Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de nuestra propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

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20. SANSA

Llegó a sus aposentos agotada por la excursión que habían hecho al Bosque Real. Inspiró hondo y fue a uno de sus baúles para buscar un vestido más cómodo y una muda de ropa interior limpia.

–M-Me gustaría poder darme un baño… –Sansa se volvió hacia su esposo, que la observaba desde el vano de la puerta.

Clegane asintió en silencio para después salir de la habitación. La joven supuso que se había marchado a buscar a las criadas, por lo que Sansa fue al aseo y dejó las prendas sobre un taburete. Al poco tiempo, un par de doncellas entraron y vertieron agua caliente en la bañera. El vapor invadió el cuarto, haciendo que la joven Stark se sintiera mejor.

Había sido un día muy largo pero para su sorpresa, su esposo había conseguido distraerla y hacerla mínimamente feliz. Observó a las criadas preparar la espuma, perdida en sus recuerdos. Ha sido tan… atento. Parecía inverosímil que un hombre como él pudiera tener esa característica, pero al parecer Sansa había sido capaz de descubrir esa nueva faceta suya. Siempre está pendiente de que no me falte de nada…

Sansa empezó a desnudarse lentamente cuando las sirvientas la dejaron sola, echando previamente el pestillo. Le dolía todo el cuerpo debido a los alocados trotes de ese caballo infernal, pero lo que más se le había resentido era la parte trasera de los muslos. Abrazó el vestido sucio contra su pecho, pues necesitaba un tiempo para poder recuperarse y quitarse las prendas de ropa que faltaban. Arrugó la nariz. Olía… Se llevó el tejido a las fosas nasales y aspiró el aroma. No olía mal exactamente. Era… Volvió a inspirar, dubitativa. No huele a mí. Apretó más la tela contra su nariz, extrañada. Una fragancia fuerte y ruda la embargó, haciendo que cierta calidez recorriera su cuerpo. No huele a mí, sino a él… Abrió mucho los ojos y arrojó el vestido al suelo con brusquedad cuando se dio cuenta de que estaba aspirando el aroma de su marido. Ha sido al montar los dos en el mismo corcel., intentó explicarse a sí misma mientras se quitaba la ropa interior rápidamente. He tenido que sujetarme en sus brazos porque el animal corría demasiado. Me iba a caer…. No sabía muy bien por qué, pero tenía la sensación de que estaba buscando excusas para no reconocer algo obvio.

Frunció el ceño y acabó metiéndose dentro del agua. Estaba muy caliente, lo que hizo que sus músculos se relajaran. Además, la espuma densa le cubría hasta el cuello. Por fin podía limpiarse. Era lo que había estado buscando la mayor parte del día.

Cerró los ojos y descansó los brazos en los bordes de la bañera. Se lo había pasado bien. Nunca le habían gustado las excursiones a los bosques, ni montar a caballo. Esas cosas eran más propias de su hermana Arya, pero se lo había pasado bien. Ese día no encajaba dentro de su concepto de diversión y, aun así, había logrado olvidarse por un momento de que su vida estaba completamente desestructurada. Ha sido amable conmigo. Lo ha hecho por mí, para hacerme sentir mejor. El corazón le latió un poco más deprisa, confundida. Después de todos los problemas que habían tenido, ambos se estaban esforzando por mantener una relación cordial y, sin embargo… Abrió los ojos de nuevo, con el pulso ligeramente acelerado. Miró el vestido sucio que había arrojado al suelo, estiró un brazo y lo alcanzó. Volvió a llevárselo a la nariz, tímidamente. Huele a él., repitió una vocecita dentro de su cabeza. Frunció el ceño, pero esta vez no apartó la prenda de ella. No era un olor frecuente para Sansa. De hecho, estaba acostumbrada a los hombres limpios y bien perfumados. Pero ese olor era muy distinto. No olía mal, no era un aroma agrio, ni sucio. Era… Arrugó la nariz y volvió a inspirar, sonrojada. Era masculino. Más viril que ninguna otra fragancia que hubiera olido. Se recostó más en la bañera, con las mejillas completamente encendidas. Negó con la cabeza y volvió a dejar el vestido en el suelo, esta vez de forma delicada.

Ha sido tan atento…, pensó de nuevo, recordando el picnic que le había preparado. El Perro se había llevado un poco de comida para que pudieran pasar todo el día aislados, lejos de la ciudad. No había sido un gran manjar. Ni siquiera se acercaba a los aperitivos que compartía con Moss, pero había sido un detalle bonito impropio de él. Inspiró hondo, meditabunda. La comparación con Moss le hizo acordarse de lo ingenua y estúpida que había sido. Volvió a sentir miedo. ¿Y si Eric regresaba para matarla? No. No puede., se dijo a sí misma. No lo hará. Es un cobarde, no se atreverá. Y si intenta algo de nuevo, Sandor me protegerá. Esbozó una leve sonrisa. A pesar de que su presencia al principio la incomodaba y le producía miedo, ahora le resultaba confortable. Clegane no era un hombre hablador, ni dado a conversaciones largas, pero no era eso lo que estaba buscando Sansa. Quería sentirse protegida y a salvo y con él tenía eso. El corazón volvió a latirle con fuerza, sin saber por qué. Ni siquiera a ser Loras, el Caballero de las Flores, pareció importarle las humillaciones a las que me sometía Joffrey. Los únicos que habían intercedido para defenderla habían sido los hombres más particulares de todo Poniente: el Gnomo y el Perro. Pero lord Tyrion nunca ha mostrado un verdadero interés hacia mí. ¿Y Clegane? ¿Estaba de verdad interesado en ella? Se preguntó si el enano hubiera insistido tanto en cenar por las noches con ella de haber estado en el lugar del Perro, si la hubiera llevado lejos de Desembarco o si le hubiera seguido hablando después de llamarle "monstruo". Se mordió el labio, sin obtener una respuesta concisa.

Soltó un suspiro y echó la cabeza hacia atrás para comenzar a lavarse el pelo. El agua caliente llegó hasta su cuero cabelludo, haciendo que se relajara aún más. Sin embargo, su inconsciente le jugó una mala pasada al imaginarse a Tyrion sustituyendo a su esposo en todos los ámbitos. El corazón le dio un vuelco cuando pensó en una hipotética noche de bodas con él, angustiada, descubriendo que las atenciones del Perro no habían sido tan horribles después de todo. Contuvo la respiración al darse cuenta de eso, con las mejillas aún más coloradas. Negó con la cabeza, intentando sacudirse esos pensamientos de la mente cuando escuchó unos fuertes golpes en la puerta.

Se le escapó un jadeo del susto y dio un pequeño respingo en la bañera, haciendo que el agua se agitase a su alrededor.

–¿S-Sí? –la voz le salió aguda y chillona debido a los nervios.

Hubo un largo silencio al otro lado, tan largo que Sansa pensó que se había imaginado la intrusión.

–Sal ya del baño, pajarito –contuvo la respiración al escucharle al otro lado de la puerta. Se hundió aún más bajo la espuma, pensando que tal vez podría verla a través de la madera–. Ya han servido la cena. Date prisa.

Sansa tragó saliva y se puso en pie rápidamente, con cierta torpeza. No quería hacerle esperar. Después del día tan agradable que habían tenido, lo último que quería era hacerle perder la paciencia.

–Enseguida me visto.

No obtuvo respuesta. Sansa se envolvió en una toalla que había descansando en el respaldo de una silla y se secó en poco tiempo. Se puso la muda limpia y el vestido que había escogido. Después, recogió la prenda que había dejado en el suelo y la dejó plegada en el taburete. Cepilló su pelo húmedo, desenredándolo rápidamente a pesar de los tirones y se puso unas gotas de perfume de un frasco que había en el pequeño tocador. No era de sus favoritos –pues estos estaban en el dormitorio–, pero era el único que tenía a mano.

Cuando salió del aseo se encontró la mesa ya servida con suculentos platos humeantes. Le rugió el estómago nada más verlos. Sentado en la silla le esperaba su esposo, observándola atentamente. Sansa permaneció en el umbral de la puerta del aseo, pero pronto se acercó cuando Clegane le hizo un gesto con la mano para que se sentara. La joven hizo lo propio en su asiento, irguiéndose bien en la silla. Le observó de reojo y descubrió que había comenzado a comer sin decirle nada. Sansa soltó un leve suspiro antes de comenzar ella también con su cena.

–Muchas gracias por llevarme fuera de la Fortaleza –empezó a decir, con voz trémula–. Ha… Ha sido agradable. He disfrutado del día de hoy.

Su esposo levantó la vista del plato para mirarla a los ojos antes de asentir lentamente.

–Me alegra oír eso, pajarito. Era mi intención. –siguió comiendo, volviendo la vista al trozo de carne que estaba devorando.

La joven Stark le observó de reojo. No parecía tener ganas de entablar conversación. Bebió un poco de vino y siguió con su cena tranquilamente.

–Podemos ir otro día si quieres –dijo de repente la voz de su marido–. También puedo enseñarte a montar. El tiempo que vivas conmigo es posible que lo necesites.

Sansa alzó la vista del plato, sorprendida con sus palabras. Sonrió levemente, recordando que habían montado los dos sobre ese animal testarudo. Si le enseñaba a montar bien, probablemente acabaría teniendo su propio corcel. Clavó la vista en el plato, recordando el aroma masculino que se había adherido a su vestido.

–No quiero aprender a montar.

Siguió absorta en sus palabras. El tiempo que vivas conmigo. ¿Cuánto era eso? Clegane le había advertido que llegarían más caballeros dispuestos a romper su matrimonio, pero ¿y si eso no sucedía? ¿Estaría atada a él toda la vida? Bebió otro trago de vino, despacio. La idea no le disgustaba. Si lograban mejorar su relación, podrían tolerarse mutuamente.

Clegane volvió la vista a ella, algo sorprendido.

–¿Cómo que no quieres? –se encogió de hombros–. Por supuesto, no estás obligada a ello, pero podría serte útil en algún momento. Aunque si no quieres, no hay más que hablar.

Una vez dicho esto, acabó su gran trozo de carne que le había servido como cena y se puso a beber de su copa de vino, con tragos largos hasta que se la terminó. Sansa le vio dudar, pero acabó rellenándosela. Frunció el ceño sin poder evitarlo, ligeramente molesta.

–No quiero que bebáis tanto –dijo de sopetón.

No sabía de dónde había sacado el valor para pedirle eso, pero no le gustaba verle abusar de la bebida. Le daba miedo que se emborrachase, a pesar de que nunca había intentado propasarse con ella en ese estado.

Su marido volvió la vista hacia ella y bajó la copa con media sonrisa.

–Tampoco bebo tanto... –dijo al parecer no muy conforme pero, a pesar de todo, la bebida quedó abandonada en la mesa.

Sansa decidió no contradecirle, pues no quería discutir con él. Se terminó su plato y apuró el poco vino que le quedaba en su copa. Después, se levantó de la mesa y fue a uno de sus baúles para sacar un camisón cómodo con el que pasar la noche.

–Iré a cambiarme al aseo –comentó, caminando hacia dicha habitación–. Vos podéis hacerlo aquí. No saldré hasta que no me aviséis.

Acto seguido, se encerró en el baño y se puso la prenda para dormir. El Perro la llamó casi al instante y cuando la joven salió le descubrió sentado en el borde de la cama, sin camisa, con unos pantalones más cómodos y los pies descalzos. Se quedó unos instantes clavada en el sitio, mirando las cicatrices de su torso que se apreciaban a la luz de los cirios. Un espeso vello cubría su piel hasta el ombligo, perdiéndose más abajo…

Sansa sacudió la cabeza y desvió la vista hacia otro lado, sintiéndose como una intrusa. Cuando volvió a mirarle, el corazón le latía desbocado dentro del pecho. El Perro la observaba con el ceño fruncido, probablemente preguntándose por qué tardaba tanto en acercarse. La joven tragó saliva. La luz tenue de los cirios formaba sombras grotescas en el lado quemado de su rostro, pero eso no impidió que caminara hasta él y dejase un dulce beso sobre las cicatrices de su mejilla. Sin decir nada, Sansa fue apagando las velas del dormitorio hasta que únicamente quedaron encendidas las de las mesillas de noche. Se metió entre las sábanas y sopló la llama del último cirio. Estaba de espaldas a su esposo, pero sabía que seguía sentado sobre el colchón, sin moverse. La única luz que iluminaba la estancia era la correspondiente a la vela que había al lado de Clegane.

Sansa contuvo el aliento durante largo rato, esperando que el Perro reaccionase de alguna forma, sin volverse hacia él. Para su sorpresa, Clegane apagó el cirio y se tumbó junto a ella. La joven estaba tan inmóvil que parecía realmente dormida. Tal vez ese fuera el motivo por el cual su esposo le rodeó la cintura con un brazo y la atrajo hacia él, depositando un torpe beso sobre su pelo.