Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de nuestra propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.
N/A: Seguimos agradeciendo vuestros comentarios : ) ¡Ya va quedando menos!
22. SANSA
Habían pasado un par de días desde que su esposo le contó que tenía que marcharse para cumplir una misión del rey Joffrey. Me abandona., pensó. Probablemente todavía estuviera disgustado con ella por todas las cosas horribles que le había dicho. Me está castigando. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que el Perro tenía tan pocas ganas de irse como ella de que lo hiciera.
Tenía miedo. Se había pasado las dos últimas noches en vela, sin poder dormir. Cuando lo hacía, su sueño estaba repleto de pesadillas. Si su esposo la abandonaba a su suerte… ¿qué le impediría a Joffrey volver a humillarla? Clegane le había asegurado que eso no iba a pasar, pero Sansa no lo tenía tan claro.
La iba a abandonar. Fuera por un motivo o por otro, la abandonaba a su suerte en la Fortaleza. Se quedaría sola. Sola de verdad. Pensaba que lo había estado cuando se enteró de que su hermano Robb y su madre habían sido asesinados, pero pronto descubrió que el único en quien podía confiar era en él. Y pretendía dejarla sola. ¿Qué iba a hacer ella allí sin su esposo? Tal vez lo mejor fuera seguir su consejo y fingir una enfermedad para permanecer encerrada en sus aposentos durante su ausencia… pero… ¿y si no regresaba nunca? Se le encogió el estómago. ¿Podía suceder tal cosa? ¿Y si le mataban?
Sansa se giró en la cama, colocándose de cara a él. Sandor resoplaba a su lado, sumido en un sueño profundo. ¿Podrían matarle? Veía complicado que alguien tuviera valor de enfrentarse a él, así que le resultaba todavía más inverosímil que un forajido como Beric Dondarion lograse acabar con su vida. Sin embargo… Miró el enorme brazo que rodeaba su cintura de forma protectora y no pudo hacer otra cosa que arrimarse más a él para acurrucarse en su pecho. Su esposo no se inmutó, sino que siguió resoplando pesadamente. Ni siquiera cuando estaba encaprichada de Moss había deseado su muerte, por lo que ahora que su relación había mejorado le daba pánico pensar en esa posibilidad. ¿Qué haría Sansa si el Perro moría? Se abrazó a su musculoso cuerpo en la oscuridad del dormitorio, asustada. No puede morir. Él, no. Se dio cuenta de que tenía un nudo en la garganta, y sin comprender muy bien por qué, los ojos se le habían llenado de lágrimas que escocían amargamente.
Rememoró ese leve beso que le había dado en la mejilla y lo único que consiguió fue sentirse aún peor. No puede morir., pensó de forma repetitiva. Él, no. Por favor. Él, no… Antes de darse cuenta de que estaba rezando por la vida de su marido, ya era demasiado tarde. Estaba confusa y no comprendía del todo qué era lo que pasaba. Lo único que tenía claro es que si el Perro moría, su vida tampoco tendría sentido. Los Lannister volverían a hacerla prisionera y la utilizarían para sus propios fines, tal como habían hecho antes de su matrimonio concertado. Y Sansa no quería volver a eso. No quería ser prisionera de nadie. Recordó lo libre que se sintió cuando Clegane la llevó fuera de la Fortaleza. Quería seguir siendo libre y tenía muy claro que allí no iba a conseguirlo.
Pero, ¿qué podía hacer ella? Se había convertido en una simple dama de la corte. Había tratado de convencerle para que desobedeciera a Joffrey y no se marchara, con funestos resultados. "Pensé que vos erais el caballero que me sacaría de aquí"., el recuerdo llegó a su mente demasiado rápido. ¿Era de verdad su caballero? Lo había dicho de forma sincera: tal vez Sandor Clegane no fuera un caballero como los de sus historias, pero había cuidado de ella y la había protegido. ¿No era eso lo que hacían en los libros, al fin y al cabo? Soltó un largo suspiro, sin separarse de él. Tenía que lograr que su esposo se quedase a su lado. El Perro no podía irse a esa misión, así que la joven Stark debía pensar en algo. Pero, ¿el qué? Ni siquiera la mejora de su relación había funcionado para persuadirle. Ni siquiera decirle que era su caballero, o el beso en la mejilla. ¿Acaso no le había gustado? Recordó cómo la había rodeado con el brazo y atraído hacia sí esa misma noche, y cómo estaban en ese momento de juntos. Podía notar su cálido aliento acariciándole la piel del rostro. Ya no se emborrachaba nunca, por lo que no olía a vino. Olía a él. Al aroma que se le había adherido al vestido. Era tan masculino… Escondió el rostro en su cuello, disfrutando de su fragancia. Su esposo se removió un poco en sueños, pero no despertó. En lugar de eso, cerró el cerco que formaba su brazo en torno a su cintura y la apretó más contra él, de manera inconsciente.
Sansa vio el amanecer ese día y tuvo que hacerse la dormida cuando Clegane empezó a espabilarse. Cerró los ojos y relajó su respiración, a pesar de lo nerviosa que estaba. Sospechaba que su esposo se había sorprendido al verla tan arrimada a él, pues notaba tensión en sus músculos. Sin embargo, llegó a pensar que seguía durmiendo al ver que no se movía de la cama. Tuvo que pasar un largo rato hasta que el Perro liberó su cintura. Para su sorpresa, notó sus duros labios presionándole la piel de la mejilla en lo que fue un beso torpe y áspero, debido a su espesa barba. Después se puso en pie para comenzar a vestirse. Sansa sintió una especie de vacío en su interior cuando la dejó sola entre las sábanas. Al poco tiempo, escuchó como se cerraba la puerta con suavidad, sin apenas hacer ruido. Fue entonces cuando dejó de fingir y se puso en pie para asearse y poder vestirse.
Una criada entró en los aposentos con una bandeja del desayuno justo en el momento en que la joven terminaba de cepillarse el pelo. Todavía estaba muy angustiada y el estómago se le había cerrado, por lo que no tenía demasiada hambre. Sin embargo, hizo un esfuerzo y se comió varios trozos de queso, un pastelito de limón y una pieza de fruta, bebiendo un poco de zumo después.
Cuando terminó, se alisó bien el vestido y salió de los aposentos. Necesitaba un poco de espacio, pues pasar más tiempo en el dormitorio la acabaría asfixiando. Caminó por los pasillos de la Fortaleza en dirección a los jardines. Quería estar al aire libre antes de ir a ver a su esposo al patio de entrenamiento. No obstante, descubrió al rey Joffrey caminando hacia ella al doblar una esquina. No pasó por alto que iba acompañado por ser Meryn Trant y ser Boros Blount, dos de sus Guardias Reales. Quiso dar media vuelta, pero ya la había visto y era demasiado tarde. Caminó hacia él para seguir con su propio camino, intentando disimular la incomodidad que sentía al imaginar lo que pudiera pasar.
–¿Acaso no vas a saludad a tu rey? –preguntó cuando se cruzaron en el pasillo, volviéndose hacia ella al ver que Sansa le había ignorado.
La joven se quedó muy quieta, con la vista fija en el suelo. No quería tener problemas.
–Buenos días, alteza –murmuró de forma escueta.
Joffrey miró a sus hombres antes de contemplarla de arriba abajo, mirándola con media sonrisa dibujada en el rostro.
–¿Ya te ha contado el Perro la misión que le he encomendado? –preguntó, de manera burlona. Sus labios se movieron como dos enormes y repulsivos gusanos.
Sansa tragó saliva, desviando de nuevo la vista hacia sus pies mientras el corazón le latía desbocado dentro del pecho, asustada.
–Sí, majestad –tenía miedo de decir algo inapropiado, por lo que decidió hablar lo justo para contentarle.
Sin embargo, ante la indiferencia de la joven, Joffrey frunció el ceño y se aproximó más a ella, acorralándola contra la pared. Sansa se permaneció inmóvil, notando la fría piedra contra su piel. Ninguno de los caballeros movió un músculo cuando el rey le sujetó el rostro con una mano, clavándole los dedos en las mejillas para obligarla a mirarle a los ojos.
–¿Y te ha dicho ya lo que pasará si no regresa antes que Gregor?
Soltó su delicado rostro bruscamente y Sansa tuvo que contener las ganas de frotarse las zonas lastimadas. Parpadeó varias veces seguidas, confusa. Su esposo no había mencionado esa parte. Guardó silencio, sin saber qué responder. Al ver que no añadía nada más, Joffrey dejó escapar una risa estridente.
–Tal vez no te lo haya contado porque todavía no se lo he dicho –comentó, intentando hacerse el interesante. Sansa sintió todavía más odio hacia él–. Si mi perro no fuese el primero en traerme la cabeza de Dondarion sería una terrible decepción –dijo, fingiendo aflicción. Sansa estuvo tentada a interrumpirle para decirle que ya no era suyo, pero se mordió la lengua y siguió escuchando–. Su hermano tuvo esposas, pero murieron hace tiempo. –frunció el ceño. Parecía ligeramente confuso–. ¿Te gustaría ser la esposa de otro perro? –Sansa contuvo el aliento, notando un terrible escalofrío que torturó su espina dorsal de abajo arriba. Joffrey sonrió ampliamente al ver su reacción aterrorizada–. ¿No? –miró a sus hombres fingiendo sorpresa, para después volver a centrar su atención en la joven, que seguía sin decir nada. Se aproximó más a ella y Sansa tuvo que girar el rostro para que sus narices no se tocaran–. Una loba necesita un perro que la monte. Y si Clegane fracasa, su hermano le sustituirá.
Joffrey no añadió nada más. Se alejó de allí a buen paso hasta que se perdió de vista, seguido por sus guardias. Sansa permaneció pegada a la pared durante largo rato, asimilando lo que acababa de escuchar, procesando la información. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Si Sandor fracasaba, si moría… Las piernas le fallaron y cayó al suelo de rodillas. Ocultó su rostro entre las manos, sus hombros temblaron violentamente y antes de que pudiera remediarlo estaba llorando en mitad del pasillo, desconsolada.
En ese momento supo con plena certeza que debía convencer a su esposo de alguna forma. Si Sandor no podía quedarse con ella en la Fortaleza, tal vez pudiera llevársela consigo a dicha misión. Lo que la joven tenía muy claro era que no debía quedarse allí sola a merced del rey Joffrey.
