Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de nuestra propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

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23. SANDOR

Los días transcurrieron de forma bastante extraña para Sandor. Cada vez quedaba menos para que tuviera que marcharse en busca del maldito Dondarrion y los nervios de su pajarito, iban en aumento: se pasaba las noches dando vueltas entre sus brazos, inquieta, cuando Sandor se despertaba, ella lo había hecho horas antes, estaba perfectamente vestida y esperándole en la mesa del desayuno, había días que incluso le preparaba un baño. Estaba claro que su pajarito estaba aterrado, pero Sandor no sabía muy bien por qué.

Suponía que después de tanto tiempo, había aprendido que su matrimonio con el Perro del rey no era lo peor que le podía pasar. Había gente más cruel que él. Era cierto que Sandor tenía un genio muy fuerte, era mal hablado, un borracho y carecía de los modales de cualquier otro miembro de la corte. Sin embargo la había protegido durante todo este tiempo. A él no le interesaba tener contento al rey para que le diera tierras y señoríos, por lo que no hacía caso cuando Joffrey le pedía ver a su esposa o llevarla a la corte.

Durante esa semana, el tiempo que no pasaba entrenando con el que sería su escuadrón en los próximos días, lo pasaba con ella. Habían salido del castillo, comido y cenado juntos, paseado por los jardines… Incluso cuando Sandor afilaba su espada en la habitación, Sansa se sentaba a su lado y bordaba o leía alguna de sus historias de caballeros.

Aquel día era el último que les quedaba. Cuando Sandor se despertó, se encontró el desayuno ya servido y a su pajarito sentado en la mesa, forzando una sonrisa. Estaba claro que se sentía triste y asustada, pero como la perfecta señorita que era se esforzaba en parecer la mujerque se alegraba al ver despertar a su señor esposo.

Sandor fue a cambiarse a la habitación del baño y después desayunaron juntos. Tampoco hablaban mucho normalmente, pero al parecer el pajarito se había levantado ese día bastante charlatán.

–¿Estáis seguro de que no hay nada que se pueda hacer para impedir vuestra partida? –preguntó con la voz algo entrecortada.

Sandor sufría viéndola así. Esa pregunta se había repetido durante toda la semana y la respuesta siempre había sido la misma.

–Sabes que no, pajarito. El rey me respeta porque me tiene miedo, pero no consentirá que desobedezca una orden que ha dado delante de toda su corte. Estarás a salvo, ya hemos hablado de esto.

Su esposa bajó la mirada al plato de nuevo, sin añadir nada más. Sandor siguió desayunando con calma, mirándola de vez en cuando hasta que su corazón se detuvo. Una lágrima resbalaba por el rostro de su pajarito. Sansa intentó ocultarla, pero Sandor fue más rápido.

–Pajarito, mírame.

No quería, pero Sandor le alzó el rostro posando un dedo en su barbilla. La imagen que tenía ante él le robó el aliento. Su esposa tenía los ojos casi tan rojos como su melena, probablemente de intentar contener las lágrimas. Su labio temblaba por el llanto y una vez que fue descubierta descubierta no le importó seguir llorando, ya sin restricciones. Sus hombros comenzaron a agitarse y sus lágrimas se deslizaron libremente por sus pálidas mejillas.

Sandor no sabía qué hacer, cómo actuar. No estaba acostumbrado a consolar a pequeñas damas de la corte, pero hizo lo que pudo. Se levantó y se arrodilló a su lado, sin dejar de mirar sus ojos. Limpió sus mejillas con los pulgares y entonces sucedió lo que nunca creyó posible. Su pajarito se abrazó a su cuello y enterró la cara en su enorme pecho. Sandor la rodeó también con ambos brazos, pidiéndole que dejara de llorar en pequeños susurros. Intentaba convencerla de que todo saldría bien, pero sabía que era demasiado complicado que una persona que lo único que había hecho era sufrir desde su llegada a Desembarco del Rey, le creyera.

Pasaron un rato así, simplemente abrazados y encontrando consuelo el uno en el otro hasta que llegó el momento de separarse. Su pajarito le miró con algo más de decisión en sus ojos.

–Si no podéis quedaros, prometedme entonces que volveréis. Juradme que volveréis a mi lado.

Sandor no pudo hacer otra cosa que asentir inmediatamente. Iba a volver. Más ahora que sabía que era lo que ella deseaba. Todos en Desembarco sabían que Clegane odiaba los juramentos, pero este lo hacía con todo el fervor del mundo.

–Te lo juro, Sansa. Volveré y te sacaré de aquí.

Armado de valor, Sandor dejó un beso en la mejilla de su esposa antes de levantarse. Sabía que su pajarito iba a creerle esta vez. Al igual que él, se daba cuenta cuando su cónyuge mentía. Y en ese momento, su esposo no había dicho una verdad más grande. Pero Sandor tenía que irse. Sus hombres le esperaban y no era alguien que se demoraba.

Salió de la habitación sin añadir nada más y cuando llegó al campo de entrenamiento, entrenó con toda la fiereza de la que era capaz. Tenía que estar bien preparado y derrotar a ese maldito Dondarrion para volver con su pajarito cuanto antes.

Cuando Sandor llegó a cenar aquella noche, todo estaba listo. Se acababa de dar un buen baño que su pajarito había preparado como todos los días desde que le dio la noticia de su partida. Pero al parecer mientras él se aseaba, ella no había perdido el tiempo y había mandado servir una gran cena, digna de una despedida como la que ellos tenían por delante.

Sandor no pudo ocultar su sonrisa al verla. Además ella, ya sentada a la mesa, se había puesto el vestido que Sandor le había regalado. Estaba preciosa y seguramente la joven lo sabía. Clegane no entendía mucho de temas estéticos pero el peinado que llevaba no era el que solía lucir todos los días. Su pajarito se había arreglado esa noche y lo había hecho para él.

La cena se llevó a cabo sin altercados. Su mujer parecía estar disfrutando de la comida y eso hacía que Sandor también lo hiciera. Cuando terminaron, no se fueron directamente a la cama. Se quedaron hablando un poco más, hasta que el primero de los cirios que adornaban la mesa se consumió. Fue la señal de que se estaba haciendo algo tarde.

Clegane dejó que su esposa se cambiara en la habitación mientras que él hacía uso del aseo. Cuando salió vestido con sus ropas de cama, su mujer ya estaba acostada y Sandor apagó todas las velas antes de hacer lo mismo. Se metió en su lado de la cama y, como todas las noches, rodeó a su pajarito con un brazo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que algo había cambiado. Apartó su brazo deprisa, como si ella le quemara.

–¿Qué demonios estás haciendo, pajarito?

No llevaba camisón. Había tocado su piel por primera vez desde el día de su boda hace ya tantos meses. Esto era demasiado para él. Sabía de sobra que no iba a poder dormir con ella desnuda a su lado.

Su esposa estaba temblando, visiblemente nerviosa y probablemente muy ruborizada. Había sido un atrevimiento por su parte hacer algo así y no sabía a qué venía esto. Su mente se quedó en blanco cuando, sin previo aviso, su pajarito depositó un dulce beso sobre sus labios.

Sandor se quedó de piedra. Esto no estaba bien. Él lo sabía y debía pararlo. Sin embargo, por mucho que su mente le dijese que tenía que detenerla, su cuerpo respondió besándola de vuelta, aunque sólo durante unos momentos. Al final, la cordura se impuso y empujó levemente el pecho de su mujer para que se separara.

–Pajarito, esto no está bien –dijo intentando ver sus ojos en la oscuridad. El silencio se instauró entre ellos durante un buen rato y cuando Sandor iba a argumentar algo más, su esposa habló al fin.

–Soy vuestra esposa –murmuró con voz trémula–. Podéis hacerlo si así lo deseáis.

Pese a no poder verla, podía sentir lo nerviosa que estaba. Probablemente estaría mordiéndose el labio como hacía tantas veces. Sandor se incorporó y se sentó en el borde de la cama, con la cara entre las manos. Era una tentación demasiado grande, pero él sabía muy bien que no era lo que ella quería.

–Vístete, pajarito. No quiero hacer nada sabiendo que mañana me arrepentiré.

El Perro escuchó entonces el crujir del colchón y un movimiento de sábanas. Al parecer su pajarito se había incorporado también. Esperaba no haberla ofendido. No quería discutir con ella el día anterior a su partida.

–N-No me voy a vestir –dijo con timidez.

Esa frase hizo que Sandor se diera la vuelta, algo enfadado. Agarró uno de sus brazos con algo de fuerza, pero teniendo mucho cuidado de no lastimarla.

–¿Acaso quieres que repitamos nuestra noche de bodas? Al parecer después de tanto tiempo no te has dado cuenta del efecto que tienes sobre mí –soltó su brazo, sabiendo que el mensaje le había quedado claro–. No quiero volver a hacerte daño. Vuelve a ponerte ese camisón.

Su pajarito temblaba bajo las sábanas. Sandor era capaz de sentir lo nerviosa que estaba. ¿A qué venía todo esto?

–N-No me haréis daño –su voz sonó un poco más decidida–. N-No me voy a vestir.

Pese a lo segura que quería parecer, sus temblores no cesaban. Cuando Sandor estaba a punto de apartarse de nuevo, su pajarito sujetó su rostro y volvió a besar sus labios con delicadeza.

Eso hizo que la fuerza de voluntad que retenía a Sandor se rompiera. Correspondió a su beso con ganas, llevando una de sus manos a la cintura y acercándola más a él. Su esposa no sabía muy bien qué hacer, pero eso no le importaba. Lo único que ocupaba su mente era que ella había buscado esto. No era como si él se lo hubiera propuesto y ella hubiese accedido; había nacido de ella y eso le daba a Sandor un extraño orgullo que no había sentido hasta ese momento.

Muchas de las mujeres con las que se acostaba a cambio de dinero habían mostrado su disconformidad o incluso habían subido el precio al ver su rostro. Pero ella, su pajarito, su esposa; la mujer a la que había jurado proteger y la única que había conseguido llegar a su corazón, aunque Sandor no fuera capaz de reconocérselo a sí mismo, quería que esto sucediera entre ambos. Y Sandor lo había estado deseando tanto tiempo…

Pese a sentirse impaciente, sabía que debía ir tranquilo. Continuó besándola pero, al cabo de un rato/unos momentos, cesó sus besos y se separó un poco de ella. Su esposa enseguida soltó un quejido de protesta, pensando que iba a rechazarla de nuevo, pero cuando Sandor se levantó y empezó a desvestirse, no puso ninguna objeción y se mantuvo en silencio, con la mirada apartada. Sandor habría apostado su caballo a que estaba completamente sonrojada.

No tardó apenas en volver a su lado bajo las sábanas. Acarició su cuerpo desnudo con manos algo temblorosas y buscó sus labios con todo el cariño que un hombre como él podía conseguir. Esta vez nada tenía que ver con su noche de bodas. Sandor intentó pensar que esa era su primera noche juntos, que los dos querían lo que estaba pasando y que debían ir despacio. La inocencia de Sansa no hacía difícil creer en esa fantasía, así que se perdió en ella. Su esposa intentaba devolverle los besos y las caricias, cosa que hacía que Sandor disfrutara aún más de la experiencia.

Cuando al fin sus dos cuerpos se convirtieron en uno solo, no hubo tensión ni lloriqueos. En la mente de Sandor no había voces que le dijeran que se estaba comportando como su hermano. Se encontraba perdido en el placer.

El momento del clímax llegó antes de lo que a él le hubiera gustado, debido al deseo contenido. Y mientras seguía moviéndose un poco más, intentando prolongar el momento, escuchó un leve gemido que escapaba de la garganta de su pajarito.

Ese simple detalle hizo que una amplia sonrisa aflorara en sus labios y la volvió a besar con cariño, recostándose a su lado y rodeándola con sus enormes brazos de forma protectora. A la mañana siguiente debería abandonarla durante puede que meses, pero ahora no quería pensar en ello. Esa noche había sido de ambos. Aún quedaban muchas horas para el amanecer y para poder estar juntos.