su paseo sería por la Fortaleza, pero él tenía otras cosas en mente.

–No es una de mis virtudes –reconoció, azorada. Dejó de comer y se limpió los dedos en una fina servilleta de tela–. P-Pensé que no saldríamos de la Fortaleza. ¿Debo cambiarme de ropa? –sin esperar su respuesta, se levantó de su sitio y empezó a revolotear por el dormitorio como el pajarito que era. Parecía estar buscando algo, aunque Sandor creía que ni ella misma sabía lo que era.

–Tranquila, esa ropa valdrá. Lo que no podemos hacer es perder más el tiempo. Haz lo que tengas que hacer deprisa y ve a los establos, yo tengo que arreglar unos asuntos antes.

Sin añadir nada más, apuró su cerveza y salió de la habitación. Bajó a las cocinas y cogió un pellejo de vino y unas cuantas piezas de fruta. Después volvió a la habitación y se alegró al ver que Sansa ya no se encontraba en ella. Sacó su espada de debajo de la cama y se la ató al cinturón. Nunca había gustado pasar mucho tiempo desarmado. Cuando bajó a los establos, su pajarito ya le estaba esperando en la puerta y él, sin decir nada, entró dispuesto a buscar al mozo y pedirle que ensillaran a Extraño. Decidió esperar fuera, con ella, pero sin articular palabra.

Su joven esposa se asomó al establo y le miró dubitativa al ver que sólo estaban preparando un caballo.

–¿Por qué sólo ensillan a vuestro corcel? –al parecer el pajarito todavía no había comprendido su plan.

–Me has dicho que no sabes montar. Lo harás conmigo. No se te ocurra acercarte a mi caballo si yo no estoy contigo, ¿de acuerdo? –justo en ese momento, el mozo de cuadras soltó un alarido. –Ya lo ves. –añadió Sandor con una sonrisa. A Sansa no le pareció tan gracioso.

Cuando el caballo estuvo listo, le sacaron y le dieron las riendas. Lo colocó en mitad del patio y le hizo un gesto a su pajarito para que se acercase. Su esposa no parecía muy convencida. Mientras se decidía, guardó la bolsa que había traído de la cocina en una de las alforjas del animal.

–Vamos, pajarito. ¿No querrás que nos anochezca, verdad?

La joven se acercó un poco temerosa y cuando Sandor la tuvo al alcance, la alzó de la cintura y la sentó encima de la silla. No tardó en subir él mismo tras ella y nada más tocar las riendas, el caballo salió del patio a pleno galope. En algo que sólo podía ser un impulso, su pajarito agarró uno de sus brazos con fuerza para después soltarlo de inmediato. Estaba claro que el repentino arranque de Extraño la había asustado.

–Harías bien en agarrarte. No quiero perderte por el camino. –dijo Sandor antes de soltar una carcajada al aire.

Pronto dejaron atrás la Fortaleza Roja y las calles de Desembarco del Rey, en las que la marcha fue demasiado lenta para el gusto del Perro. Odiaba la gente y la ciudad siempre estaba repleta de ella. No tardaron demasiado en llegar al Bosque Real, su verdadero destino. Sandor avanzó entre los árboles hasta un pequeño claro con un riachuelo. La hierba estaba tan verde que refrescaba sólo mirarla y unas pequeñas flores le daban un toque pintoresco. Clegane sabía que sería de su agrado, aunque no quisiese reconocerlo. Detuvo a Extraño y desmontó para después ayudarla a ella.

–No es tu casa, pero puedes imaginar que es uno de los bosques cercanos a Invernalia. Eso si es que en tu maldito Norte deja de nevar en algún momento.

Su pajarito no dijo nada. Miraba el claro con algo de interés pero pronto se alejó de él y no pudo seguir viendo su rostro. Se detuvo a un par de pasos, parecía tímida. Quizás no fuera de su agrado. Puede que todo esto hubiese sido una mala idea. ¿Y si le daba miedo estar allí sola con él?

La verdad era que la joven Stark parecía casi ausente. Lo mejor sería no molestarla. La había traído aquí para que pudiera sentirse libre, pero no podría hacerlo si él no la dejaba sola.

–Estaré por los alrededores. Sólo quería que tuvieras un momento de paz. Tómate el tiempo que quieras y si pasa algo, no dudes en llamarme.

–No –su esposa se volvió rápidamente hacia él, asustada–. N-No quiero quedarme sola.

Sandor no pudo más que asentir. Se acercó a un árbol y dejó allí atado a Extraño. Sacó su pellejo de vino y un par de frutas y le ofreció una a ella.

–Me quedaré aquí, no te vayas a ningún sitio en el que no pueda verte. –dijo antes de sentarse en el suelo y recostarse contra un árbol cercano.

Su pajarito obedeció, como no podía ser de otra forma. Se sentó no muy alejada de allí, como una verdadera damita de la corte y arrancó una flor. Sandor dio un buen trago al pellejo de vino mientras observaba a su pequeña esposa. Sansa dejó la pieza de fruta sobre las faldas de su vestido y olisqueó la flor antes de que en sus labios se dibujara una cálida sonrisa. Ese pequeño gesto, combinado con los reflejos que su melena roja emitía bajo la luz del sol, le hizo darse cuenta a Sandor que no era una criatura para tener encerrada. Ese debía ser su lugar, debería poder salir y entrar cuando quisiera, ser feliz y poder corretear como las princesas de las historias que tanto le gustaba leer.

Su esposa pasó un rato en el prado, mirando de un lado a otro. Se estaba comportando como un joven cervatillo: al principio desconfíaba de la presencia del hombre, pero cuando cogía seguridad y veía que no le pasa nada malo, se dejaba llevar y actuaba delante del extraño sin preocupaciones. En ese momento Sansa se levantó con una amplia sonrisa y se acercó al riachuelo, de espaldas a él. Se sentó en la orilla, se remangó un poco las faldas y metió los pies descalzos en la corriente de agua fresca.

Sandor sabía que lo mejor era dejarla en paz, pero si quería que su relación con ella fuese más cordial, debía intentar conocerla mejor y saber qué más cosas le gustaban. Se acercó despacio hasta su lado, sin querer asustarla. Aun así el pajarito, que miraba el agua sonriente, clavó la vista en su vestido algo asustada. Pensará que me he enfadado porque haya venido hasta aquí.

–¿Te importa si te acompaño, pajarito? –preguntó mientras se sentaba a su lado y empezaba a quitarse las botas–. Es un día caluroso y creo que has tenido una gran idea.

Vio cómo una leve sonrisa asomó a sus labios y su mirada pasó a sus propios pies, que jugueteaban bajo el agua. Sandor entendió su silencio y su sonrisa como una invitación a que se sentara con ella y así lo hizo. Cuando las botas estuvieron fuera y los pantalones remangados, metió sus pies en el agua y se quedó en silencio, mirando la corriente que bajaba buscando el mar.

–¿Te estás divirtiendo? –Había esperado que ella pudiera sentirse libre otra vez, pero no sabía si lo estaba consiguiendo del todo.

Su esposa asintió con la cabeza, sin mirarle.

–Muchas gracias por traerme aquí. Habéis sido muy amable –dijo de forma sincera y algo sonrojada.

Sandor no comprendía muy bien su rubor, pero no iba a ponerle pegas. Negó varias veces antes de contestar.

–No tienes que darme las gracias. No me gusta verte tan triste. Y no soy alguien amable, precisamente –bajó la mirada y no pudo evitar fijarse en sus blancos pies, casi parecían esculpidos en un pequeño bloque de hielo.

Su pajarito se quedó en silencio. Parecía meditar lo que él acababa de decir hace un momento.

–Yo tampoco lo fui con vos –reconoció, con cierta vergüenza. La joven Stark seguía sin atreverse a mirarle–. Pero ahora lo estáis siendo. Estoy segura que podríamos llevarnos mejor –el color rojo de sus mejillas se hizo más intenso.

Sus palabras le dejaron perplejo, pero intentó que no se le notara demasiado. Era lo que había estado buscando desde el primer momento.

–Creo que sí. Creo que podríamos llevarnos mejor.

Sandor guardó silencio de nuevo, no quería aturullarla. Se tomaría su tiempo. No la agobiaría y su relación se haría más agradable poco a poco. Cuando volvió la mirada hacia el arroyo, en sus labios se había dibujado una sonrisa.